El alhajero: Estructura y clínica de una odisea; Texturas

Elena Jabif

(*) Presentado en el Seminario de la EFBA, SOBRE MADRES E HIJAS; 1999.

Se mostró luciendo un traje entre amarillo y rojo

Que olía a ambar y a sándalo también

Su esbeltez le aconsejaba, anda y luce tu garbo

Sus caderas le decían ¿no ves nos cansamos?

Las Mil y Una Noche

Una piel blanca, casi transparente se recorta en un insinuante vestuario negro, para una diseñadora de París la extrema sencillez que devuelve el espejo, contribuye en el armado del enigma. Un éxito publico que la sorprende, la instala en una constante demanda del semejante que la lleva a producir claros síntomas de huida.

La elección de su analista tenia un signo poco habitual para los analistas que, siempre ortodoxos y religiosos, procuramos no mezclar las aguas. Venia de una disciplinada relación transferencial con una analista del Opus Dei que merecía de la madre un respeto casi atávico. Sin embargo, el incremento de un profundo malestar somático acompañado del horror del padre ante los candidatos miserables que elegía su hija, define el cambio de analista por sugerencia y recomendación paterna.

En ese diván, el padre había transitado un revulsivo y corto análisis que había concluido ante una estafa familiar que, sin pudor, había desplegado con una tía muy amada de su mujer.

El análisis se interrumpe cuando su sueño de millonario se ve afectado, cuando su espurio goce es interpelado en el análisis.

No supe mas de él hasta que, tiempo después, me pidió una entrevista para relatarme el alto costo de una trampa, que lo había conducido a la repulsa familiar, el odio de su mujer, la vergüenza de los hijos, y un estrepitoso quiebre financiero, cuando la verdad desnuda públicamente a uno de los principales artesanos del Opus Dei, como corrupto. Finalmente tanto acting lo conduce a un intento de suicidio fracasado.

La urgencia de desfiles, contratos y colecciones con su propio nombre contrastaban con la gran inhibición que la acechaba, en los tiempos donde es convocada, al máximo despliegue de su creatividad.

Elegida personaje del año, por distintos medios, los 25 años le quedaban chicos, ante su fobia los hombres le quedaban grandes y como cereza de la torta, el actual novio excéntrico y drogadicto la exigía definida, fogosa y satisfecha con él.

El frente interno y externo la horrorizaba. Ante un pertinaz síntoma de anorgasmia sumado al asco que le producía la piel de su hombre, cascaritas, ampollitas, y psoriasis armaban el puzle de una escena sexual donde una pura blanca levantaba el interés alicaído, de esta chica con aspecto monjil.

Un hilo asociativo de su rinitis alérgica la conduce a otro estado de congestión, en el marco fantasmático de una escena sexual, que tenía como condición erótica una lolita entre virginal y perversa, violada por un hombre mayor, quien se excitaba ante la bombachita blanca de la niña. El desgarro de primorosas puntillas dan marco al cuerpo de la infancia, un cuerpo que retorna mapeado por fotografías antiguas, color sepia, que acompañan las presentaciones de su ropa. Laura dice que es una cuestión de nostalgia, sedas que envuelven a mujeres inmigrantes encarnadas en la imagen de la bisabuela materna, un rostro melancólico que habita en un camafeo que Laura ciñe como moño de un cuello de botella en su garganta.

Una nívea madre que había recibido del cielo el regalo de la maternidad muestra el rostro insatisfecho del Otro primordial, con un marido siempre demandante en la esfera sexual, muy enamorada de la relación con su propia madre, y una insistente desilusión por un padre que no estuvo, como era de esperar, a la altura de las circunstancias.

Laura no dejaba de lamentar la frialdad y la reticencia que había encontrado en los brazos de su madre. Todos los hijos, pero principalmente la paciente, se lamentaban por la tristeza del padre, quien en actitud desesperada mendigaba caricias de su mujer.

En ese tiempo, ella se sentía duplicada en los sentimientos paternos. La piel de la madre y el anhelo de su contacto recupera una escena sexual infantil, donde dos niñas provocativamente se miran la bombacha.

