"Las Relaciones peligrosas"

LAZOS DE LA PERVERSION

Daniel Zimmerman

"Las relaciones peligrosas" (Les liaisons dangereuses) fue publicada por primera vez en 1782. Su autor, Pierre Choderlos de Laclos (1741-1803), había elegido la carrera de las armas; pero destinado a guarniciones de provincia, pudo dedicarse a la redacción de la novela aprovechando la monotonía de la vida de cuartel.

Estructurada exclusivamente a partir de una colección de 175 cartas "recogidas en un círculo social", la obra revela desde el prólogo mismo su posible utilidad: "servir a la moral al revelar los medios que emplean los que tienen malas costumbres para corromper a los que las tienen buenas..." La novela constituye un verdadero clásico de la novela epistolar, a la vez que un ejemplo magistral del relato de intrigas.

Fue el director Roger Vadim el primero en llevar "Las relaciones peligrosas" al cine; su versión, realizada en 1959, adaptó la novela original trasladándola a la actualidad. Fue protagonizada por Jeanne Moreau y Gerard Philipe.

Tres décadas después, el inglés Stephen Frears realiza una nueva versión, a partir de la adaptación teatral de Christopher Hampton. Aunque muy respetuosa de las circunstancias y ambientación del texto original, debe sacrificar como su antecesora el carácter epistolar magistralmente desarrollado por Laclos.

Simultáneamente con el proyecto de Frears, Milos Forman elaboró una tercera recreación con la colaboración del guionista Jean-Claude Carriere. Se estrenó al año siguiente llevando por título el apellido de su protagonista : "Valmont".

Nuestra puntuación tomará como eje la novela de Laclos en contrapunto con las diferentes versiones cinematográficas, para considerar aspectos resultantes de la adaptación de la obra literaria al lenguaje del cine. Pero el acento estará colocado en la indagación de su enigma central : la subjetividad del protagonista. Esa mezcla particular de lucidez, desenvoltura y cinismo ; la fascinación por su propio personaje que, al decir de André Malraux, constituirían su única pasión.

Constataremos entonces que esa fascinación no responde a una anomalía contraria a las buenas costumbres, a una aberración respecto a las normas sociales. Todo lo contrario, la enfocaremos como su posición, su modo de situarse frente al desgarro radical, la "vasta soledad" del deseo.

"Las relaciones peligrosas" nos pinta una sucesión precisa de maniobras y sus consecuencias. Constituye su punto de partida la "empresa heroica" que la marquesa de Merteuil propone al vizconde de Valmont. Un tal Bastide, que antaño la dejó para irse justamente con la amante de Valmont, quiere ahora casarse y busca la castidad garantizada; para cuando regrese de viaje tiene prometida en matrimonio a la joven Cecilia Volanges, de quince años de edad y que acaba de salir del convento. La idea de la marquesa es poner a Valmont a cargo de la educación de la joven, con la intención de dar a Bastide una mujer completamente formada, en lugar de su inocente colegiala. A la vuelta de la luna de miel, Bastide se convertirá entonces en el hazmerreir de Paris.

 

Pero Valmont confiesa tener puesto su interés en una empresa diferente, más acorde a su reputación. Está de visita en lo de su tía la señora de Tourvel; Valmont no sólo ha sabido de su especial belleza, sino también de sus fuertes principios morales y fe religiosa. Seducirla sin vencer sus prejuicios, verla traicionar todos sus principios: allí sí encuentra algo verdaderamente emocionante y por demás prestigioso. Entonces la marquesa le propone un trato: Tan pronto como haya conseguido su bella devota y pueda suministrarme una prueba de ello, venga y soy suya. Pero usted no ignora que en los negocios importantes no se admiten pruebas sino por escrito". Y le advierte: "Usted verá si pongo un precio demasiado alto, pero le adelanto que no rebajaré nada.

El vizconde acepta el desafío; y cuando al poco tiempo llegue a saber que en sus planes interfiere nada menos que la madre de Cecilia, se pondrá a la entera disposición de la marquesa de Merteuil, prometiendo ocuparse de Cecilia a la par de su nueva aventura con Mme Tourvel: Puesto que la edad de esta maldita mujer la pone a cubierto de mis golpes - concluye Valmont - hay que herirla en el objeto de su afecto.

El vizconde viaja al campo al encuentro de Mme Tourvel. La marquesa, mientras tanto, dispone los arreglos necesarios para lograr que Cecilia sea enviada a pasar una temporada a ese mismo lugar; de esa manera Valmont tendrá la oportunidad de encarar sus dos objetivos simultáneamente.

