LA INICIACION SEXUAL

Daniel Paola

(*) Cuadernos Sigmund Freud. Nro 19 (1997). Escuela Freudiana de Buenos Aires

"...en cuanto a mí, ya he dicho cómo el acontecimiento y la inclinación de mi naturaleza, a la vez me invitaban a disociar el amor del deseo, hasta el punto de que casi me ofuscaba la idea de poder mezclar el uno con el otro..." Así se expresa André Gide en su novela autobiográfica "Si la semilla no muere" después de atravesar el relato de lo que fue su iniciación sexual con una mujer.

J. Lacan hace referencia a este notable autor, Premio Nobel de Literatura en 1948 (al menos que yo conozca) en tres lugares de su obra: "Juventud de Gide o la letra y el deseo", aparecido en los Escritos, en la clase 12 del Seminario V, y en "El saber del analista" de fines de 1971.

Toda la escritura de Gide es de naturaleza autobiográfica. Así como, parelelamente, a principios de siglo S. Freud está generando la asociación libre como parte de su invento, la atmósfera gideana parece sumergirnos en una dimensión similar. De acuerdo al motivo que me impulsa a escribir estas líneas, voy a comenzar por esta singularidad que nos permite encontrar el relato de una iniciación sexual seguida de una deducción que disocia el amor del deseo y voy a preguntar: ¿en qué medida esa disociación se hace presente en cada sujeto? y ¿cuáles son sus consecuencias?

En 1912 S. Freud escribe "Sobre la degradación de la vida erótica". Allí dice que en la clínica se observa a individuos que no han llegado a fundir la corriente cariñosa y la corriente sensual de la libido. Se trataría para él de una degradación psíquica del objeto sexual que finalmente apunta a la disminución del placer. Cuando va promediando su escrito dice que "sólo en una limitada minoría se confunden ambas corrientes" para concluir con "a mi juicio y por extraño que parezca habremos de sospechar que en la naturaleza de la pulsión sexual existe algo desfavorable a la emergencia de la plena satisfacción". La sublimación, según nos explicita, sería consecuencia de la incapacidad de la justa proporción en la satisfacción. Habría entonces un desdoblamiento del objeto, donde el objeto sexual sería un subrogado que nunca se satisface del todo.

¿Deberíamos considerar que las dos corrientes descriptas por S. Freud en relación al objeto sexual, la cariñosa y la sensual, siempre van a estar al extremo disociadas, como Gide plantea? Es obvio que no, siendo esperable que se encuentren fundidas y de allí parte S. Freud, pero a su vez aclarando cómo su disección psicoanalítica encuentra una imposibilidad a lo absoluto de la confluencia de las dos corrientes, subyaciendo algo, en el mejor de los casos la sublimación como correlato de lo que nunca podrá fundirse.

André Gide relata en "Si la semilla no muere" un riesgo de muerte real por enfermedad pulmonar inmediatamente después que acontece su iniciación sexual. ¿Podríamos decir algo de este riesgo de muerte?: es la castración, es el encuentro con el sexo en el campo del Otro, o lo que es lo mismo, es el encuentro con la escena fantasmática que comanda la excitación sexual, el goce fálico donde interviene el significante resto.1 Si toda iniciación sexual implica el encuentro con el sexo en el campo del Otro y a esto convenimos en designar como castración, cabría preguntarse por qué la muerte rodea la atmósfera gideana en esta oportunidad.

J. Lacan dice que las cartas que envía Gide a Madelaine Rondeaux, su esposa con quien había contraído matrimonio blanco, tienen naturaleza de fetiche. Madelaine quema esas cartas antes de su muerte y la desazón del escritor es tremenda por el acto pre mortem de su mujer. Efectivamente Gide presenta en su vida una clara disociación entre el amor y el deseo. Ama a Madelaine desde los 15 años pero su corriente sensual lo lleva a inclinaciones paidofílicas, y no solamente homosexuales. Su goce es masturbatorio, placer de órgano fuera de toda ley, tal cual se inicia el relato de "Si la semilla no muere": la madre tomando el té y él, su órgano, debajo de la mesa. ¿Qué conclusiones podemos sacar en relación a la iniciación sexual y a estas dos corrientes del amor y la sensualidad o el deseo gideano?: 1) lo que es confluencia de las dos tendencias no se encuentra en Gide para nada y allí, entre amor y deseo, el fetiche nos adelanta aquello que no ocurrió; 2) a pesar de que hay algo en la estructura neurótica que garantiza esa confluencia, sin embargo la disociación según S. Freud, permanece en todos, siendo la postura de este trabajo demostrar que esa disociación se evidencia en la iniciación sexual de una u otra forma, no siempre, claro, al extremo de Gide y su peligro de muerte.

