MATADOR DE ALMODÓVAR: LA COGIDA Y LA MUERTE

por Hugo Svetlitza.

(*) Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis; Rosario; 1999.

LOS personajes centrales de la película son Diego, ex torero, profesor de tauromaquia, quien disfruta viendo en su televisor escenas de crímenes, hecho que lo transporta a éxtasis orgásmicos y Angel – uno de sus alumnos – ambiguo sexualmente, dominado por una madre voraz la que es miembro del Opus Dei.

Paralelamente a la escena del goce orgásmico televisivo de Diego, la imagen muestra a una mujer llamada María Cardenal quien mata a su partenaire sexual clavándole un alfiler que extrae de sus cabellos multiplicando, así, sus orgasmos.

La trama se mueve en torno a Angel quien decide reivindicar su cuestionada masculinidad intentando violar a Eva (novia de su maestro de toro). Surge en Angel un intenso sentimiento de culpa por lo que resuelve confesar su delito a la policía.

El se responsabiliza de tres crímenes ocurridos, situación que lo conduce a ser defendido por María Cardenal, abogada de oficio.

La investigación que realiza la abogada conduce al encuentro con Diego: comienza en ellos una descontrolada pasión que va in crescendo: la sangre derramada, la capa del torero, la estocada, los une en la misma devoción "a los dos nos obsesiona la muerte" aducen.

El amor – pasión de Diego se potencia cuando él – viendo un video de sus faenas – percibe la presencia de María en la plaza de toros: "estamos condenados uno al otro" dice. Diego le regala el objeto por ella tan preciado: su capa.

Mientras tanto transcurre la vida de Angel en prisión: su madre – terrible e implacable – afirma que su hijo debe pagar sus culpas ante Dios. El sufrimiento de Angel asume la forma de queja: se lamenta de no poder oír, pues continuamente tiene sensación de vértigo. La policía lo traslada a la casa de Diego donde supuestamente están los cuerpos enterrados por el asesino.

A todo esto lo pasional invade la cotidianeidad de María y Diego: con el living profusamente adornado de los objetos taurinos de Diego, María exclama "estoy viviendo los preámbulos de un gran orgasmo …"

Se va aproximando el desenlace: Eva, celosa de esta relación denuncia a Diego como el ejecutor de los crímenes. Angel colabora con la policía, utilizando sus dotes de vidente y percibe el lugar donde está la pareja buscada. El clima sombrío es aportado por la naturaleza: hay una eclipse de sol largamente comentado por los medios.

La troupe integrada por Angel, la policía, la psiquiatra deben llegar a tiempo antes de que se produzca lo peor. En el instante que llegan a la casa encuentran a Diego vestido de torero mientras hace el amor con María … "¿Te gustaría verme muerta? gime ella gozoza, sí, responde él en pleno éxtasis y "que tu me veas muerto también".

El eclipse da marco apropiado al lúgubre espectáculo, los dos cuerpo yacen, mientras la banda de sonido se hace oír "Espérame en el cielo corazón…" . El comisario viendo los dos cadáveres comenta "nunca he visto a nadie tan feliz …"

La fuerte presencia de madres voraces y dominantes (las de Angel y Eva) va en detrimento de la descalificación de la función paterna: con su autoculpabilidad Angel sostiene a un Dios – padre (recordemos todas las referencias religiosas en la película: Opus Dei, las nominaciones Angel, María, Cardenal, el guía espiritual sugerido por la madre, el cura confesor). Su culpa hace que demande al Otro de la ley una sanción pues es su deseo hacer de su castración la consistencia del Otro: erige, así, un padre imaginario que funciona como su fiscal.

Esto es lo básico del film: el Otro y su barramiento. Son especialmente María y Diego los encargados de buscar la completud del Otro, de actuar perversamente la creencia del neurótico de buscar un más allá de la muerte donde, sí, se hallaría la proporción sexual que no hay. La certeza en el saber de este goce más allá es lo que diferencia el goce perverso del místico.

Es en la dimensión del "existe la castración pero la desmentimos" que estos personajes adquieren el goce de la perversión: el contrato de María y Diego quienes montando una escena se ofrecen como objetos de sacrificio arrojados al pleno goce del Otro.

Para hacer más brillosa la escena Diego reviste su nada con el traje de luces y dona su capa a su partenaire, fetiche apto para restaurarle sus objetos al Otro.

