COLUMNAS GRIEGAS: CLINICA DE UN FIN

Elena Jabif

(*) Cuadernos Sigmund Freud. Nro 19 (1997). Escuela Freudiana de Buenos Aires

¿Cómo se defiende el hombre de los poderes prepotentes del destino? se pregunta Freud en el Porvenir... ''El hombre gravemente amenazado demanda consuelo, pide que el mundo y la vida queden libres del espanto, pero al mismo tiempo su ansia de saber, exige respuesta. A las fuerzas impersonales del destino aún aproximándonos permanecen incógnitas, si en las sombras rugen las mismas pasiones que en el alma del hombre, si la muerte es el crimen de una voluntad perversa, respiramos aliviados" (1). La neurosis no acata mansamente los decretos del destino, en la rebelión desesperada ante lo irremediable está el orgullo personal y la tácita reivindicación frente a los dioses, de la propia inocencia.

¿Padre no ves que estoy ardiendo? es el reclamo del incauto a la impotencia del discurso de un dios que no puede cumplir con lo que sus predecesores prometieron. En la distribución de los destinos humanos queda la inquietante sospecha de que la indefensión y el abandono ante la peste, tienen poco remedio. Sin embargo el psicoanálisis libera de semejante servidumbre, con su viator podemos soportar muy bien que algunas de nuestras esperanzas no sean sino una mera ilusión. Columnas griegas es la clínica de un fin imposible, de un sujeto "bien aventurado" es decir librado a la buenaventura de su desdicha, un particular fin que evoca la calamidad fundamental en términos kierkeguianos: "nuestra época hace al individuo responsable de su vida".

Lucía llega a mí después de 10 años de un análisis con otro analista, definido por la paciente como exitoso al permitirle resolver su partida de la casa materna y acompañar a la madre en una penosa enfermedad y posterior agonía. Sin embargo, este largo trabajo de análisis no logró quebrantar las fobias de las que padecía, las cuales se mantenían irreductibles, llevándola a intentar un segundo análisis, esta vez conmigo. Lucía se ahogaba en los cines por un exceso insoportable de gente, se aterraba ante las espaciosas avenidas de las cuales emergía algún extraño artefacto, como el obelisco, que podía caérsele encima, siendo éstas además, un espacio proclive a albergar peligrosas muchedumbres.

Lucía es hija de hijas sin padre, tradición que estas mujeres -su bisabuela, su abuela, su madre- esgrimen con el orgullo de una antigua raza de Amazonas.

Producto de la unión de su madre con un marinero griego de pelo rojo, de quien sólo sabe que se llamaba Milcíades, lleva como único rasgo paterno, un mechón rojo en su propio pelo rubio.

Luego de una breve convivencia con el griego, la madre escapa con ella, en una peregrinación interminable, diciéndose acosada y perseguida por el griego, que quiere quitarle a su hija. Estos rumores toman fuerza en distintos lugares por los que van pasando, donde siempre uno u otro "que un extranjero de pelo rojo y fuerte acento va por ahí preguntando por ellas''.

Anclando en un pueblo de provincia, la madre inicia una etapa de vida marital con un gendarme llamado Emilio, que trata a Lucía como a su propia hija. Mientras Lucía es pequeña, el simple placer infantil de jugar en la plaza está teñido de terror por la ominosa advertencia de su madre: ¡cuidado con el fotógrafo! el griego puede esconderse bajo un disfraz cualquiera: el de fotógrafo, por ejemplo, ¡qué mejor para pasar inadvertido en aquellos lugares por donde pasan, distraídos, todos los niños!. Así, no le costará nada reconocerla y robarla para siempre.

A partir de la pubertad, esta relación filial de Lucía con Emilio se ve perturbada por las sospechas enfermizas de la madre. Esta prohíbe terminantemente los mimos entre hija y padrastro, aduciendo extrañas intenciones por parte de él, y una provocativa actitud de Lucía que la madre confirma desde el abierto desafío con que Lucía la enfrentaba cuando la separaba de él.

Esta relación familiar, signada desde el comienzo por frecuentes peleas entre la pareja, concluye finalmente un día en que Emilio, el gendarme, abandona a la mujer, entre un estrépito de platos rotos. Lucía recordará siempre que ese padre, el único que conoció, cocinaba deliciosas comidas, mientras que su madre rompía los platos en sus accesos de furia.

A partir de sus propias peleas con la madre, que desde el episodio de Emilio no deja de acusarla de ser provocativa, buscona, puta, se produce un viraje en el carácter de Lucía, quien, de risueña, se torna ácida y desconfiada estableciendo con los hombres relaciones signadas por el maltrato, el desamor, y un particular lugar de amante del cual luego se aburre, abandonando ella la primera.

