SOBRE LA METÁFORA PATERNA (II)

Ricardo E. Rodríguez Ponte

(*) Intervención en el Seminario de lectura Fundamentos de la práctica analítica: Temas Lacanianos. Escuela Freudiana de Buenos Aires, el 13 de Septiembre de 1988.

Comencemos con una pequeña indicación, digamos, bibliográfica. La clase 6 bis del Seminario sobre Las formaciones del inconsciente —que se llama 6 bis porque llegó a mis manos cuando ya había traducido las diez primeras—, es decir, la clase del 8 de Enero, esa clase intenta articular dos desarrollos de dos Seminarios anteriores, el 3 y el 4. En el Seminario 3, sobre Las psicosis, Lacan había despejado la prevalencia de un significante primordial, un significante de una importancia y una función específicas, que ya vamos a ver, el significante del Nombre-del-Padre. Y en el Seminario 4, sobre Las relaciones de objeto, analizando el Caso Juanito, lo que había despejado es la emergencia de la significación fálica.

La apuesta de esta clase que hoy comentamos, entonces, y de las dos clases siguientes, sobre la metáfora paterna, es reunir, articular el Nombre-del-Padre con la significación fálica, con esa significación que es la del falo. Recuerden lo que vimos la vez pasada sobre la función de la metáfora: el engendramiento de la significación. Pues bien, el resultado de esta metáfora singular, que Lacan llama metáfora paterna, será la emergencia del falo como significación. Veremos cómo. Por ahora digamos que éste es el contexto de estas clases del Seminario.

De allí, las abundantes referencias, en el curso de esta clase del 8 de Enero, al Caso Schreber y a cómo él lo había retomado en el Seminario sobre Las psicosis, donde Lacan tenía en la mano, por así decir, el Nombre-del-Padre como significante. Esto, en verdad, es algo que se produce en el transcurso de ese Seminario, y es lo que le permite, finalizando ese Seminario 3, "traducir" —pero se trata de una traducción que implica toda una elaboración que pone en evidencia el orden del significante en su radical autonomía—, "traducir", decía, la Verwerfung freudiana por forclusión. (1)

Recordarán ustedes que, en Freud, hay un mecanismo, que no alcanza a ser muy específico, quiero decir que no tiene el uso específico que tiene, por ejemplo, el término de represión (Verdrängung), pero sin embargo es un término que Lacan aísla —lo aísla particularmente en el texto de Freud sobre el Hombre de los Lobos, y en cierta medida en el texto sobre Schreber—, que es el mecanismo de la Verwerfung.

Los traductores al castellano del Diccionario de Psicoanálisis, de Laplanche y Pontalis, traducen este término como "rechazo" o "repudio", creo. Como sabemos, éste es uno de los mecanismos, muy tempranamente despejado por Freud —creo que ya en el artículo sobre Las neuropsicosis de defensa, y si no en el siguiente, el de las Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa, es decir, los años 1894 y 1896—, ya en estos artículos tempranos de Freud la Verwerfung aparece como un mecanismo distinto del de la represión, es decir, un mecanismo tal que, junto con la expulsión de la representación, se rechaza también el afecto acompañante y una porción de la realidad ligada a esa representación.

A diferencia de la represión histérica, donde la representación es apartada, separada de ese "yo", el de esa época inicial de Freud, que es algo así como un conjunto coherente de representaciones, a diferencia, entonces, de la represión histérica, donde la representación es apartada y el afecto va a inervar el cuerpo mediante el mecanismo de la conversión, a diferencia también de la represión en la neurosis obsesiva, en la que el afecto es desplazado sobre otra representación, en el caso de la Verwerfung, mecanismo psicótico, este apartamiento de la representación tiene algo de mucho más radical: se rechaza la representación, el afecto y una porción de la realidad — y, por ello, el mecanismo del retorno también será diferente: lo rechazado retorna desde la realidad. Lacan va a decir, después: desde lo real. Bueno, esto es simplemente un recordatorio al pasar.

