Carácter y neurosis de destino: "LA TIERRA YERMA"

Elena Jabif


El masoquismo moral freudiano articulado con la problemática del carácter, permite definir un perfil de analizantes que aparece en las neurosis de destino freudiana. Un oscuro designio se ha encarnizado con ellos, no son dueños de su vida, víctimas inocentes de un inevitable derrumbe repetitivo quedan situados bajo el signo de un trágico designio. Son sujetos sustraídos de la neurosis, que en su compulsión de destino no denuncian síntomas, sus trazos característicos reiteran por la vía del acting out o del pasaje al acto no esclarecido, situaciones de goce que los torturan.
Ingratas decepciones, socios traidores, una economía que los doblega, muertos queridos, participan de una repetición que los congela.


La palabra destino está asociada a la suerte que le corresponde en este mundo a cada cual, su parte de vida, de felicidad, de desgracia, inflexible encarna una ley que ni los mismos dioses pueden transgredir, sin poner en peligro el orden del universo. El destino asume el diseño de una figura omnipotente y peligrosa que mantiene al yo en continua supeditación y ejerce sobre él una presión constante, versión del goce de Dios que el sujeto imaginariza pidiendo siempre una penosa castración, posición de servidumbre pasiva y masoquista, a través de la renuncia de toda voluntad propia.
Freud introduce la compulsión a la repetición en el concepto de pulsión de muerte, que construye a partir de los abrumadores indicios clínicos en los cuales ella da testimonio de su actividad, dimensión de 'puro automatismo' que nos enfrenta con cierto 'resto' de una fuerza demoníaca en juego, que tomado a nivel individual, se muestra como 'algo' verdaderamente paradojal, enigmático, en tanto desafía los mecanismos biológicos de equilibrio y homeostasis.


La repetición para Freud estaría ligada a la búsqueda de algún progreso humano, versión que contradice la tendencia como pura compulsión a repetir, sin embargo dentro de esta dimensión de puro automatismo, observa actuando en oposición al principio del placer, un persistente resto pulsional del lado de lo reprimido, que no ofrece resistencia , simplemente exhibe al máximo la intensidad de la urgencia pulsional.
Pulsión de pulsiones, que demanda retornar y re-encontrar aquello que ya fue. Su corazón reproduce siempre el fracaso por recobrar el objeto perdido y será esta pérdida la que fundará en el sujeto un estado de nostalgia, que nace del hecho de que la repetición, por el inexorable efecto del orden simbólico, que exige como precio de nuestra humanidad la perdida de la Cosa, se encuentra condenada a un perpetuo fracaso.

La pulsión de muerte intrincada dialécticamente al empuje de la vida, conduce la propuesta lógica de Lacan, de que el proceso de análisis debe actuar para recordarle al analizante su inminente muerte y que éste debe alcanzar la realización subjetiva del ser para la muerte, abriendo el juego al sentido de nuestra existencia.
En el sueño freudiano: ''Padre no ves, que estoy ardiendo" Lacan lee lo más íntimo de la relación del padre con el hijo, que viene a sugerir lo que ella es más allá, en su sentido de destino.


Entre lo que sucede como por casualidad, por azar, cuando todo el mundo duerme -el cirio que cae y el fuego en la mortaja, el acontecimiento sin sentido, el accidente, la mala suerte- y lo que hay de punzante, aunque velado, en el Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?, existe la misma relación con la que nos encontramos en la neurosis de destino" Ante un campo que no es más que muerte como imposibilidad lógica, el narcisismo un orden satisfactorio para el sujeto, es donde el sujeto halla apoyo para una ignorancia fundamental, "rebajando la muerte de la categoría de la necesidad a la de un simple azar".

Carácter, pena y aflicción se conjuran en la afirmación narcisista de una pura reproducción, el menoscabo de la pérdida se afirma en una existencia endurecida, ante el sentimiento melancólico de una herida irreparable en el cuerpo del yo, la identificación imaginaria fija al sujeto en una escena para él, previsible, calculable, sin reductos desconocidos, que lo alivia al desconocer la incertidumbre que lo acompaña.