Desde muy joven había comenzado a estudiar enfermería, por pedido de la madre, que ansiaba el brillo del guardapolvo blanco y se fascinaba ante la dedicación de estas mujeres. Destacándose en su promoción, Lucía reservaba para sí un margen de duda sobre el deseo de su vocación.

En un cierto momento, Lucía vuelve atrás sobre los pasos de la peregrinación de su infancia, retrasando el camino de la fuga va en busca de su origen. Nadie sabe del griego, pero lo que la deja perpleja es que nadie parece saber de su madre. Ahí donde ella sabe que estuvo, no existe. Donde ella misma nació, ella no existe. Entre los laberintos de las oficinas públicas logra desovillar una madeja que esconde la respuesta al enigma: su madre, en los papeles, llevaba el apellido de un padre adoptivo, adopción que ella había silenciado a partir de su vida adulta. Lucía en su partida de nacimiento, había sido inscripta con el apellido adoptivo, pero luego, a partir del tiempo de la fuga, Lucía emergía como otra, al retomar tramposamente el apellido ancestral de la cadena de madres, era el testimonio viviente de la renegación.

En su juventud, este engaño la aleja del interés por el casamiento, ya que llegado el momento se preguntaba ¿cómo confesarle a un hombre que era la triste heredera de una tradición de mujeres sin hombre?. Es en su segundo análisis y habiendo desistido en forma definitiva del casamiento y sabiendo que por su edad ya no podría tener hijos, es donde se pregunta sobre la privilegiada relación que mantenía con síntomas hipocondríacos y como si esto fuera poco, también fóbicos.

Lucía pasaba gran parte de su tiempo dedicada al estudio de sus posibles enfermedades; apelaba al saber médico, al cual enriquecía con sus dotes de enfermera. Se quejaba de lo constreñido de su vida que la había reducido a un no-lugar: si estaba adentro, corría riesgo; si estaba afuera, también.

Los síntomas hipocondríacos comienzan a ceder durante el trabajo de análisis cuando advierte que funcionaban a modo de hijos maravillosos, que ella cuidaba y engordaba con su saber. Sin embargo era inevitable que sus temores rondaran el cáncer materno, sus pérdidas, sus negaciones, sus desafíos y también su agonía.

Su madre había muerto el año anterior a causa de un cáncer de matriz, al cual había ignorado de manera pertinaz, a pesar de las múltiples hemorragias que dejaban su huella en distintos lugares de la casa. Lucía en silencio limpiaba los rastros de las pérdidas maternas.

Es en otro tiempo del análisis donde los síntomas fóbicos adquieren sentido a partir de una intervención donde subrayo la coincidencia entre la sílaba mil de Milcíades el griego y E-mil-io el gendarme, de donde emergía, como un enhiesto obelisco, su terror al mil, encarnado en las multitudes de los cines que la sitiaban como enjambres humanos.

A través de esta sílaba, y al modo de bálsamo, Lucía recupera letras para el color del mechón rojo.

Pasados los 50 años, conoce a un hombre que la conmueve: es viudo, con hijos grandes, y quiere casarse con ella, mientras la relación avanza, va afirmándose un deseo con el que jugueteaba desde hacía algún tiempo: un viaje a Grecia.

Ya en Atenas, las calles atestadas, el cielo muy azul, las voces altas y alegres, comienzan a dibujar un rostro posible debajo de aquel pelo rojo de su padre el marinero. Una mañana, se le acerca un hombre amable, amistoso, que dice reconocerla como argentina por haber pasado un tiempo en el país. Se presenta: su nombre es... Milcíades. Juntos visitan el Partenón.

Fascinada por las columnas griegas, Lucía las acaricia y asocia a la columna con lo que puede significar para una hija el soporte de un padre.

Lucía viaja extensivamente, me escribe cartas desde el Tirreno, come en un sofisticado restaurante junto a Claudia Cardinale, se asombra de lo despejada que se siente, con un sentimiento de gran libertad.

Estos pasos le fueron permitiendo completar con éxito una segunda carrera, la de periodismo, en la que comenzaba a destacarse.

Tiempo después, decide casarse con este pretendiente viudo con quien ha consolidado una relación que la satisface. Junto con el apellido de su marido asume su lugar de señora de la casa y de segunda madre de unos hijos que, en cierta medida resistieron su presencia.

Suele soñar con la muerta que le despierta una gran curiosidad. En las peleas familiares, la madre de su marido, quien había querido mucho a su anterior nuera, se convierte, sin embargo, en aliada de Lucía, ella puede recibir este afecto, en una relación muy diferente de la que sostenía con su propia madre.

Poco a poco, Lucía desplaza los objetos de la esposa muerta, hasta que decide invertir todos sus ahorros -los que guardaba para preservar una vejez en soledad- en la remodelación de la casa, comenzando por el dormitorio. Ahora sí, es su casa.

