LA PIEDAD

Elena Jabif

(*) Foro de Psicoanálisis en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, 2004.

CUESTIONES TEÓRICO – CLINICAS SOBRE EL MASOQUISMO EN LA TRANSFERENCIA ANALÍTICA

El masoquismo moral freudiano articulado con la problemática del carácter, permite definir un perfil de analizante que aparece en las neurosis de destino freudiana. Un oscuro designio se ha encarnizado con ellos, no son dueños de su vida, víctimas inocentes de un inevitable derrumbe repetitivo quedan situados bajo el signo de un trágico designio. Son sujetos sustraídos de la neurosis, que en su compulsión de destino no denuncian síntomas, sus trazos característicos reiteran por la vía del acting aout o del pasaje al acto no esclarecido, situaciones de goce que los torturan. Ingratas decepciones, socios traidores, una economía que los doblega, muertos queridos, participan de una repetición que los congela.

La palabra destino está asociada a la suerte que le corresponde en este mundo a cada cuál, su parte de vida, de felicidad, de desgracia, inflexible como un látigo encarna una ley que los dioses no pueden transgredir, sin poner en peligro el orden del universo.

En el tratamiento de pacientes neuróticos el destino se presenta como una pasión dolorosa que a veces suele ser el aspecto mas resistencial al progreso de una cura, destino que cuestiona al psicoanalista en tanto parece escurrirse de un análisis posible.

Este sufrimiento al servicio de la reacción terapéutica negativa presenta al analizante en una posición masoquista, que pone en escena diversas situaciones críticas, que promueven estipular contratos, que comprometen la ética del acto analítico, al situar al analista en una dualidad especular de Uno no seriado.

Puede suceder, que el destino asuma el diseño de un rasgo; ofrecido en la transferencia, a una figura omnipotente y peligrosa, que mantiene al sujeto en continua supeditación y ejerce sobre él una presión constante.

Versión del goce de Dios que el sujeto imaginariza pidiendo siempre una penosa castración, posición de servidumbre pasiva y masoquista, a través de la renuncia de toda voluntad deseante propia.

Este puro automatismo nos enfrenta con cierto resto de una fuerza demoníaca en juego, en una compulsión que muestra el desafió de la pulsión de muerte cuando exhibe al máximo, la intensidad de la urgencia pulsional.

Pulsión de pulsiones que demanda retornar y re-encontrar aquello que ya fue aunque el inexorable efecto del orden simbólico, exija como precio de nuestra humanidad, la perdida de la Cosa.

La posición masoquista sabe de la nostalgia pero en su lugar solo hay denegación, "no creo lo que ven mis ojos" de la que soportará la ascesis hasta lo mas extremo de su ofrecimiento. En plena exhibición de la erótica de la pulsión de muerte y de la moral, desde el dolor el analizante convocará al partennaire analista, a testimoniar con su presencia, la sumisión al fantasma de "pegan a un niño", que parece no abandonar mientras dura su vida. Escena donde el castigo eterno ofrece pruebas de razón suficientes sobre la existencia de Dios.

El trayecto de la pulsión es errático, pierde el rumbo del objeto, el cuerpo del esclavo sometido a la violencia de una erótica de la pulsión de muerte, es impulsado hacia atrás en un camino regresivo de las pulsiones parciales.

La presencia del analista si desfallece ante lo que acaba de suscitarse en transferencia, se reduce a un artificio fascista. Sostenido en la negra profundidad de la transferencia salvaje, emerge un padre violento, violador o sodomita, que enmascara la primigenia fijación a la pierda angular del deseo materno.

El "sacrificio" ¿de quién? Y ¿para quién? En la intención fantasmática, el masoquismo insinúa que no sacrifica cualquier cosa, en él germina un puro voto renegatorio de la muerte. Dimensión sádica o asesina de la inocencia, ante esa formulación muda de su propia muerte , sacrificado en el goce del Otro, este sigue siendo un enigma que hay que forzar. Se presenta, pues, al sacrificio, como una prueba opaca de su propia eternidad, el concepto de eternidad conjuga pasado y futuro en un presente sin límites, en el que las religiones prometen el goce en el reencuentro con Dios.