Laura sabía que la luminosidad de su bombacha blanca captaba la mirada fascinada de su compañerita.

Ella era, y lo refiere con mucha angustia, la imagen de la perversión infantil. Esta escena se abrocha a un episodio de seducción donde el objeto fetichizado es manoseado violentamente por un anónimo. Años después. Laura descubre que la mirada del padre se detenía insistentemente en cada cartel de Caro Cuore, desde los cuales, desprejuiciadas muchachas, siempre criticadas en voz alta por su aire desenfadado, despertaban en el semblante paterno una inocultable satisfacción libidinal. Laura se preguntaba qué pasaba con el deseo del padre, indiscutiblemente monógamo en relación a una mujer. La fidelidad de aquella piel primordial que había privado a la niña y a su padre de la erótica clamada, retornaba en áridos cueros que creativamente Laura trabajaba. Combinándolos con diversas texturas de piel, bordados y reciclados, eran abiertos artesanalmente en cada uno de sus poros, de ellos emergían las pieles, cuyo saber hacer con ellas le habían ganado la posibilidad de atravesar fronteras desconocidas por su padres.

Ella decía que su éxito era una cuestión de texturas y no de diseños y esto era un punto inentendible para veteranos expertos del mundo de la moda.

A punto de definirse la presentación de una colección en París, la inhibición crece. Sueños pesadillescos la instalaban en una casa muy parecida al ámbito del consultorio. En ella una francesa, que organiza el evento, de pelo negro y piel muy blanca, le propone que su presentación la haga puertas adentro, en la intimidad de esa casa. La asociación de Laura la conduce a pensar que resguardada en esa morada, podría finalmente concluir su obra.

Más allá de los vericuetos del sueño y advertidos del reducto transferencial que la enmarcaba, la pregunta sobre puertas adentro se imponía. La presentación de un secreto celosamente guardado empezaba a despuntar. La quiebra del padre había salpicado su buen nombre. Como presidenta de la sociedad, Laura se había convertido en cómplice, casi involuntaria de la estafa paterna.

La administración fraudulenta de los fondos familiares, inicialmente habían enriquecido el patrimonio societario. Así como surgió en el máximo esplendor de la trampa al Otro, la estofa superyoica lo arrastró barranca abajo.

La debacle arrastra a la muchacha, quien tiene interdicta la salida del país, con el penoso costo, de que cada viaje al exterior, tenía que ser autorizado por engorrosos trámites judiciales. La militancia de una famosa defensa del padre la había alejado del lazo fraterno. Un sueño la revela única para el padre. Ella se quedó con el viejo carro, mientras que la madre y los hermanos, marchan, junto con la tía, en un esplendoroso auto.

El barro, la mugre, las cascaritas preciosas de una niña fiel se recortan en el sentimiento fantasmático de ser la única mujer (son varias hijas mujeres) que puede hacer gozar al padre, bombachitas y texturas envueltas en la tibieza de pieles trabajadas de las cuales emergen de manera privilegiada, pedacitos de pelo negro, muestran con sensualidad, lo oculto.

Al filo del espejo, Laura encarnaba los perfiles del objeto fantasmático del goce paterno.

Presentada su colección, trae a su análisis fotos de cuerpos femeninos, todas modelos de pieles blancas, tajos sensuales de mujeres antiguas, cuerpos que se lavan desde lo más barroco a lo más sencillos, bocas tatuadas de brillos profundos que testimonian épocas de muertes y epidemias, labios rojos que se cierran a la palabra y que privan a su hombre de sus besos, y un recodo fantasmático de un asco trazado al infinito, "cuidándome de hongos y bacterias, decidí no envejecer".

El encuentro de este análisis, situado por el padre como el tiempo de su vida donde experimentó libertad y dignidad, llegaba a su fin, ya que acordamos en este nuevo tiempo que podría elegir a su analista sin el arduo techo de testimoniar y también denunciar puertas adentro, la exigua piel materna que la había instalado en el duro oficio de gozar de las oscuridades del padre.

