PUNTUACION DE ESCRITOS: KANT CON SADE (V)

ROLANDO KAROTHY

(*) Seminario en la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Clase 5ra. (29-10-1996)

Veinte años después de Una cuestión preliminar..., Lacan vuelve a considerar el tema de las perversiones pero con otra perspectiva. (1) No dice exactamente lo mismo que en aquel entonces, inclusive en la terminología, porque usa el término père-version, es decir, estudia este problema en relación a una reformulación del lugar del padre. Hay un acento distinto porque pasa de una concepción de las perversiones centrada en el modelo del fetichismo, tal como plantea Freud para quien el fetichismo es la matriz que atraviesa todas las perversiones, a una concepción referida al síntoma en su función de anudamiento.

El 18 de noviembre de 1975, en el Seminario XXIII, aparece la conocida frase según la cual la père-versión no quiere decir más que versión hacia el padre, en resumen, el padre es un síntoma.

Si volvemos a la única clase que dio Lacan del Seminario de 1963 - que se denominó Los nombres del padre - ahí dice que la expresión que utilizó Laplanche para titular su libro Hölderlin et la question du Père (La cuestión del padre o La pregunta del padre) es una expresión problemática. Es un contrasentido decir "la pregunta del padre". ¿Por qué? Respondo directamente con las palabras de Lacan: "no puede ser pregunta de la pregunta del padre debido a que nos encontramos más allá de la fórmula que podamos formular como pregunta".

¿Por qué? Porque la père-version es en realidad una respuesta. De hecho toda la cuestión del padre funciona como una respuesta. En una de sus acepciones, el padre es la respuesta fantasmática a la inconsistencia del Otro. Entonces, en este sentido, el padre es una respuesta, no una pregunta.

Para mencionar un aspecto más de este último problema, es útil citar a Lacan, en el Seminario XXIII, el 11 de mayo de 1976, cuando dice: "El amor es lo que se relaciona con la función del padre, que se dirige a él en nombre de que el padre es el portador de la castración, en la medida en que los hijos son privados de las mujeres, aman al padre. Es, en efecto, algo singular y pasmoso lo que sostiene la intuición de Freud.

"Pero a esta intuición yo intento darle otro cuerpo. Precisamente el nudo bo que está hecho justamente para evocar el monte Nebo, o como se dice 'la ley'. En este caso simplemente la ley del amor, es decir, la père-version".

A partir de lo dicho haré algunas puntuaciones sobre el modo en que aparecen distintas perspectivas de la problemática de la perversión. No será un recorrido muy exhaustivo. Quizás faltaría agregar, simplemente a modo de comentario, que a la altura del Seminario De un otro al Otro, Lacan piensa las perversiones - porque ahí considera nuevamente el tema, después de haberlo trabajado un poco más en el Seminario X -, a partir de las relaciones entre el objeto a y el Otro, retomando la idea del Seminario X donde dice que el perverso es un instrumento del goce del Otro.

Hoy quería trabajar, después de esta introducción, algunos aspectos de la relación entre Sade y Sacher-Masoch, y a partir de ahí pensar diversos problemas interesantes respecto del fantasma sadiano.

La tesis de Lacan según la cual no hay complementariedad sadomasoquista, que es otra forma de decir "no hay relación sexual", indica que Sade no encuentra su otra mitad en Masoch. ¿Por qué? Porque el Marqués de Sade sostiene una ética libertina de raigambre racionalista o iluminista. Uno de los temas básicos del Marqués de Sade es el de la libertad sin límites de la razón.

Cuando el Marqués de Sade interroga a la naturaleza para exigirle respuestas, la eleva al estatuto de un gran Otro, una especie de biblioteca universal que al final de sus tratados queda ungida como el verdadero magistrado del siglo de las luces, el único que es capaz de enseñar el sentido de la ley y sostener correlativamente el derecho al goce.

Un siglo separa el iluminismo del romanticismo, es decir, el Marqués de Sade de Sacher-Masoch. Ese paso de cien años también es un pasaje que transforma aquello que Lacan llama "las profundidades del gusto", expresión que aparece al comienzo de Kant con Sade.

Es un paso pequeño en el tiempo pero suficiente como para distinguir el drama libertino iluminista y racionalista del Marqués de Sade de la trama romántica de Sacher-Masoch.

