
Panel: Etica y acto
Analía B. Meghdessian de Nanclares.
(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.
Plantear el tema de la ética y el acto analítico reviste un interés particular en la formación y la práctica de los analistas contemporáneos. Interés centrado no sólo en el replanteo inevitable al que nos conduce el ejercicio de una práctica que data de un siglo, sino en la necesaria interrogación acerca de la legitimidad sobre la que se funda el acto del analista en el contexto de la actualidad.
La evocación hace referencia al lugar que el psicoanálisis tiene en el tiempo y en la historia del pensamiento moderno. Pensamiento al que interroga y subvierte en el campo de las certidumbres de la época. También pretende acentuar la inquietud sobre lo que legitima, cada vez, el ejercicio de su práctica que no puede hallarse sólo en los antecedentes de una cronología en la que se continúa, sino en esa procuración, en esa marca propia del psicoanálisis que constituye el corte que hace posible la historia, en la medida que ella vive y se sostiene de los cortes.
Es en la dirección de este movimiento sincopado y de esta temporalidad lógica en la que propongo pensar la legitimidad del acto analítico y la ética que de ella se desprende para la formación del analista, como el renovado pasaje por ese límite escritural en relación a la causa, que sólo otorga el análisis del analista sin el cual no sería posible sostener viva la pregunta por el sujeto en la transferencia.
El valor que el acto ha de comportar para cada tiempo de la formación, junto a la enseñanza y al análisis de control, se verá atravesado decididamente por ese límite escritural al que se ha arribado en el propio análisis, revelándose luego, en otro tiempo, terminado.
Cada tiempo en la formación del analista, invita a algunas precisiones. Que no hay formación final, acabada, que totalice el saber del analista. Que el saber tal como el psicoanálisis lo despeja es el saber producido en acto, delimitado en el lugar de la verdad. Y que dicho saber sólo se actualiza en transferencia, dado que el analista como pasador de lo real de su castración en la escena analítica, engendra la confianza real y necesaria para garantizar el movimiento del "no pienso" allí donde era hacia el allí donde era "no soy".
Es en función de este movimiento que sitúo primero del lado del analista, del que parto para formular la reflexión inicial y la consecuente pregunta.
Para los analistas no es posible hablar de ética sin su articulación con la dimensión del acto, entendiendo por ello la ineludible redistribución de los goces requerible para el advenimiento del sujeto. Entonces:
¿Por qué sería necesario retomar estas consideraciones?
¿Cuál es su valor en el marco de la subjetividad de nuestra época?
Preguntas que no hallarían su rumbo si se descuidara el contexto en el que son pronunciadas.
Hoy.
Nuestra época se halla teñida por el escepticismo, la ubicuidad de los valores, la falta de confianza real y credibilidad, el afán de éxito rápido, la ilusión de que a todo se puede acceder, el consumo voraz, la carencia de tolerancia cuando no el arrasamiento de las diferencias que trae aparejado, como efecto inevitable, las renovadas versiones de la segregación. Es decir, la renegación permanente de los rasgos distintivos y el agujero radical en el que se estructura el sujeto.
Que se pueda sugerir que esto sea la marca distintiva de nuestro tiempo, conduce a cuestionar seriamente la legalidad sobre la que se fundan estos rasgos y la inmixión de los mismos en los diversos ámbitos de lo social pretendiendo hacer de ellos institución bajo la égida de una ley que reniega, de hecho, de lo que pretende legitimar.
El psicoanálisis, por ser un elemento más de la árida trama sociocultural que nos toca vivir, no está exento de los efectos subjetivos de la época. Y es de incumbencia ética interrogarnos por la incidencia que en él promueven los reales de nuestro tiempo en los que, la dimensión de los goces y del deseo tienden a igualarse, la función paterna instauradora de legalidad diluirse y, como corolario, a favorecer la promoción de un vacío cuyo único objetivo es mantener la disolución permanente de la estructura.
En el marco de esta subjetividad , una pregunta se hace ineludible: ¿De qué sujeto se trata hoy para el análisis?