A donde se han ido las histéricas de ataño, esas mujeres maravillosas, las Anna O., las Dora..., todas esas mujeres que son hoy las figuras matrices de nuestro psicoanálisis? Merced a su palabra, Freud, al escucharlas descubrió una forma enteramente nueva de la relación humana. Pero la histeria de entonces no solo hizo nacer el psicoanálisis sino que, sobre todo marco con un sello indeleble la teoría y la practica psicoanalíticas de hoy. La manera de pensar de los psicoanalistas actuales y la técnica que aplican sigue siendo, a pesar de los cambios inevitables, un pensamiento y una técnica íntimamente ligados al tratamiento del sufrimiento histérico. El psicoanálisis y la histeria son hasta tal punto indisociable que rige la terapéutica analítica un principio capital: para tratar y curar la histeria hay que crear artificialmente otra histeria. En definitiva, la cura analítica de toda neurosis no es otra cosa que la instalación artificial de una neurosis histérica y su resolución final. Si al termino de análisis se supera esta nueva neurosis artificial creada enteramente por el paciente y el psicoanalista, habremos conseguido resolver también la neurosis inicial que dio motivo a la cura.

Formas clínicas, tal vez mas discretas, menos espectaculares que las de la antigua Salpetriere. Y el histérico moderno viven cada cual a su manera un sufrimiento diferente; y sin embargo, no ha variado en lo esencial la explicación ofrecida por el psicoanálisis en cuanto la causa de estos sufrimientos.

El rostro clínico de la histeria moderna. Los sintamos observables, la histeria se presenta como una entidad clínica definida; en cambio, si la encaramos de un punto de vista relacional, concebiremos la histeria como un vinculo enfermo del neurótico con el otro y, particularmente en el caso de la cura, con ese otro que es el psicoanalista.

Una neurosis por lo general latente que, las mas de las veces, estalla al producirse ciertos acontecimientos notorios en periodos críticos de la vida de un sujeto, como la adolescencia, por ejemplo. Esta neurosis se exterioriza en forma de trastornos diversos y a menudo pasajeros; los mas clásicos son sintamos somáticos como la s perturbaciones de la motricidad (contracturas musculares, dificultades en la marcha, parálisis de miembros, parálisis faciales); los trastornos de la sensibilidad (dolores locales, jaquecas, anestesias en una región limitada del cuerpo...); y los trastornos sensoriales (ceguera, sordera, afonía...).Van de los insomnios a los desmayos benignos a las alteraciones de la conciencia, la memoria o la inteligencia que el histérico padece, y en particular los sintamos somáticos siempre transitorias, no resultan de ninguna causa orgánica. Por el contrario todos estos sufrimientos somáticos dependen de otra anatomía eminentemente fantasmatica, que actúa a espaldas de paciente.

El cuerpo del histérico sufre de dividirse entre la parte genital, asombrosamente, anestesiada y aquejada por intensas inhibiciones sexuales y todo el resto no genital del cuerpo, que se muestra, paradójicamente, muy erotizado y muy sometido a excitaciones sexuales permanentes.

Su enseñanza teórica de las obras de psicoanálisis, sobre todo merced a la experiencia de la transferencia con el analizado llamado histérico, y de modo mas general subrayémoslo bien, con el conjunto de sus pacientes. Si con el conjunto de sus pacientes, pues todos los pacientes que se encuentren en análisis atraviesan inevitablemente una fase de histerización al instalarse la neurosis de transferencia con el psicoanalista.

De nuestro puesto transferencial, verificamos tres estados o incluso tres posiciones permanentes y duraderas del yo histérico. Mas allá de la multiplicidad de acontecimientos que se suceden a lo largo de una cura, y sin perjuicios de las palabras, afectos y silencios, reconocemos efectivamente tres estados propios del yo que resumen por si solos el rostro especifico de la histeria en análisis.