El romanticismo de Sacher-Masoch efectúa una revisión de los temas libertinos de Sade, pero lo hace bajo el signo de la tragedia porque el romanticismo presenta ya un cierto saber sobre el terror. Sabe que hay un punto de tinieblas, un punto de oscuridad en las luces de la razón y que la libertad humana siempre va a encontrar algún límite en su horizonte. (Esto es lo que intentaba borrar el Marqués de Sade). El romanticismo al fin de cuentas sabe que el último capítulo de la obra del libertino es la guillotina, pero es la guillotina quien escribe ese último capítulo. La historia es implacable cuando se dispone a dar su testimonio del goce del Otro. En este sentido, Leopold von Sacher-Masoch era más o menos fiel a su tiempo, porque el siglo XIX vio transformar toda esa época de la racionalidad en las tempestades de la pasión que, a su vez, deja muchas veces al sujeto humano a merced de los caprichos del destino.

El sujeto inherente a la concepción de Sacher-Masoch ya no es más como en el Marqués de Sade un ciudadano del derecho, es un ser sometido a los poderes de una naturaleza que ya no quiere ni pretende liberar al ser humano. Pero, a pesar de eso, el mismo Sacher-Masoch advierte que la llama libertina todavía permanece viva.

El retrato que Sacher-Masoch hace de su personaje, arrodillado a los pies de quien representa la voluntad del Otro, no esconde ni la ironía ni el fondo de falsa caricatura cuando presenta a ese Otro con los trazos de una mujer enamorada, Wanda, que es la que cede u ofrece su cuerpo para hacerse instrumento de la voluntad del goce de su esclavo. Dicho de otro modo: Wanda, el amo, la mujer que representa el lugar del amo, en realidad tortura bajo las órdenes de su víctima.

En el sugerente libro de Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch, al final aparecen una serie de notas, entre ellas diversas versiones de los contratos que efectúan Wanda y Sacher-Masoch. Por ejemplo, uno de ellos dice: "Las condiciones bajo las cuales te acepto como esclavo y te soporto a mi lado son las siguientes [esto lo firma Sacher-Masoch]: no tendrás más voluntad que la mía. Estarás a mi disposición como un ciego instrumento que cumple todas mis ordenes sin discutirlas. Cuando olvides que eres mi esclavo y no me obedezcas absolutamente en todo, podré castigarte y corregirte a capricho y sin queja por tu parte.

Cualquier benevolencia o favor que tenga a bien dispensarte será una gracia que tú deberás reconocer agradecido. Cualquier acción mía deberás considerarla como justa; no tendré ningún deber para contigo.

No serás ni hijo, ni hermano, ni amigo; sólo serás un esclavo miserable que se arrastre en el polvo.

Me pertenecerán tanto tu cuerpo como tu alma; aunque esta situación se te haga muy penosa, deberás someter a mi consideración tus sensaciones y sentimientos...".

Todo es en este orden, no hace falta agregar mucho más, salvo el final donde dice: "Tu honor me pertenece, lo mismo que tu sangre, tu espíritu y tu capacidad de trabajo. Yo soy tu soberana, dueña de tu vida y de tu muerte. Si llegara a suceder que ya no puedes soportar mi trato o que las cadenas te resultaran demasiado pesadas, tendrás que suicidarte porque nunca te devolveré la libertad". Y al final aparece la firma de Sacher-Masoch con esta leyenda: "Yo me obligo bajo mi palabra de honor a ser el esclavo de la señora Wanda tal como ella lo pide, sometiéndome por entero y sin resistencia a todo aquello que quiera ordenar".

Este es uno de los contratos. En este sentido el siglo que separa a uno de otro, a Sade de Masoch, no se mide sólo por el tiempo, y por el cambio de circunstancias históricas, y por el cambio de concepción, sino sobre todo por la modificación del estilo. Con el Marqués de Sade todavía es posible creer aquello que dijo una vez Lacan (en realidad no lo dijo Lacan, lo dijo Buffon y Lacan le hace un agregado): "el estilo es el hombre". Lacan le agrega los puntos suspensivos y la expresión: "...al que uno se dirige".

