LACAN EN EL FINAL DE SU CARRERA Y LA ACTITUD DE PACIENTES Y DISCIPULOS: Ultimos días de la gran oreja idolatrada

Por Elena Jabif

(*) Suplemento Psi. del Periódico Página 12 (27/7/2000).

A partir de inquietantes testimonios sobre la práctica clínica de Jacques Lacan en los últimos años de su vida, cuando habría llegado al "grado cero de la sesión analítica", la autora formula hipótesis sobre el tipo de "transferencia" que experimentaban sus pacientes y sus discípulos.

El relato publicado por Jean-Guy Godin en 1986, bajo el título Jacques Lacan, 5 Rue de Lille, fue el primer libro que trazaba la historia del análisis de un psicoanalista a la vez en control y en cura con el maestro. Redactado en un estilo un poco pesado, el texto aportaba de todas formas informaciones preciosísimas sobre la técnica lacaniana de la cura, sobre la organización del apartamento de la calle de Lille, sobre la disolución progresiva del tiempo de las sesiones y, especialmente, sobre la extraordinaria gula de Lacan respecto del dinero: "A los que venían por primera vez y se inquietaban del precio por pagar, les susurraba: ‘¡Ya me dará usted alguna cosita, querido mío!’".
El departamento de la calle de Lille parecía ilustrar la doctrina lacaniana. Las habitaciones estaban dispuestas a la manera de cuadrípodos, los pacientes circulaban por ellas según un rito cercano al procedimiento del pase; finalmente, la jerarquía de los lugares recordaba el principio del laberinto iniciático. Cada paciente encontraba allí un asilo conforme a la gravedad de su estado. Unos podían aislarse sucesivamente en las "mazmorras", quedarse varias horas o reunirse en comunidad, mientras otros podían organizar su tiempo a su antojo. En las horas de afluencia, la sesión duraba unos minutos; en horas vacías, se acercaba a los diez minutos.

Con esta organización del tiempo y del espacio, Lacan había acabado por abolir las fronteras entre su vida y su tarea profesional. A pesar de su prodigiosa memoria, olvidaba al cabo de los años quién estaba con él en análisis o en control, quién venía a traerle nudos o matemas, quién quería simplemente conocerlo.

En tales condiciones, la cura no tenía lugar en el consultorio del doctor. Se desarrollaba en cualquier otro sitio. Primero, en lasdiferentes habitaciones de la casa, después en el seminario, finalmente en el café Les Deux Magots, donde los analizantes se reunían para comentar el contenido o la ausencia de contenido de sus sesiones y entregarse a veces a interpretaciones rocambolescas de los gestos y de las palabras del maestro. Cuando Lacan se quedó sordo, algunos alumnos se negaron a aceptar el desfallecimiento de la gran oreja idolatrada: "No es que esté con sordera –dijeron–. Hace como que no oye". Del mismo modo, cuando llegaron en 1978 los primeros signos de desarreglos cardiovasculares, las "ausencias" de Lacan, sus silencios, sus accesos de ira, sus puñetazos intempestivos se consideraron sutiles interpretaciones, o a lo sumo señales de una fatiga por la edad. La presencia del soberano y el recuerdo hechizante de lo que había sido su verdadera grandeza bastaban para soldar una frágil comunidad.

Presa de la obsesión de una muerte anunciada, el testimonio más asombroso sobre la fascinación transferencial del líder es el de Houda Aumont: "Durante los años de mi análisis con Lacan, tuve la impresión de estar hechizada, pero Lacan no jugaba al gurú y no ostentaba ninguna magia en su práctica. Tenía una escucha fantástica, un abordamiento humano lleno de tacto, siempre tuve la impresión de que comprendía mi sufrimiento y no se burlaba de mí (...). En otoño de 1978 las cosas cambiaron. En octubre, me enteré bruscamente de que mi padre acababa de morir. Llegué trastornada a mi sesión y dije: ‘Mi padre ha muerto’. Lacan se quedó silencioso, de mármol. Eso, por supuesto, podía ser una interpretación, pero tuve la impresión de que no me oía, que ni siquiera comprendía lo que yo decía, que no estaba allí. Sin esperar el final de la sesión, me levanté y me fui.

