
DEL SER AL NOMBRE PROPIO
Claudia Zaiczik
(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.
Hace un tiempo, escuché al dueño de una galería de arte decir lo siguiente: "Un Picasso puede tener un valor de millones de dólares, pero no cualquier Picasso. Este artista genial pintó miles de cuadros, y sólo un diez por ciento de la obra es trascendente; en el resto pueden encontrarse cuadros buenos, regulares, y hasta malos. Pero lo que es innegable es que Picasso es siempre Picasso".
Me resultó interesante la idea que subyace a este comentario: cada una de las obras y actos de un sujeto tienen un peso propio que marca el nombre de manera diferente. Pero a su vez, esto abre una pregunta: ¿De qué se trata esa diferencia, y en qué momento el sujeto se apropia del nombre heredado, para gozar de él y anotar el usufructo a su cuenta? Intentaré responderla.
Cuando Hegel dice que "el hombre no es más que la serie de sus actos" afirma que no importa cuan impecable haya sido su conducta durante cada día, de todos los años de su vida, siempre está a tiempo de cometer un último acto que arruine todo lo que ha sido hasta ese momento. En esa misma dirección Thomas Mann dice que no importa cuan incestuoso o pecador haya sido un hombre durante su vida, siempre puede expiar sus culpas y convertirse en Papa. Volvemos a encontrar la idea de la diferencia cualitativa entre un acto y la serie
En el Seminario de la Identificación, Lacan trabaja el tema del nombre a partir del discurso de un lógico-matemático (Bertrand Rusell) y de un lingüista (Gardiner). Rusell dice que un nombre es una palabra para designar las cosas particulares como tales, por fuera de toda descripción como particular. Es decir, que si tomamos cualquier objeto: un zapato, por ejemplo, más allá de las características que pueda tener: ser de cuero, color negro y de taco alto; y lo comparamos con otro de gamuza, color marron y de taco bajo, ambos son un zapato. Hasta los podríamos bautizar: llamar a uno Juan y al otro Pedro, y seguirían siendo un zapato.
Borges decía que a Funes el Memorioso le molestaba que el perro de las 3 y 14 visto de perfil tuviera el mismo nombre que el perro de las 3 y 15 visto de frente. En el mundo de Funes había detalles inmediatos pero era incapáz de ideas generales; incapáz de pensar, de olvidar diferencias, y abstraer. No había símbolo.
Sabemos que acceder a lo simbólico nos permite no sólo ordenar el caos sino tener más chances de sobrevivir.En su libro "Borges y la matemática", Guillermo Martínez dice que el hombre primitivo debía admitir que el lobo que lo iba a atacar a las 3 y 14 visto de frente, era el mismo lobo que lo iba a atacar a las 3 y 15 visto de perfil. Es decir, lo que el hombre primitivo logra a traves de nombrar al lobo es asesinar a la cosa.
Gardiner desde la lingüística sostiene que en el nombre común el acento está puesto sobre el sentido y en el nombre propio sobre el sonido. Lacan toma esto y va más allá. Afirma que si bien el nombre propio se relaciona con algo que en su esencia es del orden de la letra, es de la letra en tanto escrita. Algo se conserva en su estructura de una lengua a otra, no tiene traducción. Esto permitió descifrar el jeroglífico egipcio: en todas las lenguas Cleopatra es Cleopatra.
Por último, para finalizar con el Seminario citado, Lacan liga el nombre propio, como raíz del sujeto, con aquello que en el lenguaje está listo para recibir la información del trazo.El nacimiento del significante a partir del signo lo ejemplificamos cuando Robinson borra la huella en la arena, y sobre esa superficie,podrá inscribirse un trazo. La idea que a mi entender subraya Lacan en relación al nombre propio es la de la marca aplicada sobre el objeto, superpuesta a él .
