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20 AÑOS NO ES NADA

Osvaldo M. Couso

(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.

No basta con que el analista sirva de soporte a la función de Tiresias, también es preciso.. (..).. que tenga tetas. Jacques Lacan.

Hace casi 20 años conduje un análisis, cuya interrupción (decidida por la analizante), me produjo un intenso malestar, aunque (o tal vez porque) parecía tratarse de un "éxito" terapéutico. Incluí una viñeta de tal análisis en un trabajo que escribí por entonces. Luego de un tiempo, me olvidé de todo: del caso, del malestar y del trabajo.

Pasaron casi 20 años. Hace pocas semanas, en ocasión de escribir un texto a propósito de la sublimación, se produjo un hecho curioso: bruscamente, volvió a mi memoria todo lo olvidado. Lo más llamativo era la nitidez de los recuerdos, como si el análisis hubiera transcurrido ayer, la re-aparición de datos, procesos y sensaciones.

Mi hipótesis es que ahora puedo formular una pregunta que por entonces, ni siquiera podía plantearme.

RESUMEN CLÍNICO

J es una atractiva mujer de 35 años, que consulta fundamentalmente por dos síntomas: muy intensa desvalorización e inhibiciones laborales, que abarcan tanto la realización como (muy especialmente) la finalización de sus trabajos.

Desde el comienzo, J manifiesta sus dudas y escasas expectativas en relación al análisis. Sin embargo, decide volver en el momento en que, a partir de un lapsus, una equivocación en ciertas fechas de su historia pone en evidencia el cumplimiento (en el que no había reparado) de un mandato paterno.

En la siguiente entrevista, J relata que vive una tormentosa historia de amor y desencuentros con R, pariente lejano a quien considera el "prototipo masculino": atractivo, seductor, exitoso, lo imagina en permanentes aventuras, como un Don Juan irresistible y muy particularmente sabio en las cuestiones que a ella más le interesan: el amor, el sexo, las mujeres.

R es muy afecto a los llamados telefónicos: sus palabras que prometen amor y delicias sin límites, son tan irresistibles como el tono de su voz. Luego de cada llamado, J fantasea con el anhelado encuentro que "realizaría" tales promesas. Arrebatada, feliz, anda entre nubes, y se le hace imposible entonces siquiera tener en cuenta a su marido, que es "sólo una buena persona": afectuoso, trabajador, considerado, buen padre... pero rutinario y previsible. Se verá que no es menor el hecho que su esposo trabaja en la empresa fundada por el padre de J.

La pasión telefónica de J no se condice con la realidad de los encuentros, que han sido escasos (2-3), exageradamente esporádicos (cada año, aproximadamente) y luego de los cuales R (dolorosa e inexplicablemente para J) se distancia.

En cierto momento del análisis, J habla casi exclusivamente del trabajo, en verdad de su negativa a trabajar. Muchas veces piensa que sería mejor dedicarse "por entero" a su vida familiar, soñando con encontrar "la felicidad" en las apacibles rutinas domésticas. Ella está dividida entre dos intereses: su trabajo profesional y la escultura. En ambas logró cierto reconocimiento, pero en ambas se encuentra detenida en su desarrollo. El trabajo profesional es en el mismo rubro que el de su padre, que no es profesional pero sí dueño de una importante empresa de gran reconocimiento en la zona donde J nació, se crió y vive actualmente. Poco a poco, se van ligando el re-nombre de la empresa del padre con su imposibilidad de poner nombre a sus obras (firmar), es decir hacer propio un apellido que parece considerar ajeno.

Ella habla largamente de su padre, a quien describe como un inmigrante que partiendo de la nada supo desenvolverse con gran éxito, gozando de una sólida posición social y económica. No es el único goce a destacar en él, ya que lo caracteriza el hecho de ser "muy mujeriego" (... al igual que R). Resulta llamativo que J habla de su padre como si aún viviera, como si "olvidara" un pequeño detalle: el suicidio de su padre, sucedido algunos años antes de la consulta, hecho que aún permanece como inexplicable para ella.

