PLUMAS, LA SOMBRA DE UN ENIGMA.

Elena Jabif

Pensé con miedo ¿Dónde estoy? Y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿Quién soy? Y no me pude reconocer. El miedo creció en mí. Pensé: esta vigilia desconsolada ya es el infierno, esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras, temblando.

Jorge Luis Borges (La Duración del Infierno)

"Elena es usted ¡20 años después!, la sorpresa matiza el encuentro, Ana había concurrido a su primera entrevista sin advertir que por esa transferencia, había transitado en el pasado, tres años de su análisis.

La inquietud caía de mi lado cuando el síntoma fóbico que la había conducido a la consulta, mantenía intacto en el tiempo los ribetes del espectro. Fobia a las palomas, un abrir y cerrar de piernas, plumas que despuntan un brillo entre fascinante y siniestro, volvían a enmarañarse en los recuerdos de la infancia.

Dueño el padre de los teatros de revistas de la calle Corrientes, las noches de revistas se habían convertido en paseo habitual, en la mirada de la pequeña se reflejaba entre bambalinas, los bordes de cuerpos desnudos de coristas emplumadas.

La voz paterna otorgaba letra a la tragedia, ¡saquen a la niña de este infierno!

Zarzuelas, tacones rojos, mantos bordados enmarcan la escena de una madre que no se priva en su juventud, de ser considerada en la vida publica, una profesional de la noche. Los celos de su marido y una maternidad reciente la consagran a un deseo supremo, la noche de Buenos Aires finalmente son de las putas, la niña y su padre...

Siendo una muchacha inaugura su vida sexual dentro del matrimonio, con un marido mafioso, experto apostador de las mejores yeguas, transita una femineidad donde la infidelidad del amo, arma el corazón del enigma.

52 años y el balance de su falta de maternidad, la instala en una desierta pregunta, cada embarazo era sistemáticamente abortado, los argumentos se repetían, "un marido nochero necesita una mujer que su cuerpo no muestre la cicatriz, de un deseo que vaya mas allá de el". Sin embargo, la disociación se instala de una manera muy particular, los amantes se suceden, encendiéndose el corte, cada vez que algún incauto la demanda desde el amor y no desde el deseo.

Plumas multicolores adornan la escena infiel El infierno se recorta en los espejos de albergues transitorios. Luminosa y erecta, con una sensualidad desbordante, les silencia a uno por uno su pertinaz anorgasmia.

La muerte se erige como causa del fin de un matrimonio que dura más de 20 años, el duelo se instala pesadamente, casi en simultánea la agonía del padre la vuelve a enfrentar a un tiempo de terror, en el umbral de la perdida una paloma negra la amenaza, la mirada de la parca se corporiza en sus órbitas, el pico abierto muestra un vacío que la agita hasta el paroxismo del dolor.

A partir de la muerte del padre, cada mañana se renueva el rito, el cabello de la madre es cuidadosamente lavado, y su piel amorosamente perfumada, la convivencia en mutua soledad, las ha engarzado en una preciosa inversión, su deseo de maternidad se cumple en la inermidad del cuerpo materno.

Ilusiones de fantásticos hombres se deshacen ante faltas que los denuncian en su impotencia, cada nueva desilusion agiganta el estatuto del marido muerto, la sensación de libertad se incrementa ante cada desafío que estira al máximo la rivalidad con el otro, con las mujeres establece lazos de rígida jerarquía, con los hombres su falicidad los termina incomodando.

La insatisfacción se erige como causa, tiene la convicción que su deseo solo se engendra en las entrañas de la nada, la relación con el jefe toma ribetes de caricatura, cada pedido de sueldo es sistemáticamente desestimado por él, a su vez le ofrece múltiples obsequios que ella se encarga con ironía de rechazar. Se queja de haber perdido su capacidad de sorpresa.

Un actual pretendiente la colma de un aburrido banquete, en simultanea una joven infidelidad del candidato, la convoca deseante.

Tanta repetición en la insidiosa imagen de la madurez, la llevan nuevamente al análisis.

La pregunta por el desconocimiento de su transferencia, se imponía. No había en tantos años consultado con otro analista, tiene el sentimiento casi mágico de que "solo esta mujer, puede alojarla en su destino", sin embargo se le impone la convicción de que su pertenencia al otro, se escabulle "en un abrir y cerrar de alas". Una pesadilla la encuentra acurrucada en posición fetal, marejadas de agua la recubren, la voz del espectro paterno vocifera ¡salven a la niña de la asfixia!

La tristeza arquea el cuerpo enhiesto de los dioses, paso a paso intuye que la muerte ronda a la madre, experimenta desde las entrañas el sentimiento de un inminente parto, "ante la perdida me siento desamparada como tu pequeña hija".

La incorporación del destino del padre, esta vez, se cifra como la dolorosa percepción de una repetición, el axioma paterno del infierno del Otro sexo, pierde el carácter superyoico al interrogarlo desde su deseo sexual.

Un cambio de horario de la noche a la mañana, la sorprende con un cielo anonadante.

La noche de San Telmo la encuentra cantando tangos, en una escena que sitúa dirigida al padre, una copera de la noche que paga un alto precio para ganarse un hombre, me pregunta si una mujer que resigna de la maternidad, no deja de tener una vida miserable, entona en la penumbra del consultorio, una canción materna "gitana tenías que ser, como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda".

Sumida en el desarraigo evoca a sus padres inmigrantes, ambos de 17 años, toda la familia queda atrás, a los 2 años de Ana, fallece la abuela materna, en la lengua materna, con el duelo el mundo se oscureció, nunca dejo de llorarla, los ojos y el alma se vistieron de negro, la melancolía materna la acechaba a la vuelta de la esquina. Me dice que se siente como cuando vinimos de España.

Sueña con una bolsa de basura anudada por un bello moño, asocia con la escoria que la invade, un bello moño se anuda a las promesas del padre, joyitas de la infancia que guarda en un alhajero, lleno de vanos sueños, murmura "necesito una mano que me tire al basural".

Intervengo: "hoy le toca a usted, no hay padre que la saque del infierno".

La mirada medusante, aquella que miraba y la miraban desde una desconocida pasarela, se disloca, los muertos vagabundos que producían sentimientos de repulsión y pavor sagrado, pierden en los sueños, ese carácter de extrañeza y familiaridad.

"Si no pujo bien esta vez, el bebe se muere". Se dice con tristeza que el dolor es el único refugio donde se escucha, una mirada en el espejo matinal, la instala en una escena desconocida, me interroga ¿quién soy, qué soy, cuál es mi identidad? Con humor le digo: ...Si puede sostener su pregunta en el diván, a lo mejor, se lleva una sorpresa, 23 años después Ana y su enigma entran en análisis.