Muerte y análisis

Elena Jabif

Podemos decir que la pulsión de muerte, es el concepto más sensiblemente dramático que Freud introduce en Más allá del Principio del Placer. Luego de 1920 el concepto devino novedoso, esto se debió a la necesidad freudiana por tener que formular otra lógica que la del principio del placer en tanto este principio no podía dar cuenta ya de ciertos fenómenos de repetición.

Lacan recupera la letra de Freud, cuando sitúa a lo que aspira en "El más allá del principio del placer", es a un goce imposible con un objeto que jamás se tuvo.

Paradójicamente, preservar la idea de la pulsión de muerte que se relaciona con la posibilidad misma de preservar la tensión de la 'vida' al enfatizar la intrincada dialéctica que subyace a ambas pulsiones.

La propuesta de Lacan de que el proceso de análisis debe actuar para recordarle al analizante su inminente muerte y que éste debe alcanzar la realización subjetiva del ser para la muerte, durante el proceso de una cura sólo afirma la lógica misma que le asigna al símbolo de la muerte, es decir, aquella de posibilitar el proceso de renovación (creación), proceso que todo análisis debería idealmente relanzar. La muerte concebida como primordial en el nacimiento de los símbolos y la sepultura como el primer símbolo de los vestigios del culto a los muertos, lo conducen a Lacan a afirmar que el rol y el deber del analista es presentificar la muerte para el analizante.

Es nuestra eventual muerte la que sostiene nuestro deseo y nos proporciona el sentido de nuestra existencia.

El concepto de repetición freudiana no es la reproducción de un acontecimiento pasado, sino justamente algo que alude a esta insistencia significante que delimita un más allá como real.

Lo importante es pensar que el concepto freudiano de repetición no se puede superponer a una reproducción y mucho menos a la actualización idéntica de algo pasado, sino justamente la repetición es lo que transforma las categorías del tiempo cronológico. En la cura analítica el tiempo se modula en la singularidad propia del tiempo de la transferencia, momentos álgidos y fecundos, otros tiempos muertos y congelados. El tiempo escapa a todo tipo de formalización, mediante la interpretación, el tiempo de la transferencia se abre al tiempo del sujeto. La muerte y el retorno a lo inanimado, como la reproducción asexuada, donde todo da lo mismo, la confusión incestuosa como intento del retorno al Otro, constituye el objetivo del interdicto mayor, condición estructural de la condición humana. Esto es evocado por lo sagrado, que promueve respeto y temor, debe permanecer fuera del alcance y su profanación constituye, un peligro de muerte.

La relación con el Otro se produce en el sistema significante al que la anatomía y la fisiología proporcionan elementos determinantes, doble anclaje del sujeto, en el lenguaje y el cuerpo, esa doble secuencia no simétrica, se señala en referencia a la muerte; distinción entre la primera muerte, biológica y la segunda, simbólica. La zona entre dos muertes es, el espacio para la tragedia.

Lacan pone en primer plano la función de la causa, en la medida que participa de la falta, de un agujero que organiza de manera diferente el objeto a, este opera y da sustancia a ese agujero, resto de la dialéctica del sujeto con el Otro, ese resto sostiene el deseo, lo causa, lo anima. Debe precisarse la distinción entre la falta, con la que se vincula la satisfacción pulsional y el deseo que tiene relaciones con aquella, pero que esta estructurado por el fantasma en cuanto este pone en escena la relación entre el sujeto y el objeto a.

En el sueño freudiano ‘Padre no ves que estoy ardiendo’, Lacan lee lo más íntimo de la relación del padre con el hijo, que viene a sugerir no tanto en esa muerte sino en lo que ella es más allá, en su sentido de destino.

El vínculo entre religión, muerte y sexualidad, deniega al mismo tiempo que pone en juego, a la Virgen como una madre que en tanto resigna la sexualidad y el placer, no conoce la muerte. Sin pecado vive la eternidad, sin transitar por la muerte. Todas las religiones se proponen como solución y antitesis de la pulsión de muerte. Afirman una inmortalidad, o una reencarnación que subraya el tiempo denegatorio, solo es un momento sensible que debe atravesarse, el pasaje a otro cuerpo niega la muerte corporal. La segunda muerte en su valor simbólico, se la ignora con la recompensa de otra vida sin dolor, la vida perfecta del Buda.

Los mitos aparecen en el tiempo posterior de un pasado incierto, obra de la metáfora paterna, la organización histórica encuentra su paso.

Como una lengua muerta, en la que nadie tiene derecho a cometer faltas, nadie tiene derecho a innovar el saber absoluto que la religión le otorga a la muerte, los muertos junto a Dios, participan de su omnipotencia. Dios todopoderoso sabe todo, su ojo persigue a Caín hasta la tumba.