Un Primer estado, por así decir, pasivo donde el yo se encuentra en constante espera de recibir del Otro, no la satisfacción que colma, sino curiosamente, la no respuesta que frustra. Esta espera defraudada, siempre difícil de manejar para el psicoanalista, conduce a la perpetua insatisfacción y al descontento de que tanto suele quejarse el neurótico. Primer estado, pues: el de un yo insatisfecho. Otra posición típicamente histérica observable en el análisis es también un estado del yo un estado mas bien activo de un yo que histeriza, es decir que transforma la realidad concreta del espacio analítico en una realidad fantasmatica de contenido sexual.

Sexual, pero ya podemos afirmar que el yo histérico erotiza el lugar de la cura. Segundo estado, pues: un yo histerizador. Existe también una tercera posición subjetiva del histérico, caracterizada por la tristeza de su yo cuando debe afrontar por fin la única verdad de su ser: no saber si es un hombre o una mujer. Tercer estado, pues: el de un yo tristeza.

La histeria no es una enfermedad que afecte a un individuo, como se piensa, sino el estado enfermo de una relación humana en la que una persona es, en un fantasma sometida a otra, ES AN el nombre que damos al lazo y a los nudos que el neurótico teje en su relación con otro, sobre la base de sus fantasmas. Formulémoslo con claridad: El histérico, como cualquier sujeto neurótico, es aquel que, sin saberlo, impone al lazo afectivo con el otro la lógica enferma de su fantasma inconsciente. Un fantasma que encarna el papel de víctima desdichada constantemente insatisfecha. Precisamente este estado fantasmático de insatisfacción marca y domina toda la vida del neurótico.

¿Por qué concebir fantasmas y vivir en la insatisfacción, cuando en principio lo que buscamos alcanzar es la felicidad y el placer? Un ser de miedo que, para atenuar su angustia, no a encontrado mas recurso que sostener sin descanso, en sus fantasmas y en su vida, el penoso estado de la insatisfacción. Mientras este insatisfecho, diría el histérico, me hallare a resguardo del peligro que me acecha. ¿Pero de que peligro se trata? ¿De que tiene miedo el histérico? ¿Qué teme? Un peligro esencial amenaza al histérico, un riesgo absoluto, puro carente de imagen y de forma, mas presentido que definido: el peligro de vivir la satisfacción de un goce máximo. Un goce de tal índole que, si lo viviera lo volvería loco, lo disolvería o lo haría desaparecer. Este goce máximo como goce del incesto, sufrimiento de la muerte o dolor de agonía; y poco importa que imagine los riesgos de este peligro bajo la forma de la locura, de la desolación o del anonadamiento de su ser, el problema es evitar a toda costa cualquier experiencia capaz de evocar de cerca de lejos un estado de plena satisfacción.

En los inicios de su obra Freud estaba persuadido de que la histeria sufrió en la infancia una experiencia traumática. El niño tomado de improviso, fue víctima impotente de una seducción sexual de adulto. La violencia de este acto reside en la irrupción intempestiva de una efusión sexual excesiva que inunda al niño y la que no tiene la menor conciencia. El niño inmaduro queda petrificado, sin voz, no ha tenido tiempo para comprender lo que le sucede ni siquiera para experimentar la angustia. La violencia del trauma consiste en el surtimiento de una demasía de afecto sexual, no sentido en la conciencia sino recibido inconscientemente. Trauma quiere decir demasiado afecto inconsciente en ausencia de la angustia necesaria que al producirse el incidente, hubiese permitido al yo del niño amortiguar y soportar la tensión excesiva. Si hubo trauma, fue precisamente por la angustia -que debió haber surgido- falto. De ahí en mas se instala en el inconsciente del niño un exceso de tensión inasimilable y errabunda que no llega a descargarse en una llamada de socorro, por ejemplo en la acción motriz de la fuga. Esta demasía del afecto subsistirá en el yo a la manera de un quiste, y pasara a constituir el foco mórbido generador de los futuros sintamos histéricos.

La excitación brutal provocada por el acto seductor del adulto introdujo en el seno del yo una energía que, transferida de lo exterior a lo interior, se encierra aquí en forma de una intensa tensión sexual a la deriva.