No obstante, ya que estamos en esto, señalemos también que este mecanismo de la Verwerfung no tiene un empleo sistemático, por parte de Freud. A veces, para hablar de psicosis, Freud nombra otro mecanismo: la Verleugnung, que conocemos habitualmente por "renegación". La escolástica lacaniana, digamos, tendía a separar, a distinguir las tres grandes estructuras clínicas —neurosis, perversión y psicosis—, diciendo que la represión es el mecanismo específico de las neurosis, la renegación el mecanismo específico, o el modo de defensa específico de las perversiones, y el rechazo, la Verwerfung, el modo de defensa específico de la psicosis. Escolástica lacaniana, muy ligada a una época del psicoanálisis en que parecía bastante necesario —dada cierta coyuntura controversial— defender que Lacan era "freudiano" — aunque tal vez no en el sentido en que entendemos nosotros la palabra "freudiano". (2)

En verdad, Freud no es tan sistemático en el empleo de estos términos, salvo, quizá, en el caso del término represión. Si ustedes repasan, por ejemplo, el texto... ahora no recuerdo si Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos o alguno de los artículos sobre la feminidad, verán que allí Freud liga el mecanismo de la Verleugnung a las psicosis. Bueno, esto no nos interesa demasiado, ahora.

Lo que ahora nos interesa es que Lacan recorta este término de Verwerfung en el texto de Freud, y lo extrae, si no recuerdo mal, del texto sobre Las neuropsicosis de defensa y del texto sobre el Hombre de los Lobos, por lo menos, y lo denomina, en su escrito Respuesta a Jean Hyppolite, lo traduce como retranchement, "cercenamiento" —el contexto es el del Seminario 1, cuando Lacan dialoga con Jean Hyppolite a propósito de Die Verneinung de Freud—. Ahora bien, avanzado el Seminario 3, cuando Lacan va construyendo, como tal, la teoría del significante en su radical autonomía —ya no de la palabra y del lenguaje, como se trataba en los Seminarios anteriores, sino una teoría del significante, en su autonomía de registro, el de lo simbólico—, y despejando allí uno, un significante en particular, que es el significante del Nombre-del-Padre, que tiene una función que vamos a ver, es entonces ahí que va a decir, finalizando ese Seminario:

No retorno a la noción de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión.(3)

Pero entonces, ahora, la forclusión ya no es un mecanismo que opera sobre una representación —por ejemplo, sobre la representación de la castración—, sino que opera sobre un significante. Es algo que le pasa a un significante, y a un significante en particular, que es el significante del Nombre-del-Padre. Es importante subrayarlo, porque el final del Seminario 3 modifica la presentación de sus primeras clases.

Vamos a decir algo más de esto. En uno de los capítulos del Seminario sobre Las psicosis, el que se titula "El punto de almohadillado" —es un capítulo posterior a los que tratan sobre la metáfora y la metonimia, que recordamos en las reuniones pasadas—, Lacan, retomando una tragedia de Racine, Atalía, va a proponer que: dado ese doble oleaje paralelo del que hablaba de Saussure en su Curso..., esa flotación entre la masa amorfa del significante y la masa amorfa del significado, donde, vamos a decirlo así, en el curso de la cadena hablada, de la frase, el sentido permanece en suspenso, Lacan concluye con que, en algunos puntos, estos dos planos del significante y del significado deben abrocharse, para que el sentido precipite. Y el modelo del que se vale para hablar de esto es el de los puntos de capitón, o de almohadillado, de la técnica de los colchoneros, vale decir, el modo en que los colchoneros fijan las dos partes del tejido que envuelve al colchón, o donde se fija el tapizado, ¿no? — cosa que, entonces, en algún punto, en determinado momento, el sentido, de otro modo deslizante, precipite en alguna significación.

Ahora bien, no sé si se dan cuenta, con el modelo del punto de capitón podemos decir que tenemos como la primera matriz del grafo:

 

[gráfico]

 

Porque si graficamos la cadena del significante con esta línea que va de izquierda a derecha, tendremos que el punto de almohadillado estará dado por el vector retroactivo, es decir, por esta línea que va de derecha a izquierda, que capitona el conjunto de la frase, o hace de los términos discretos de la frase un conjunto, y abrocha entonces una significación.