La muerte se considera como siempre al final de la vida y destino.

La subversión introducida por Freud equivale a desplazar este límite y ubicarlo ya no al final, sino en el origen como piedra angular de la vida. Esta no es ya una preparación para la muerte pero solo es vida cuando el hombre va viviendo su muerte y muriendo su vida, la pulsión de muerte es motor de la libido, sin embargo su silencio cuando se vuelca al interior, promueve que se depositan en reserva las cartas que vienen de afuera.

Para Freud, el Ello se encuentra bajo el influjo de las pulsiones de muerte, mudas pero poderosas, su silencio es un cero absoluto, resorte donde aparece la vida antes de desaparecer, en ese real primero indiferente a nuestra presencia el sujeto no es mas que un agujero, la topología anuda lo Real, el ser viviente aparece como Real, y al mismo tiempo lo que agujerea lo Real. La muerte se simboliza como lo no posible de ser representado.

Lacan en los Cuatro conceptos nos da ejemplos que diferencian la posición de dos sujetos en relación a lo incurable, Thoang- Tseu sueña una mariposa, se ve en su realidad de mirada. Cuando Thoang- Tseu se despierta, el puede preguntarse si no es la mariposa quien sueña, que él es Thoang- Tseu, eso es lo que prueba que no está loco, no se toma por absolutamente idéntico a Thoang- Tseu, cuando era la mariposa, se captaba en cierta raíz de su identidad y de su esencia, esa mariposa que se pinta con sus propios colores en su última raíz, es Thoang- Tseu.

Esto quiere decir que es cautivado por la mariposa, es mariposa capturada, pero captura de nada, pues, en el sueño, no es mariposa para nadie, Sólo cuando está despierto es Thoang- Tseu para los otros, y está preso en está red para cazar mariposas. Si el sujeto no es Thoang- Tseu, sino el hombre de los lobos la mariposa le inspira terror fóbico, el horror se produce al reconocerla cerca de la castración primordial del Otro materno, de la tachadura primitiva que marca su ser alcanzado por vez primera por la reja del deseo.

El sujeto humano en tensión queda desgarrado entre pulsión de vida y pulsión de muerte, entre el deseo edípico incestuoso y sus legítimas transposiciones, es movido por su falta en ser, con breves momentos de plus de gozar, jamas alcanza el goce que persigue, y siempre se ve rechazado hacia un horizonte que nunca llega, sufriendo su dolor encuentra a su psicoanalista.

Tiresias como el viejo Homero, es ciego y adivino, como función por su saber sobre el goce, y su acceso a los misterios sagrados del sexo y de la muerte, tiene una posición promisoria para ayudar a quien lo necesite, a acceder al sentido de su propio destino.

La dirección de la cura danza en su vuelo como la mariposa de Thoang- Tseu, sobre el vacío de la incompletud del alma, esa falta que siempre se definió como deseo y es esencial al hombre, al fin del análisis se traduce por esa cosa no formulada sino encarnada que se llama castración. Lo incurable indica el asesinato de La Cosa, lugar vaciado del Otro primordial, lugar vacío porque el Otro siempre esta en falta. La carne del sujeto desprende de su piel, un residuo tan real como desconocido, real que coincide con el destino humano y toma lo que esta mas allá de el.

En el corazón de la causa analítica, la pulsión de muerte afirma las palabras de Lacan, cuando plantea que es posible advertir la degradación de la teoría analítica, por el exilio que la negación le confiere a la pulsión de muerte.

Mas allá del designio vitalista, la transmisión que produce el acto analítico se realiza en un pasaje del saber a lo real a través de la escritura; en ese paso la operación de la pulsión de muerte, se realiza como castración.

En ciertas neurosis de destino nos encontramos con el estado del yo más bien activo, que transforma el desamparo en una lucha a muerte por sobrevivir; la estrategia dibuja una armadura de carácter que resguarda fallidamente su subjetividad. El destino asume el diseño de una figura omnipotente y peligrosa que hace observar al yo una posición de servidumbre pasiva y masoquista, a través de la renuncia de toda voluntad propia.

Este goce máximo solo se traduce en un juicio silencioso donde el sujeto se reduce al dolor de la agonía, la disolución o el anonadamiento del ser, la repetición que no puede ser significada se propone como una orden terminante, medusante, que el sujeto no puede contestar, maldición silenciosa que sustenta la degradación del objeto. Esta identificación a ser el objeto portador de las oscuridades del Otro, ante una castración vivida como inaceptable, conduce al sujeto a no ignorar sus apetencias de completud incestuosas. Sin embargo el corazón de la Cosa humana, no puede ser tocado bajo el riesgo de morir por ello, tocar la cosa para gozar de ella es el acto superyoico por excelencia por el cual el ser sadiano, supremo en maldad, logra demostrar que la Cosa no es intocable.