Si bien cualquier sintagma, y gracias a la condición no unívoca del lenguaje, está sujeto a asociación significante, el nombre propio, al no remitir de manera necesaria a algún significado, es materia más apta que el nombre común para la asociación con la imagen acústica. Esto se hace tangible con las palabras en lenguas desconocidas, y con las equivalencias sonoras que hacen los niños entre una palabra que conocen y otra de la cual ignoran el significado.
Proust lo escribe de manera más poética: "los nombres tienen en sí mismos una forma, un relieve, una luz, sin embargo modificada, quizá a nuestro pesar, por algunas asociaciones con determinadas palabras que, cuando pensamos en un lugar del que sólo conocemos el nombre, nos lo hace imaginar" .
Los niños , tienen la posibilidad de asociar, de manera más libre que los adultos,con esa música y ese color que cada palabra les despierta. El desconocimiento del significado les permite esa libertad asociativa.
Vemos entonces cómo através del sonido, también sobre imprimimos al nombre una marca que viene de otro lado.
¿El nombre nos representa?
¿Podemos pensar el nombre propio como un objeto recursivo, es decir, una parte del objeto que guarde la información del todo? Para ejemplificar objetos recursivos me serviré de los citados por Martínez en el libro antes mencionado: el primero lo encontramos en el cuento de Borges "El Aleph" donde una esfera guarda todas las imágenes del universo.Otro objeto recursivo es una célula, ya que puede reproducir a un hombre en un clon. Por último, el cuadro de Velázquez "Las Meninas", donde parte del cuadro es el lienzo donde se reproduce el todo. El mismo Borges decía que la aleph (primera letra del alfabeto hebreo) tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra: el mundo inferior como espejo y mapa del superior. Para los matemáticos esa letra es el símbolo de los números transfinitos, donde el todo no es mayor que alguna de sus partes.
A través del nombre heredado, el sujeto podría ubicar algo del deseo de los padres representado en él, a partir de lo que ellos mismos dicen sobre el motivo que los llevó a nombrar así a sus hijos: en honor o en memoria de algún personaje, por el significado, por la música del mismo; dejando una equis, enigmática para el sujeto, de lo que ellos no pueden dar cuenta.
Me inclinaría a pensar que si bien el nombre podría representar al sujeto (como si fuera un objeto recursivo), sólo gracias a algunos de sus actos ese nombre tendría existencia despegada del puro ser y de lo que fue para el Otro.
Emmanuel Lévinas en su libro "Etica e infinito" dice que no se trata de salir de la soleadad, sino de salir del ser. Hay que actuar para no fatigarse, porque fatigarse es fatigarse de ser. La única salvación es deponerse del ser mediante la relación con el otro, para salir del anonimato y ser susceptible de un nombre. Enumera formas de salida: el conocimiento, la sociabilidad, el erotismo, la filialidad. Esta última forma es para él el paradigma de la trascendencia, porque el sujeto dispone, a traves de su hijo, de la posibilidad de no retornar fatalmente a él mismo.
La articulación entre letra , nombre y acto la trabajan los estudiosos de la Cabala a la hora de interpretar la toráh. Esther Cohen, en su libro "La palabra inconclusa" dice que la letra es la única figura de adoración posible y permitida por el dios de Moisés, a su vez el nombre encarna el sentido secreto y oculto de la escritura, y el nombre propio contiene el alma humana vinculándola con su destino. Es decir: la letra dice pero no dice todo, está sujeta a la interpretación. Los Cabalistas consideran que la escritura es mal y remedio. Mal, en tanto que pérdida de sentido debido a la arbitrariedad del signo, pero a su vez salvación, debido a la búsqueda de sentido.
El Génesis comienza con la letra bet (segunda del alfabeto hebreo) con la palabra bereshit que significa : en el comienzo. Muchos cabalistas interpretan que no empieza con la aleph para subrayar que algo está perdido y esto obliga a la construcción.
En el comienzo el hacer, el crear, aparece antes que el ser. Dios crea algo caótico y ordena en un segundo tiempo a traves de nombrar. Ordena los significantes en pares: día-noche, cielo-tierra, etc.