 

PARTICIPANTE: De esto también habla en la primera clase del Seminario de Las formaciones del inconsciente.

 

Claro. El grafo, como tal, no está producido en el Seminario 3. Lo que estoy diciendo es que en el "punto de capitón" del Seminario 3 tenemos como un embrión de lo que va a ser, luego, el grafo, que aparece en el Seminario 5.

Lacan se pregunta, en el Seminario 3, lo siguiente: si nuestro acceso a lo que llamamos "la realidad", nuestra inserción en la realidad, lo que hace que la realidad en la que vivimos sea una realidad estructurada —y no una sucesión confusa de percepciones y sensaciones, sino que posee cierta estructura—, se pregunta: ¿cuál será el número mínimo de significantes, necesario para que se produzca el capitonado de esta masa de significantes que hace, de la realidad, un "mundo"? Bien, ya en ese mismo Seminario, responde que un significante clave, para la entrada y el mantenimiento del sujeto en esta realidad estructurada, es el significante del Nombre-del-Padre.

En el Seminario 4, a partir del Caso Juanito, lo que Lacan trabaja —voy a reducir mucho todo esto, pero es que quiero llegar a lo que me interesa— lo que Lacan trabaja particularmente es que la relación entre la madre y el niño no es una relación meramente dual. Entre la madre y el niño se interpone cierto objeto, un objeto imaginario, que incide en, y significa, esta relación. Este cierto objeto es el falo.

Se tratará de ver entonces, ahora, en el curso del Seminario 5, cómo juntar, articuladamente, estas dos adquisiciones de los dos Seminarios anteriores: el Nombre-del-Padre y la significación fálica. Y el modo como se articularán estas dos adquisiciones consistirá en considerar —como lo anuncia esta clase del 8 de Enero— al Padre como una metáfora.

Entonces, previo a esta clase, lo que ya tenemos trabajado es la fórmula de la metáfora, que ya la vimos en la reunión pasada. ¿Hace falta que la repita? Voy a escribir en el pizarrón, simplemente, la segunda fórmula, que es la que nos va a facilitar el acceso a la metáfora paterna. Teníamos:

S S’ 1

—— . —— ? S ( — )

S’ x s

fórmula que leíamos así: un significante S’, por su relación a un significado desconocido, x, es mandado al fondo y sustituido en la cadena por otro significante S, con, por consecuencia, la producción de una nueva significación (s).

Digamos: ese sentido flotante del que hablábamos al comienzo, que transitaba por debajo de la cadena de los significantes, precipita en la emergencia de una significación, nueva.

Cambiando los términos de esta fórmula —el S’, el S, la x y la s— por otros términos ad hoc, en ella tenemos la matriz de la fórmula de la metáfora paterna. Antes de meternos con ella, una pregunta. ¿Cuál es la apuesta de la metáfora paterna, qué es lo que pone en juego? Dos cosas, en primer lugar, si es que no son la misma, pero pongamos que sean dos, a los fines didácticos:

La primera —pero no en orden de importancia— la primera es lo que ya sabemos, lo que acabo de decir: que emerja la posibilidad de la significación, a saber, que en algún momento el deslizamiento, de otro modo metonímico e indefinido, del sentido, precipite alguna vez en alguna significación. Porque si condición del lenguaje humano —como ya hemos dicho en otra ocasión— es que las palabras no significan lo que significan, no menos condición del lenguaje humano es que alguna vez las palabras signifiquen. A la primera vertiente la llamábamos metonimia, y a la segunda vertiente la llamábamos metáfora. En este primer sentido, podríamos decir que la metáfora paterna proporciona como la matriz de los otros capitonados.