La queja del poeta, para quien el carácter perecedero de lo bello lo deja en la imposibilidad de gozarlo, es refutada por Freud, afirmando que el que algo vaya ha ser perdido, no menoscaba su valor, al contrario las limitadas posibilidades de gozarlo, lo tornan aún más precioso.

La máscara de piedra invade la escena, el sujeto se instala en el puerto seguro del yo ideal, posición de riesgo subjetivante el día que el Otro de su destino les falta. Un duelo detenido en la identificación a un rasgo del objeto amado, acuña en esa marca un rasgo de carácter, la sombra del objeto cae sobre él, tomando como impronta la consistencia del objeto perdido. La ambivalencia no reconocida al objeto se refugia en la dureza del rasgo, como una operación defensiva, que incorpora al yo ideal el objeto perdido, recuperándose la integridad narcisista en la afirmación caracterial.

El "yo soy" cicatriza la herida del moi, siendo la egocentría del carácter, el testimonio del máximo desamparo subjetivo para tramitar lo perdido.

La tierra yerma es un texto clínico que recorta la oblatibidad de la donación de órganos, como matiz del duelo materno, un duelo maziso salvaje, en su semejanza al diluvio universal.
Acaso un nuevo cuerpo, el de receptor de órganos de nuestros días, hace las veces de vasija, apuntalando alguna oscura esperanza como en el caso de nuestra analizante, de una resurrección, parcial, fragmentada, glorificada, del objeto.


Ana, en su duelo sin nombre, no puede llorar, quizá porque intuye como en el mito azteca que a mayor profusión de lagrimas, los niños arrancados de los brazos de sus madres, se convierten en objeto privilegiados, para ser sacrificados en el festival del dios.

La Tierra Yerma.


En su bello rostro se recortan ojos color pastel que no pueden llorar.

Demasiada paz para una mujer la cual se nombra madre de dos hijos, uno vivo, el otro muerto.
Colecciones de muertos acompañan un marcado rictus que despunta un dolor escondido en cada pliegue de la memoria. No puede llorar, su alma se ha secado al inflingirle el destino la pérdida de varios hijos que le otorgan, una sabiduría sobre la peste que algunas mujeres conocen y que, en palabras de Ana "Las termina partiendo en dos".


El Ana se había jactado en su vida, de un extravagante don: presentir el riesgo y poder evitarlo. Distintas situaciones de riesgo sufridas por Diego había encontrado su limite en su férrea atención.

El único episodio que la sorprende, finalmente desprevenida, culmina según su lectura, con la muerte de su hijo en la puerta del hogar. En una entrevista una foto cae de su mano, inquieta, me dice que este "salto" de la foto de su hijo se produjo días antes de decidir llamarme, cuando estaba "acompañándolo" al borde de su tumba.
Ahí produce un lapsus: "Sentí que mi esposo muerto, me daba una pista de que estaba allí". Cuando le pregunto por su lapsus, sitúa, por primera vez, que uno de los frentes que más la atormentaban -su preciado marido-, cargaba con varios duelos de hermanos y entrañables amigos, literalmente, ante este corolario, se había enterrado con Diego.

Recluido en la oscuridad del lecho matrimonial, se niega sistemáticamente a nombrar al hijo perdido, a llorar por el hijo perdido, resignando todo consuelo simbólico que pudiera alivianar su pena. Cuando sobreviene la muerte cerebral, Ana dona los órganos.

Como una Eva primigenia, que hace de la maternidad un don que alimenta muchedumbres, enfrenta con su decisión engorrosos trámites burocráticos "de máxima crueldad", finalmente se las ingenia para saber qué tiempo, que nombre, que destino, aloja cada resto de su hijo.

Corre las más increíbles peripecias para no perder el rastro de ni siquiera un pedacito de su piel, constituida en una infatigable militante del axioma "donar es vida" transita por la escena pública, batallando contra un narcisismo colectivo al que denuncia en cada acto.