La novela hace absoluta omisión de toda referencia biográfica acerca de los personajes; el relato destaca, en cambio, la intersubjetividad desplegada en las acciones. Nuestro propósito será, justamente, esclarecer los lazos que unen a los dos protagonistas principales - la marquesa y Valmont -, a partir de la puesta en evidencia de la estructura a la que está sometida la relación entre ambos. Digamos, como anticipo, que enfocaremos esas relaciones girando alrededor de un ser y de un tener en referencia a un significante, el falo. Esta perspectiva nos permitirá indagar lo que, en tanto sujetos, los determina en sus actos y en su suerte. También nos dará la posibilidad de establecer qué hace peligrosas a dichas relaciones, al abordar la función de ese significante fálico en el centro de la constitución del objeto causa del deseo.

Para doblegar a Cecilia, Valmont no apela a violencia física alguna; su medio de coerción es la persuasión. Intimidada por las implacables argumentaciones y alentada, además, por la propia marquesa, la joven doncella termina sometiéndose a la educación que se le brinda. Su instructor, por una parte, se complace en emplear para sus lecciones de amor un lenguaje estrictamente técnico ("Una especie de catecismo del libertinaje" - como lo denomina -) que dejará sin duda perplejo al futuro marido cuando en la noche de bodas oiga tales términos en labios de ella.

Para los entreactos, Valmont reserva el relato de las más escandalosas aventuras, atribuidas siempre a la propia madre de la alumna, generando en Cecilia reiterados ahogos de risa, que buscan aliviar su turbación. Valmont lo justifica así: es el medio más eficaz para depravar a una joven, porque la que no respeta a su madre no se respetará a sí misma. Ostentación de una habilidad, un savoir faire en relación a la naturaleza de las cosas , que revela de inmediato su dependencia a una máxima ; una norma pretendidamente universal y que rige su conducta :

 

"verdad moral, en mi opinión tan útil" - dice - "que he estado muy contento de suministrar un ejemplo en apoyo del precepto" Advertimos en su accionar una subversión de la ley . La ley, por definición, instituye el deseo ; Valmont, en cambio, hace de su propio deseo, una ley

A Madame Tourvel, y consecuente con su intención no sólo de poseerla sino de lograr que ella misma se entregue, la acorrala con discursos igualmente avasalladores: "No quiero poseerla, sólo quiero ser digno de usted. Dígame qué hacer, cómo comportarme. Haré todo lo que usted diga". Seguro del éxito tarde o temprano, Valmont aguarda que se rinda por cansancio. Los efectos que provoca pueden leerse en la respuesta misma de la dama: "¿Por qué se empeña en destruir mi tranquilidad?"

Cuando una noche Mme Tourvel, por imprudencia o debilidad, permite a Valmont entrar en su habitación, éste encuentra una ocasión privilegiada para proseguir su hostigamiento: la ama tierna, respetuosamente; no precisa más que una mirada como confirmación de su amor. Ella insinúa una respuesta y, de golpe, cae en los brazos del vizconde; pero inmediatamente se desprende y se arrodilla. "¡Déjeme, si no quiere que muera!" exclama entre sollozos abrazando a la vez las piernas de Valmont. El la levanta en brazos, el llanto se interrumpe; la lleva hasta la cama, comienza a desvestirla y, abruptamente, la deja, tal como ella le ha rogado. Esa misma noche la señora de Tourvel, sin encontrar tras qué parapetarse, abandonará el castillo.

Evidentemente, para Valmont no se trata sólo de arrasar el cuerpo de la víctima, sino también de arrasar su razón ; despoja a su víctima de la palabra para imponerle su voz. Cabe preguntarse entonces: ¿Qué busca al promover el sufrimiento de Mme Tourvel?

Afirmar que su intención es tan sólo mortificarla resulta insuficiente. Lo que verdaderamente busca es su angustia; lo buscado es la angustia del otro. Valmont rechaza hacia el Otro el dolor de existir. La angustia de su víctima aparece entonces, como condición necesaria -¿para qué?, a Valmont seguramente se le escapa. Pero aunque él mismo no sepa lo que busca, su existencia como sujeto vibra en consonancia con esa angustia. Valmont procura que su división subjetiva e sea devuelta totalmente desde el Otro. En esta escena su deseo intenta, de algún modo, realizarse.