Otro tema que menciona con asiduidad es el de las costumbres "machistas" del pueblo europeo de origen, que persisten aún hoy en la comunidad que habitan; costumbres que relegan a las mujeres a un lugar secundario, casi despreciable.

Al cabo de un tiempo, J explicitará una fórmula paterna: "la vida es sexo y trabajo". Se trata de uno de esos enunciados aislables en el infinito despliegue de la asociación libre, que portan un valor decisivo para el sujeto, porque implican un valor de goce que otros no tienen.

La fórmula constituye un buen ejemplo de una significación que proviniendo del Otro, significa el ser del sujeto. Trozos de cadena significante que no funcionan como significantes, remitiendo a otros significantes, sino como "índices de una significación absoluta" (1): lo que dice el Padre..."es".

Sin darme casi cuenta, en ese momento "le recordé" a J que el padre (a quien presenta como sabiendo "los secretos" de la vida), se suicidó... según ella fantaseó alguna vez (y ahora recuerda) por no soportar el envejecimiento.

La intervención no fue calculada, ni pude prever la brusca desestabilización fantasmática que originaría (ya sea por lo real de su estructura, ya sea por mi impericia o apresuramiento... o bien por ambos factores). Lo cierto es que J queda profundamente conmovida, y en un acting que se le impone irresistiblemente, redobla la apuesta: busca a R, decididamente lo acorrala, lo obliga a un encuentro, casi desesperadamente lo seduce. Dice que hasta último momento no podía "creerse capaz de conquistar un hombre así".

Está aún lejos de entender que se niega a aceptar la falla en el saber que ha encontrado, que busca desesperadamente reproducir la misma entrega de siempre, tanto para afirmar su ser en la identificación fantasmática al objeto, como para asegurar la consistencia del Otro cuya falta se le ha presentado.

Nada la detendrá esta vez, R no puede negarse y el encuentro se produce. Pero si la voz en el teléfono le posibilitaba un goce, para el cual era necesario postergar indefinidamente el encuentro prometido, el acting la precipita en la realización de lo que esa voz le permitía evitar.

El resultado es predecible: la escena fantasmática llevada a su límite, implica que la satisfacción renegatoria va a revelar su otra cara, la de la in-satisfacción. Es así que luego del encuentro, a los habituales remordimientos (que J recuerda ahora atormentaban a R luego de cada cita) se agrega esta vez una confesión: R le habla de su desdicha, de su "anteojera sexual", de la cruz de su machismo, de la superficialidad de su vida "bohemia". Para colmo, agrega que la envidia a ella, que tiene su profesión, sus hijos, su arte, etc.

J se angustia, no quiere creer el "tango amargo" que escucha de R. El vodevil ha finalizado, el despliegue de la escena ha llegado a un punto culminante y definitivo. La angustia hizo que no pudiera ya conformarse con el ronroneo de la voz, por lo que ha insistido hasta llevar las cosas a un punto poco conveniente para el fantasma: la prueba definitiva, el encuentro con lo real del cuerpo. Momento culminante en que, casi "ingenuamente", cree que el fantasma que la sostiene seguirá protegiéndola de lo real, posibilitándole un "definitivo" encuentro con el Otro.

J buscaba "lo que tiene de satisfactorio el acto sexual, a saber, que en el acto sexual no se percibe lo que falta; es toda la diferencia que hay con la sublimación."(2). Quería "olvidar" que ese acto (pese a su aspecto renegatorio) implica ineludiblemente otra cara: el surgimiento del "tercer elemento en tanto funciona como signo de una falta."(3). Ese elemento es – f: “es con lo que se designa la castración...(..).. su valor fundamental es... (..).. la significación de la función fálica en tanto que falta esencial de la juntura de la relación sexual con su realización subjetiva." (4).

