EL CUERPO EN EL PSICOANÁLISIS

Por Osvaldo M. Couso

Un perro

el cual está muriendo

y

el cual sabe

que está muriendo

como un perro

y

el cual puede decir,

que sabe,

que está muriendo,

como un perro,

es un hombre.

Erich Fried.

Durante un primer tiempo de su enseñanza Lacan acentuó – tal vez en exceso - la primacía de lo simbólico. Ello dio en parte la razón a quienes le criticaron cierto descuido sobre la cuestión del cuerpo y los afectos. Pero pienso que el nudo borromeo introduce un cambio: voy a proponerles que uno es tres; que el cuerpo en psicoanálisis es el anudamiento de tres cuerpos.

LO VIVIENTE

Desde el epígrafe, el poeta nos invita a pensar en un animal, ese "perro" que también somos, del que la palabra hará surgir un hombre. "No se sabe lo que es un cuerpo viviente. "(1), porque "... ese cuerpo se reproduce, subsiste y funciona completamente solo. No tenemos la menor información de su funcionamiento."(2).

Un organismo viviente, un aparato, un campo enigmático, irrepresentable, cercano pero desconocido, determinado por oscuras fuerzas biológicas, físicas y químicas que nos son totalmente ajenas.

Esa vida de la que no sabemos nada, podemos imaginarla: "se nos presenta en ella como algo del orden de lo vegetal".(3).

EL SÍMBOLO

Sin embargo, algo de "ese desconocido" deviene representable: "lo aprehendemos como forma".(4).

Lo viviente no alcanza para hacer un cuerpo: la carne es violentada por el símbolo, y sólo por él, el hombre es hombre. (5).

El símbolo muerde la substancia, la perturba, la ensombrece de muerte anticipada, la envuelve en la estafa de sus brillos, la vierte en los moldes de sus máscaras, para expulsarla finalmente al exilio.

Un niño le dice a su abuelo que a veces no comprende las palabras que escucha. Trata entonces de repetirlas y por ese esfuerzo las palabras le inflan la cabeza. El abuelo, que se llama Jacques Lacan, dice que el niño ha comprendido qué es el Inconsciente (6): que las palabras "entran" en la cabeza, que hablar es parasitario. No es por eso que la cabeza crece, pero es un error que no carece de lógica: para el niño las palabras que "entran" originan modificaciones en su organismo y de ellas dependen las características de lo que él considera que es su cuerpo.

Esas palabras que entran en la cabeza son también ellas mismas un cuerpo, una materialidad sonora, una textura, un espesor que incluye una dimensión temporal. (7). Lo simbólico es un cuerpo, una organización que se constituye como sistema, con sus propias relaciones internas y determinaciones.

La articulación del lenguaje y el cuerpo vivo es la tormentosa puesta en contacto de dos sistemas heterogéneos. El término "intimación" (8) es una de las metáforas que Lacan produce para connotar la acción de la palabra sobre el humano. Remite (en una acepción física) a la introducción, por las porosidades de un cuerpo, de otro cuerpo que ejercerá una influencia o autoridad sobre el primero.

Ese cuerpo de lo simbólico posibilitará a su vez "otro" cuerpo, el imaginario, esa forma que es lo único que tendremos para captar algo del cuerpo real. ¿Cómo se alcanza a aprehender como forma al organismo viviente?

EL UNO

En una biología desordenada e inmadura, donde desde diversos puntos pulsan tendencias, sensaciones y dolores de manera anárquica y despedazada, el significante unifica: introduce, organiza en la mente, la idea de la unidad. Sólo por eso, en tanto hablantes, podemos decir, sentir y creer que "tenemos" un cuerpo.

La madre hace falo al niño, lo yergue, lo erecta cada vez que lo alimenta, lo mece o lo abriga. El niño ingresa en la alienación por doble vía: recibe del Otro tanto una significación como una imagen de su ser. Ellas permiten incorporar la idea de una unidad, al precio de pervertir para siempre el entendimiento: el sujeto cree que él es lo que la imagen y la significación (provenientes del Otro) le certifican.

El cuerpo es percibido en el exterior, en el espacio virtual del espejo. Sin embargo, existe para el humano la posibilidad de conectar la imagen que se percibe visualmente, con las sensaciones perceptivas que provienen del cuerpo real. La experiencia propioceptiva, sostenida por el sistema neurológico real, posibilita una conexión entre la imagen que se percibe y las sensaciones.