De regreso a su residencia Mme Tourvel pasa los días recluida en sus habitaciones, sin recibir a nadie y rechazando la correspondencia que Valmont insiste en enviarle. Todo ello no amedrenta al vizconde, quien pronto encuentra el medio para lograr aproximarse a ella. Recurre al padre Anselmo, confesor de la señora, para que interceda ante ella y consiga su aprobación para una entrevista que le permita reparar sus culpas y mostrar su arrepentimiento. La gestión tiene éxito y ella accede a recibir a Valmont por última vez, sin sospechar que esa actitud de esclavo tímido no es sino la artimaña final para coronar su empresa.

De lo que sucede en esa visita, es suficiente recordar que Valmont no escatima recurso alguno hasta conseguir el efecto buscado. Mme Tourvel, con los brazos temblorosos, la respiración entrecortada, intenta alejarse del vizconde cuando éste la amenaza: "Es usted o la muerte". -"Pues bien, ¡la muerte!"- concluye Valmont con tono siniestro, y finge alejarse. Giro final de su maniobra. Mme Tourvel cae desvanecida en sus brazos y, cuando vuelva en sí, él la encontrará sumisa y entregada a su vencedor

 

Valmont puede ahora jactarse ante la marquesa de tener a esa virtuosa y bella dama enteramente sometida al capricho de su voluntad :"Ha sido una victoria completa lograda a costa de una campaña penosa y decidida por sabias maniobras"

Una fina estrategia para esta guerra que, como el mismo Valmont lo reconoce, frecuentemente se parece tanto a la otra.

Efectivamente, podemos establecer una comparación, incluso un paralelismo, entre el arte de amar y el de guerrear. El lenguaje amoroso se nutre de expresiones que están tomadas de una manera muy precisa de las tácticas militares. Se instituye así un verdadero "lenguaje guerrero del amor", del que el propio Valmont nos ofrece un inigualable ejemplo :

Obligué a combatir al enemigo que sólo quería conciliar ; me atribuí, por sabias maniobras, la elección del terreno y la de las disposiciones ; supe inspirar seguridad al enemigo, para alcanzarlo con mayor facilidad en su retirada ; supe luego causar en él el terror antes de llegar al combate ; nada dejé a la casualidad, sino por la consideración de una gran ventaja en caso de éxito y la certidumbre de tener recursos en caso de derrota ; en fin, sólo empecé la acción con una retirada segura, con la cual pudiese cubrir y conservar todo lo que había conquistado anteriormente.

Pero este uso de expresiones guerreras por parte del Vizconde se distingue a nuestro juicio del propio del amor en Occidente. Luego de la "rendición" cabría esperar un efecto de inversión en la que el amante se tornará prisionero al mismo tiempo que vencedor ; se convertirá en vasallo de la dama, como si fuese él quien hubiera experimentado la derrota.

En cambio, Valmont reafirma su posición del modo siguiente :

Me gusta esta manera de ver, que me ahorra la humillación de pensar que yo pueda depender de algún modo de la misma esclava a quien habría sojuzgado ; que yo no tenga únicamente en mí la plenitud de mi dicha ; y que la facultad de hacerme gozar de ella en toda su energía esté reservada a tal o cual mujer excluyendo a cualquier otra.

Valmont se complace en estas impresiones, que ordenan su conducta y le permiten no dejarse encadenar - según sus propias palabras - "de manera tal que puedo romper siempre esas nuevas ataduras con facilidad y a mi voluntad".

Sus reflexiones desembocan así en el punto donde voluntad y sexualidad se mezclan, conformando un mismo campo. Sexualidad ligada a la voluntad que, para un autor como Malraux, se convierte en nudo central del aspecto erótico de la obra. Se trata para él de una verdadera "erotización de la voluntad".

Deseo que se presenta, entonces, como voluntad de goce; satisfacción sin freno que, sin embargo, encuentra su propio límite en el ejercicio como tal de ese deseo. Voluntad de goce que presta al vizconde la apariencia de ser dueño de su deseo ; pero que, como para cualquier otro, es voluntad que fracasa. Valmont desconoce al servicio de qué goce ejerce su actividad; no necesariamente - lo intentaremos demostrar - es al servicio del propio.

Y aquel pudor y la belleza incomparable de su víctima que, según él, realzaban lo extraordinario del triunfo, se convierten por el contrario en una verdadera exigencia, que va más allá de todo lo que hace a un atractivo sexual.