Con Sacher-Masoch se produce una rectificación de ese aforismo que correspondería más bien a lo que Lacan enuncia de otro modo: "el estilo es el objeto".

Tanto en el autor libertino, es decir en el Marqués de Sade, como en el escritor romántico, Sacher-Masoch, se produce el despliegue de un fantasma literario. Se trata de una ficción hecha fundamentalmente para explicitar el goce que encuentra siempre su soporte en una mujer, o en las mujeres. Tanto en un caso como en el otro, la mujer es definida "como el instrumento de un goce cuya razón y cuyo objeto están por fuera de ella" (2). La mujer, en la medida en que es excéntrica o tiene aire de extravío, sólo le cabe ingresar en el fantasma a título de herramienta.

Tanto Justine, en relación a sus amos, como Wanda, en relación a su siervo, son el contrapunto y la escena donde las mujeres no son protagonistas sino en una perspectiva de puras apariencias porque tanto Sade como Masoch sólo tienen en mira un bien, una finalidad que es la educación de las mujeres, con lo que muestran una vocación para legislar y reglamentar el Otro sexo.

Pero salvo este momentáneo entrecruzamiento, los caminos de Sade y de Sacher-Masoch divergen. Justine, torturada, maltratada, encuentra siempre en la multiplicidad de los autores, de los agentes de ese tormento, un agente anónimo. El verdadero protagonista que castiga, que tortura en el fantasma sadiano, bien ejemplificado en Justine, es "la voluntad sin límites de un amo cuya identidad desaparece bajo el peso de número" (3). Esta voluntad sin límites de un amo se caracteriza porque, en tanto son muchos, en tanto esos torturadores están multiplicados, esto ejemplificaría una voluntad anónima. Son tantos que ya no se sabe quien es el torturador.

El verdadero protagonista del fantasma sadiano es la voluntad sin límite de un amo cuya identidad desaparece bajo el peso de un número, aún cuando la serie de las repeticiones, tan características de los textos sadianos, deja entrever el signo de un objeto.

En Wanda, en cambio, se trata del hecho que ésta encuentra en la singularidad de su siervo, de su esclavo, el verdadero o exclusivo agente de su sufrimiento. Aquí también el protagonista esencial es una voluntad de goce, una voluntad de goce que hace vacilar a Wanda porque la induce a creerse dueña y señora aún sabiendo que la causa se aloja en el enigmático designio de su esclavo.

El resultado es que allí donde Sade multiplica para hacer su serie, Masoch reduce para extraer de la operación una presencia singular y única, y al final obtiene el retrato de un hombre que se hace esclavo, esclavo y mártir - en suma, el desecho de un fantasma - para encarnar la función de la causa, para ocupar el lugar del objeto.

En la referencia al estilo, Masoch remite más a la frase de Lacan que rectifica su idea anterior: el estilo ya no es el hombre al que uno se dirige, sino que el estilo es el objeto. En este sentido, Sacher-Masoch va todavía más allá que el Marqués de Sade. En una oportunidad Lacan dijo que si bien el psicoanálisis inventó un nuevo amor, el amor de transferencia, no inventó ninguna perversión porque en realidad no se puede inventar ninguna perversión más, pues la perversión más extrema en su intento de dominar lo real ya está inventada, es el masoquismo.

Mientras el torturador sadiano no deja de ser una especie de humilde funcionario encargado de agenciar la división en el Otro, el esclavo de Masoch es el verdadero agente y destinatario último de toda la operación. Es el que verdaderamente maneja los hilos, y el destinatario de la operación. El esclavo es el único al que le cabe disfrutar de la división en el Otro bajo la forma de una satisfacción indecible cuya marca se contabiliza en su propia carne.

Para decirlo de otro modo, si aceptamos la expresión de Lacan según la cual Sade da la verdad de Kant, podría decirse que Masoch entrega la verdad del montaje sadiano. Montaje sadiano que se puede escribir invirtiendo la fórmula común del fantasma neurótico. Es decir, en vez de S a, a S.

El paso que separa a Sade de Masoch no es sólo un paso histórico, es un paso lógico que se mide por el estilo final adjudicado a la cuota de goce. En este sentido se podría formular que el perverso más auténtico y más extremo es el masoquista, en la medida en que la perversión se ordena según un fantasma cuyo enunciado quiere, al modo de lo que planteaba Freud, que un niño sea golpeado y cuya enunciación revela que la imagen de la víctima sólo sirve para ocultar las facciones del sujeto.