El modo subjuntivo: "Que haya lúz" nos muestra a un Dios deseante, habitado por la falta, que apunta a lo real por un acto subjetivo
Otro texto bíblico, el Exodo, a través de una frase puesta en boca del pueblo:"naasé ve nishmá"(haremos y escucharemos), es tomada e interpretada por los cabalistas . Ellos dicen que esa frase resume el imperativo ético del pensamiento de la toráh: anteponer la acción frente a cualquier cuestionamiento. Acepta la reflexión como producto de la acción. La palabra de Dios es ley y la ley debe ante todo ser "actuada", aunque sea desobedecida.La acción es acá elevada a su más alta categoría: como destino del hombre en manos del hombre.El nombre heredado dice pero no todo, el acto del hombre anotará el resto.
En R.S.I, Lacan toma un pasaje del Exodo: cuando Moisés le pregunta a Dios cual es su nombre y recibe como respuesta:"Soy el que soy". Dice que esto nos permite pensar el agujero que traga y luego escupe el nombre, el padre como nombre.El padre eterno que nomina y anuda para que soportemos el peso de lo real.
Antes de intentar articular una respuesta a la pregunta planteada, expondré una viñeta clínica.
Se trata de un paciente al que llamaré Ariel. Consulta después de haber abandonado varias carreras relacionadas con el arte. Intentaba darle el gusto a sus padres que deseaban, según él, un hijo con título universitario. Pero lo único que a este joven le interesaba era pintar. Lo hacía diariamente cuando volvía del negocio donde era empleado.
Decidió hablar con sus padres, les planteó que ya no intentaría una nueva carrera y que dejaría de trabajar porque eso le insumía demasiado tiempo. "Quiero ser artista plástico"-les dijo.
Sabemos que no es lo mismo ser médico o ingeniero, donde se accede a esa categoría mediante un título, que "ser artista". De todos modos los padres aceptaron y lo mantenían economicamente aunque Ariel ya no vivía con ellos.
Pero las cosas no resultaron como él suponía. Cuanto más tiempo tenía para pintar, cuanto menos lo objetaban sus padres, más se angustiaba. Cuando dejaron de expresarle preocupación respecto a su porvenir, él comenzó a preocuparse.
Temía ser un impostor, defraudar a quienes creían en él y lo apoyaban.Decía que antes era un "chico que promete", y ahora no sabía bien qué era. Se aleja de la pintura y se dedica a la realización de Instalaciones, ya que considera que el verdadero arte es conceptual.
Pasaba largas horas tirado en la cama pensando en la obra que haría. Cuando llegaba la novia y le preguntaba qué había hecho durante el día, le respondía: estuve trabajando. Eso era motivo para que pase otras largas horas dilucidando si eso era o no era trabajar.
También se preguntaba si era o no artista plástico. Algunos días se respondía que sí y otros que aún no. ¿De qué depende-decía- de la cantidad de horas que trabajo, de la cantidad de obras que termino?
No es difícil suponer de dónde intentaba despegarlo y hacia dónde procuraba dirigirlo. Esto se lo mostraba aplaudiendo entusiasmada y sin disimulo los consejos que le daban sus amigos: que soporte las largas colas para anotarse en concursos de galerías , que discuta con otros su arte en un espacio al que llaman "clínica de obra", que sea docente de plástica para no estar tan atado al dinero de sus padres. Él se negaba a todas estas propuestas, y hasta se cuestionaba si era ético vender un cuadro y lucrar con el arte, ya que eso implicaba, según sus palabras, ser cómplice del sistema mafioso del mercado.
No me detendré acá en desarrollar las implicancias edípicas que tenía la posición de Ariel. Sólo citaré las palabras que le repetía con la vehemencia de quien intenta horadar una roca: "Todo con tal de seguir siendo el joven prometedor que completa a mamá, en lugar de salir al rodeo y competir con los otros".