 

 

Hay una relación entre la belleza y el deseo. La manifestación de lo bello intimida, vela el deseo. Paralelamente, el pudor custodia la aprehensión directa de lo que hay en el centro de la conjunción sexual. Belleza y pudor que se constituyen, entonces, en una barrera extrema para prohibir el acceso a un horror fundamental. Algo existe más allá que no puede ser mirado.

Ultrajando a Madame Tourvel en su dignidad, arrasando su pudor, Valmont se encamina más allá del espejo de su belleza en procura de un goce que debería permanecer interdicto.

En la economía del deseo, el goce está suspendido. Valmont, en cambio, convierte las redes del deseo en un aparato de conducción con el que roba por cortocircuito un goce.

El vizconde da por cumplida su parte del contrato y corre a reclamar a la marquesa la prometida recompensa; pero ella, para su total sorpresa, declara nulo el arreglo; no cabe la menor duda de que Valmont se ha enamorado de Mme Tourvel. El lo niega de plano; el lazo que lo une a la marquesa - afirma con absoluta convicción - nunca se ha roto. Pero sus propias palabras lo traicionan. El sutil detalle de calificar a Mme Tourvel de mujer "tan asombrosa" no escapa a la perspicacia de la marquesa, quien reconoce en ese "asombrosa" un adjetivo que, más que describir las cualidades de la dama en cuestión, pone de manifiesto los sentimientos del propio Valmont. Cuestión que formularemos del modo siguiente : el vizconde recibe su propio mensaje bajo una forma invertida.

La marquesa le anuncia entonces que saldrá de viaje, y que a su regreso pasarán una única noche juntos, a condición - claro está - de la prueba por escrito que Valmont aún le debe. "¡Así se hará!" - responde el vizconde, resuelto a rendirle su homenaje una vez

más. Y en la primera ocasión que encuentre, sugerirá a Mme Tourvel que vuelva a escribirle. Mientras tanto, la marquesa se entretiene con su nuevo amante, el caballero Danceny, joven pretendiente de Cecilia, que la marquesa misma ha introducido en la intriga como parte de la venganza.

Enredado en esta particular dialéctica de engaños y actividades de seducción, Valmont obtiene la confirmación escrita de su hazaña.

Al llevársela a la marquesa, la encuentra con Danceny. Ella consigue apaciguarlo apelando al Valmont amable y considerado de otros tiempos; la cita es nuevamente postergada para la siguiente semana. Al retirarse, el vizconde pretende saber si acaso la marquesa impondrá alguna nueva condición antes de cumplir con sus obligaciones. Ella le relata, entonces, un breve cuento. Queda a criterio de Valmont dedicarle la atención que merece. En el peor de los casos, añade la marquesa con tono de resignación, no será sino un cuento perdido. He aquí el relato :

Un conocido suyo se había empecinado con una mujer totalmente inapropiada para él, poniendo en peligro su buen nombre y reputación. Este hombre tenía una amiga que, por algún motivo incierto, le sugirió el remedio para librarse del problema ; le mandó pues la carta siguiente sin ningún otro aviso ni aclaración.

 

 

 

 

 

 

 

De todo se aburre uno, ángel mío, es una ley de la naturaleza ; está más allá de mi control. Por lo tanto, si hoy me aburro con una aventura que me ha ocupado desde hace cuatro meses mortales, está más allá de mi control.

Si, en este caso, he tenido exactamente tanto amor, como tú virtud, y ya es mucho decir, no es extraño que los dos hayan terminado al mismo tiempo. Está más allá de mi control.

De ahí viene que desde hace algún tiempo te engaño ; pero también me obligaba a ello, en cierto modo, tu despiadada ternura. Está más allá de mi control. Hoy una mujer a la que amo locamente exige que te sacrifique. Está más allá de mi control.

Me doy cuenta, es cierto, de que ésta es una buena ocasión para clamar perjurio ; pero si la naturaleza acordó a los hombres constancia, mientras les daba a las mujeres obstinación, está más allá de mi control.

Hazme caso, elige otro amante, como yo elegí otra amante. Este consejo es bueno, muy bueno ; si lo encuentras malo, está más allá de mi control.

Adiós, ángel mío, te tomé con placer, te abandono sin pesar ; puede que vuelva a ti. Así anda el mundo. Está más allá de mi control.

