Duelo nacional: En el nombre de los hijos

Elena Jabif

(*) El sigma, Buenos Aires, 2005.

Una niña enjuta abrazada convulsivamente a su madre, ha sido sacada a la luz en las excavaciones llevadas a cabo en la antigua ciudad sepultada por las cenizas del Vesuvio. Primo Levi, la compara a otras victimas inocentes como Ana Frank y la estudiante de Hiroshima. Dice: "así permaneces tú entre nosotros, retorcido molde de yeso, Agonía Sin Fin, tremendo testimonio. De lo que importa a los dioses la orgullosa estirpe nuestra". Y concluye con una invitación a los "poderosos de la tierra", a que "no pulsen el botón" para hacer estallar el Apocalipsis atómico, porque "ya tenemos de sobras con las aflicciones donadas por el cielo". (Primo Levi Entrevistas y Conversaciones)

Todos son nuestros hijos; la tragedia de Cromañón es una pesadilla compartida, la solidaridad con el dolor del semejante, conjuran pena y aflicción intensa, en un duelo imposible de calmar. La afirmación de una decisión colectiva de justicia, es el grito en el cuerpo social en el nombre de nuestros hijos.

La identificación con las victimas, en el fantasma colectivo es uno de los elementos que acude a restañar la herida, al modo de una falsa cicatrización construida por la vía del dolor.

Cuando el deseo de vida por los hijos, es cuestionado por un destino arbitrario y vacío de todo sentido, el discurso de los cínicos, rebaja la muerte de la categoría de la necesidad a la de un simple azar.

La tendencia a excluir la muerte, de la cuenta de la vida trae para Rainer Maria Rilke, muchas renuncias y exclusiones.

En 1913 de la mano de Freud, el joven poeta se lamentaba de la perdida de tantas vidas y bienes ocasionados por la guerra. Freud recuerda su argumentación con respecto a la queja del poeta, para quien el carácter perecedero de lo bello lo dejaba en la imposibilidad de gozarlo.

Freud refuta esta posición afirmando que el que algo vaya a ser perdido no menoscaba su valor, al contrario las limitadas posibilidades de gozarlo lo tornan aún más precioso. La pretensión de eternidad traiciona la filiación, señala Freud, el rechazo doliente de la muerte, es la rebelión psíquica contra el duelo.

Dice "La idea de que toda esta belleza sería perecedera, produjo a ambos el (poeta y un amigo taciturno), tan sensible, una sensación anticipada de la afiliación que les habría de ocasionar su aniquilamiento y ya que el alma se aparta instintivamente de todo lo doloroso, estas personas sintieron inhibido su goce de lo bello por la idea de su índole perecedero."

¿Qué lesiones privadas y públicas tiene esta experiencia pasada por los argentinos, con respecto a las posibilidades futuras de soportar el duelo de un 38 % de chicos y otro dramático porcentaje de jóvenes mayores de 18 años?, ¿como vivir la vida a riesgo del dolor, que puede ocasionar perder lo que amamos y lo que valoramos?

La pregunta se dirige al corazón de los padres que como el poeta se resisten a renunciar a lo apreciable de la vida, simplemente porque la pérdida en plena juventud destruye nuestra capacidad de reflexión. Es un proceso tan doloroso que la libido se aferra a sus objetos y rechaza desprenderse de los mismos, en esta suerte de viscosidad que se niega, a pasar a otra cosa, sin una sanción simbólica, que divida el tiempo en un antes y un después de la tragedia.

Cada hijo es el dedo de una mano, "cada uno de aquellos seres amados es en efecto, un trozo de su propio y amado yo." El hombre aprende por el otro, la experiencia dolorosa de la propia muerte, en el inconsciente somos inmortales, pero, con respecto a la muerte de un hijo se derrumba este acto de fe.

Enterramos con ellos nuestras esperanzas, nuestras aspiraciones y nuestros goces. Con la muerte de nuestros pequeños otros, nos perdemos la oportunidad de recibir aquello que sembramos.

La humanidad con el trastocamiento del orden primigenio, padece. Se degrada la idea de Dios y de una Providencia, en la cual se arraiga el crimen más antiguo y esperable de la humanidad: el parricidio. El mito en Freud, apunta a situar el lugar del padre muerto en relación a la constitución de la ley, primer mandamiento ético: que expresa "No matarás", mandamiento que corresponde a la ley, pronunciada desde la letra y ordenada en la conciencia moral de lo social.

Allouch trabaja un texto titulado Ajo, es un artículo sobre el duelo por los hijos. Recupera del libro de Aries una frase que comenta la muerte en Occidente, y dice que cada uno se encuentra habitado por sus muertos.

Cita a Dupery quien muestra claramente como la posición de cada uno con respecto a alguno de sus muertos, esta funcionando permanentemente en las determinaciones más cruciales de su vida, en ciertos trazos en apariencia de los más anodinos, pero también, en lo que cada uno aísla como síntoma.

El autor sostiene que el duelo no es separarse de los muertos, sino cambiar la relación que tenemos con ellos.

El trabajo de duelo está ampliamente excluido en el texto, quien dice "no se puede perder a quien no ha vivido".

Produce el acontecimiento: "Si yo soy el soporte de la falta de alguien y si ese alguien muere, cuanto menos haya vivido, tanto más su vida, seguirá siendo una vida en potencia, tanto más espantoso será mi duelo y más necesaria la convocación de lo simbólico, ligada ya no a las huellas, sino a la falta de ellas’’.

¿Cómo sobrevivir a la locura que tiene como partida el duelo de los hijos? ¿Cómo recuperarse de una pérdida en el seno mismo del yo, cuando la identificación narcisista al objeto de exagerada intensidad, tiene como condición la elección narcisista del mismo, donde se elige en base a lo que uno es, a lo que uno quisiera ser, a lo que uno fue, o a ese pedacito de uno mismo que habita en el objeto de las entrañas, en otro tiempo parido?

Los hijos internados que aún luchan por su vida, envueltos en la piel de la ternura social, son el testimonio sensible de quien sufre una experiencia inhumana, y que conduce a la atención del peligro de una vuelta a la oscuridad de las conciencias canallas.

"Sucedió (decía Primo Levi), podría suceder otra vez". En referencia al genocidio de Camboya, reflexiona: "es culpa nuestra si no sabemos más, se da por supuesto que todos sabemos lo que ocurre en el mundo".

Genocidio es un termino que queremos abolirlo, no aplicable a los acontecimientos actuales. Los alemanes lo han definido como Ungeist, el no espíritu, el anti espíritu, la fuerza que condujo al nazismo y que desemboco en las crueldades que conocemos, en el deseo y el cumplimiento del exterminio."

Debemos intentar comprender desde nuestra ética analítica, de que está hecha esta fuerza corrompida por la codicia, analizarla y detenerla. Para que no sean inútiles, el dolor y la memoria.