La hiancia así abierta genera un interrogante: ¿hay lugar en él para ella cuando, ya no conforme con la voz, precipita así el instante de las definiciones? ¿No era precisamente porque ella no producía tal precipitación que él la aceptaba? Pero además, ¿hay lugar en ella para él, quien ya no es quien sabe sobre el amor, el sexo y el goce?

En un instante relampagueante, la cercanía rasga de un golpe brutal el velo que los envolvía, ellos aparecen descarnados, demasiado "iguales a sí mismos", sin preservar entre sus vestiduras el espacio del tesoro prometido pero oculto: el objeto a.

El encuentro sexual funciona así como la intrusión de una apertura radical, como la revelación que hace caducar todas las coordenadas en que las vidas se sostienen: el descentramiento de los seres de su lugar en la red simbólica, la caída de las figuras idealizadas.

Seres ferozmente desnudados, carne que es la condición pura de una nada, sustancia de goce por fuera del símbolo, vacío en el Otro. Cada uno de ellos "ya no ve" en el otro aquello que la ensoñación fantasmática dibujaba. Lo que quedaba oculto en esas idílicas visiones se amplifica e invade el cuadro, devora todas las formas y desde su lugar, "mira" sin dejar ver, "mira" al otro ahora desnudo de todo lo que creía sus posesiones y certidumbres. Herido hasta la médula, el ser se re-encuentra con su vacío, por fuera de los sostenes simbólicos en que hasta entonces se sostenía.

En el momento en que el deseo encuentra su vía de realización, alcanzando lo que supuestamente perseguía, enceguece el resplandor de aquello que, como neuróticos, se prefiere ignorar: el encuentro es con el fundamento de las cosas, con "el otro lado", con el carozo palpitante y desnudo del misterio.

J ponía en juego el objeto sólo para identificarse con él, para hacer existir al Otro y marchar alborozada a su encuentro. En el sexo el objeto encarna lo que al Otro le falta. La identificación al objeto en el fantasma (hacerse el objeto del Otro bajo el modo de ser su falo) obtura la falta en el Otro, lo completa, lo transforma, lo realiza como Otro-que-goza, a los efectos de someterse a él.

La escena relatada lleva al límite de esa posición, y revela que para hacer existir al Otro es necesario "pasar por alto" la otra cara del objeto, la que encarna su inconsistencia estructural. Así, esa revelación es el correlato de un pasaje: partiendo de la identificación al objeto para un encuentro definitivo con el Otro, la otra cara del objeto llevó a J a un encuentro con lo real.

Se opera así un corte y una extracción de goce a ese Otro, adviniendo un sujeto separado del objeto (con que se identificaba). Ello será confirmado en lo que vendrá. Luego de salir a la calle angustiada, y casi sin darse cuenta, esa tarde J va a su taller de escultora (luego de casi un año de inactividad). Sus manos producen una escultura, de la que dice: "son dos cuerpos, un hombre y una mujer, que están mirando hacia distintos lados, unidos solamente por un chicle en las cabezas". Con chicle asocia "algo que pega, pero sin fuerza". La unión es en la cabeza y mediante un elemento sin consistencia. No quita que aún así, algo pegado no termina de cortarse.

Sonriendo, J dice que la escultura así descripta parece un chiste o una burla, ya que se supone que además de la cabeza, el instrumento que puede permitir un encuentro de los cuerpos (de un hombre y una mujer), está en otro lado y es más consistente... por lo que dice tener curiosidad por saber la opinión de R cuando la vea. Así, produce la impresión que la burla, si bien puede ser a sí misma, también puede estar destinada a R.

A su modo, J había re-creado el mito de los andróginos. Pero, ¿se trataba de andróginos imperfectamente unidos o bien imperfectamente separados?¿Persiste la idea, el sueño de dos mitades complementarias?

Además del éxito que tuvo la escultura en su medio social, significó el comienzo de importantes (y espectaculares) cambios: desde entonces desaparecieron los síntomas por los que consultara, mejoró laboral y artísticamente, quedando señalada tal mejoría por el hecho (decisivo) de poder terminar y firmar sus obras.