Segunda consecuencia de la metáfora paterna, o segundo punto de lo que está en juego en la apuesta de la metáfora paterna: el sujeto —sujeto por venir, "sujeto" entre comillas, el cachorro humano, como quieran llamarlo— nace, adviene a un mundo ya estructurado por el significante. Antes de su primer vagido es hablado y re-hablado por los otros que constituyen su medio, que le hacen su lugar, lugar, en primera instancia, simbólico: su nombre lo antecede, su lugar en la casa, etc... Su destino, lo antecede. Se tratará de ver entonces cómo este "proto-sujeto" —llamémoslo así, por ahora—, que es hablado, pasará a hacerse sujeto de su palabra. En los términos que manejamos: cómo pasar del campo del lenguaje a la función de la palabra — que creo que era lo que estaba en juego en una pregunta que me hacían al comienzo de esta reunión: de qué manera una palabra puede fundar, puede ser fundante, cómo una palabra puede hacer acto, cómo alguien puede hacer con lo que dice. Bien, para que alguien pueda hacer con lo que dice, es indispensable que se pueda poner en suspenso, de alguna manera, lo que por el momento podríamos llamar "la ventriloquia del Otro". ¿Se entiende? En relación a este supuesto Otro que lo hablaba —supuesto, porque en verdad el Otro no existe, pero no hemos llegado todavía a eso—, en relación a este supuesto Otro que lo hablaba, es imprescindible que algo suceda, para que el sujeto se "apropie" de "su" palabra — aunque sabemos que, apropiándose de su palabra, consuma el hecho de que es su palabra la que se apropia de él: se hace sujeto de su palabra.

Escribamos entonces, ahora, la fórmula de la metáfora paterna:

 

Nombre-del-Padre Deseo de la Madre A

————————— . ————————— ? Nombre-del-Padre ( —— )

Deseo de la Madre significado al sujeto Falo

 

Estas fórmulas, como ya les he dicho, las pueden encontrar en el escrito de Lacan De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis.

Lo que dice Lacan es que hay una primera simbolización, una simbolización primordial, relativa al hecho de que la madre no es una presencia constante para el niño. Hay idas y venidas de la madre, una alternancia, que se simbolizará de algún modo, de la presencia y de la ausencia de la madre, encarnadura del Otro Primordial. Ustedes recordarán, a este respecto, el análisis que hace Freud del juego de su nietito y de la jaculatoria que lo acompañaba, el Fort-Da: el punto de partida de dicho juego era que la madre a veces está y a veces no está...

Si quisieran trabajar esto que les estoy evocando de una manera un poco más fina, más articulada de lo que lo puedo hacer hoy acá, pueden revisar, en el Seminario sobre Las psicosis, un capítulo que Miller tituló: «Del rechazo de un significante primordial», donde Lacan, para formular la cuestión del surgimiento —mítico, por supuesto— de los primeros significantes, la ejemplificaba con la alternancia del día y de la noche.

Entonces: presencias y ausencias de la madre. ¿Cuál es la causa, cuál es la significación de esas presencias y de esas ausencias maternas? Es un enigma. La significación de esa alternancia de presencia y ausencia, apenas simbolizada como tal, es un enigma para aquél que está sujeto a esa alternancia. Digamos que si acá, en la fórmula, en lugar de "Deseo de la Madre", ponemos "presencia-ausencia", o aquellos significantes en que se simboliza la alternancia de la presencia y de la ausencia maternas, su significación para el sujeto es desconocida. Si de todos modos ponemos "Deseo de la Madre" es que, retroactivamente, la razón de la alternancia será nombrada como deseo... ¿pero deseo de qué? O, en todo caso: ¿deseo de qué falta?

A ver si nos ubicamos bien en el problema... Nosotros podemos decir, si miramos la cosa desde la estructura, que entre la madre y el niño, como decíamos cuando recordábamos el Seminario 4, que esa relación entre la madre y el niño está mediada porque la madre desea el falo. Es lo que vamos a encontrar, al final de esta clase del 8 de Enero de 1958, nombrado como "triángulo imaginario" :

 

Si ahora no quisiéramos apartarnos demasiado de la letra freudiana, ustedes recordarán que la mujer, la niña, en la fase fálica, cuando finalmente abandona a la madre, con ese doble afecto, digamos, de desprecio hacia ésta —porque la madre se le ha revelado como castrada—, y de hostilidad —porque la madre no la ha dotado de un órgano de tan alto valor narcisístico como el del varón— la niña se aparta de la madre y se dirige entonces hacia el padre. Freud dice: la niña, por el complejo de castración, entra en el complejo de Edipo.