Podemos reconocer en semejante exceso de afecto sexual el equivalente de un orgasmo inconsciente de un ser inmaduro. De este modo, comprendemos que el trauma ya no es un acontecimiento exterior sino un violento desarreglo interno, situado en él yo.

Sin embargo hay otro aspecto mas del trauma que debemos destacar. El trauma psíquico no es solamente un exceso de tensión errante; es también una imagen sobreexcitada por la acumulación de este exceso de energía sexual, la huella psíquica del trauma que llamamos representación intolerable, tiene dos elementos inconscientes. Él yo del niño es una superficie psíquica compuesta de imágenes corporales que se organizan como un cuerpo imaginario, cada imagen corresponde a un órgano o un miembro o un orificio del cuerpo.

En el momento del trauma el impacto de la seducción toca una de estas imágenes la que corresponde a la parte corporal puesta en juego en el accidente traumático.

El elemento esencial del trauma no es la agresión exterior sino la huella psíquica que queda de la agresión, lo importante no es la naturaleza del impacto, sino la señal que deja impresa sobre la superficie del yo. Esta imagen altamente investida de afecto, aislada, penosa para el yo es fuente de cualquier síntoma neurótico. La Zona corporal percibida en ocasión del trauma para Freud puede pertenecer tanto al cuerpo del niño como del adulto seductor y hasta el de un testigo de la escena.

La pregunta que se impone es que parte del cuerpo percibió el niño con mas intensidad en el momento del trauma, si durante la escena traumática de seducción se escuchan los gritos indignados de un testigo el síntoma somático de conversión, adoptara la forma de una inhibición en la voz, por ejemplo una madre que en una escena traumática de seducción sorprende al padrastro tocando el cuerpo de su hija, los gritos de la madre percibidos e inscriptos en el inconsciente de la niña, resurgirá ulteriormente en esta como perdida de su propia voz.

El histérico actualiza en su cuerpo la señal psíquica impresa por el cuerpo del otro. En el plano psíquico o en el plano del cuerpo, el sujeto sufre de estar habitado por un exceso inasimilable e irreductible.

A partir del 1900 el fantasma inconsciente es la causa de la histeria, ya no era necesario descubrir un acontecimiento traumático real en la historia del paciente. La representación penosa no necesita surgir de una remota seducción sexual sino que en el desarrollo del cuerpo pulsional de cada experiencia vivida a nivel de zonas erógenas tiene el exacto valor del trauma, así la ficción de la escena traumática toma el estatuto de fantasmatica, con esta nueva teoría el propio cuerpo erógeno del niño produce el acontecimiento psíquico, es foco de una sexualidad rebosante, asiento del deseo, un deseo que entraña la idea de que algún día podría realizarse, la satisfacción de un goce ilimitado y absoluto.

Lo insoportable para el sujeto es la posibilidad de un absoluto cumplimiento del deseo, ya que si lo viviera pondría en peligro la integridad de todo su ser Si bien Freud privilegiaba la realidad psíquica a la material, nunca renuncio a la escena sexual primitiva, su análisis del hombre de los lobos lo anunciaba, sus anotaciones sobre las primeras ediciones la incluían, así también su autobiografía.

Esto muestra que la reabsorción del trauma en el fantasma deja un resto, que es el encuentro primero con un goce que funciona como un cuerpo extraño, la escena de seducción atribuida al padre es edifica y la de la madre es preedipica, ambas se suscitan a partir de sensaciones genitales desencadenadas por contactos corporales, recordemos que tanto Freud como Lacan también acentuaron el lugar del deseo, que afirma el sitio del sujeto, donde la falta es tomada como objeto, la histérica se rehusa de estar en el lugar de lo que al otro le falta.