Ello abre a lo que está más allá de lo aparente. Se sabe así que además de la imagen, hay un espacio real que está por fuera de ella. El sujeto advierte que cada cuerpo no es sólo una imagen, una figura de dos dimensiones, sino que incluye el cuerpo real. Esa inclusión del cuerpo real (que como tal no está, escapa, "le falta" a la imagen), esa articulación de lo que se presenta en la imagen, con lo que en ella no puede presentarse, es lo que permite diferenciar real e imaginario.

El cuerpo real "no entra" en la imagen, pero sí tiene una representación imaginaria para el sujeto. Representación que, de ese modo, incluye tanto la imagen como lo que en ella falta.

Ese es el cuerpo que escribe Lacan en el anillo de lo imaginario (9): la representación del cuerpo, que incluye el yo y el ego. El yo es la unificación anticipada e ilusoria de un sujeto que se constituye en el desconocimiento de "creer ser" la imagen que está recubriendo su cuerpo real. El ego es la idea, el "sentimiento de sí" (10) que tiene el hombre. Aunque Lacan lo toma irónicamente, puede resultar útil para pensar que no sólo se trata de la imagen, sino de la articulación con lo que en la imagen está excluido: el cuerpo real.

Perdido el organismo y organizada una representación, el cuerpo real queda como lugar vacío más allá de toda inscripción. Y sin embargo, desde su exclusión soporta lo más íntimo, lo más propio, lo más singular de cada sujeto.

LA PÉRDIDA DE GOCE

Además de la unificación, el significante va a operar una esencial pérdida de goce. El lenguaje mata y ausenta la cosa al representarla. El Otro nombra y con ello intima al viviente a decir y a decirse, a entrar en el desfiladero de la palabra. El lenguaje (como la fórmula de la pulsión escribe) pervierte la aspiración de goce: la fuerza a convertirse en demanda, en discurso y en vínculo social. "Conversión" (siempre fallida e insuficiente) que pasa por el tamiz de "lo que debe pedirse".

Así, cada demanda será tanto el resultado de ese pasaje, como un mito de origen: el supuesto de un goce anterior, para siempre perdido.

El cuerpo real pasa a ser tanto el manantial de donde surge y prolifera el goce, como el territorio que ha sido "vaciado" del mismo.

Lo que de goce no se pierde, se "recupera" (parcialmente) en una circulación obligada por el campo de las imágenes y las palabras, organizado por el intercambio de demandas y respuestas a las demandas entre el sujeto y el Otro. Queda así marcado de límites, de renuncias y de topes, entrampado en un mercado de intercambios y transacciones.

De un goce supuestamente ilimitado, sólo quedan los objetos del fantasma, sustitutos decepcionantes (porque no recuperan lo perdido), que tanto satisfacen como in-satisfacen, por el amargo sabor de pérdida que su gusto no desmiente.

En definitiva, el cuerpo es un efecto hecho en la carne viviente por la palabra que lleva al intercambio de las recíprocas demandas.

Pero si para salvar la vida se entregó la bolsa, no se termina de llorar la pérdida, ni de intentar recuperar lo perdido.

Esa nostalgia es la que hace que al contemplar un lactante que se duerme cuando ha terminado de mamar, surja la idea del reposo en un goce cerrado sobre sí mismo, se imagine un cuerpo como puro organismo de goce.

La experiencia de satisfacción freudiana, tanto permite imaginar un cuerpo en goce "antes" del significante, como acentuar que ella deja una inscripción, una huella. Desde entonces la satisfacción de ese cuerpo sólo será obtenida a partir de esas marcas.

"No hay imagen que nos afecte que no recuerde los gestos que nos hicieron"... (...)..." el hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve." (11).

Un cuerpo sólo es humano en tanto soporta, como un pergamino, las inscripciones simbólicas del sistema de transacciones que cambian goce por palabra. Lo simbólico es una máquina que escribe tatuajes invisibles, cifras del goce perdido, vías por las que necesariamente el sujeto deberá encarrilar su búsqueda de satisfacción. Como dice Scott Fitzgerald: "Así remamos, botes contra la corriente,

arrastrados de regreso incesantemente al pasado."