Como si J se hubiera apropiado de su nombre, como si la escultura la hubiera re-bautizado, fuera la mediadora que la significara con un (ahora) nuevo nombre: la firma que hacía de J creadora y a la vez hija de su propia creación.

UN FIN

La situación brevemente reseñada iba a reservarme una sorpresa: poco tiempo después, J comienza a no tener deseos de continuar su análisis, al que finalmente interrumpe, pese a mi negativa. Mi negativa sólo se sostenía en que me causaba un malestar que no podía situar: la imprecisa sensación de una insuficiencia (posiblemente alimentada por los escasos dos años y medio de trabajo), o tal vez la idea que "había algo" de la transferencia que "se me escapaba".

Sin embargo, parecía claro que había habido un cambio de posición subjetiva (tal vez podría decirse "un" fin de análisis). Había habido un recorte y caída del objeto del fantasma, y esa caída era sublimatoria, es decir acompañada de un proceso que evidenciaba la re-creación de una falta, del vacío donde antes se ubicaba, como tapón, el objeto sexual.

Esos datos, unidos a la desaparición de los síntomas y en general a una clara mejoría clínica, ¿no evidenciaban un éxito terapéutico? Si así era, ¿por qué entonces la confusa sensación de malestar, por la que me oponía (sin tener en claro el motivo) a la interrupción del análisis que J planteaba?

Pienso que es porque por entonces no pude formular una pregunta: la relación entre la sublimación y el fin del análisis.

Es sabido que Lacan respondió negativamente a la idea de una posible equivalencia entre ambos.(5). Sin embargo, la dificultad conserva su validez.

SUBLIMACIÓN Y FIN DE ANÁLISIS

Por la sublimación, que en el caso mencionado acompañaba la caída del objeto, el sujeto agujerea la consistencia del Otro. Pero ¿queda advertido del alcance de su acto? Ya que "no quiere decir que baste la barra para que nada de lo tachado siga existiendo" (6), el Otro, aunque agujereado, puede aún existir. Es decir que para el sujeto puede seguir vigente la idea de un Otro a quien completar.

El desengaño padecido en relación a los hombres es el modo clásico en que la histeria dice de la inconsistencia del Otro. Pero el sujeto insistirá en "no querer saber nada "de tal inconsistencia, porque ¿a quién afecta, al hombre de que se trata (R, el padre del Edipo) o al Otro?

Cuando sus manos tallan la escultura parece esto último, ya que allí algo se sostiene sin Otro. Pero la burla que sigue (como fantasía) al acto creador, parece dirigirse a la falla de un hombre singular.

Es cierto que esa vez, J ha hecho otra cosa que quejarse de esa falta (es decir ofrecer como denuncia la verdad recién descubierta, buscando alguien que pueda leerla reconociendo la "estafa"). Tampoco padece tal denuncia como decepción.

Es cierto que se alcanzó una redistribución del goce, ya que se ha producido un goce diferente al que aportaba el sometimiento.

También es cierto que J logró borrar el trazo del Otro que comanda la mano, y reemplazarlo por su firma. (7).

Pero la desuposición de saber con que se encontrara J, había sido tramitada en una transferencia lateral.

Para considerar el fin de un análisis el corte del objeto debe darse con el objeto en su encarnadura transferencial, único modo en que la transferencia pueda ser liquidada. De lo contrario, es incierto si queda asegurado que el objeto, aún cuando se ha revelado como "verdad de la estructura" (8), no quede disponible para ser ofrecido nuevamente a un futuro colmamiento, a la restitución de un Otro insuficientemente vaciado.

El encuentro con la fragilidad, aún con la "aniquilación del saber", implica la incertidumbre de un "punto de desvanecimiento". Pero de él puede volver a hacerse certeza y saber (9). Es decir que no asegura el mantenimiento de una posición subjetiva, de un modo de conducirse el hombre en el mundo y en la vida, sosteniendo permanentemente la inconsistencia de todo saber. Posición sólo alcanzable mediante la tramitación transferencial.