La escuela de Sacher-Masoch no completa, no rectifica la enseñanza sadiana. Masoch no es el complemento de Sade.

La novela de Sacher-Masoch comienza cuando el goce queda ocultado a través de los disfraces del amor. Todo, al principio de la novela, hace creer que se trata de un encuentro amoroso entre un hombre y una mujer. Sin embargo, poco a poco empieza a desnudarse esa densidad de la trama que dejar caer por tierra, que echa por tierra esos velos, esos disfraces, esas máscaras que cubren los misterios de la escena, y empieza a revelarse lo esencial del drama romántico de Sacher-Masoch. La verdad de esa escena masoquista, consiste en que hay un goce que no se relaciona con el deseo del Otro. El personaje masculino, la supuesta víctima, sólo puede relacionarse con la mujer si hace de ella una estatua de suprema belleza esculpida en piedra. La operación masoquista consiste en transformar a Wanda, en este caso, a la mujer, en mármol o en piedra, en una representación petrificada a modo de un fetiche forrado en pieles. (4)

Esto es un modo metafórico de decir que en el masoquismo se trata del rechazo más extremo del deseo del Otro: transformar al Otro en un objeto inanimado. Pero Masoch va más lejos todavía, no es ya la libertad de goce del Otro de la máxima sadiana, es la reducción al estatuto de un puro instrumento al servicio de una voluntad cuyo verdadero amo, como dijimos, es el destinatario del castigo, es decir, la supuesta víctima.

A partir de acá uno podría pensar distintas cosas para avanzar en el fantasma sadiano que muchas veces es comentado por Lacan en este escrito. Una particularidad que siempre me llamó la atención, quizás este contraste entre Sade y Masoch puede ayudar a pensar, es: ¿por qué el Marqués de Sade siempre sostenía que lo esencial se jugaba en la necesariedad para el torturador sadiano, de lograr el ideal de la apatía?.

Veamos esta frase: "Pasé la noche siguiente con Alejandrina. Esta muchacha era sin duda deliciosa, pero confieso que la miré tan filosóficamente con los sentidos de tal modo en calma que sentía tan firme en mis ideas la moral dominante tan bien como el físico; la indiferencia era tal, mi flema tan sostenida que, sea por saciedad, sea por depravación, sea por sistema, pude sin embargo tenerla diez horas en mi lecho, masturbarla, hacerme masturbar, chuparla, sin siquiera calentarme la cabeza. He aquí, oso decirlo, uno de los frutos felices del estoicismo. Rigidizando nuestra alma contra todo lo que pueda conmoverla, familiarizándola con el crimen por libertinaje; y de ese estado en el que su actividad no le permite permanecer mucho tiempo, pasa a una especie de apatía que se metamorfosea en seguida en placeres mil veces más divinos que aquellos que le procurarían las debilidades". Este pasaje está extraído de Juliette y es quizás el fragmento más claro donde aparece esta referencia a la importancia que tiene la apatía. (5)

Poco después dice: "Acostumbrados a no rehusarnos nada estamos hartos de todo y los tontos no comprenden a donde llega esta apatía del alma".

Sade toma prestada esta noción del estoicismo. La apatía constituye uno de los pilares fundamentales del sistema sadiano: es la condición que permite la pureza de un goce libre de lo patológico en el sentido kantiano del término.

Participante: -¿Es lo mismo que menciona en el Seminario VIII?

Sí.

José Zuberman: - El ideal del didacta en la I.P.A. es algo equivalente a la apatía y al ascetismo.

Sí, recordemos el libro de Bion donde se plantea que el analista debe funcionar sin memoria y sin deseo.

A partir de esta inquietud que plantea José, podríamos considerarla como telón de fondo para ver qué relaciones se pueden hacer entre la ética sadiana del ideal de la apatía y la concepción que tienen algunos autores clásicos del psicoanálisis para pensar la función del didacta.

En este sentido el Marqués de Sade actúa en resonancia con el ideal kantiano de la prescindencia de los objetos patológicos, es decir, lo que para Kant eran los objetos de bienestar. La apatía es la condición para lograr un goce libre de lo patológico, un goce que no esté limitado al sujeto de bienestar.