El libreto dramático fantasmático comprende una acción principal, protagonista, una zona corporal excesivamente investida, fuente de angustia

En el fantasma de seducción traumático e instituyente la figura activa es eminentemente paterna, la de un padre gozador, que goza de todas las mujeres, pero en la histeria podríamos agregar que encuentra dificultades para gozar de al menos una, la madre que en tanto se convierte en un Otro incastrable, facilita la vía regia a que una niña amante y asustada se posicione como objeto del deseo perverso paterno, la escena de seducción la petrifica en la posición de ser el objeto querido, amado, deseado del otro, esta identificación a ser el objeto del padre, ante una castración vivida como consumada, encuentra una solución a sus apetencias de completud fálicas, se identifica con el falo del padre en un camino que la hace a si misma el falo paterno.

Subrayemos que la identificación al falo paterno puede variar fácilmente y transformarse en una identificación con los diferentes rasgos de la persona del PADRE, es interesante que esta identificación en tiempos instituyentes participe de manera provisoria, como parte de la fase masculina, fase que dura hasta la pubertad.

Cuando la sexualidad femenina no se congela en una salida histérica, el devenir femenino de una mujer comporta el doloroso reconocimiento de que su genero sigue siendo un enigma, no es el falo ni la ausencia de falo LA CUESTION DE LA FEMINEIDAD.

En cambio la salida histérica se cristaliza en la identificación fálica al padre, PORTADOR del pene, ESTE es un medio de acercarse a una definición que se le escapa, el pene del padre le sirve de instrumento imaginario para aprehender lo que no logra simbolizar "recordemos como Dora puede cumplir con los dos papeles complementarios, ser un objeto sexualmente deseable como la señora K, ante la mirada del padre.

En los escritos Lacan la ubicaría como falo imaginario o sea una cosa sexualmente deseable por un amante masculino, paradójicamente podría asumir el papel opuesto, el de un padre deseante de una mujer, pero un deseante que goza buscando, un deseante que goza al hallarse en estado de deseo, de esta manera la identificación de Dora con el padre deseante tiende la línea con la esencia enigmática de la femineidad. "La mujer histérica ignora lo que es el sexo femenino y para saberlo pasa por la intermediaron del padre, portador del pene, POR ESTE CAMINO la histérica se instala en el deseo del padre para saber desde este lugar, que tiene una mujer para ser deseable, y para intentar vivir las mismas sensaciones que experimenta su padre al poseer un pene.

Cree que por esta vía puede simbolizar el órgano sexual femenino, como asimismo sostener con su deseo el deseo del padre.

Dora espera unirse a la señora K a la que fantasmatiza como portadora de un deseo supremo, puro deseo pero sin objeto asignable, asume todas las posiciones del cortejo sexual, asumiendo los lazos que liga uno con otro a los miembros de la pareja fantasmatizada

Se puede identificar con el hombre, con la mujer, con el tercero excluido del encuentro, con el dolor que los separa o con el espacio que los reúne, "La libido es esa laminilla que desliza el ser del organismo a su verdadero limite, que va mas lejos del cuerpo. Esta laminilla es órgano por ser instrumento del organismo, como es flexible la histérica juega a experimentar su elasticidad hasta el extremo, la hace extender hacia el afuera, mucho mas allá de los limites del cuerpo real ‘’. Sucintamente les cuento sobre un texto de Víctor Iunger llamado, la solución de Lucy, UNA ANALIZANTE FREUDIANA QUE MUESTRA CLINICAMENTE LA IDENTIFICACIOMN AL FANTASMA PATERNO. LUCY ES UNA joven gobernanta de 30 años q entre los múltiples sintamos QUE PADECE tiene alucinaciones olfativas penosas como ‘’olor a harina quemada ‘’, era el tiempo donde Freud consideraba las vivencias traumáticas como causa de las alucinaciones olfativas, tres escenas traumáticas se suceden en el texto de la analizante, 1´pastelillos quemados mientras jugaba a cocinar con las dos niñas de la casa, una carta de la madre QUE NO LLEGA A LEER PORQUE LAS NIÑAS SE LA ARREBATAN, Y UN contexto QUE MUESTRA una Lucy ofendida por intrigas femeninas de otras mujeres de la casa, ADEMAS DE la decepción de Lucy con el padre de las niñas cuando SU queja ES DESESTIMADA, EL DIRECTOR MUY AMISTOSAMENTE LA INVITA A RECONSIDERAR SU DECISION. Con el argumento de su ternura por las niñas, mas su promesa en el lecho de muerte a LA MADRE DE LAS NIÑAS, LUCY DECIDE QUEDARSE EN LA CASA. FREUD FIEL A SU TEORIA DE LA REPRESION, PARA LA CONVERSION UNA IDEA ES INCONCILIABLE CON LAS OTRAS IDEAS DEL YO, LE DICE A LUCY QUE ESTA ENAMORADA DE SU PATRON, QUE QUIERE OCUPAR EL LUGAR DE LA MADRE DE LAS NIÑAS, QUE ESTA ES LA CAUSA PARA SU APREHENSION.