"Después, las sesiones continuaron como si nada –continúa Aumont–. Mi confianza se había tambaleado, pero yo mantenía la ficción del análisis. Hubo entonces sesiones en que Lacan me detenía desde la primera frase. Yo empezaba: ‘Tendría que decirle que...’, y él suspendía la sesión en ese ‘que’, diciendo; ‘Es eso exactamente...’. Empecé a llorar a la salida de cada sesión. Quería dar un sentido a ese ‘que’ y me persuadía de que Lacan quería interpretar mi relación con la castración y con el duelo. Para consolarme, me precipitaba sobre los chocolates; engordé nueve kilos en nueve meses. Seguía yendo a mis sesiones sin hablar y en un clima de locura generalizada. Lacan hacía venir a sus pacientes todos los días y a algunos los echaba violentamente. A veces entraba en iras espantosas y daba puñetazos. Un día, Lacan no soportó más mi silencio. Mientras yo estaba tendida, se precipitó sobre mí con su máscara de ira y me tiró de los pelos: ‘¡Va usted a hablar!’, dijo. Esa misma noche me llamó para disculparse. Cuando relaté la historia en mi pequeño medio de psicoanalistas, me hicieron comprender que era una interpretación: ‘Lacan te dio un tirón de esas greñas (ces tifs, en francés): ¡Sétif, es el nombre del lugar donde naciste!’. Había en eso un verdadero delirio del significante, una especie de beatificación de su acto. Puse fin a mi análisis unos meses antes de la muerte de Lacan. Años más tarde tuve que volver a análisis y fue allí donde pude plantear la cuestión del fin del análisis. Acepté abrir mi oído al análisis, reinventar mi propia práctica, fuera de todo mimetismo; abandoné por ejemplo la práctica de las sesiones cortas."

Otro testimonio es el de Claude Halmos, que siguió con Lacan un análisis de control entre 1974 y 1979: "Al final de 1978, me di cuenta de que Lacan estaba menos presente en el control. Era incapaz de darme cuenta de la realidad de su estado y por eso me puse a pensar que su mutismo y el acortamiento de las sesiones eran interpretaciones: una manera de significarme que mi práctica no era buena. Me atribuí todas las culpas. Pero mi analista me hizo una interpretación que me ayudó: ‘Hay Lacan, pero el Lacan de su transferencia no es lo mismo’". A medida que se hundía en la mostración infinita del planeta borromeo, Lacan ponía en acto una fantasmática disolución del tiempo de la sesión. Por primera vez en la historia del psicoanálisis, un pensador genial, dotado de un sentido clínico fuera de lo común, se atrevía a reducir a cenizas el gran principio técnico sobre el que descansaba todo el edificio de transferencias construido por Freud. Y ese gesto Lacan lo cumplía en nombre de un reto lanzado a la ciencia. En unos años transformó, con algunos de sus pacientes, la sesión corta en una no-sesión. El paso al grado cero de la sesión, por lo demás, corría parejo con la tentación fáustica del matema y de los nudos.
"El Lacan de su transferencia no es el mismo." El ingenioso Don Quijote de la Mancha, cegado por una transferencia que le hace ver gigantes donde hay molinos, se echa a recorrer el mundo, ayuna, no duerme, renuncia a las mujeres para mantener su pasión por la ignorancia. Mucho antes, Platón había mostrado el valor agalmático del objeto oculto en el interior del sujeto Sócrates, a los ojos de Alcibíades: bajo el encanto de un incomparable atractivo del objeto amado, el discípulo busca procrear y parir lo bello; fecundidad y procreación van en contra de la muerte y representan la única forma de inmortalidad a la que puede aspirar una naturaleza mortal.

En el amor al sujeto supuesto saber (S.S.S.), el hijo se vuelve hacia el padre edípico, digno de ser amado; sitúa una versión transferencial quijotesca que promueve el arbitrio del analista si éste se identifica con el significante que lo representa. "¡Miserable amo, despojado, ni sabio ni poderoso!" Con esta frase, en la tragedia de Sófocles, Edipo –que, desconociendo la singularidad de sus deseos criminales, había regulado la verdad sobre el hombre– paga un precio, se automutila, se castra. La instauración, no de la omnipotencia sino del enunciado de lo imposible, sitúa que el S.S.S., en tanto no es el amo de la muerte, no la conoce, de lo real de la transferencia extrae como verdad latente la castración que lo afecta.