Es cierto que el Marqués de Sade toma prestada la noción de apatía del estoicismo, pero también influye mucho la filosofía de Spinoza que el Marqués de Sade había leído a través de algunos libelos y artículos de la Enciclopedia que circulaban en esa época. Por ejemplo hay un personaje de Juliette que le recomienda a la protagonista que se inspire en los grandes principios de Spinoza.

Sade retiene del antiguo estoicismo la ética de una colaboración con el orden del universo que llama "imitación de la naturaleza". Preconiza una aceptación activa; es decir, recomienda esa tranquilidad del alma que nace de una reducción de las fuentes del dolor. Las fuentes del dolor pueden surgir de las ideas narcisísticas, de la idea de la muerte, del remordimiento, etc. Recuerden que Sade pasó veintisiete años de su vida detenido en prisiones, y él de algún modo extrae del estoicismo lo más útil para su situación de preso, de encarcelado, privado de todas sus libertades excepto de la libertad de pensar, como diría Sartre.

En este sentido, la ética sadiana se coloca cerca de la ética de Spinoza, porque en los dos casos se trata de la ética del deseo como esencia del hombre - frase que recuerda Lacan varias veces -, pero en tanto esta ética se define por la tendencia a acrecentar lo que se podría llamar la potencia del ser.

Para Spinoza el cumplimiento ético pasa por desarrollar al máximo las facultades activas. Deleuze, en su libro Spinoza y el problema de la expresión, dice que esta ética de Spinoza consiste en ir hasta el fin con todo lo que se pueda. Esta frase podría ser suscripta perfectamente por el Marqués de Sade, en el sentido de que una cosa se define como buena por el hecho de que es deseada, por ejemplo cuando Spinoza dice que el bien es todo género de alegría o todo lo que conduce a ella y principalmente aquello que satisface un deseo, cualquiera que sea.

La ética de Spinoza, en principio, propone la conversión del pasaje de la pasividad en actividad; y, de ahí en más, propone el pasaje de la actividad del cuerpo a la actividad del alma. Este movimiento es comparable a la ascesis que conduce a la apatía sadiana. Por ejemplo, Juliette debe renunciar a las descargas de sensualidad para sostener la energía necesaria que le permitirá sobrepasar los límites de los prejuicios. Si es preciso comenzar aumentando la actitud del cuerpo para ser afectado, a fin de desarrollar la actitud del espíritu, el libertino debe esperar un punto donde, según el Marqués de Sade, "lo físico se abraza con las voluptuosidades del espíritu". Por ejemplo, Juliette deberá aprender a cometer crímenes a sangre fría y a iluminar sus sentidos con las llamas de esos crímenes. Dice: "Mi alma es impasible y desafío a algún sentimiento que se atreva a enternecerla. Soy dueña de las afecciones de esa alma, de sus deseos, de sus movimientos. En mi, todo está a las ordenes de mi cabeza".

El Marqués de Sade justifica la existencia del crimen porque el crimen es para él el acto por excelencia. El goce que corona al crimen, la ejecución de un crimen, se presenta como equivalente a lo que Spinoza llamaba la beatitud. En tanto spinoziano, no sólo kantiano, Sade afirma que el crimen es una emoción carente de sentido. La Sociedad de los Amigos del Crimen, precisa en sus estatutos que se va a dedicar al crimen -que cualquier integrante de esa sociedad se va a dedicar al crimen -, para conformarse a las costumbres recibidas. En este sentido, el crimen sólo existe a los ojos de la ley, que es obra de los hombres. Para el Marqués de Sade, el respeto a la ley no es más que el resultado de las pasiones débiles; por ejemplo, el temor y la piedad, no son más que frenos para la potencia de ser y para la potencia de actuar. Las leyes contravienen el orden de la naturaleza. Recordemos que el Marqués de Sade se proponía, por su teoría de la exaltación de la naturaleza, imitarla. Las leyes contravienen el orden de la naturaleza que guía al viviente según la ley de su placer. Por ejemplo: Saint Fond, uno de los personajes de las novelas de Sade, recomienda a Juliette que se entregue a la puesta en acto de todo lo que se imagina, que haga todo lo que se imagina. "Verás Juliette -le dice Saint Fond- cuantos obstáculos aportaría a tu delirio un espíritu contenido en los límites de la honestidad o de la virtud; sería como si echaras cubos de hielo en el ardor, sería como otras tantas cadenas, como otras tantas trabas que abrumarían a un joven corcel que no demanda otra cosa que lanzarse a la carrera".