LUCY AL MEJOR ESTILO HISTERICO SE LO CONFIRMA, Y SITUA EL ORIGEN DE SU AMOR AL SEÑOR DIRECTOR EN UNA CONVERSACION SOBRE LA EDUCACION DE LAS NIÑAS, EL LA MIRABA DE UNA MANERA PARTICULAR. TOMEMOS ALGUNAS CUESTIONES QUE TOMA EL AUTOR, LA INTRIGA HISTERICA A TRAVES DE ESCENAS Y PERSONAJES, EL DESEO INSATISFECHO PO

LAS COMPLICIDADES DEL AMOR AL AMO IDEALIZADO, LAS DENUNCIAS DE SU FALTA

LA VERSION DE LUCY ES LA MAS CLASICA DEL AMOR AL PADRE ‘’ EL PATRON A CUYO SERVICIO ESTOY UN PADRE EROTIZADO Y SEDUCTOR AL EXTREMO, CUYA FALTA SERA AL MISMO TIEMPO DENUNCIADA ALLI DONDE LA ENCUENTRA BAJO LA FORMA DE LA IMPOTENCIA. LUCY NO MEJORA SIGUE OPRIMIDA Y DESAZONADA, EL OLOR A HARINA QUEMADA NO HA DESAPARECIDO AUNQUE SE HA VUELTO MÁS RARO Y DEBIL.

DESPUES DE UNA INTERRUPCION DEL TRATAMIENTO, VUELVE A LA CONSULTA CON UNA NUEVA ALUCINACION NASAL ‘’OLOR A HUMO DE CIGARRO ‘’, DONDE EL ANTIGUO OLOR RECUBRIA ESTE, QUE AHORA SURGIA EN ESTADO PURO.TENIENDO EN CUENTA QUE EN LA CASA DE LUCY ERA UN OLOR HABITUAL.

PERO LOGRA ESPECIFICAR ALGO EN RELACION A LAS ESCENAS EN LAS QUE SE FUMA EN LA CASA ‘’ UN ALMUERZO EN LOS QUE SE HALLA PRESENTE LOS PERSONAJES HABITUALES, LOS SEÑORES, LA INSTITUTRIZ FRANCESA, EL AMA DE LLAVES, LAS NIÑAS Y ELLA.

PERO ADEMAS ESTABA EL JEFE DE CONTADURIA de la fabrica ‘’ un señor mayor que ama a las niñas como si fueran sus nietecitas ‘’ Al levantarse de la mesa y despedirse de las niñas, el jefe de contaduría quiere besarlas. El padre se irrita y le espeta directamente ¡no se besa a las niñas ¡ Dice Lucy textualmente ¡eso me clavo una espina en el corazón! ¡y como los señores estaban fumando, permanece en mi memoria el cigarro! La pregunta se imponía ¡porque esta defensa del padre le clavo a usted una espina!

¡no es justo atropellar a un señor mayor, etc. , etc. , ante las cuales Freud sugiere ¡entonces fue por la violencia!

