Lecturas de Lacan: Barroco, dispersión e isotopía en los ochenta
(Relato de una experiencia) - Primera Parte -
Alejandra Ruíz
(*) Jornadas Aniversario de la EFBA. "30 años de Escuela", 2004.I
Voy a leer algunas reflexiones acerca de los efectos de lectura que algunos textos y seminarios de Lacan produjeron y continúan produciendo en mí. No podría hacerlo sin aludir al marco político y cultural en el que obtuve mis pesares y mis hallazgos. Quisiera, en un futuro, insertar mis notas en una reflexión más amplia, la que, me parece, debería indagar algunas de las problemáticas que hacen a lo que, podríamos llamar, constituye mi generación.
Ingresé a la universidad en marzo de 1976. Las espectativas de una primavera universitaria, alimentadas durante la adolescencia con las lecturas del mayo francés y del debate político que atravesaba el colegio secundario y la realidad de aquellos tiempos, chocaron con los hechos. Vimos morir a los hermanos mayores de nuestros amigos, vimos a nuestros primos mayores partir en el exilio y a otros quemar o esconder los libros y los banderines del Che, es decir, lo que algunos han dado en llamar el exilio interno. Al genocidio se sumaron, si es que se puede adicionar lo radicalmente impar, otras situaciones heterogéneas, luchas internas y externas, las ondas expansivas del terror de estado que fragmentaron la generación a la que nosotros, en cierto sentido, habíamos de tomar el relevo. La transmisión, en la cadena generacional, se interrumpió o se tornó dificultosa.
Pienso en "Despertar de una primavera", la obra que Lacan menciona al referirse a la adolescencia y a los riesgos que el florecer comporta. Podría decirse que fue una primavera de duelo, si no fuera porque en duelo no hay primavera. Cuando Violeta Parra menciona a los estudiantes, yo imagino que se refiere a los que antecedieron a mi generación o a los que siguieron a mi generación. (Y quisiera que el lector acepte, por ésta única vez, que no se trata tan sólo de un fantasma neurótico). Nosotros estudiamos, pero creo que, en el fondo, nunca fuimos estudiantes. (Ahora, en cambio, sí hay estudiantes. Hay varias generaciones de estudiantes que se han criado en democracia y que a su vez ya están enseñando a otros. En algunos colegios, en algunas universidades hay gente que, contra toda prepotencia económica, ha hecho de esta enseñanza una causa).
Los grupos de estudio constituyeron, en cambio, un refugio. Un lugar de resistencia cultural donde uno podía encontrarse con intelectuales y psicoanalistas de la generación anterior; algunos que no se habían ido, pero se habían retirado de ciertos espacios públicos; otros que irían volviendo más tarde, ya mediados los ochenta. Allí circulaban conocimientos, las fotocopias de los libros para nosotros inaccesibles, pero también el relato vivo de cómo se habían quemado algunas bibliotecas; allí leímos las primeras copias de textos obviamente inéditos de Rodolfo Walsh.
Allí profesores eminentes como Juan Carlos Martelli a quien escuché leer clases enteras de Lacan en francés, cuando todavía yo conservaba la ingenuidad de pensar que mi mayor problema para comprender el sentido de lo leído era el insuficiente manejo de la lengua-; Raúl Sciaretta que, sentado en un sillón bajo de espaldas a una biblioteca cuya enormidad aun me sobrecoge, nos explicaba las clases de Spinoza sin las cuales no podíamos abrir el sésamo de la ética lacaniana. Eduardo Pérez Peña que dibujaba las cargas positivas y negativas indispensables para comprender lo que, siendo de la entropía, no dejaba de iluminar a la pulsión de muerte. Delia Elmer, que dibujaba unos símbolos incomprensibles en un pizarrón para mí inescrutable y que intentaba explicar Au pire a un grupo de diez consagrados, que intercambiaban escrituras y discutían apasionadamente con ella, y quince atónitos, cuyos rostros se increpaban, cada tanto, intentando vanamente salir del anonadamiento del sinsentido.