Deleuze en su lectura analítica del masoquismo identifica en Masoch una relectura de Caín y Abel, en la que presenta una inversión de los lugares habitualmente asignados por el catecismo cristiano a uno y al otro.

Masoch subraya que Jehová es el instigador, mediante los celos, del asesinato de Abel, el preferido del padre. Cuando Jehová advierte la ausencia de Abel e interroga a Caín, éste no puede explicarla, ya no puede ocultar el asesinato primordial que sale a la luz. Entonces Jehová, el instigador, somete a Caín a un castigo tremendo, desmesurado sin ningún atenuante.

Un castigo inevitable, extranjero, que lo deja a merced de lo peor. Bajo el signo de Caín el crimen se presenta en la naturaleza y en la historia con la inmensidad del sufrimiento. Es el castigo apropiado para el elegido de Eva, su madre.

Ella saluda su nacimiento con gritos de alegría, mientras languidece cuando nace Abel, un hijo que cae del lado del padre. Encontramos junto a Deleuze una cristología en Masoch. De Caín a Cristo encuentra el mismo destino que culmina en el hijo crucificado, ofrecido por su voluntad amorosa a la crueldad de ideal paterno. En esas escenas el autor recorta la figura de la madre naturaleza, en la frialdad y la crueldad de las mujeres amadas por este ilustrado masoquista.

Wanda una venus tejida en el juego literario con una piedra moldeada en una estatua o como amada en su inmovilidad extática. El inevitable tono moral nos introduce en una confusión ética ante el espanto de la tortura y el sufrimiento.

Deleuze recupera como una bella novela de Masoch " La madre de Dios" quien cuenta lo siguiente: Mardona, la heroína, dirige su secta, su comuna, con afectuosidad pero también de modo severo y helado. Está llena de ira, manda azotar y lapidar; es cariñosa, sin embargo. Por otra parte, toda la secta es cariñosa y alegre, pero severa con el pecado, hostil al desorden. Mardona tiene una sirvienta, Nimfodora, muchacha encantadora y taciturna que se hace una profunda herida en el brazo para que la madre de Dios pueda bañarse en la sangre, beber de ella y no envejecer jamás. Sabadil ama a Mardona, pero de otro modo ama también a Nimfodora. Mardona se alarma. Madre de Dios, exclama: "El amor de la Madre de Dios trae la redención, constituye para el hombre un nuevo nacimiento. (...) No he logrado modificar tu carne, transformar tu amor carnal en afección divina(...) Para ti soy nada mas que un juez". Y demanda el consentimiento de Sabadil al suplicio. Lo hace clavar entonces en una cruz: Nimfodora se ocupa de las manos y ella misma de los pies. Entra en un éxtasis doloroso, en tanto que, llegada la noche, Sabadil encarna la Pasión:"¿Por qué me has abandonado?", y a Nimfodora:"¿Por qué me has traicionado?". La Madre de Dios debe poner a su hijo en cruz precisamente para que pase a ser su hijo, y goce de un nacimiento que a ella sola debe.

Para el fantasma masoquista, el vínculo entre religión, muerte y sexualidad, deniega al mismo tiempo que pone en juego, a la virgen, como una madre que en tanto resigna la sexualidad y el placer, no conoce la muerte, sin pecado vive la eternidad, sin transitar por la muerte.

Todas la religiones se proponen como solución y antítesis de la pulsión de muerte. Afirman una inmortalidad, o una reencarnación que subraya el tiempo denegatorio, solo es un momento sensible que debe atravesarse, el pasaje a otro cuerpo niega la muerte corporal. La segunda muerte en su valor simbólico, se la ignora con la recompensa de otra vida sin dolor, la vida perfecta de Buda.