El Marqués de Sade define el crimen como una acción vigorosa, el máximo despliegue de esa potencia de ser, es decir, un ser sin restricciones, es decir, que se rehusa a todo lo que puede poner límites a esa potencia del ser. El libertino sólo está en falta cuando su acción es débil, cuando no llega hasta las últimas consecuencias, cuando realiza una acción de la cual él mismo podría decir: "podría haber hecho más pero no lo he hecho".

El goce es definido por el Marqués de Sade como la afección que acompaña a la actividad. Es interesante el término que usa por la referencia freudiana del carácter siempre activo de la pulsión, del movimiento pulsional. En este sentido, "cuanto más se es más se goza", dice el Marqués de Sade. Aumentar la actividad significa aumentar la diferencia entre el sujeto y el objeto. La intensidad de la sensación quiere decir: el goce por un lado y el dolor, en el caso de la víctima, miden el grado de la actividad. Tanto más goce en el que realiza la actividad, tanto más dolor del lado del que sufre; esto mide el grado de la actividad. Por eso el máximo grado, la máxima potencia del ser es el crimen.

El crimen es el acto por excelencia. En Lacan el acto por excelencia, el modelo teórico de todo acto, es el suicidio. El crimen es en Sade el acto por excelencia. Por eso en el acto erótico, según el Marqués de Sade, la persona de la que uno goza no debe gozar. La similitud que así se produciría anularía la diferencia entre el agente y el paciente, produciendo un efecto que podríamos llamar "efecto de entropía". El Marqués de Sade dice: "Es una verdad reconocida que toda potencia compartida se debilita. Intentad hacer gozar al objeto de vuestros placeres, no tardaréis en daros cuenta de que lo hace a vuestra expensas". Es decir, se trata de lo que se pierde. Además están las impresiones de lo que se quiere producir en el objeto: si se quiere hacer experimentar a sus "nervios" una conmoción violenta, se percibe bien que la sensación del dolor será más fuerte que la del placer.

El agente gana el placer y la dimensión del goce y goza de su potencia de actuar ubicándose como causa de ese espectáculo del quebranto del otro. Goza de su potencia de actuar en tanto que la idea de ver a otro gozar como él lo reduce a una suerte de igualdad Esta es una idea del Marqués de Sade, que aparece en La filosofía en el tocador. El hecho de ver a otro gozar como él lo reduce a una suerte de igualdad. Esto es lo que no tolera. El libertino rechaza - esta es la función del fantasma sadiano -, la idea de ver a otro gozar como él porque lo reduce a una suerte de igualdad.

Participante: - ¿La apatía es del lado del torturador?

Sí, claro. Del lado del torturador aparece la importancia de la apatía, y del lado de la víctima - porque la apatía es la función del goce -, no tiene que aparecer el goce sino más bien la angustia.

La apatía es del lado del torturador o del agente del fantasma sadiano. En el otro lado, que se intente que no aparezca el goce no significa que igual el goce no pueda aparecer, pero de todas maneras no es el mismo goce que pensamos del lado del goce del fantasma sadiano.

¿Se acuerdan ustedes del esquema?

 

 

 

 

 

 

 

Este es una esquema en donde aparece el lugar del sujeto y el objeto. Se ve que la voluntad de goce del agente apático establece dos dimensiones subjetivas distintas. Una es la del sujeto ubicado como sujeto escindido, que Lacan llama sujeto de la razón práctica; y el otro es el sujeto patológico, el sujeto no escindido que aparece arriba.

Esta voluntad de goce, representada con la "V", como voluntad kantiana, no se determina sobre la base de un objeto empírico, sino que se define a partir del fundamento del deber, es decir, de la autonomía que surge de la potencialidad del hecho de darse la propia ley. Esto es lo que realizaría la universalidad de una voluntad libre de cualquier motivación singular, sensible, empírica.