La muñeca para una pequeña que alojaba un riñón de Diego termina sin dueño, con el sentimiento de esta madre que descubre, azorada, que donar tanta semilla fue a cambio de nada.

A cada entrevista la antecede un pasaje por el cementerio, solo reza, también lo acompaña, publica recordatorios en su nombre, regala su ropa y, sostenida por la transferencia, vacía el cuarto del hijo amado.

Insiste en que son actos para la vida, aunque preserva intacto el casco que el joven rehusó ponerse el día de su muerte.


"Eso" no se regala; "eso" no se pierde; tampoco con ese objeto se gana. Sólo está al servicio de testimoniar un odio y una culpa visceral. La omnipotencia de Diego, hacía red con la del padre, cuya decisión avala el capricho de la moto, a la que Ana se oponía.
En dos años de duelo había dejado de soñar. Invitada a recuperar sus sueños, una cama matrimonial, de fiesta con amigos, la conduce a pensar un deseo de femineidad que se enterró junto a su marido.

Pródiga de dulces, caminando por el mundo de sus muertos trae un sueño de un gran diluvio que brota desde el techo de su casa.

Grandes pérdidas de agua la llevan a deducir que, para la pérdida, su vida no ha encontrado techo.

El accidente de Diego recrea una fecha anterior a la muerte del padre del paciente, dos años antes, "fue un designio", murmura, "para los dos".
Asocia que la herencia paterna le dejó un legado: "Caminar siempre adelante". Caminar y caminar y caminar, "cerrando los ojos para que no broten lagrimas".

El cuerpo de Ana estalla con el de su hijo.

Una operación de hemorroides en simultánea al primer tiempo de duelo la deja desgarrada, un meticuloso cirujano cierra su corte con tanto esmero, que no deja resquicio alguno, para advertir que allí hay un agujero.

Nada sale de lo que entra. El dedo preciso de su marido, a fuerza de imprimirle al borde su juego, logra abrir un sitio que ella experimenta como clausurado.

El hijo que queda, los desprecia. Demasiado amor para uno solo. En complicidad con su flamante esposa, (que se dedica a ignorar la soledad de sus suegros), desestima al igual que el padre, cualquier rito que evoque a su hermano o cualquier fiesta que pueda olvidarlo.
Un sueño la recupera en estado de plenitud. Un perrito, cachorro tierno, (como la sonrisa que retorna desde la foto de mi hija, que está sobre mi escritorio), con aire juguetón, deja sus restos excrementicios sobre el diván del consultorio.
Un perrito juguetón hasta el punto de lo insoportable, que la lleva, con profunda inquietud a perseguir por veinte años a un hijo siempre en peligro.

Esboza un ¿por qué? El cual no tiene respuesta. Tiempo de reflexión del sujeto, que abre la dimensión del movimiento inconsciente.

Asocia que los restos sobre el diván, signan el alivio de un cuerpo que, no retiene sus desperdicios.

Un sueño la muestra flotando en el aire mientras se dice que está sostenida por hilos transparentes, que le permiten hacer piruetas sobre un vacío estremecedor.
Clarita como el agua, me dice que se siente en el aire. Tantas piruetas "para ir hacia delante", portan su riesgo.

Un solo hilo que se corte por lo más fino, podría hacerla caer dentro de un oscuro abismo.
La sesión había tenido una particular antesala.

Unos minutos antes de su hora, fresca y anticipada, me encuentra regando plantitas.
Preocupada por una tierra seca, sufrida en tiempos sin agua, me dice que ella tiene un largo aprendizaje de cómo hacer crecer vida de una tierra muerta, aclarándome que mi acto de riego es imprescindible para nutrir tanta grieta.

La piedra gira con el sujeto, acto vital de la transferencia en el inicio de tratamiento.
Le digo que acepto su propuesta de enseñanza, y que a partir de este tiempo del análisis el diván acompaña sus lágrimas.


Bibliografia

S. Freud, Mas allá del principio del placer

S. Freud, Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte

S.Freud ,Lo perecedero

J. Lacan ,Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanáisis