FORCLUSION Y MANIA

DANIEL PAOLA

(*) Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis, Porto Alegre, BR, 1993

"...Y oyendo el clamor del pueblo que gritaba, dijo a Moisés: alarido de pelea hay en el campo. Y el respondió: no es eco de algazara de fuertes, ni eco de alaridos de algazara de cantar oigo yo" . - (Exodo 32, 17-18).

El griterío era a fin de cuentas desenfreno. Hacía ya cuarenta días que Moisés se ausentaba del pueblo y el becerro de oro yacía reemplazando al Dios invisible. Mientras a orillas del monte el descontrol crecía, en las alturas Jehová le ordena descender a Moisés, advirtiéndolo de la corrupción que reinaba entre la gente que había salvado de Egipto. Junto a Josué, emprende entonces la marcha de regreso y es en el reencuentro con quienes ya no lo esperaban y aunque advertido por Dios, cuando la visión del desenfreno de una adoración traídora le produce tal ira, que luego de romper las tablas de la ley y reducir a polvo el oro de la imagen, da a los hijos de Leví orden de matar cada uno a su hermano, su amigo y su pariente, contándose 3000 los hombres caídos al final de la jornada. Voy a partir de este ejemplo mítico para iniciar la serie, de reflexiones sobre la manía.

En principio considerar los efectos de la forclusión primordial determina encontrarnos en la clínica de las psicosis, con diferencias sustanciales que es preciso discriminar. La taquipsiquia, la verborragia y la fuga de ideas son conceptualizadas por G. de Clérambault, como fenómenos del automatismo mental y por tanto la manía como cualquier psicosis, debe reducirse al drama que el sujeto establece con el lenguaje. Los efectos de la forclusión son siempre los mismos y no serán más que aquellas singularidades del signíficante y su goce retornando desde lo real. En cada una de las psicosis podremos hallar en algún momento, toda o casi toda la constelacíón del retorno de lo rechazado. Hablar de una u otra psicosis nos acerca a un tiempo particular de la relación entre el individuo y el lenguaje, donde a posteriori podremos reconocer el rechazo de la castración.

El tiempo de la injuria es un momento muy preciso en la transmisión del falo. Recordando al "Hombre de la ratas" de Sigmund Freud, es llamativo como al dirigir en su enojo todo tipo de signíficantes hacía su padre que de antemano sabemos cruel, hace blanco en la sorpresa de quien los recibe, como augurio de un gran hombre o un ladrón. El paciente de Freud no es aplastado en su enojo, es tolerado como marca en su furia. Supongamos ahora el mismo tiempo en un infans lo suficientemente atravesado por el lenguaje como para descubrir aquello que provoque su ira y por el contrario, ubíquemos sí a alguien que aplaste todo intento de hacer efectivo su maldecir. Ese mal dicho, que cada uno porta para la ocasión adecuada, es curioso que aparezca en toda su potencia durante el episodio forclusivo, en mayor o menor medida. En la manía ese maldecir se hace furia tal vez más que en otras psicosis.

Jacques Lacan en "Televisión", cuando aborda brevemente el problema de la excitación maníaca dice lo siguiente: "... y lo que resulta por poco que esta cobardía de ser desecho del inconsciente vaya a la psícosis, es el retorno en lo real de lo que es rechazado del lenguaje; es por la excitaclón maníaca que ese retorno se hace mortal...". Lo que sigue es una probable articulación de lo que entiendo de esa lectura a partir del aporte que la clínica me ha otorgado.

En la manía, la cuestión entre el individuo y la ley implica un retorno desde lo real, desencadenado por la realización de una falta, la más grave, cometida en referencia a un legislador que si en el mito bíblico es Moisés, en la historia de cada enfermo es aquel dispuesto a encarnar tal investidura semejante. Mientras que en la neurosis, la dimensión del acto, en un futuro signado por la repetición, recrea sentido poniendo en suspenso la ley edípica del nombre del padre, ¿que sucede en la manía?, llegado el momento donde el camino del sujeto podría involucrarse en el acto salvador, allí arrecia el descontrol v el desenfreno mortal que lo consume, al mismo tiempo que el armado de la escena desencadenante, lo ubica cometiendo una falta grave, en relación a un legislador parental o semejante, que conociendo o no lo sucedido queda involucrado en una ira agobiante. Si en la neurosis el momento crucial del acto, marca la construcción de aquella metáfora en lo real del Otro, en la manía ese tiempo lleva al desencadenamiento no por ir más allá del Edipo obviamente, sino por violar un imaginario constituído en relación a un semejante, que se inviste como portador de una ley infranqueable. Sí en el neurótico la ley es anuncio de un goce fálíco siempre insuficiente y esto conlleva a una lógica de no todo goce donde la letra del sujeto se asienta, en cambio en el maníaco irrumpe un todo de goce, al quebrarse un imaginario de ley, que no da lugar a un sujeto que lo soporte.