Gide proviene de una familia de la aristocracia. Su madre es el colmo de la abnegación y el deber y las descripciones que hace de ella son risueñas por absurdas. Hay una compulsión materna por el orden y el deber como protección. Se trata de la madre del amor, como J. Lacan la denomina en los Escritos, ya que existe también para él otra madre, la del deseo, en una tía que al parecer tiende en sus abrazos un roce incestuoso. Dos madres para dos corrientes, la del amor abrasador y la del deseo confinada a la clandestinidad y que retornará fuera de toda ley.

André tenía veneración por su padre, pero también rechazo. No había nadie que lo sacara del abrasador círculo del amor-deber de su madre, salvo la corriente que tenía apoyatura en su tía, finalmente madre de Madelaine. Su padre muere cuando André es púber y el "niño Gide entre la muerte y el erotismo masturbatorio, del amor no tiene más que la palabra que protege y la que prohíbe; la muerte se ha llevado con su padre la que humaniza el deseo", según nos dice J. Lacan en los Escritos.

Aquellos fantasmas que pasan de la madre al hijo son entonces los que podríamos asociar a la prohibición protectora y constituyen un camino que Lacan llamó "corredor de medallones en manada negativa". Es así que donde hay un vacío de madre a hijo implicado en la falta de deseo, lugar donde predomina el deber como amor, allí lo poblado de monstruos es revelación de una simbolización insuficiente. Ese corredor en "manada negativa" entre madre e hijo demuestra que de lo que hay privación es del deseo de una a otro y que entonces el deseo no tendrá más remedio que aparecer fuera de toda ley.

Si decimos fetiche entre el amor y el deseo para Gide, finalmente estamos hablando descarnadamente de lo que concierne a la operatoria fálica en la neurosis, donde un significante privilegiado en su significación armoniza amor, goce y deseo. Sabemos que en Gide la "x" por debajo del "DM" trae excesivas dificultades y que la metáfora que finalmente se constituye implica un falo mortificado según Lacan nos confirma, que requiere del fetiche donde no hay confluencia del amor y del deseo.

La significación, no única pero fundamental, que aporta el falo como significante es entonces cercana a la "palabra que humaniza el deseo" en su confluencia al amor. Cuando J. Lacan dice que "el amor permite al goce condescender al deseo", nos refiere esa confluencia aportada por la significación que privilegia al significante fálico. Sin embargo, no deberíamos olvidar, siguiendo a S. Freud, que esa confluencia es siempre insuficiente, denotando dos corrientes opuestas que subyacen en la estructura.

Toda iniciación sexual plantea en el encuentro con el sexo en el campo del Otro esta dimensión del significante fálico que implica una disociación por la imposibilidad de una confluencia absoluta entre amor y deseo. Todo encuentro y todo placer devenido de la sexualidad será insuficiente y esto se plantea virtualmente desde el inicio.

Decir catástrofe, siguiendo la topología diferencial de R. Thom2, que demuestra el salto de un estado a otro como discontinuo, sería decir encuentro con la insuficiencia del significante fálico que no alcanza nunca del todo a armonizar amor, goce y deseo.

Para cualquier adolescente la iniciación sexual, que no tiene por qué coincidir con el acto sexual, pone de manifiesto esa disociación inevitable y lo catastrófico se limitará a la magnitud del salto atemperado, donde la palabra que "humaniza el deseo" haya determinado cierta confluencia.

¿Quiere decir únicamente "la palabra que humaniza..." aquello que significa una armonía entre los pares disociados? No, también cuenta la "incisividad de navaja" del deseo que quedaría portado dentro de una ley y que muestra un corredor para salir de la catástrofe.

En la iniciación sexual, el encuentro con el sexo en el campo del Otro, pone de manifiesto la inadecuación del significante falo para hacer efectiva una plena armonía entre las corrientes "amorosa" y "sensual" hacia el objeto. J. Lacan dice en R.S.I. (21/1/75) que si el Otro es un campo de doble entrada, el uno del significante falo y el objeto a, el uno no puede recubrir al otro. Aquello que podría significarse con el falo implica la no relación sexual que resta como disociación. Que lo que escribe objeto a también implique una insuficiencia nos revela que el discurso analítico conduce al soporte de lo que no va a dejar nunca de no encontrar sexualidad, aunque el acto se alcance. Que digamos significante falo u objeto a implica ya decir no relación sexual.

"El falo como significante da la razón al deseo (en la concepción que el término es empleado como media y extrema razón de la división armónica)": así se expresa J. Lacan en la "Significación del falo". La división armónica implica la proporción áurea y ésta al número de oro, número irracional. Su demostración puede encontrase en el Seminario de la "Lógica del fantasma". Vemos cómo el significante falo se relaciona a una proporción armónica entre la media y extrema razón del amor y del deseo.