El orden del esquema empieza en la ley del deseo, sigue en el objeto, luego la voluntad, sujeto dividido y sujeto patológico. En esa secuencia la voluntad no está en el primer puesto, en el primer lugar, sino que está determinada, pero determinada no por una función subjetiva, sino por el objeto de la inversión fantasmática; si se toman estas dos letras notamos que se invierte la fórmula del fantasma.

La voluntad de raigambre kantiana, definida como voluntad de goce en el fantasma sadiano, está determinada -no es autónoma-pero no por una función subjetiva, sino por la función del objeto, lo cual implica la inversión de la fórmula del fantasma neurótico para poner primero al objeto a, es decir, para poner en el origen la objetivación de un goce petrificado. El imperativo planteado en el fantasma sadiano, equivalente al imperativo categórico, impone determinar la voluntad de goce a fuerza de prescindir de lo subjetivo. Acá está la idea de la apatía. Se trata de actuar en función de un principio que sólo tiene la forma de la ley. Por eso es Kant con Sade, o Sade con Kant. El a es la forma de la ley en el fantasma sadiano.

Cito otra frase para tratar de establecer esta diferencia de los lugares. "Quien sabe endurecerse frente a los males del otro se transforma en seguida en impasible ante los suyos propios". Que el otro sufra, que la víctima sufra, es uno de los objetivos del torturador; pero no que ese sufrimiento esté justo ubicado en aquello que el otro espera como punto de goce. Por ejemplo, le dice Delvène a Juliette: "Cuanto menos una es sensible, menos se afecta y más se acerca a la verdadera independencia. Nunca somos víctimas más que de dos cosas: de los malestares del otro o de nuestros malestares: comencemos por endurecernos frente a los primeros malestares del otro, los segundos no nos tocarán, y nada, desde ese momento, tendrá el derecho de inquietar nuestra tranquilidad". (6) El otro tiene que quedar afectado por lo que el torturador efectúa, por ejemplo, tiene que aparecer la angustia; pero esto no significa que a partir de eso encuentre un goce. El ideal del torturador a través de la apatía es que el otro no esté en su misma posición de goce.

La segunda educadora de Juliette, que se llama Clairwill, va todavía más lejos y le enseña a transformar todo lo que ha sido fuente de displacer en fuente de placer. Ya no sólo está la idea de la apatía. "Si tuvieras el coraje de encontrar placer contemplando los males de otro, nada más que por la satisfactoria idea de no experimentarlos tú misma, idea que necesariamente produce una voluptuosidad segura, si pudieras llegar hasta allí habrás ganado mucho para tú felicidad, sin duda, porque habrás conseguido cambiar en rosas una parte de las espinas de la vida". (7)

La apatía sadiana realiza el ideal de liberación y de dominio sobre todas las formas del padecer para sostener este ideal de la actividad que despliega hasta el máximo las potencias del ser y del actuar, a través de la conversión sistemática de la pasividad en actividad, para culminar en la transmutación del sufrimiento en goce llegando al último, absolutamente último paso, que es hacer de la muerte misma la voluptuosidad máxima.

Cuando el libertino es ejecutado por los crímenes perpetrados, va a extraer de la guillotina un último goce. Es interesante leer esta frase: "Oh, Juliette - dice la Borghèse -, yo querría que en mis extravíos pudieran arrastrarme como la última de las criaturas a la suerte a donde las conduce su abandono. El patíbulo mismo sería para mi un trono de voluptuosidades y desafiaría a la muerte gozando del placer de expirar víctima de mis crímenes y de asombrar un día al universo". (8) Si ella muere a causa del odio, la perfidia, la pura violencia de los semejantes, ella va a gozar también por ser "al expirar, la ocasión de un crimen". (9)

Participante: - ¿Cómo definir el masoquismo?

El masoquista se ubica más allá porque es como si tuviera más "éxito" en el intento fallido de dominio de lo real, en esa pretensión de dominio sobre lo real. Es como si representara con más fuerza esta función del objeto, este lugar de objeto del goce del Otro. Es cierto que tanto en el sadismo como en el masoquismo, se trata de ser instrumento del goce del otro; pero me parece que en el masoquismo está más lograda esta función de objeto, de resto.

Participante: - ¿La apatía sadiana y la estoica son equivalentes?