Casi a su pesar, (porque salío elegido en varios concursos), empezó a exponer. Sufría mucho cuando entregaba una obra para ser colgada. Temía que la rompan, que la cuelguen mal, o se enojaba cuando le solicitaban que la firme.
En una sesión cuenta que tuvo una pelea con su novia. Esto era un hito, ya que Ariel no dedicaba tiempo para hablar de las "trivialidades de la vida". Cuenta que estaban en la casa de su chica, y ella se enojó porque le había pedido en varias oportunidades que cambiara el cuerito de una canilla que perdía, y él no lo había hecho."¿Cómo me vas a pedir eso si yo soy artista plástico?"-le responde.Le pregunto si él suponía que la mujer de Picasso no le avisaba cuando se inundaba el baño. Los autoreproches constantes le consumían tanta libido que lo convertían en lo que él llamaba "un inútil para la vida cotidiana". Le costaba ocuparse de hacer las compras, un trámite, o pedir un turno en el dentista.
El giro en su posición, viene de la mano de algo que comenzó a hacerle falta: el dinero. No soporta más pedirle a su padre, ni que la novia pague todas las salidas y se haga cargo de las vacaciones.
Retoma una antigua pasión: la fotografía, y se anota en un curso de foto periodismo con el propósito de encontrar allí una salida laboral. La salida que encontró no fue sólo laboral. En el curso fue un alumno destacado.Comienza a exponer sus fotos sin dificultad, en forma grupal e individual. Lo llaman para cubrir eventos y recibe remuneración. Consigue una pasantía en un diario prestigioso, lo que le exige levantarse a las 7 de la mañana, desafiando la incredulidad de sus amigos. Empieza a conectarse con gente del medio, que lo recomienda para otros trabajos. Se alivia y deja de torturarse.
En forma paralela, algo se le aligera con la plástica. Expone sin tantas contradicciones, circula, se conecta.
Cuando un amigo suyo expuso un cuadro en una muestra importante a nivel nacional, y no lo vendió, le dijo: "Ariel, no hace falta que me consueles, esta es una liñita más en el currículum, porque lo que cuenta, lo que se anota, no son las obras realizadas, son las mostradas".
Relata que una mujer desconocida, llamó a su casa porque necesitaba cubrir fotográficamente un evento, y alguien le había dado su teléfono. Dice: "lo que me llamó la atención fue que no preguntó por el artista plástico, ni por el fotógrafo, preguntó por mí,"- y agrega- "Creo que estoy soltando la calavera de Hamlet". Se refería a algo que yo le había dicho en tono humorístico: "que no te pase como a Hamlet, tán ocupado con el To be or not to be, que ni se dió cuenta que la novia se había tirado al río".
Momento de concluir.
La idea que está presente en todas las perspectivas desde las que se aborda el tema del nombre, es la de una marca sobre el objeto. Si el objeto es el ser, reconocemos estas marcas como puntos identificatorios. Uno puede ser Juan o Pedro, pero también de River o de Boca; Lacaniano o Jungiano; Ateo o Budista. Uno puede tener nombre de rey o de mártir, que suene dulce o imponente. Incluso desde la lógica del ser y el tener, lo que nos enseñan las teorías de Mercado, es que elegimos productos de una deteminada Marca, cuando esa marca refleja, como en un espejo, lo que somos o nos gustaría ser. Entonces compramos Coca o Pepsi, Marlboro o Philip Morris, Odol o Kolinos.
Pero hay en el nombre propio, un punto irreductible, intraducible, una superficie que exige de actos que le den existencia a ese ser .Esos actos implican franquear un límite, una frontera, y modifican al sujeto, como si fueran textos fundacionales en la escitura de su historia. Algunas veces, esto a su vez modifica algo en la historia de la cultura, las artes o la ciencia.
Ariel comenzó a gozar de su nombre propio, a anotar los provechos a su cuenta, cuando logró desconsistir la cápsula narcisista de ser artista plástico, fotógrafo, o jóven prometedor, para circular entre los semejantes siendo uno más.