Pero ven ustedes entonces lo interesante, lo complejo de esta articulación freudiana, porque resulta que la niña entra en el complejo de Edipo, entra en la "relación heterosexual" —dicho esto entre comillas—, dirigiéndose al padre... movida por un deseo masculino: tener el pene del que no ha sido dotada por la madre. Así es que Freud dice que la niña, luego, sobre la pantalla del padre, digamos, recibe una equivalencia ya preestablecida —"siguiendo la vía de la antigua equivalencia", dice Freud, es decir: no se trata de que esa equivalencia sea el producto de ningún pensar "infantil", pues no la inventa la niña, la encuentra ya prefabricada, digamos—, a saber: la equivalencia pene = niño.

Entonces, este anhelo infantil por el pene de la fase fálica — pene que, dada esta particular característica de que cuando no está, está, "está en falta", como dicen los farmacéuticos cuando uno les pide tal remedio y no lo tienen — entonces, el pene, en tanto puede no estar, eso es, en una primera definición, estrictamente freudiana, el falo — entonces, dada esta equivalencia de partida, lo que signa la relación de la madre con su hijo es el falo.

Pero esto, lo decimos nosotros, que miramos la situación desde la estructura. Lo decimos desde afuera de la estructura, digamos. Porque desde adentro, desde adentro de la estructura, o más precisamente, desde el modo en que el niño subjetiva la estructura, lo que hay es un enigma: ¿por qué la madre va y viene? ¿qué es él para ella, que va, que viene, que se ausenta...? Se trata de ver cómo dar alguna respuesta a este enigma, y entonces, para ello, es esencial que este triángulo imaginario se redoble con otro triángulo, que Lacan llama "el triángulo simbólico", que proporcionará ese significante apaciguador, en tanto responde al enigma, que llamamos Nombre-del-Padre:

El Nombre-del-Padre responde al enigma, diciendo que lo que la madre desea es el falo. De ahí la emergencia de la significación, significación fálica, acá, en el lado derecho de la fórmula de la metáfora paterna. Ahora que, a esta parte de la fórmula:

A

———

Falo

que traducimos como "lo que desea el Otro es el falo", lo podríamos escribir de otra manera. ¿Cómo? Si la madre desea el falo, es porque no lo tiene, por eso a esto lo podemos escribir de una manera que indique la falta: (- ), "menos fi minúscula".

Con esta precisión: que es a partir del falo como en falta como, retroactivamente, se construye la significación del falo —más algo que ahora, para atenerme exclusivamente a la metáfora paterna, dejo de lado, pero que no obstante nombro: el pasaje del cuerpo por el estadio del espejo—. Digamos que acá, en el lugar donde, en una anterioridad lógica, teníamos el "significado al sujeto", desconocido, podríamos poner, retroactivamente, ( ), el falo positivo, digamos, a partir de que la primera emergencia del falo es como negatividad (- ).

Lo que va a señalar Lacan, por ahí, es que los déficit, los trastornos, las perturbaciones de la emergencia de esta significación fálica, a partir de que el falo surge por su negatividad en la imagen, relativa a la castración del Otro, a lo que llevan, a lo que pueden llevar, es a ciertos caminos restitutivos, digamos, que, con ciertas reservas, podríamos denominar, no "significación fálica", sino identificación al falo, que no es lo mismo.