No sólo tal repetición no reencontrará lo perdido sino que, además, encontrará la pérdida que el pasaje de goce desde el cuerpo al significante implica: entre la experiencia de satisfacción y la satisfacción alucinatoria hay una diferencia en menos, una pérdida de goce en relación con una supuesta satisfacción primera y total. Así, el significante articula pérdida y nostalgia por un goce que no se tuvo.

Vaciamiento y nostalgia son condiciones para que el sujeto busque algo que "está por fuera" para satisfacerse. Ellas son estructurales y estructurantes: sólo por ellas habrá búsqueda libidinal del objeto y satisfacción.

El complejo de Edipo nos lega la idea que sólo la renuncia a la madre posibilita acceder a las otras mujeres del mundo. Se incorpora una ley que prohibe un goce, que lo desplaza, que lo estira en una promesa futura.

Entonces: un goce anterior y otro posterior al significante. Mítico el primero, limitado el segundo. La palabra saca al goce del cuerpo, crea el mito de un paraíso perdido, da cuerpo a un nuevo goce, y toma luego a su cargo dejarlo pasar reguladamente, para "gozar lo menos posible".(12).

La palabra es un camino que extravía, que lleva al exilio en la realidad, donde cada cosa es sólo un nombre que nombra antes que nada la pérdida originaria.

De ese supuesto tiempo primero hacemos mitos: la pulsión de muerte freudiana, voluntad de destrucción, de ataque al significante, de rechazo a la exigencia de hacer pasar el goce a la cadena, anhelo de retorno al paraíso perdido, a la nada originaria, para volver a empezar.

Otro mito lo subraya Lacan en Freud: la Cosa, "aquello de lo real primordial que padece por el significante"(13). Pérdida originaria, real puro, anterior a la simbolización que le dará una nueva forma de existencia, núcleo de imposibilidad que es a la vez lo más íntimo y lo más inaccesible para el sujeto. Asiento de un goce ilimitado, de satisfacción plena, de abolición de la falta en ser y de toda tensión diferencial. Punto absoluto de partida y de llegada del deseo, en suma Nirvana, muerte, destino final de toda vitalidad.

Lo decisivo es que La Cosa (como la madre) están prohibidos para el hablante.

LOS OBJETOS

El intercambio entre el sujeto y el Otro, por el que el goce es "apalabrado", se ubica fundamentalmente en torno a los agujeros del cuerpo. Allí se recortan los objetos que median entre el sujeto y el Otro: seno, voz, mirada y heces. Objetos de los que el niño deberá desprenderse, por lo que se constituyen en símbolos de la originaria pérdida de goce, a la vez que en ellos se localiza la satisfacción libidinal.

A la pérdida de goce que marca el cuerpo se la compensa (sólo en parte), con un consuelo, con una recuperación de goce que está fuera del cuerpo, en esos objetos recortados. Lo único que subsiste como goce es la satisfacción pulsional, donde se articulan las marcas significantes (que trazan el camino por el que el goce circulará de ahí en más), lo que queda del goce perdido y un cambio de localización: de localizado en el cuerpo el goce pasa a fuera del mismo.

UN CUERPO ES TRES CUERPOS

Dicho sintéticamente, el cuerpo simbólico modifica al cuerpo viviente, básicamente, en cuatro aspectos: introduce una esencial pérdida de goce. Inscribe marcas que cifran el goce, y trazan las vías para la repetición, por donde éste circulará. Introduce el Uno de la unidad y de la unificación. Luego de la unificación, "despedaza" nuevamente, cortando los objetos que caen de los agujeros del cuerpo. Despedazamiento que cambia la localización y articula la recuperación del goce.

El cuerpo real se pierde, queda fuera de lo imaginario (sin consistencia) y de lo simbólico (sin palabras). Sin embargo, soporta desde su exclusión la "imagen confusa" (14) del cuerpo que creemos tener, sostiene al yo y también al ego (el sentimiento de sí mismo). Es decir que aún excluido, permanece anudado, articulado como soporte de lo más propio del sujeto.

A la vez, determina en el saber que porta el significante, un no-saber: Lacan dice del Inconsciente que es un saber ligado al significante, organizado alrededor de un no-saber ligado al cuerpo. (15).

Si bien el significante condiciona la pérdida de goce, esa sustancia gozante que es el cuerpo posibilita, al articularse con los objetos que el significante recorta, las recuperaciones que Lacan llama plus-de-goce, verdadero arrancamiento a la necesidad de energía pulsional. También determina la idea de un goce supuesto "total" que condena a la nostalgia (será para siempre inalcanzable), pero posibilita toda búsqueda, en la pretensión neurótica de unificación y totalización del goce.

