MUJER ALFA

Elena Jabif

(*) Escuela Freudiana de Buenos Aires, 2005.

"¿Que buscáis por encima de mi?, ¡Desierto es el espacio sombrío allá arriba, pues yo mismo soy el poder, vosotros os hundis aniquilados en el polvo!." (Nietzsche)

Zara se presenta como una mujer musulmana, que porta con soberbia el saber universal de la letra. Literata, escritora, investigadora de las extrañas lenguas, ha construido una vida sexual de novela. Expresa como motivo de consulta, su desesperanza al no poder sobrellevar con dignidad, la segunda unión matrimonial.

Al modo de un rito de iniciación, despeja un pañuelo que tiene función de shador, en la intimidad de la consulta descubre un semblante endurecido por un rictus de dolor.

Relata que accedió a la maternidad de un hijo varón, que entra a su vida como producto de una decepción. La metáfora del amor con un hombre, que da su fruto, no ha sido donada por ninguna de las mujeres, de su filiación.

Hija de padres sirios, nace en aquella lejanía, en el seno de una familia ortodoxa, que ha nombrado el nacimiento de una hija mujer, como "una desdicha para Ala." El patriarcado enemigo de la falta, castración que desnuda el cuerpo de la pequeña, la coloca en serie con mujeres sacrificadas en el terreno del amor.

Su abuela materna después de una serie de tres niñas, es extraída del cuerpo de su madre y arrojada a un pozo como resto sin color. Su grito proferido desde las entrañas de la tierra, la recupera para una vida plena de dolor. La transmisión del espanto, es parte de la rueda que transforma a una mujer, en una Amazona que desafía con profundo desprecio, la falicidad masculina.

Todas se casan sin amor, la entrega a hombres maduros en el tiempo puberal, las reduce a la esclavitud, bajo el oscuro designio de un marido patrón.

Un agujero negro, se transmite de una generación a otra . La femineidad para Zara porta la certeza de una cruel lucha por sobrevivir. La madre de la analizante se casa sin el brillo del amor, con un hombre que la dobla en edad, nuevamente la maternidad de una hija mujer injuria la sangre.

Al modo de un destino filiado por la crueldad, en la infancia maltratada de la paciente, se construye una frágil subjetividad, plagada por la potencia del Mal.

Esta mujer porta cicatrices en el cuerpo, efecto de la ferocidad de la voluntad del poder materno. Cada marca evoca la compulsión repetitiva de la pulsión de muerte. Inquieta, se pregunta si tiene alguna alternativa para emocionarse, enamorarse y perder el muro que la sostiene en su falta de compasión. Un dato particular surge de la elección del nombre de su analista, a la cual investiga en internet antes de su primer visita, reconociendo en sus escritos la fuente semita.

Ardiente antisemita, producía actos de injuria publica, ante la presencia insoportable de un rasgo judío, militante, fundamentalista, programaba en la Mezquita, oportunos golpes a la comunidad judía, a la cual dirigía un odio exterminador..

A pesar del ideal tóxico, el amor de transferencia, desnuda a una niña aterrada por la frialdad materna y la fragilidad paterna. El mito familiar la encuentra sancionada durante la noche al frío de la intemperie, para sobrevivir repite con fuerza, letras del Corán. El padre, a través de un marco, la mira con tristeza e impotencia, "él solo esperaba que su mujer en algún momento de la noche se durmiera, era el momento oportuno de abrazarla y consolarla hasta el amanecer"

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Se nombra una mujer de piedra, que al modo de la Gradiva, muestra un rostro bello como el mármol. La potencia de un erotismo sin fronteras es el punto de unión con su actual pareja, en la escena sexual, ella metamorfoseada en Mujer Alfa, ejerce sobre el cuerpo agitado de su partennaire, un deseo ardiente modelado por un infinito saber sobre el goce sexual.

De rodillas, con los brazos en cruz, su compañero le reclama que lo conduzca aún más allá de la locura. Ultrasensual, es la cualidad sagrada de su crueldad. Donde un hombre se reduce a un puro objeto, Ella es una dama excepcional.

Armada para un sádico acto sexual, su condición alpha la recorta del conjunto de mujeres mortales.

Solo ella sabe cómo abrazar a su objeto en el momento del clímax sexual, ejerciendo sobre la piel de su amante precisos cortes con daño carnal, si es necesario golpearlo hasta que muera, ella está dispuesta a ofrecerle ese goce mortal.

Humillado, golpeado, difamado, engañado, el pacto masoquista la convierte en una Venus universal, donde el culto al dolor del esclavo, comanda la invención de un nuevo saber sexual.

El dominio y la sumisión ejercido como erótica de poder, la erigen en la Zarina de negro, creación de Sacher - Massoch. Soberana del goce pacta con el demonio.

Sin embargo poesías compartidas con su analista, desnudan hilachas de sublimación.

La literatura de un género cruel y voluptuoso, la seduce. Se reconoce en la obra de Jean - Jaques Rousseau, los castigos recibidos de Madmoisselle Lemercier, a los ocho años de edad, determina en el personaje, una clase de mágico erotismo, al estar en la escena fantástica "de rodillas ante una amante imperiosa que al obedecer sus órdenes, y tener que pedirle perdón, prodiga goces muy dulces".

Dueña de un encanto fantástico y ultrasensual, apoya su saber sado-masoquista con una curiosa interpretación coránica, los goces muy dulces son legalizados por las letras del Corán.

El amor de su hombre en permanente demanda, le redobla el desprecio, su cuerpo desnudo de mármol, brinda la naturaleza cruel de la sensualidad. Cada escena expulsa al infinito la muerte, como falta simbólica para el sujeto, que cava lo Real.

9 meses de tratamiento producen una dolorosa confianza, me dice que su tragedia amorosa, está demasiado afianzada para atravesarla. En el interior de un espejo cilíndrico, que para ser visto, exige que el sujeto se coloque de cierta manera predeterminada, lo femenino claudica ante el generoso sacrificio de la mujer Alfa.

El tiempo de nuestro encuentro, matizó la dureza reconocible del mármol, admite con pena que la mirada sobre el goce materno, cedió el lugar revelador de la indiferencia afectiva.

Languidece el pacto inaugural con su hombre, que consistía en una oferta publicada en internet, donde la Dama Alpha ofrecía al hombre que se aventurara, el don sexual que permite, despojar la carne de su humanidad.

En el fin de un proceso de parto, se desprende del rostro de Dios una niña atormentada. Me pide que acepte su partida. Argumenta que otra vuelta de análisis, necesita partir de un encuentro amoroso con su anciana madre. Entiendo que la tengo que dejar partir.

Ella, la niña de Pompeya, que había sepultado su infancia, bajo las cenizas de una traumática erupción del incesto, agradece con ternura la palabra analítica, quizá textura del afecto paterno, que entibio noches de pesadilla, para una pequeña y frágil alma. . .