Los mitos aparecen en el tiempo posterior de un pasado incierto, obra de la metáfora paterna, la organización histórica encuentra su paso. Lacan nombra al mito de la Gran Diosa Madre, "demanda primordial mítica", tiempo supuesto de una demanda satisfactoria y plena. El culto de la Gran Diosa repite ritualmente el asesinato del rey y el sacrificio de niños. Medea las astuta sacerdotisa ejerce el crimen sobre sus hijos, los que tuvo con Jasón. Maga de poderes maléficos es inmortal. El rito sacrificial pretende desconocer la función del padre, consagra al falo del lado materno su función fecundante.

En las tribus de las amazonas, según la etimología armenia son mujeres lunas, mujeres sin pecho, sin hombres según Séneca, o tribus matriarcales según Diodoro de Sicilia. La filiación sólo es reconocida por la madre. Durante la orgías dionosíacas nos encontramos con asesinatos de hijos por sus madres, en un éxtasis sagrado donde el erotismo sin límites, solo encuentra dique en la muerte.

El mundo bárbaro de diosas matriarcales evoca la observación freudiana del miedo de ser envenenadas o muertas por la madre que se encuentra en el núcleo paranoico de la neurosis histérica de la mujer, en una identificación de ser el objeto privilegiado de las oscuridades del Otro primordial, piedra basal del masoquismo primordial.

El neurótico brinda para la angustia del analista sus agravamientos sintomáticos, fetiches negros que hacen carne del falo materno, se ofrecen como cuerpo doliente en un avatar demostrativo para el Yo ideal de su analista, es la tormenta del moi sostenida por un narcisismo impecable donde se producen las identificaciones mas contradictorias del Yo.

La posición masoquista es un guión duplicado de la perversión que está al servicio de la mayor resistencia al progreso de la cura y a liquidar en los tramos de un fin "un duelo imposible de calmar" que el genio freudiano recupera en el codicioso y oceánico amor infantil de la niña con la madre.

Un terreno de tinieblas que conduce a que Freud confiese lo inapelable, inabordable, e inefable de este amor en las transferencias de sus histéricas, "Morir en brazos de la madre" , envueltas en sus brazos, La Piedad se ofrece como una lengua muerta, en la que nadie tiene derecho a cometer faltas, nadie tiene derecho a innovar; un saber absoluto que la religión le otorga a la muerte, a Dios, y agregaríamos a la Gran Diosa Madre quien junto a las hijas-hijos muertos participan de su omnipotencia.

Hace un tiempo una analizante concluía la travesía de un largo y doloroso tiempo de análisis. En la última sesión me cuenta un sueño "estaba con una amiga, tenía en cuaderno bajo el brazo. La invito a un lugar donde disertaba un importante académico, me contesta: a ese lugar no me interesa ir, me sorprendo, le insisto, le pido razones, me dice: no vale la pena, ahí nunca más. Entiendo que debo escucharla y acompaño su decisión."

Asocia: con una producción de arte que visitó el día anterior a su despedida, muy conmovida me dice que lloró ante "Adiós Nonino", sus lágrimas también se hicieron eco de otra creación: unas manos de piedra con un vacío tallado en su bella forma.

En ese momento se levanta y llora en mis brazos, me dice: me preguntaba quién es esta mujer tan extraña (de usted nunca supe nada) pero tan cercana a mi vida, en sus manos pude parir a mi hija viva (repetidas hijas muertas eran acunadas en el abismo de partos prematuros). La tercera obra que me atravesó el alma fue la imagen de una madre tallada en la piedra que tenía una hija muerta en los brazos, de esta madre de piedra se desprendían lágrimas casi humanas.

En simultánea saca un regalito de despedida, es una mujer tallada en una piedra que danza en libertad. Desde el juego de las lágrimas se desnuda un borde de color, me dice con picardía que la mujer de piedra que baila en libertad puedo quedármela, ella se lleva su propio vuelo.

Le sorprende su cuaderno en blanco ya que ella considera que atesora una fecunda escritura de su análisis.

Le propongo: que la letra de "una hija muerta en los brazos de la madre tallada en la piedra", finalmente levantó vuelo.