Hoy como entonces
Esta suerte de indiscriminado entre el desgobierno de los goces y la ley del deseo, disyunción que el análisis debiera inscribir engendrando instancia literal entre el goce y el saber, da lugar, desde hace varios años, a las más variadas manifestaciones clínicas antes confinadas sólo a los ámbitos de asistencia hospitalaria y muy poco pensadas para el dispositivo analítico. Sin embargo, una marcada tendencia localiza estas manifestaciones también en el ámbito de nuestros consultorios. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Ciertamente, el sujeto de nuestro tiempo no se presenta con lo que podríamos llamar una versión clásica de la neurosis. No llega interrogándose por la razón de su síntoma o la causa de su sufrimiento ya que, bien a tono con la época, sólo se puede mostrar. Y también extrema hasta el límite del registro imaginario una mostración que, al revelar la insuficiencia de recursos simbólicos necesarios y suficientes - para hacer tope al real que irrumpe en su subjetividad - se presenta o bien en múltiples fragmentaciones ó todo él puro deyecto arrojado al vacío ilimitado, de las formas más variadas.
Niega o bien reniega - por esta vía precisamente - lo que está en la causa de su propia constitución. Desamarrado, desapropiado de su esencia dividida, es convocado al festín del todo vale.
Los intentos de suicidio en los adolescentes, los actos compulsivos, los episodios de violencia familiar, el tormento psíquico, la humillación moral, entre otras, son prueba cabal de esta estructura de goce a la que se debe añadir la falta de instancias sociales de cuya legalidad se pueda hacer sostener un orden que acote el desborde real al que se ve arrastrado nuestro sujeto en cuestión.
No obstante, hoy como entonces, me refiero a la subversión que el psicoanálisis produce en la razón de este siglo se trata del mismo sujeto tal como el psicoanálisis lo precisa: sujeto dividido por la represión primaria instituyente, sujeto representado por los significantes, dividido entre lo que sabe y lo que dice, de cuyo cociente con el Otro él mismo es irremediable resto a cernir.
El sujeto de hoy, el que a su manera precipita nuestra presencia, es clásico en este sentido. Pese a no encuadrarse rápidamente en el dispositivo transferencial, aún en esa presentación liminar con la que nos llega o lo traen se trata del sujeto inscripto en el campo del lenguaje, desamarrado de la instancia literal de la que hacer posible sostener la palabra y el goce que funda.
Estas manifestaciones clínicas, que pertenecen al campo del lenguaje y no participan del orden del significante, ya que al hallarse desafectados de la operación de castración no alcanzan a tener adecuada medida fálica, ¿excluirían por ello la intervención de un analista?
Entre el goce y el deseo presencia del analista.
Si bien estas condiciones no crean un analista, en el sentido clásico, tampoco lo excluye de la posibilidad de incidir y operar precisamente allí frente al desenlace de los goces, por su presencia en lo real. El límite que estas manifestaciones presentan no se equivale con lo irrealizable.
¿Cuál sería la eficacia del acto posible?
Promover, en un primer tiempo de la cura, el reordenamiento del desenlace de los goces, recolocar al sujeto en un marco del que se pueda inscribir algún no. El rechazo de la satisfacción paradójica del goce que haga lugar - en un segundo tiempo- al deseo, se hace necesario para la delimitación de un argumento y una ilusión imprescindibles para la vida del sujeto.
Suponer que esto contraría la esencia de nuestro acto, dirigir al sujeto a la castración, sería un error de lectura si no partimos de que para operar, producir corte, es necesario precisar las condiciones entre el sujeto y el Otro. Esto es lo que llamo engendrar instancia literal necesaria, que permita en otro tiempo escriturar, una y otra vez, la falta entre la satisfacción paradójica que el goce del Otro propone y la inevitable ley que el deseo reclama.
La abstinencia no es la respuesta para estas circunstancias. Y el analista, por ese trato sensible y permanente que le otorga el análisis llevado hasta su límite con relación a "qué es y qué no es", ¿no estaría habilitado por esto a incidir frente al real clínico de nuestro tiempo?
¿No será ésta la ética que regula y ordena los actos del analista hoy?
Acaso, el anhelo de una real ilusión.
Bibliografía:
"Las metas morales del psicoanálisis". XXIII
"Las paradojas de la ética o ¿Has actuado en conformidad con tu deseo?". XXIV