Hay un parecido pero no son idénticas porque Sade las pone dentro de un sistema, pero hay un parecido con la apatía sádica porque, en realidad, la apatía sadiana es la apatía estoica, pero como él pone esta apatía al servicio del goce y de un sistema del que estamos hablando, ahí está la diferencia pues depende de cual es la estructura en la cual ubica esta apatía; pero la apatía como tal, si la aislamos, es la misma.

Participante: - ¿Cuál es la relación entre educación y perversión?

Toda la estrategia del perverso es ubicarse en un paso que es previo a la educación, esto es, la posición de saber sobre el goce; desde ahí es posible la educación o el adoctrinamiento: es una consecuencia, una reafirmación de su posición de saber. Es como la consecuencia natural, diríamos, que se desprende de la posición de supuesto saber sobre el goce en el perverso.

Algo más sobre la apatía. En un texto de Hannah Arendt, que se llama Eichmann en Jerusalén, menciona también esta referencia al ideal de la apatía. Eichmann planteó que, en última instancia, todo lo que él hacía estaba al servicio de una ley que lo transcendía.

Antes que Lacan planteara la importancia de la apatía en el fantasma sadiano, Blanchot describió con precisión el problema mismo. Blanchot dice: "el principio de la negación constituye el principio mismo del poder, de modo tal que el héroe sadiano sigue esta lógica de la negación hasta la negación de la negación".

Así como Lacan plantea la articulación de Kant con Sade, Blanchot relaciona Hegel con Sade. Afirma que la apatía como negación de la sensibilidad conduce más allá de los placeres al goce soberano. "Todos los grandes libertinos [esto está dicho antes que Lacan escribiera Kant con Sade], que sólo viven para el placer, no son grandes sino porque han aniquilado en ellos toda capacidad de placer. Por eso llegan a espantosas anomalías, si no la mediocridad de las voluptuosidades normales bastaría. Pero se han hecho insensibles: pretenden gozar de su insensibilidad, de esta sensibilidad negada y se vuelven feroces. La crueldad no es más que la negación de sí llevada tan lejos que se transforma en una explosión destructiva; la insensibilidad se convierte en estremecimiento de todo el ser..." (10), (11)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía y notas

 

(1) Efectivamente en Una cuestión preliminar... Lacan aborda también el tema de las perversiones. Ahí dice: "Todo el problema de las perversiones consiste en concebir cómo el niño, en su relación con la madre, relación constituida en el análisis no por su dependencia vital, sino por su dependencia de su amor, es decir por el deseo de su deseo, se identifica con el objeto imaginario de ese deseo en cuanto que la madre misma lo simboliza en el falo". (Jacques Lacan: Escritos II, Sigloveintiuno editores, México, 1975, pág. 240).

(2) Antonio Godino Cabas: De Sade a Masoch: un paso, en Descartes 11/12, Buenos Aires, 1993, pág. 31.

(3) Ibíd., pág. 31.

(4) Ibíd., págs. 32-33.

(5) Sade: Histoire de Juliette, en Oeuvres complètes, tomo VIII, Cercle du Livre Précieux, París, 1962, págs. 463-464.

(6) Sade: Histoire de Juliette, en Oeuvres Complètes, tomo IX, Cercle du Livre Précieux, Paris, 1962, pág. 14.

(7) Ibíd., pág. 272.

(8) Ibíd., pág. 70.

(9) Ibíd., pág. 276.

(10) Maurice Blanchot: "La razón de Sade", en Sade y Lautréamont, Ed. del Mediodía, Buenos Aires, 1967, págs. 51-52.

Blanchot señala con claridad el modo correcto de entender la apatía: "...la apatía no consiste solamente en destruir los afectos 'parasitarios' sino también en oponerse a la espontaneidad de cualquier pasión" (Ibíd., pág. 51).

(11) Para trabajar el tema de la apatía y el problema de la relación de Kant con Sade son muy útiles los trabajos de Philippe Julien (Cicerón, Kant, Freud: trois rèponses à la folie des passions, Littoral 27/28, Ed. Erès, 1989, págs. 35-48) y de Jean Paul Abribat (Une esthètique "non transcendantale": le nouage de R.S.I., Littoral 22, Ed. Erès, 1987, págs. 33-44).