¿Se entiende? La significación fálica, en tanto aparece vía la falta, tiene esta consecuencia: por un lado, es una respuesta al enigma presentificado por el deseo del Otro, y en segundo lugar, localiza esa significación en una parte del cuerpo —por eso a esto lo llamamos "castración" y no de cualquier otra manera, la castración alude al genital, no es una falta cualquiera, no especificada—. Ahora bien, localizar la castración, el falo, en una parte del cuerpo: ¿de qué libera? De entregar todo el cuerpo, como falo —recuerden "la antigua equivalencia"—, al deseo del Otro. Por eso, contra lo que uno podría esperar, si no hay metáfora paterna, no es que no hay falo para nada; no hay significación fálica, pero, por esas vías de restitución, como la del delirio en la psicosis, hay lo que, con reservas, pues en verdad se trata de una especie de aproximación asintótica, hemos denominado "identificación al falo".

 

PARTICIPANTE: En el caso de que la metáfora paterna funcione, hay un enigma, ¿pero también hay significación?

 

Si la metáfora paterna funciona, por decirlo así, aparece una respuesta a ese enigma por el deseo del Otro donde se juega el significado al sujeto. ¿Qué es lo que la madre desea? — "El falo", responde el padre. Y entonces el sujeto podrá situarse de una u otra manera en relación a esa significación —siéndolo o no siéndolo— y además localiza esa significación en una parte del cuerpo —teniéndolo o no teniéndolo—.

 

PARTICIPANTE: Cuando usted dice que lo que la madre desea es un falo, ¿a qué se refiere? ¿Al falo como pene? Porque digamos que el falo, en Freud se refiere al órgano, al pene; en Lacan es como que se refiere a otra cosa.

 

Es cierto que Lacan y Freud no dicen lo mismo, pero la premisa es falsa, porque en Freud el falo no se refiere al órgano. Veamos. En Freud hay dos momentos importantes para referirnos a esta cuestión del falo. En 1908, tenemos el artículo titulado Teorías sexuales infantiles. En ese texto, lo que dice Freud es lo siguiente: que los niños no constatan para nada, ante la visión del cuerpo femenino, la ausencia del miembro masculino. Los niños, cuando hacen sus primeras experiencias de investigación, no constatan para nada la ausencia del miembro masculino porque siempre creen ver allí un pene: o desarrollado, digamos, o por desarrollar —"cuando sea más grande, le crecerá", se dice el niño al contemplar los genitales de su hermanita, según Freud—, pero siempre "ven" un pene.

¿Qué definición del falo, entonces, podemos extraer de este texto de 1908? Que en el momento de la curiosidad sexual infantil —momento al que posteriormente Freud otorgará el estatuto de una fase del desarrollo libidinal: la fase fálica—, hay para los niños un único órgano genital, el masculino, y este órgano, el pene —pues no es todo el órgano genital, sólo el pene—, tiene dos modos de manifestación: "visible", digamos, o "por verse".

Por supuesto, esto es muy coherente con lo que había formulado anteriormente Freud en su Proyecto de una psicología, en 1895, donde decía que la representación tiene primacía respecto de la percepción, dicho de otro modo: que se percibe lo que uno está dispuesto a percibir. Así, según el texto de 1908, los niños sólo están dispuestos a percibir el pene, y entonces, efectivamente, lo ven siempre: o grande, o todavía chiquito, pero no perciben la falta. Este pene siempre visible, o esta falta jamás percibida, es la versión 1908 del falo.

En 1923, en su artículo La organización genital infantil, Freud retoma esta observación de 1908, reafirma efectivamente esto mismo, pero agrega algo más, algo más que introduce un matiz que podemos diferenciar, y que es el siguiente. Freud añade que, a la larga, el sujeto infantil se rinde a la percepción, y entonces, finalmente, puede observar la falta de pene.

Ahora bien, tengan en cuenta esto: observar la falta del pene, no es exactamente lo mismo que observar, en la forma "visible" o en la forma "por verse", siempre un pene. Ver la falta es postular, al mismo tiempo, aquello que falta. Por lo que bien podemos decir que, en La organización genital infantil, la definición correlativa sería ésta: hay un único órgano genital, el falo, con dos modos de manifestación: la "presencia" y la "ausencia".