El alfiler – instrumento mortífero de María – pasa de mano en mano, cuya posesión dota de poder a quien lo tiene, circulación del falo ausente convirtiendo al poseedor en amo absoluto gobernando sobre la vida y la muerte. De esta manera la muerte se erotiza, la falta se transforma en plenitud, todo es promesa de goce.

Los personajes son duplicados en sus imágenes, buscan lo semejante, son miméticos: el policía y el torero son rengos, María y Diego hacen de dos uno, la madre y Eva se mezclan en sus deseos.

La fusión de los contrarios tiene que ver con la renegación. El principio de no contradicción es el equivalente de la castración en el campo de la lógica. Señala Catherine Millot que la posición perversa expresa una topología de las superficies en la cual anverso y reverso resultan idénticos. La demostración de la identidad de los contrarios lleva a recusar la pertinencia de la diferencia sexual. El mimetismo asociado con el vértigo son referidos por Roger Callois en conexión con la pulsión de muerte; el vértigo – mimetismo lo poseen los personajes centrales cuyas identificaciones hace que se vean atraídos hacia el goce de la muerte, imán que arrastra hacia el goce cuando el objeto de deseo se muestra particularmente oscuro. En la película el eclipse, al opacar la luz, revela la función oculta del deseo.

El pacto suicida expresa lo sintomático del film: suicidio no como deseo de dejar de existir, sino de vivir eternamente en un puro goce con la mítica ilusión del encuentro de la relación sexual; el comentario del policía "nunca he visto a nadie tan feliz" sostiene esta creencia.

Es el objeto ideal contemporáneo – la televisión – el que provee de satisfacción autoerótica a Diego articulando la cogida y la muerte taurina y es recién cuando percibe a María en la pantalla que ésta adquiere un relieve que antes carecía: surge en Diego la pasión, besa el televisor, se convierte ella en causa de su deseo, revestido pronto con la capa con su valor de fetiche. La imagen – hábito es necesaria para vestir lo real de la castración.

El fetiche erigido en el lugar del falo materno faltante lleva la marca de la castración que cubre. Es una imagen prestada del cuerpo de la madre la que sirve para tapar la falta. Es con el fetiche que un perverso convierte a un significante en un objeto fijo en un mismo lugar. Los objetos taurinos son la condición necesaria por la que sostiene su deseo.

La tauromaquia es capaz de dar una imagen perturbadora de nuestra concepción misma de la belleza.

Afirma Michel Leiris que de todos los actos que realiza el torero durante la corrida, el más patético (salvo la estocada final) es el pase que efectúa con la ayuda de la capa; provocado por el resplandor de la tela, el toro arremete. El elemento capital es el nivel de exposición del torero en relación al animal y la duración de esa exposición. Dice Leiris que en el pase tauromáquico, el torero representa la belleza comparable con la armonía de los astros.

Lo que distingue el pase tauromáquico de la simple esquiva es el uso del engaño, juego de escondidas y astucias. Arte trágico, carácter coreográfico, proximidad del hombre y el animal unidos en una especie de danza estrecha, ritmo de vaivén como los movimientos del coito. La corrida, como un sacrificio, tiende a su paroxismo: la matanza. En los tres tercios que componen el espectáculo se le clava al toro las banderillas que como crueles joyas adornan a la víctima que debe desembocar en el tercio más esperado: el tercio de muerte, vals fúnebre con vestimenta de gala para seducir al toro por el resplandor de una tela.

Finalizo con una escena en la que aparece Almodóvar en el personaje de un modisto que presenta su colección de vestidos en un desfile de modas y ante una pregunta acerca del matrimonio responde … "el matrimonio es necesario pues si no no existirían los trajes de novia como éste …" Desfile de modas, colección de vestidos, traje de novia, capa del torero, vestimentas que en esta época posmoderna el Otro social encubre la falla en ser del sujeto y es Almodóvar con su trazo naif, quien logra – con la fe de un creyente – vestir la conjunción de lo real del sexo, y de la muerte con fondo musical de un bolero: … "espérame en el cielo, corazón".

BIBLIOGRAFIA

Lacan J.: La Tercera en "Intervenciones y Textos Nº2", Manantial.

Millot Catherine: Gide, Genet, Mishima: a inteligencia de la perversión, Paidós,1998, Bs. As.

Leiris Michel: Espejo de la tauromaquia, Ediciones Aldús, Méjico, 1998.