Lucy contesta "si, el besar a las niñas nunca le gusto"

Víctor plantea que besar a las niñas es el fantasma de Lucy sosteniendo el texto del fantasma paterno, se pregunta si prestar su letra al fantasma del Otro no es una de las formas donde la histérica porta la verdad del amo quizá una de las caras del amor al padre ideal. Bajo la presión de las manos aparece una escena más antigua, que Freud considera como el trauma genuinamente eficaz y que presto eficacia traumática a la escena con el jefe de la contaduría ‘’Hacia unos meses había ocurrido lo mismo, una dama amiga de la familia, al despedirse había besado a las dos niñas en la boca. El padre que estaba presente, se domino para no decirle nada a la dama"

El padre se queda mirando -estaría lo visual- una vez que se fue descargo su ira sobre Lucy, " Le declaró que la haría responsable si alguien llegaba a besar a las niñas en la boca, era su deber no tolerarlo, y faltaba a sus obligaciones si lo consentía, si volvía a ocurrir, confiaría a otras manos su educación". Esta escena concluye con su esperanza y para Freud fue el recuerdo de esa penosa escena el que acudió en la escena del beso posterior.

En todo el historial no hay ni una sola mención del padre lo que subraya la consideración de que el padre se encuentra en el eje del historial, a través de otro padre el padre de las niñas. La trama escenificada en la que surge y se destaca el síntoma principal contiene la clave de la opresión que desazona a Lucy, el olor a harina quemada que alucina se transforma en el significante de la escena, con la correspondiente facilitación somática que se puede leer como el circuito fantasmatica alrededor de una parte del cuerpo. Resumiendo el texto para Iunger nos encontramos frente a un curioso caso de histeria victoriana, con el sueño de un Edipo felizmente realizado, la mirada del padre de las niñas, contextuada por el lugar que ella había prometido, sustitución de una madre moribunda y que le permite ocupar su lugar junto al padre, ya en esta escena comienza a transferir el amor al padre, los atributos del padre "señor serio, recargado de ocupaciones, muchacha pobre, hombre rico de buena familia".

Hasta ese momento no había decepción si no esperanza, la decepción sobreviene no tanto por su amor no correspondido sino cuando se enfrenta a la contrapartida del padre ideal de la histeria, que no es sino el padre impotente.

Ese padre que dimite de su función dejando al descubierto lo que su condición ideal oculta. Lucy advierte esta versión impotente de la falta del padre en los rostros de la pére-versión, es decir los goces que el padre se permite allí donde no debería dejarlos pasar. Goce presente en la violencia del padre frente a Lucy y al jefe de contabilidad. La verdad del fantasma aparece en la frase textual ‘besar a las niñas’. Un fantasma paterno que muestra la castración del padre en un inadecuado deseo de besar niñas y de una violencia exagerada que denuncia su impotencia. El reproche a Lucy redobla el acto donde resigna su función, ya que la dama de la escena de seducción es una posible figura del otro primordial, y quizá del mismo en su goce, el reproche a Lucy por no efectuar el corte muestra su impotencia para ejercer la función de padre real agente de la castración, además delegando la función en Lucy que debía aportar por la función del nombre del padre. Finalmente las niñas quedan a merced del goce del Otro primordial, la dama besa a las niñas porque el padre no emite su no y Lucy en su neurosis hace una mostración de esta verdad. Finalmente Lucy seguirá bajo la curiosa forma de una acética institutriz de esa época seguirá alojada en la casa Del Otro, garantizando lo que cualquier histérica consagra, sostener el goce de un deseo insatisfecho, ella estaba conforme con ese destino y la posibilidad de ir mas allá del resulto un fracaso.

El fantasma de castración actúa como pantalla protectora, una defensa segura contra cualquier goce máximo, un goce que lo sumiría en la locura, lo haría estallar y disolverse en la nada, esto quiere decir que la repulsa del goce se transforma en angustia de castración, el objeto amenazado no es todo el ser sino el falo. La pasión es doble, amor y odio. Cuando ama a su partenaire es con exclusión de su sexo, y cuando odia, odia el sexo de su compañero, desprendido de su persona amada, este amor y este odio siempre pasionales se cruzan y se alternan infinitamente.

A menudo el amor se transforma en devoción por un otro asexuado y el odio tomar ribetes orales, arrebatos de arrancarle al otro su sexo.