El saber, los significantes en el inconsciente, constituyen la "significación que ocupa el lugar del referente aún latente en esa relación tercera que une a la pareja significante-significado". (10).

El sostenimiento a ultranza de una fórmula paterna (lo que dice el Padre... "es"), ejemplifica una significación absoluta que se ubica como si fuera el referente, usurpando su lugar, reemplazándolo.

Significantes que el sujeto apresa (aunque unidos a la cadena, "más acá" de la metáfora y la metonimia, no están libres para articularse con otros). Sujeto que el significante apresa (para los eclipses del sentido). Doble esclavitud que pega el sujeto a un significante promoviendo, fijando, dando cuerpo a un goce.

No se trata simplemente de la representación del sujeto, sino de su condición de posibilidad, del significante del que depende la representatividad misma.

El saber oculta el deseo del Otro, que así aparece como no-deseante: "La aparente neutralidad de este campo esconde la presencia del deseo como tal." (11). La incompletud del Otro es de estructura, y por lo tanto el deseo del Otro está de inicio ligado al saber. Pero el deseo del Otro es un agujero en lo simbólico, que está "por detrás" de las inscripciones que lo positivizan, articulándose en esa significación absoluta que reemplaza al referente.

Otro modo de decirlo: el fantasma es una respuesta al deseo del Otro, pero es una respuesta que consiste, que rellena el agujero, que oculta tanto ese deseo como el goce del sujeto (en posición de objeto) al sostenerlo.

Sólo por el deseo del analista, que presta el cuerpo al deseo del Otro, se recupera la dimensión deseante que el saber implica pero vela, haciendo reaparecer lo no recordable.

La transferencia implica que los significantes en el inconsciente quedan ubicados en el lugar del referente. Pero éste está latente, está "aún latente", es decir que potencialmente existe la posibilidad de despegarlos: la transferencia los confunde, el deseo del analista los desprende.

La transferencia se revela así no como el medio por el que algo retorna, sino como el lugar mismo, como el único espacio donde la realidad sexual del inconsciente se pone en acto. (12).

En el momento de la efectuación del acto creativo, la sublimación puede obtener eclipses parciales y puntuales del saber, pero no reemplaza la tramitación por vía de la transferencia, que lo ubica en relación al referente (soldándolo primero, desprendiéndolo después).

La creación puede inventar un nuevo S1 que re-bautiza al sujeto, abriendo nuevos mundos para él y para otros. Pero no puede re-escribir las letras determinantes de la historia.

PARA CONCLUIR

Pasaron casi 20 años... me he tomado mi tiempo. Finalmente he entendido que el malestar que la interrupción del "exitoso" análisis de J me dejara, se justificaba: no hay nada peor para un analista, que encontrarse sin tetas...

BIBLIOGRAFÍA

1. Jacques Lacan: "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano", en Escritos I, Siglo Veintiuno editores, México, 1971, pág. 327.

2. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIV: "La lógica del fantasma", inédito. Clase 8-3-67.

3. Ibid., clase 1-3-67.

4. Ibid., clase 22-2-67.

5. Catherine Millot: "La mística: goce fálico u otro goce". La autora relató tal hecho (la pregunta que hiciera a Lacan y la respuesta de éste) en ocasión de presentar su texto en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, el 7-8-85. Posteriormente, la presentación fue publicada en Notas de la Escuela Freudiana nº 5, Buenos Aires, 1986, pág. 69.

6. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XX: "Aún", Ed. Paidós, Buenos Aires, 1991, pág. 101.

7. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVI: "De otro al Otro", inédito. Clase 14-5-69.

8. Ibid. de 2, clase 11-1-67.

9. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", Ed. Paidós, Buenos Aires, 1987, pág. 232.

10. Jacques Lacan: "Proposición del 9 de octubre de 1967"(segunda versión), inédito, ficha de circulación interna de la EFBA, pág.5.

11. Ibid. de 9, pág. 234.

12: Ibid., pág. 155.