Así, el desgarro inaugural que la palabra corta, cicatriza un ser de ausencias y nostalgias. Arrancado de supuestos paraísos, el sujeto se precipita y se extravía entre espejismos. Herido hasta la médula, sus búsquedas desesperadas se niegan a aceptar que el pasado (... que no fue) se pierda definitivamente.

Lo simbólico "otrifica" al cuerpo. El organismo viviente queda entretejido por las hebras que lo desnaturalizan. Como invadido por un parásito, es capturado e infiltrado: sus miembros, sus movimientos, su piel, sus bordes, devienen pantalla para las inscripciones, reservorios de una historia y un deseo fundadores. Pierden sus condiciones naturales, dicen y callan mensajes cifrados, muestran y ocultan la voluptuosidad de las demandas, las oscuras satisfacciones que buscan en el Otro.

Tenemos entonces:

* El cuerpo de lo simbólico.

* El organismo vivo en que lo simbólico parasita y que deviene cuerpo real.

* El cuerpo que creemos tener: la imagen del cuerpo, y la idea de sí como cuerpo.

Un cuerpo es el anudamiento de tres cuerpos.

PARA FINALIZAR

Clínicamente, el cuerpo se presenta como pregunta abierta a quien quiera - por ella - dejarse interrogar.

En los mejores casos, cuando la estructura es neurótica, a pesar del pasaje de goce del cuerpo al significante, algo de ese goce retorna, enquistado como un grano de arena a cuyo alrededor el significante precipita las letras que escriben un mensaje enigmático, cifrado, en clave. El síntoma es la piedra preciosa cuya magia puede abrir un interrogante y cuestionar al cuerpo imaginario en su completud (que sin embargo está conservada). El cuerpo significante de las neurosis es así la superficie que porta ese mensaje-interrogante.

Al articular la substancia a la significación, el síntoma neurótico goza y habla. Pero no siempre lo encontramos. También puede darse el déficit brutal de las inscripciones y la unificación, que hace el cuerpo sin nombre de las psicosis. Camino sin balizas, injuria en carne viva, espacio de mutilaciones, dolor, despedazamiento y otros espantos indecibles.

En otros casos, aparece un cuerpo segmentado. El déficit de recubrimiento de la significación fálica, deja al descubierto la carne corroída, incrustada, marcada a fuego por el deseo del Otro. Horror sordo y mudo que afecta sólo un sector: comarca abandonada, territorio sin Ley, el borde del órgano afectado o la misma piel, dibujan un precario límite del goce.

También se da el caso en que por un cortocircuito se elude la dimensión del Otro y del falo, se esquivan las inscripciones y se burlan las vías que el significante tiende: cuerpo-laboratorio de las adicciones, máquina metabólica dedicada a alquimias oscuras e incontrolables.

Aún incompleto, el listado justifica que nos preguntemos qué es el cuerpo para el psicoanálisis...

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXIV: "L’insu que sait de l’une-bevue saile a mourre". Inédito, clase 8-3-77.

2. Jacques Lacan: "Conferencias en las universidades de los EEUU". Inédito.

3. Jacques Lacan: "La Tercera". En "Intervenciones y textos 2", Ed. Manantial, Bs. As., 1993, pág.93.

4. Ibid. de 2.

5. Jacques Lacan: "Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis". En Escritos I, Siglo veintiuno editores, México, 1971, pág. 96.

6. Ibid de 1.

7. Jacques Lacan: El Seminario, Libro V: "Las formaciones del Inconsciente". Ed. Paidós, Bs. As., 1999, pág.17.

8. Ibid de 5, pág. 114.

9. Ibid de 1.

10. Jacques Lacan: El Seminario, libro XXIII "Le Sinthome", inédito. Clase del 4-5-1976.

11. Pascal Quinard: "El sexo y el espanto". Gallimard, Tucumán, 1964, pág. 71.

12. Jacques Lacan: El Seminario, libro XXI "Les non dupes errent". Inédito, clase 2.

13. Jacques Lacan: El Seminario, libro VII "La ética del psicoanálisis", Ed. Paidós, Bs. As., 1988, pág.146.

14. Ibid. de 8, clase del 11-5-76.

15. Ibid.