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En la película de Frears Valmont busca a madame Tourvel, y, absolutamente sometido, representa ante ella el monólogo sugerido al protagonista del cuento. En el contexto modernizado de Vadim, el vizconde envía el texto sugerido por la marquesa por medio de un telegrama. La versión de Forman, en cambio, minimiza la importancia de la escena : Valmont deja a Madame Tourvel una breve nota que le anuncia su decisión de abandonarla.

Relato dentro de otro relato, escena sobre la escena que envuelve un enigma. Disfraz que no rebaja su valor sino todo lo contrario, confirma del modo más enérgico su afirmación. En la novela, Valmont se limita a copiar el texto de su puño y letra y lo envía sin tardanza a la señora Tourvel. El mensaje ha llegado a destino en forma satisfactoria.

Asumiendo por entero el designio de la marquesa , Valmont se apropia del texto y lo rubrica con su firma, renunciando de ese modo a su propia palabra. Punto culminante de su empresa, encarna en una escena el personaje que sella su consagración al goce del Otro.

Alcanzamos ya los tramos finales de la intriga. Mme Tourvel que, no tiene otra alternativa que considerar el mensaje original de su portavoz, busca refugio en un convento, donde se dejará morir. En el extremo de su desesperación, dicta una última carta a su doncella : "¿Por qué te niegas a mis suaves caricias ? ¡Dirige hacia mí tu dulce mirada ! ¿Cuáles son esos lazos que tratas de romper ? ¿Por qué preparas ese aparato de muerte ?"

Lectores o espectadores, nos hacemos eco de esta interrogación : ¿es que acaso Valmont la amaba verdaderamente ? Se ama con lo que a uno le falta ; amar es dar lo que no se tiene. En la medida que el amor soporta la caída del objeto permite al goce condescender al deseo.

Valmot reniega de la castración del Otro, desconoce el falo como punto de falta para el sujeto. Más aún, provee él mismo aquello que colma, que reemplaza esa falta. "Me desespera estar separado de ella", se confiesa ante Danceny, "créame, uno sólo es dichoso por el amor".

Pero, ¿qué decir de esta desesperación del vizconde ? Se renueva nuestro interrogante : ¿se le puede dar crédito o es que pretende engañar a todo el mundo y hasta el fin ? Su propia posición subjetiva condena al amor a fracasar en su función mediadora entre goce y deseo. En todo caso, podríamos afirmar, el vizconde ama sólo su propio goce.

"¿En serio vizconde ha abandonado a su presidenta ? En verdad es usted un encanto ; ¡y ha sobrepasado lo que yo esperaba !" Valmont ha resultado un notable auxiliar ; ha sacrificado a esa mujer dándole a la expectativa de la marquesa plena satisfacción Sin embargo, ella tiene aún para hacerle una inesperada revelación :

Tal vez le parezca que doy un gran valor a esa mujer, a quien no hace mucho apreciaba tan poco. Nada de eso. No es ella a quien he ganado la partida, es a usted ; eso es lo divertido, lo verdaderamente delicioso.

Se revela entonces el carácter de trabajo que conlleva la "heroica empresa" asumida por el vizconde. Súbitamente, Valmont ve reducida su función de ejecutor a la de mero instrumento; al fin y al cabo, no ha hecho sino un agotador esfuerzo para hacerse instrumento del goce del Otro. El rol de ejecutor de Valmont trasluce ahora el lugar de alguien que se ha desvivido por ser objeto del goce del Otro. Posición que no es solamente peligrosa ; también puede resultar mortífera.

El vizconde reclama una vez más el cumplimiento de lo pactado; escribe a la marquesa advirtiéndole que al menor obstáculo que ella ponga será tomado como una verdadera declaración de guerra. "¡Pues bien! ¡Guerra!" - es la respuesta de la marquesa, escrita al pie de la misma carta que le envía Valmont. Quie la marquesa escriba su respuesta en la parte inferior de la carta de su corresponsal, y no en hoja aparte, es un detalle que no debemos pasar por alto. El pacto se ha quebrado. La marquesa ya no está dispuesta a sostener la escena. Y a continuación veremos lo que sucede a Valmont, cuando ya no puede permanecer en ella

Las consecuencias no se harán esperar. El vizconde logra atraer la atención de Danceny nuevamente hacia Cecilia, con la única intención de contrariar a la marquesa. Esta, a su vez, hace saber a Danceny de los procedimientos de Valmont para con la joven enamorada.