La práctica de la lectura desplegada en los grupos de estudio solía ser minuciosa y afecta al lazo social. Se generaron importantes espacios de transmisión y debate, donde no estaba mal visto que analistas de diversos niveles de formación confesaran sus dudas, sus perplejidades o se resignaran a que algunas frases permanecieran ininteligibles. Más que estudiantes, aprendimos a ser lectores, en el mejor sentido de la palabra. No queríamos leer mucho, sino leer bien. Sin embargo, por moderado que pueda parecer, leer bien es, en realidad, más difícil que leer mucho.
De manera que, a veces, nos topábamos con el afán de exhaustividad. Queríamos subrayar cada línea de Lacan para extraer todos los sentidos posibles como si fuésemos sedientos que vagan en una ciudad desértica dispuestos a beber hasta agotar la preciada fuente. Pero el tiempo pasaba, y esa lectura tenía una obscena sed de eternidad. ( Es decir, aunque no todos lo advertíamos en aquel momento, Dios era inconsciente)
II
"Como advirtió alguien hace poco, me coloco -¿Quién me coloca? ¿él o yo? Sutileza de la lengua- me coloco más bien del lado del barroco.
Es un encasillamiento tomado de la historia del arte, lo mismo que la historia y lo mismo que el arte, son asunto no de mango, sino de mangas, o sea, de juego de manos, antes de seguir tengo que decir lo que entiendo por ello; no siendo más activo el sujeto del verbo en este entiendo que en el me coloco ", dice Lacan en el seminario XX. Y agrega, y cada vez que yo lo leo puedo imaginar sus risillas agujereando los enunciados con el tono de la enunciación: "El barroco es inicialmente la historieta, el anecdotario de Cristo". El culebrón, si se me permite, es obra de unos evangelistas que resultaron también buenos anunciantes. Está escrito de tal modo que no hay en ellos un solo hecho que no sea discutible. En este momento, lo que dice Lacan aparece en la transcripción del seminario afectado por un guión que es señal de otro registro de la voz. Literalmente, se sugiere una cierta intimidad, como si Lacan hablara en voz alta consigo mismo o, en mi opinión, como si realmente hablara ante el oído de Dios: -Dios sabe, desde luego, cuanta gente ha mordido el anzuelo. La transcripción introduce una lectura: el cambio de registro de la voz es ya una interpretación, una fijación de sentido. Los guiones o las comillas son modos de introducir otras profundidades de la voz que cambian radicalmente el sentido que habremos de darle a un texto. Hay, para decirlo de otro modo, polifonía. Hay mostración, es decir, cambio de registro.
Lacan, como recomendaba Masotta, pedía ser leído en voz alta. Creo que no era un mero pasatiempo cuando nos juntábamos cinco o seis personas a leer en voz alta; prestarle la voz era literalmente comenzar a oir los sentidos (oir el goce). Del mismo modo, hoy, cuando no encuentro la voz para leer a Lacan, o advierto que mi voz se torna grandilocuente, o dogmática, o adquiere un tono premonitorio o sancionatorio, sin los matices que aprendimos a introducir ahí para modular la expresión, como distancia paródica o como acentuación expresiva en ocasiones, me gusta llamar a esto semblante- aunque el enunciado sea "correcto" teóricamente, sé que extravié la enunciación. Y, por consiguiente, también el sentido. (La solemnidad indica, a veces, la presencia del superyo que siempre acecha. Sabemos que la misa no se podía recitar de cualquier manera. Los seminaristas estudiaban años para manejar los matices del latin. Había un tono de voz para leer las escrituras y quizá, del mismo modo, cada vez que se nos aparece cierto tono de voz estamos, de nuevo, tragando el anzuelo del anecdotario de Cristo, las escrituras del culebrón. Lacan lo sabía, por eso, cuando lo vemos en televisión desplegar ciertos aspectos histriónicos, no dejamos de sentir que está, al mismo tiempo, transmitiendo algo esencial al psicoanálisis que es, al mismo tiempo, inasible. El mismo gesto que, en un momento del análisis, puede ser leído por el analizante como una burla a su dolor, en otro puede significar el culebrón que alivia el peso de la tragedia).