Entonces, la versión 1923 del falo es: el falo es el pene... en tanto falta o puede faltar en su lugar.

Las dos versiones del falo, tanto la de 1908 como la de 1923, tienen algo en común. En ambas versiones el órgano genital femenino, como tal — como tal, quiere decir: como sexo, no como órgano anatómico, no como cavidad anatómica, sino como sexo, vale decir: como parte de una anatomía imaginaria, como parte de una anatomía capturada por las leyes del significante y por la dialéctica del deseo — el órgano genital femenino, como tal, se mantiene desconocido — "inhibido por una ignorancia que no se deja sustituir", decía Freud en 1908. Cosa que él retomará después, en su conferencia sobre La feminidad, al decir que no hay representación inconsciente de la vagina — lo cual, por supuesto, no quiere decir que no haya en los niños algún conocimiento de la vagina como cavidad, como agujero donde las nenas se pueden meter cosas: lápices, los dedos —los kleinianos solían invocar esto contra la afirmación de Freud—, incluso algún tipo de inscripción inconsciente de la cavidad vaginal, desde que, efectivamente, existen los síntomas vaginales; lo único que quiere decir es que no hay reconocimiento de la vagina como órgano sexual específico de lo femenino y diferente y complementario del pene — Lacan lo va a decir de esta otra manera, en el Seminario 14, sobre La lógica del fantasma: el lenguaje se equivoca matemáticamente al plantear la diferencia de los sexos, reduciéndola a tener o no tener el pene.

Entonces, la alternativa planteada en 1923, propia de la fase fálica, y relativa a estos dos modos de manifestación del falo que he mencionado, es: pene o castración. No sé si con esto he respondido a tu pregunta...

 

PARTICIPANTE: Sí, pero ¿podría volver sobre esa duda, esa reserva, que usted introducía sobre la cuestión de la identificación al falo en la psicosis? Porque he leído en alguna parte que (...).

 

Sí, el problema es éste: que en verdad sería impropio oponer la neurosis a la psicosis en los términos de una oposición entre "significación" e "identificación", relativas al falo, sin introducir allí algunas mediaciones. Decir que en la psicosis queda una identificación al falo, como opuesto a la neurosis, donde habría significación del falo —yo también leí ese artículo que mencionás—, me parece que se presta a un equívoco que convendría despejar. El cuerpo del psicótico... Tomemos el caso del Presidente Schreber: ahí podemos leer que el cuerpo de Schreber no sufrió, o no pasó por, el efecto identificatorio, en el sentido de una identificación resolutiva, propio del estadio del espejo, donde cuerpo = falo. En ese sentido, no habría allí una identificación, en sentido estricto, que hubiera podido constituir el falo-narcisismo —en la medida en que el narcisismo, para Lacan, es falo-narcisismo—. Por ello es que más bien habría que decir que la identificación fálica es la vía que, por una aproximación asintótica, intenta construir el delirio. Es decir, toda esa cosa de que Schreber se masturbaba delante del espejo, o que iba a ser una mujer, la mujer de Dios, donde Lacan postula algo así como un acercamiento asintótico al falo. Pero esa "identificación", digamos, que es como un efecto del delirio, y que apunta asintóticamente a la identificación al falo, no es propiamente hablando la identificación, en el sentido que la identificación propia del estadio del espejo, si se hubiera cumplido efectivamente en Schreber, si hubiera sido lo que denominamos una "identificación resolutiva", esta identificación le hubiera dado un cuerpo.

Pero para que haya identificación en un sentido estricto, resolutivo, tiene que haber (- ), tiene que haber una falta, en el sentido de una falta en el cuerpo. Por eso es que en el esquema óptico, tal como Lacan lo presenta en su Seminario sobre La angustia, Lacan figura el (- ) como el borde del cuello del florero, detrás del espejo plano; y se constituye el cuerpo si aparece, a la vez, con un (- ), que remite a lo que en ese Seminario está planteado como "reserva libidinal", y...