Voy a presentar ahora un ejemplo clínico, considerando brevemente recordar mi trabajo en relación a la forclusíón, como aquel que bordeando sus consecuencias en el decir toma en el retorno de lo real, delirio, por alusión o mensaje invertido, la reconstrucción de aquella escena que determinó el desencadenamiento y donde el imaginario estalla en la imposibilidad de la dimensión del deseo, como defensa frente a las consecuencias del accionar de algún partenaíre sobre su persona en lo relativo al goce.

Dora es joven. De niña perseguida por la crueldad de sus padres, intentó varias veces el suicidio en oportunidad de ser sorprendida robando dinero de una caja fuerte. Esa conducta límite, inscripta en virtud de la pelea que ambos sostenían por lo económico, se entremezclaba con una escena de celos cuando por acercarse a uno se distanciaba del otro. Llamada puta por su madre, inútil por su padre, juzgada por una dimensión paranoica como sujeta a una intención deliberadamente sexual cuando demandaba una caricia, transcurren los años de su niñez pubertad y adolescencia. Más tarde en la juventud, conoce al hombre con quien se casaría de apuro por un embarazo. Su padre deja de hablarle, ya no sólo Dora no encarna el ideal universitario, sino que además el nacimiento de su niña evidencia una sexualidad condenada. Su madre la obstaculiza en lo que puede. A pesar de todo no se desencadena todavía, sino recién cuando se produce el divorcio por confesar una relación sexual que había mantenido con otro hombre por despecho. Esa sí, constituye la peor de las faltas para sus padres y allí se brota con el furor típico de los maníacos, la fuga de ideas y la elación narcisísta, en el lugar de la imposibilidad de sostener accediendo a lo real de la constitución del goce. Permanece después, durante años encerrada en su casa, sufriendo la falta de dinero a lo que la condena eu ex-marido, hasta que llegado el momento de llevar a su hija a la escuela conoce en un bar a otro hombre. En el afán de brindar ayuda a quien era acosado por una enfermedad terminal, es cautivada por la sexualidad ajena, en lo que nuevamente como infidelidad, ya que ella sigue considerándose casada a pesar del divorcio, lleva a otro desencadenamiento. Este es el tiempo de la demanda de análisis. La sensación de pánico que la invade es grande, cuando se ve impulsada a criticar a su madre o a su padre. Dice de sus alucinaciones místicas, observando las lágrimas caer de una figura de Cristo cuando el relato de lo acontecido con este hombre enfermo, daba a entender su única intención de ayudarlo. Lo que más le preocupa es no sentir nada por su hija, en un vacío que la conmueve: allí la forclusión se manifiesta como ausencia de sentimentalidad, donde ella no ama ni odia, sólo transmite un vacío espantoso que la supone monstruosa en diferencia a sus semejantes. Después de tres años aliviada por intervenciones que la acompañan en cada uno de los excesos derivados del Goce del Otro, de algún partenaire sobre su persona y alejada mi posición de alguna función crítica a ese vacío donde ella no encuentra sentimiento. mejora subjetívamente y consigue trabajo. Después de años el padre comienza a hablarle nuevamente. Pronto se convierte en una trabajadora hiper-responsable, que produce la admiración de sus jefes. Hasta allí todo marcha bien, pero sucede que llegada la hora en que se aproximan una serie de ascensos y ella es acusada por una compañera de estar serruchando pisos. Que se juzgue esta intención en ella la conmueve por completo. Despierta su sed de ayuda. Repetidamente se la encuentra tratando de socorrer a un compañero de trabajo enfermo desde hace tiempo, brindando compañía durante las noches. No tiene, dice, relaciones sexuales con él, pero la madre comienza a censurarla por la falta que retorna la infidelidad. Otra vez el brote maníaco con su peligro advertido en la crisis de furia y atemporalidad que antecedían al actual; otra vez la madre manifestando a víva voz, el enojo con su hija y clamando por su muerte. No se trata como verán de una psicosis que se haya estabilizado y sin embargo no deja de encontrar cierto alivío y por ello agradecimiento: la duración real del brote es mucho menor y por lo tanto la intensidad del terror disminuye, además de encontrar bordeando el vacío forcluído, qué de su hija le provoca intolerancia.