Dado un segmento AC3 que mide 1.000 mm, el punto que divide en dos AB y BC en 0,618 mm y 0,382 mm determina la media y extrema razón de la longitud que tiene la siguiente propiedad: (AC/AB) = (AB/BC). Ese número de oro, 1,618, obtenido de acuerdo a la divina proporción de Luca Pacioli, tiene propiedades únicas: su inversa es igual a 0,618 y su cuadrado a 2,618. Es el significante falo el que implica esta proporción única que el número irracional de oro expresa y lo inconmensurable de ese número irracional es también lo inconmensurable del objeto a. Lo mensurable determina que dos magnitudes volverán a caer juntas en la misma proporción por determinado múltiplo. Lo inconmensurable no tiene esa propiedad y en relación a ello J. Lacan ubica tanto al significante falo como al objeto a. Lo inconmensurable ubica la relación genital entre los sexos como una verdad que cae del lado único de la satisfacción subjetiva en la producción de aquellos objetos que van a estar en "relación de metáfora y de metonimia a la sexualidad"4

El corte debe ser justo para que el número de oro o el significante falo cobre existencia como "palabra que humaniza el deseo". Así como el que sufre de ambliopía no está privado de su vista pero no puede centrar una mirada única sobre el objeto porque la luz ha incidido por defecto de la musculatura ocular en otro lugar que la mácula, así si el "corte" no es exacto, el significante fálico no operaría con toda su potencia, dejando al descubierto la media y extrema de una longitud que no alcanzarían la armonía inconmensurable que el número de oro sí produciría.

Supongamos ahora que el corte se ha producido de manera exacta, la media y extrema razón revelan que el número de oro es una arbitrariedad matemática, ya que el período repetido nunca es exactamente el mismo. No hay satisfacción plena, como diría S. Freud, sólo perpetua diferencia.

1) [(AC/AB)=(AB/BC)]=[(1,000/0,618)=(0,618/0,382)]

Sin embargo observaremos el siguiente resultado:

1,618229 no es igual a 1,617801 , la igualdad se da por convención.

2) 1,6182 = 2,617924 ,tambien aquí la igualdad es por convención

Esta aproximación matemática que establece el número irracional, haciendo uniforme un período de 618, permite hacer correlato en relación a la inadecuación del falo para sostener una armonía absoluta entre amor y deseo, ya que una mínima observación muestra en el campo de los números que la media y extrema razón no establecen entre sí proporciones iguales, sino sólo aproximadas. Decidir por convención la igualdad cuando se trata de similitud en una proporción es una cuestión de palabra y de deseo entre los matemáticos.

Que no exista en grado suficiente aquella palabra que humaniza o armoniza el deseo, puede dejar al sujeto en la iniciación sexual en una verdadera catástrofe, tras el encuentro con la no relación sexual.

La cuestión del significante falo abre a la cuestión del goce fálico. Pero no se trata de lo mismo. Decir qué hay más allá del falo es encontrar el goce de él derivado, pero decir un más allá del goce fálico me parece riesgoso (aunque quedemos todos regidos por la idiotez, como Encore nos posiciona), ya que hace suponer un saber absoluto sobre el objeto a que, como hemos visto, necesita del falo como la otra entrada para sostener el campo del Otro.

Olvidar la implicancia del goce fálico como algo distinto al significante falo nos podría hacer pensar la posibilidad de poder ir más allá de él, cuando en realidad es lo que soporta el nudo borromeo como expresión de nuestra mentalidad, ya que sin goce fálico no podríamos hablar ni del goce del Otro, ni del sentido, ni del objeto a.

Para concluir diría que la discriminación entre falo y goce fálico se va desplegando a lo largo de la obra de J. Lacan, con lo cual a pesar de lo que se pueda juzgar, no resulta una discriminación tan obvia como aparenta, al extremo que se sigue usando un concepto y el otro como si fueran lo mismo. Dar "la razón al deseo" es ubicarse en "que para gozar hace falta un cuerpo", tal cual nos dice J. Lacan en el "Saber del analista". Que el significante intervenga como resto en el goce (R.S.I. 17/12/74) es muy distinto a que lo sea.

 

 

Notas

1 J. Lacan. R.S.I. 17/12/74. Texto inédito de circulación interna en la E.F.B.A.

2 Guillermina Díaz. Pubertad: Discontinuidad necesaria. Bordes un límite en la formalización. Homo sapiens.

3 Rolando Karothy. Sobre el número de oro. No hay relación sexual. Homo sapiens.

4 J. Lacan. Lógica del fantasma.12/4/67. Texto inédito de circulación interna en la E.F.B.A.