III
El sentido es un tonel del que fuga pero, para eso, primero hay que producirlo. Hay que morder el anzuelo. Lacan usa el estilo barroco para producir una dispersión del sentido, un descentramiento de las frases. Es, de algún modo, una máquina de desorientación. Una máquina de eludir el cierre del sentido, para favorecer su multiplicación en las líneas de significación, en las isotopías que intentaré abordar más adelante..
Porque no todo resto es un fragmento. La lectura minuciosa que practiqué y practico muchas veces me impone la desorientación: ya no la dispersión sino la disgregación del sentido. En los ochenta, a veces, yo sentía que los sentidos comenzaban a destacarse y eran tantas y tan ricas las líneas de lectura que no alcanzábamos a asir una cuando alguien ya estaba lanzando otra a la discusión. Cada maestro trazaba su propio recorrido. Es decir, había un orden lógico para avanzar en la comprensión de los textos, aunque esos textos parecían despreciar nuestra comprensión, ya que se oscurecían hasta límites intolerables. Uno podía entrar por aquí o por allá, decían quienes concebían la obra como un laberinto. O, como aconsejaban los mas bromistas, entrar por cualquier lado daba igual (zambullida o método Titanic).
En ocasiones, escucho un trabajo que cita la frase "yo no soy lo suficientemente poeta" o "el cristianismo en una verdadera religión" en un sentido contrario al que yo les había atribuido, que era irónico. Si la cita no es un artilugio, y el texto quiere fundarse en la frase de Lacan (cosa que, desde otro punto de vista, es perfectamente imposible), se impone cambiar el punto de vista de la lectura. Leer la construcción del concepto la noción-, qué es la religión para Lacan, qué es ser poeta. Tomar una decisión de lectura. Desde el punto de vista de la hormiga que camina por la banda, la banda es bilátera. Visto desde otro lugar, es unilátera. La mostración alterna los dos puntos de vista.
(Hay algunas frases de Lacan que, me parece, pueden ser leídas en sentidos contrarios. "Yo no soy lo suficientemente poeta" podría leerse también, como a veces escucho, soy...¡ más que poeta!. En cambio, los aforismos, marca de la dispersión, evocan la teoría sin representarla. El Otro no existe. No hay relación sexual. Los aforismos no pueden negativizarse sin traicionar lo esencial de la teoría.)
"Haga lo que haga, lo haré deliberadamente", dice el Cónsul (1). "Se dice que donde hay una voluntad hay un camino. Pero lo contrario también es cierto: donde hay un camino siempre puede hallarse una voluntad. Siempre es posible imaginar una voluntad capaz de relacionar después una sucesión de actos insignificantes, lo mismo que siempre le es factible al Dios de Leibniz, omnisciente, encontrar la función matemática de la curva invisible que pasa por una sucesión de puntos esparcidos al azar. Por esa razón toda acción puede ser considerada insignificante y toda voluntad irrisoria, por ser incapaces de producir series de actos que difieran en naturaleza de series puramente azarosas" (2).
El grupo de estudios era una puerta, aunque algunos de nosotros pudiéramos sentir que, como el hombrecito kafkiano que aguarda ante la ley, ésa era tan sólo la primera puerta de una serie infinita de recámaras y más y más puertas. Es decir, la lectura, sabemos, siempre podía amenazar con su infinitización.
IV
El intercambio que se producía en los bares próximos a estas instituciones paralelas, que eran las casas o los estudios de nuestros maestros, se destacaba por su informalidad. No sólo leíamos. También hablábamos, íbamos recuperando ciertas historias personales. Allí nos enterábamos de los chismes, que no dejaban de aportar su sabiduría, de los análisis de cada uno, de quien se analizaba con quien y se había analizado con tal, de en qué institución se decía tal o cual cosa. O se leía tal cosa de tal manera. Allí se reunía gente de diverso recorrido. Actores que, después de dar clases de teatro, habían decidido, como nos gustaba decir entonces, pasar al psicoanálisis. Médicos forenses que habían descubierto en análisis, como también nos gustaba acentuar en ésa época, que el lugar del muerto podía ser otra cosa que trabajar con un cadáver. Psiquiatras de formaciones ortodoxas, que disfrutaban desarticulando unos conocimientos en los que algunos de nosotros nunca habíamos creído y que, bastante más tarde, habríamos de precisar y hasta reconsiderar en su justa medida. Filósofos que, casi sin darse cuenta, iniciaban, con la lectura de Lacan, una tarea que los apasionaría el resto de su vida y cambiaría, radicalmente, su práctica. Médicos jesuitas que, arrasados por el terror de estado que los distanciaría para siempre de la medicina y de la religión, buscaban en el psicoanálisis lo que estábamos buscando todos, una puerta. Apenas una puerta.