 

PARTICIPANTE: [no se escucha en la grabación]

 

Bueno, Juanito está todo entero, como cuerpo, siendo como una prolongación fálica de la madre. Y el momento de la simbolización de ese falo es, por ejemplo, relativo a ese momento en que surge el mito de la jirafa, en el que hay una jirafa chiquita que sale de la jirafa grande, y donde Lacan dice: hay una simbolización del falo materno — y esto por un procedimiento muy especial, donde interviene algo del orden de la escritura, y emerge entonces la metáfora paterna: porque "caballo" es uno de los Nombres-del-Padre, digamos, en la medida en que es síntoma, y el síntoma es, para Lacan, o lo va a considerar así, algunos años más tarde, uno de los Nombres-del-Padre.

 

PARTICIPANTE: [no se escucha en la grabación]

 

No, lo que me parece es que la perversión testimoniaría, más bien, de un momento, que es mítico, de la producción o de la emergencia del sujeto, que es ese momento, del que hablamos por retroacción, de la positivización del falo ( ). Si construimos una génesis, mítica como toda génesis, en esa génesis estará postulado, digamos así, que cuerpo es igual a falo. Y en esa postulación, que es un instante, digamos, mítico, del cual testimoniaría la perversión — en tanto en la perversión se trataría en verdad de un retroceso desde (- ), o de una regresión, como lo formula Freud bastante claramente en su artículo Pegan a un niño, un retroceso que de alguna manera quedó situado en la estructura, por donde del (- ) se retrocedió a una positivación como ( ) — aunque en verdad no se trataría verdaderamente de ( ), sino de un, habría que decir, más bien, (-(- )), o sea: una negación de la negatividad fálica. Donde podría haber habido una falta en el sentido de una falta en el cuerpo, localizada, tal como aparece en la neurosis, la posición propia de la perversión es, digamos, que, en la escena perversa, el perverso viene a cubrir —por ejemplo, en el voyeurismo, con la mirada— bueno, se trata de diversas formas de volver a cubrir el agujero de esa parte del cuerpo que debería faltar, digamos: no hay esa parte faltante, se vuelve a llenar esa parte faltante, negando (- ). Se trataría, entonces, de un modo particular de identificarse el perverso a los objetos parciales, digamos —la mirada o la voz, la perversión testimonia particularmente de la voz, de la identificación a la voz—, un modo particular, que no es el del neurótico, de identificarse al objeto parcial, y que vendría, digamos, a re-positivizar el falo. Lacan ilustra de diversas maneras cómo la perversión implica una escena en lo real, donde la fractura del cuerpo se rellena con alguno de esos dos objetos parciales que he mencionado: la voz o la mirada. Pero insisto: este movimiento es más vale retroactivo, se trata de un retroceso desde una posición ya alcanzada, o de una regresión, como decía Freud, en la medida en que en la perversión hay de alguna manera un testimonio de que, no obstante, en alguna parte hubo (- ).

Bueno, antes de dejar por hoy, recapitulo un poco, para no dejar colgada la primera de las preguntas que me hicieron. Cuando no hay la significación fálica, lo que tenemos es, entonces, esta significación enigmática que situamos en la fórmula de la metáfora paterna. El delirio sería como un intento —lo que implica ya una cierta restitución del problema— como un intento del delirante de llenar, con su cuerpo, una significación fálica. Esto es lo que yo llamaba, con una reserva, "identificación al falo". Es un intento, necesariamente fallido, de restituir algo no advenido. En lugar de la metáfora paterna tenemos la metáfora delirante, donde todo el cuerpo se entrega para dar "carne" a la significación fálica.

 

NOTAS:

(1) Ricardo E. RODRÍGUEZ PONTE, Traducción y traducción, artículo publicado en Notas de la Escuela Freudiana, nº 5, Escuela Freudiana de Buenos Aires, Noviembre 1986.

(2) Ricardo E. RODRÍGUEZ PONTE, La articulación Freud-Lacan en la perspectiva del retorno a Freud de Lacan, en la Biblioteca de la E.F.B.A.

(3) Cf. p. 456 de la versión castellana de Paidós.