En este tiempo del análisis el exceso de confort que ella encuentra en su nuevo hogar aparece como el mayor obstáculo para sostener su profesión, cuyos éxitos habían pasado, para ella, a muy segundo plano. Lucía con visible vanidad se presentaba a todo aquél que quisiera escucharla como señora de... ¿Qué otra buenaventura podía esperar en su destino?. Finalmente, va reintegrándose a su actividad profesional, y durante un largo tramo del análisis lleva una vida tranquila, activa, libre de fantasmas y de temores. Si bien nunca dejaba de estar prevenida acerca de las enfermedades del cuerpo, éstas no ocupaban un lugar tal que le impidiera disfrutar de la vida . Durante un año el posible fin de su analisis se instala como eje de la cura. Lucía empieza a soñar con espacios vacíos, precipicios que bordea, escaleras de caracol que ponen al descubierto de manera imprudente los vacíos que la rodean.

En cada vuelta, en cada borde, ella se planteaba una pregunta: ¿si avanzaba con tanta libertad por caminos no exentos de riesgo, como los de los sueños, por qué no podía andar de la misma manera por el mundo, sin su análisis?

Después de un tiempo de recorrer esta pregunta por distintos vericuetos, decide que sí puede hacerlo. En ese momento produce dos sueños: "Entro al consultorio de mi análisis, estoy dispuesta a decirte que no vengo más. Sólo encuentro un escritorio que despierta mi curiosidad, empiezo a abrir cajones que me sorprenden por estar todos vacíos, hasta que llego al último, el cual está pleno de papeles, intento leerlos pero me resulta imposible por estar escritos en una letra que reconozco como extranjera''. En la misma sesión relata un segundo sueño: "Estoy bordeando un precipicio, apuro el paso y logro aparecer en la costanera, camino bordeándola, sin embargo experimento una sensación de intranquilidad, finalmente aparezco, con gran alegría en mi rostro, abrazada a bellísimas columnas griegas''.

Le pregunto: Si este fin, lo atraviesa abrazada a bellísimas columnas griegas. Sin embargo estos bordes se ensombrecen cuando empiezan a aparecer pequeños rastros sanguinolentos en la materia fecal; recorre prestigiosos especialistas que lo adjudican a hemorroides, a pesar de los tratamientos el rastro se hacía cotidiano, hasta que en una de las tantas consultas, le realizan un sofisticado y novedoso estudio que detecta un incipiente cáncer de colon, caracterizado por su extrema malignidad y rapidez de nefastas consecuencias. Los médicos asombrados la felicitan por su posición advertida, prevenida que había permitido un diagnóstico precoz de un rastro que para cualquier mortal podría haber sido ignorado. Lucía en 48 horas encara una operación que implica no sólo una colostomía sino avanzar en un camino aún incierto.

Me ofrezco a acompañarla en este camino, sin embargo me dice que ella me llamará cuando lo crea necesario. Quince días después el esposo de Lucía me llama para avisarme que su mujer deseaba verme; habían transcurrido diez años de su segundo análisis, voy a visitarla a la sala de terapia intensiva, después de una cirugía desvastadora a la que sobrevive canalizada y entubada. Me dice que estaba tranquila, que tenía ganas de salir, que tenía ganas de vivir, que su marido la había cuidado y sostenido como una columna griega, no obstante me aclaraba que este proceso le pertenecía, que lo atravesaba no ignorando los riesgos pero que se reconocía a sí misma dueña de la situación y me aclara: dueña de su cuerpo. Le propongo volver a verla, pero Lucía abrazándome afectuosamente se niega diciéndome: "Puedo sola. Le prometo que si la necesito, la llamaré".

Al año de nuestro último encuentro me entero que Lucía ha muerto. Con profundo dolor me interrogo la radical falta de su llamado; no sin pudor me descubro en un deseo demasiado paterno; ¡el análisis es para la vida!, finalmente advierto a traves de la ranura del escrito; la ausencia.

"La posición subjetiva exige los requisitos del psicoanálisis como un universo neurótico, que lo real se haga simbólico, lo imposible se escribe, lo necesario deja de escribirse" (2). Despojarse de universales es una tarea ética pero no sencilla, ante el riesgo de la desesperanza me encuentro con una cita de Lacan "La experiencia de fin es una experiencia en curso, el modo con el cual la produje fue la proposición, toda ella impregnada de prudencia, una prudencia quizás humana, demasiado humana: no veo como habría podido ser yo, más prudente".

Blibiografia

(1) El porvenir de una ilusión: Sigmund Freud .Editorial Amorrortu.

(2) Informe de Jurado de A.E : Benjamin Domb. E.F.B.A.