¿Qué conclusiones podemos abrir a partír de Dora?; no hay un lugar de goce serruchapisos o devorahombres. El efecto de la forclusión en ese vacío asentimental, nos índuce a insistir como el goce se juega a todo o nada. 0 nada de odioamoramiento, cayendo en un agujero que la ubica apática donde el goce es vacío absoluto, o el todo del acceso maníaco, donde el goce no da cabida al sujeto que lo vive o que lo sufre, transformándose el momento en una atemporalidad después inexplicable. Tal cual Jacques Lacan nos dice en el Seminario de "La Etica", ni Ayax en el momento de arremeter contra el rebaño, ni Antígona en el momento de su muerte, están signados como sujetos en el tiempo. Más allá de la acefalía subjetiva, el acceso maniaco lleva al sujeto a una bancarrota del goce en el límite del agotamiento corporal que tarde o temprano lo comsume.

Es muy dístinta la posición de Schreber tomando como paradigma alucinatorio delírante, cuando se ve obligado a tomar a su cargo el orden del Universo, su propia ley, ley para todos. ¿Qué pecado cometía Schreber haciéndose cargo de los Tribunales de Chemnitz o de Dresden?, por el contrario ninguno, más bien eso era lo esperable. Si en cualquier sujeto delírante de tipo interpretativo, como los clasificaba G. de Clérambaut, la no inscripción del propio goce retorna , en lo real de la injuría alucinada, en cambio en el maniaco esta partícular manera no es la prevalente dominado una relación al lengua que desde lo reaI, captura al individuo momento a momento en el fulgor de la sorpresa original, atemporal en la medida del borramiento de lo que también momento a momento acontece como si en el instante pudiera capturarse el todo del goce, para elidirse en un instante equivalente después. El sujeto maniaco ha franqueado un umbral prohibido y a partr de allí el retorno

desde lo real es un lenguaje maldito, un maldecir en tanto goce acéfalo que reenvía al agotamiento mortal en la sucesión infinita del instante.

EI sujeto neurótico queda ubicado a medias entre un lenguaje portador de la maldita muerte, en tanto incapaz de cubrir lo real y un goce fálico aliviante en la medida de la existencia de la otra escena inconsciente, supuesta salvadoraEsta particularidad del como portador de la existencia mortal en la caducídad significante, constituye una arista fundadora de la necesidad estructural del inconscíente, escondido en los giros gramaticales. Es en la manía donde esta particularidad del lenguaje retorna, en una forma feroz.

"....por cierto la intención de la carne es enemistad contra Dios, porque no se sujeto a la ley de Dios, ni tampoco puede..." (Romanos 8, 7).

La cita da cuenta de algo radical que implica al cuerpo. mencionado aqui como carne: es el pecado original, en tanto, de la ley. El cuerpo, entonces, soporta lo real del maldecir, de ese pecado original en Spaltung Subjetiva con el bien decir falico inconsciente. Si esto no es así, el, retorna desde lo real en el lugar

de un cuerpo no tal como sucede en la manía con esa arista, del lenguaje que en tanto no atenta contra la vida del individuo.

Ese mismo maldecir puede encontrarse en otras psicosis, como injuria en el texto de la alucinación y allí tener su preeminencia, mientras que en la mania hay una reducción de la imagen a un maldito desecho consumido por el goce hasta la desintegración final por la muerte, que si no acontece es siempre posible. El maldecir es el goce que no se involucra del lenguaje en lo simbólico ese corte en el sentido que se aprecía más allá de la escansión de la letra que soporta la estructura neurótica.

El héroe Ayax es un ejernplo del furor maníaco y su consecuencia en el pasaje al acto terminal del suícidio. Ofendido porque las armas de Aquiles habían sido entregadas por los jueces a Ulises, enloquece arremetiendo contra el rebaño del ejercito, creído de estar protagonizando una pelea feroz contra los dioses de su estirpe. Héroe altivo y el desobediente de sus jefes militares, lo soporta todo hasta el momento de recordar, después del delirio, la falta grave, que ha cometido en la intención de matar a sus conpañeros de armas. Ese umbral que nunca debía ser atravesado, lo deja a el mismo como su propio verdugo sin atenuantes.

Hay una diferencia en la forclusión de la manía a la melancolía: así si en una el retorno desde lo real es la consecuenicia del atravesamiento de un umbral a partir de donde el goce no es contable en la medida de la inexistencia temporal subjetiva, en cambio en la otra esa inscripción primordial del inconsciente también rechazada, adquiere la forma de un encierro individual donde el vacío forclusivo queda congelado en los efectos de un arbitrio culpabilizante a la par de una intensa angustia inmodificable. Ese maldecir primordial se instala como megaculpa y sabemos lo peligroso que es su desaparición en tanto la inmediatez consecutiva del pasaje al acto suicida.