La fuerza del superyó se apoya sobre el hecho de que el masoquismo primario esta sustraído al interdicto simbólico, el sujeto queda en posición de consentir la maldición.

El masoquismo primordial afirma la inmortalidad del Otro, Dice Freud en Tres Ensayos: "la libido da en los seres vivientes con la pulsión de muerte, que reinante en ellos querría hacer pedazos y llevar a cada organismo individual al estado de estabilidad inorgánica". La mayor parte de esta pulsión se desplaza sobre los objetos, sadismo o pulsión de destrucción, lo que queda como residuo es el masoquismo propiamente dicho..."

El "sacrificio" ¿de quién? y ¿para quién? en la intención fantasmática, el masoquismo insinúa que no sacrifica cualquier cosa, en el germina un puro voto renegatorio de la muerte. Dimensión sádica o asesina de la inocencia, ante esa formulación muda de su propia muerte, sacrificado en el goce del Otro, este sigue siendo un enigma que hay que forzar. Se presenta pues al sacrificio, como a una prueba opaca de su propia eternidad, el concepto de eternidad conjuga pasado y futuro en un presente sin límites, en el que las religiones prometen el goce en el reencuentro con Dios. ¿Qué sucede con este residuo en el fin del análisis?

En los tiempos del fin donde un oscuro objeto se retira de la escena del fantasma, la ficción masoquista declina. Es el tiempo en que el analista que juega la partida con el analizante hasta el fin, con su acto soporta el no ser mas nada que ese resto, levanta el guante de ese residuo pulsional vaciado de su esencia, quien finalmente es arrojado a una verdad incurable. Su lectura en la experiencia del pase, aporta el relámpago y los cortes que la escritura del psicoanálisis para su metamorfosis precisa.

El sujeto al modo del viejo Simeón, incluye la muerte dentro de la vida, cediendo a lo que tiene de singular y de inevitable, para el Otro de su transferencia.

La dialéctica de la escritura tiene como causa sexualidad y muerte, esta dialéctica es más fina de lo que uno cree-, porque también juega entre la presencia física de las palabras, de los nombres y de las siluetas que contornea la escritura. Seguir los asombros del sujeto, y al mismo tiempo atravesar sus espacios estratificados, es la puesta en escena de su línea de enunciación, el testimonio del pase es una especie de partida, entre la caída de su creencia subyacente y del goce que expira; nada puede retener al sujeto: todo espacio donde haya algo que desear, lo mueve.

El descanso del sueño deja de ser un peligro de muerte, aceptando la semejanza de muerte que es el sueño, queda disponible un lugar en la lengua, un lugar donde los sueños soportan el eclipse de la imagen narcisista, la falta en el Otro, la castración, resumiendo, los sueños de fin de análisis son una segunda vuelta de la primera simbolización de la muerte. En este punto participa, en lo que le queda de inconciente, el efecto de la acción de la muerte en el lenguaje

Es evidente que escribir difiere de leer, y los dos solo coinciden en el momento vivo de su separación, comprometida la escritura con lo real de la sexuación, se extrae la hebra de pashima, que asombra al jurado.

La experiencia del pase es un puente-, el testimonio transita a través del precipicio.

¿Hay una escritura que haga de puente entre los dos? Un puente que debe pasar del pasante a su doble ¿no debe acaso ese puente, franquear la superficie mortal entre el allá y el más allá? Puentes imposibles, puente de escritura donde la circulación tiene fin.

La cuestión se refiere a lo que ocurre en el pase entre dos criaturas, en el surgimiento de su proximidad con lo incurable, la derivación de una a través de la otra; el corte, que cada una de ellas aporta; y el abismo cuyo hueco, es manifestado por el pasador con su presencia.

Con la muerte culmina el desenlace de la extraña combinación entre sexo y muerte.

Clara Cruglack abrocha un novedoso concepto, considera lo incurable como "lo que constata una desavenencia radical, que corrobora la equívoca relación del sujeto al saber, al sexo y a la muerte, y esto es alcanzado por el sujeto, en una dimensión de verdad incurable".

Desde el nacimiento hasta el fin impuesto por fuerzas contingentes o por la vejez, el fin de la vida irrumpe, pero la escritura de la subjetividad, trasciende. Por ser hablante, el sujeto esta condenado a la pulsión que presentifica la muerte en su trayectoria de vida, la marcha sostenida de una cura, librada para intrincar la vida libidinal a la pulsión de muerte es un desafío vital, como la mariposa de Thoang-Tseu, pese al vencimiento del plazo, el psicoanálisis pone en danza el germen creativo de la subjetividad.