La marquesa saca provecho de lo que el vizconde nunca hubiera previsto : hacer públicas las confidencias contenidas en su hasta entonces privada correspondencia. La ruptura del contrato se hace patente ahora a través de la correspondencia misma : su interrupción sustrae el montaje escénico y al denunciarse el secreto ante Danceny, el escándalo coronará la ruptura. Alusión pública a sus prácticas de antaño que constituye un mecanismo habitual de ruptura de la pareja perversa.

Las cartas que hasta entonces habían sido una muestra de intimidad y de secreto compartido se convierten ahora en una puesta en evidencia . Gesto de franca hostilidad de parte de la marquesa que viene a confirmarnos que el goce del Otro no es signo de amor

El vizconde, desenmascarado, es retado a duelo por Danceny. La novela original de Laclos nada informa acerca de ese duelo más que sus consecuencias. Una carta enviada a su tía le hace saber que "su señor sobrino tuvo la desgracia de sucumbir en un combate singular que tuvo esta mañana con el señor caballero Danceny"(...) "estaba yo en casa del señor vizconde esperándolo, precisamente cuando lo trajeron a su casa. Figúrese mi horror al ver a su señor sobrino cargado por dos de sus gentes, y todo bañado en sangre. Tenía dos estocadas en el cuerpo y estaba ya muy débil". "Menos de media hora después, el señor vizconde quedaba sin conocimiento..."

Las diferentes versiones cinematográficas se han detenido a recrear esa escena del duelo. Admitir, como lo sugiere J. L. Borges, que no hay textos definitivos sino apenas borradores, que una re combinación de elementos puede incluso mejorar un arreglo previo, nos lleva a no pasar por alto las diversas propuestas de cada uno de los directores.

Roger Vadim, en su versión actualizada, sitúa el episodio en el refugio de una estación de esquí. El duelo se transforma en una pelea a puñetazos y la muerte de Valmont en un inesperado accidente : tropieza durante el forcejeo y da con la cabeza contra unos leños que rodean el hogar

Por su parte, y en el marco de su exquisita ambientación, Forman nos propone un Valmont que ha pasado la noche previa emborrachándose en una taberna, donde también conseguirá sus pintorescos padrinos. Se mantiene fiel a la novela al no representar la escena del enfrentamiento, aunque la ebriedad del vizconde nos anticipa el ineludible desenlace.

Frears nos propone una tercera y, a nuestro juicio, aún más interesante versión de cómo el duelo habría tenido lugar. Tras varios asaltos donde los contendientes intercambian estocadas alternadamente, Valmont se recuesta sobre un muro para tomar aliento; observa la empuñadura de su espada y, sin que Danceny lo advierta, la deja caer. Se impulsa entonces hacia adelante, haciéndose atravesar por el arma de su adversario. Esta sugestiva escenificación , por una parte, imprime al accionar de Valmont el carácter de un pasaje al acto suicida. Además, invita a ser leída bajo la clave del complejo de castración: para tener el falo, para poder servirse de él, es preciso, justamente, no serlo. Sólo a partir de reconocer que no lo es, el sujeto puede normalizar su posición natural.

La castración, en tanto complejo, es un nudo de relaciones que implica para el sujeto insertarse en el sexo y acceder a la dialéctica del deseo; en otras palabras, situarse en relación al deseo del Otro. Y es en ese punto nodal del deseo del Otro - punto que representa el significante fálico -, es en ese punto que el objeto que causa al sujeto viene a tomar su lugar. Función puntual, central, del falo : promueve el objeto como objeto del deseo. El goce debe permanecer rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo. El momento de avance del goce, del goce del Otro y hacia el goce del Otro, supone la castración constituida como prenda de ese encuentro. No hay deseo realizable, en fin, sino implicando la castración.

Moribundo, Valmont entrega a Danceny las cartas que comprometen a la marquesa, para que las haga públicas; el escándalo social será la vía por la que ella también se derrumbe. Desenlace de esta intriga, en la que Valmont, sin saberlo, ha ocupado el lugar del objeto en beneficio de la marquesa, para cuyo goce ejerció su acción.

Esclavizado por la necesidad de restablecer bajo el yugo del goce el sostén en el campo del Otro , ha realizado de hecho la función de obturar su falta. Desde esa posición que restituye al Otro su completud, Valmont interroga lo que atañe al goce.

La ruptura del contrato, permanente sostén de su accionar, lleva a Valmont a ser rechazado definitivamente fuera de la escena, al confrontarse con el objeto al que identifica su existencia.

Atrapado en la ilusión de su posición fálica, erigiéndose como el objeto que al Otro le falta, Valmont demuestra lo peligroso de su condición.