El maníaco no se melancoliza con el rigor de esa culpa megalomana. sólo transita en una abulia agazapada por el efecto de! vacío de la forclusión. El melancólico no pasa sino fugazmente a la manía y allí reside el peligro del pasaje al acto suisida como ínstantáneo, a diferencia del goce mortal consumista del maniaco que lo asombra instante tras instante. Sí, en cambio, esta maldición del lenguaje tiene sus efectos como retorno desde lo real, tanto en una como en otra enfermedad.

Vayamos a otro ejemplo clínico: Ana estuvo ocho días sin dormír. Verborrágica al extremo declaraba estar descubriendo el origen del cosmos, demostrando en múltiples explicaciones por metonimia una deduccián ínasimilable. No se bañaba porque esto implicaba una vuelta a la tierra de donde nacimos. Acostumbrada al dolor desde niña por la existencia de un padre alcohólico y violento fue separada de sus hermanos cuando la madre después del divorcio la lleva a vivir con una abuela, tan brutal como su padre. Recuerda aterrorizada, en aquella época, el acoso sexual que una mujer, de quien se decia era enferma mental, hacia sigilosamente robando su ropa interíor o merodeando la casa. De adolescente durante la díctadura fascista, milita activamenbe en la uzquierda estará varias veces al borde de la muerte, constituyendo por rememoracíón la única trama constante que llama la atención por la insistencia de un terror actual, que la emparenta con una muerte próxima. Más allá de una cosa persecutoria que tiene con su madre por el sadismo que la configuró en el pasado y que hoy la implica como portadora de ese imaginario de ley y más allá de la identificación con su padre por lo aborrecido de su violencia, retorna segundo a segundo en lo interminable de la catarata verborrágica, a la certeza de una muerte posible. Se puede despejar un hecho valioso que la alivia en forma momentánea: al borde de un trabajo exitoso teme las críticas de sus pares, señalamiento sin embargo que no alcanza a tocar el borde de la forclusión. Después de dos meses de tratamiento relata que antes del brote roza intensamente la homosexualidad y al mismo tiempo en el extremo de su trama militante se encuentra un padrino, hermano de su madre, que tenía la misma filiación política de izquierda y era aborrecido en la familia por su homosexualidad. Transitar a pesar de su heterosexualidad, por la atracción que ejercitaban ciertas mujeres es por primera vez, el encuentro con el otro sexo, en el sentido del objeto "a", por allí se desbarranca, precisamente en el lugar sancionado como goce mortal, donde por otra parte está condenada al intento siempre fallido de la constitución fálica como transmisión paterna. Es imposible la relación al objeto "a" sin la existencia del falo. Desde luego que ser homosexual era la falla esencial, mientras que la militancia era perfectamente tolerada. Por acceder a la homosexualidad se funde en un goce maníaco, sólo constituido en el instante y que no implica la subjetividad como contable, goce maldito en un cuerpo no constituido que entonces retorna desde lo real como anuncio de una muerte merecida.

No se trata que el efecto de la maldición no se cuente en la estructura neurótica. La marca sangrante de la existencia corporal no indice a la inevitable moralidad del dolor por el tiempo de la muerte, signado significante a significante a la vez alivio fálico. En el maníaco toda esa potencia de goce deviene en retorno desde lo real de un lenguaje, que entonces no aloja a un sujeto en su mansión.

Nada hay más posible de confundir con una estructura histérica, que una manía. El retorno a la locura histérica lamentablemente de moda, ha traído como consecuencia pensar estos maniacos como siempre neuróticos. La hipomania devenida en la histeria, se limita a la positívización del falo imaginario, en un doble especular proveniente de la ínvasión del saber producido en el lugar imposible del objeto "a" como verdad subjetiva. Al romperse esta impotencia, que de S2 involucra al objeto "a" en el discurso histérico, el sujeto neurótico siente esta falta de apoyo de la falta. No se trata entonces como en la manía de un encuentro con lo normal de una falta, que merece ser sancionada sino por el contrario lo imposible, inunda la escena. poniendo en suspenso al propio cuerpo en función de la alteridad del ajeno constituído un doble.

En la locura histérica se pasa de espectador de cine a la pantalla, si se me parmietera una metáfora, en la mania la forclusión primordial reduce el tiempo al instante de nadificación, una y otra vez al precio de la muerte.