Estos relatos orales, esta épica personal que nos invitaba a reconstruir cómo había llegado cada uno al psicoanálisis, nos permitía leer de otro modo. Es decir, hay cierta relación entre experiencia y lectura. Si entendemos la experiencia no sólo como lo efectivamente vivido sino como la lectura que cada uno ha hecho de ello. Cuando Freud, en análisis terminable e interminable dice que un analista o quien está en vías de serlo (de des-serlo diría Lacan) no podría leer en un texto analítico aquello que no haya atravesado en su propio análisis, está afirmando algo que está en la base de todas las instituciones analíticas, pero que al mismo tiempo resiste a cualquier institucionalización.
(Borges, por supuesto, pone en crisis ambas categorías al fundar su experiencia en la lectura, y no en la vida misma.)
Era habitual, todavía lo es, que alguien se analizara con un analista de una institución, controlara con alguien de otra institución, estudiara en un grupo con un analista de una tercera institución y perteneciera a una cuarta o a ninguna. Creo que había y hay un consenso general en el sentido de que la ética del analista implica ser fiel a la transferencia; lo institucional puede ser un efecto, un reconocimiento de lo que la transferencia de trabajo ya había creado. Este hecho, y quiero mantenerme a un nivel descriptivo, ha generado un mayor intercambio y una riqueza de las lecturas producidas, pero también la complejización del marco de referencia ya que, a veces, es más fácil leer lo que se produce en una escuela que lo producido en las muchas instituciones que hay en Buenos Aires.
Porque nuestras historias personales no sólo facilitaban la lectura de Lacan, también se convertían en un obstáculo. Al principio, la excomunión de Lacan nos parecía un valor en sí. Nos reconocíamos en eso. La tradición de la ruptura traía aparejado dos cosas: por un lado, el despliegue de lo creativo, de las muchas lecturas que nos salvaban de la ritualización que mata; por el otro, el enorme inconveniente de instituir el anarquismo (teníamos sobrados motivos, hay que reconocerlo). Y, para ser coherente con la tradición, había que romper con el anarquismo y eso, que duda cabe, era nuevamente la institución, y su nueva ruptura. Creo que, para mi generación, fue agotador y empobrecedor, porque nos dificultó la lectura del debate teórico y ayudó a fragmentar aún más las transferencias de trabajo que se habían generado en la clínica y en los grupos de estudio.
(Podría escribirse una novela que, como hace Ricardo Piglia con las teorías del setenta en Respiración Artificial, haga del acceso a las teorías de los ochenta y del estado de lectura de ese momento la materia de la obra. No quiero ni puedo ser exhaustiva, pero los efectos de lectura de la frase de Lacan "El analista se autoriza por sí mismo y con otros" nos ha dado unos buenos problemas para fijar el sentido que cabe atribuirle a estos otros. O "Me sirvo porque me sirve", otra perla lacaniana que, siendo barroca, no deja de prestarse para que el lector desatento crea que pueda autorizarse en ella para el saqueo intelectual, para fundar un eclecticismo pintoresco que desacredita al psicoanálisis para intercambiar con otros discursos al mismo tiempo en que lo encierra en la consideración de que podría usar cualquier cosa de cualquier modo. La cuestión no se zanja, como sería por demás tranquilizador, apelando a la corrección, a desbrozar el abrojo de la buena semilla. Las mismas frases citadas pueden haber permitido lo peor y lo mejor de la invención psicoanalítica, salvar al psicoanálisis de la ritualización que mata. )
NOTAS:
(1) M. Lowry, Bajo el volcán, Tusquets editores, Barcelona, 1997.
(2) C.Rosset, Lo real: Tratado de la idiotez, Pre-textos , España, 2004.