LOS MUERTOS MATAN

Por Osvaldo M. Couso

(*) Cuadernos Sigmund Freud. Nro 23 (Agosto 2003) - Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Los dioses no hablan: / hacen, deshacen mundos / mientras los hombres hablan. / Los dioses, sin palabras, / juegan juegos terribles. (Octavio Paz)

PARTE I: EL MENSAJE DE UN DIOS.

En un conocido cuadro, Magritte dibuja una pipa, acompañada de un texto que dice: " Esto no es una pipa." Nos introduce así en un universo donde se pueden recortar tres aspectos nítidamente diferenciables: el objeto, el dibujo y el nombre del objeto.

El dibujo tanto es como no-es el objeto: si alguien, mostrando ese dibujo (aunque la pipa en rigor no puede confundirse con él) preguntara "¿qué es esto?"... nueve de cada diez personas responderían "una pipa".

¿Qué magia encierran esos trazos, que aún "sabiendo" que sólo se trata de una representación, podemos confundirlos tan fácilmente?...

La escritura implica un doble borramiento: el primero es el que efectúa el trazo sobre el objeto, haciéndolo "desaparecer". Pero una vez que está el trazo, ello no asegura suficientemente la separación con el objeto: tienden a confundirse nuevamente, por lo que será preciso "hacer desaparecer" también el dibujo, para acceder al significante propiamente dicho.

Toda sociedad tiene objetos reales que el lenguaje nombra. Y tiene signos, marcas, trazos, dibujos y finalmente nombres de objetos. La estructuración, el origen mismo del lenguaje para un sujeto, es una "manipulación simplificadora del objeto" (1): se simplifican sus características particulares, y sólo queda de él el hecho que sea uno.

El trazo es el hecho que hay una traza material, una línea escrita, un signo que ha efectuado un primer borramiento del objeto real. La materialidad de ese trazo constituye un primer tiempo de la escritura, y es el comienzo del ingreso del sujeto al mundo simbólico.

En ciertos ideogramas de la pirámides egipcias (2), hay "defectos" en el trazado (imágenes incompletas; imágenes semi-borradas; imágenes a las que se ha salpicado con yeso fresco, manchándolas), que parecen hechos intencionalmente. Entre los egipcios al trazar la imagen, por ejemplo, del león, el "espíritu" del león es desalojado y lanzado a vagar por los valles. No es una idea descabellada, ya que una vez que está el trazo, el objeto queda efectivamente fuera, y el dibujo perderá posteriormente toda figurabilidad y será utilizado para escribir una letra. Sucede entonces que esos espíritus errantes (tal vez fastidiados por la desaparición a que son condenados...), pueden querer volver a "ocupar" las imágenes que los desalojaran. Los "defectos" se revelan así como recursos para afear las imágenes, "desalentando" con ello a los espíritus, que no retornarán a ellas por sus imperfecciones.

En "Tótem y tabú", Freud dice que los muertos dan miedo a los vivos porque se niegan a desaparecer, y pueden retornar para llevarse a los vivos con ellos. "Los muertos matan" decía Freud.(3). Sólo los ritos del duelo transforman al muerto en un "espíritu tutelar", un antepasado que retorna sólo simbólicamente y que protege a la tribu. Hay entonces cierta oposición entre espectro (retorno real con continuidad entre los registros real y simbólico) y ancestro (cuyo retorno es simbólico). (4).

En definitiva Magritte, los egipcios y Tótem y Tabú nos enseñan que algo puede retornar, que hay un borde que no alcanza a separar del todo los territorios, que las imágenes no mantienen los objetos a suficiente distancia, agregándose en el último caso la idea de algo peligroso o aterrorizante.

LETRA Y SIGNIFICANTE

La represión primaria despoja a las letras aisladas de su valor de imagen y de su valor de sonido, para que puedan constituir otra imagen y otro sonido, el de una palabra (que a su vez llamará a otra, y tras ésta otra, en un discurso que remite a un sentido).

Una vez que la represión ha actuado sobre los significantes que portan la demanda materna, ésta sólo subsiste como valor visual y sonoro (ahora perdido) de la letra. Ese retorno se efectiviza vía escritura jeroglífica en el sueño y en las formaciones del inconsciente. Retorno simbólico que habla de una escisión: por un lado el significante, representando al sujeto, articula las letras como texto tanto en lo que se lee, como en lo que se escribe, como en lo que se escucha. Por otro lado, la letra en sí es sonido y es imagen que persisten como inconsciente, produciendo las "formaciones" y reteniendo, cifrando un resto de goce.

La función paterna hace de la letra un borde, una bisagra, una frontera, un litoral: por una cara conserva, además de la figurabilidad, el sonido de la voz del Otro llamando al goce. Por su otra cara, se abre a la Ley significante y se somete a ella, para combinar voces, sonidos y figuras en la constitución de nuevas imágenes fantasmáticas.

Por un lado conecta con lo real, en lo que podría llamarse un grado cero de la escritura: la primer cifra, la primer transcripción de un goce hacia el símbolo. Por otro se despliega hacia lo simbólico, es apertura al sentido, por la vía del enlace de imágenes y sonidos. En el vaivén que va de la letra al significante y viceversa, predomina o bien el inicial valor visual y sonoro, o bien el despojamiento de los mismos en favor del texto.

La letra tiene, entonces, dos caras:

* Por una, guarda la potencialidad de presentarse aislada, des-articulada del significante, como imágenes o sonidos sueltos que pueden no lograr enganche a la cadena. Allí las letras, lejos de litoralizar (5) la inmensidad del goce, con-forman su trágico llamado: dibujan el cuerpo de La Madre, el retorno de su impúdica desnudez, del desgarro que reclama el reintegro de lo perdido. Repiten pasionales el grito exasperado, las voces alucinantes. Cavan los oscuros cauces de un cataclismo calcinante, de un abismo irresistible.

* Por otra, en la articulación entre la letra y el significante, el texto y el sentido hacen "olvidar" que las palabras se componen por el enlace de letras (que así funcionan como unidades combinatorias), como si el sentido las amarrara e hiciera desaparecer en su individualidad. Sin embargo, la funcionalidad descripta implica que la letra permanece recortable de la nueva unidad que ha constituido como palabra. Este hecho es esencial, ya que la palabra, al poder ser "cortada" (con lo que la letra "reaparece"), posibilita el armado de un nuevo texto que, aunque surge del primero, se diferencia de él (impidiendo así la petrificación del sujeto por el sentido pleno). La funcionalidad de la letra como unidad combinatoria es la que permite (una vez que han sido despojadas de su valor visual), a partir de un texto, escribir un nuevo texto. Leer es pasar de letra a significante (olvidar, reprimir el dibujo de la letra para, remitiendo a su valor sonoro y tomando sólo como apoyo lo visual, lograr el enlace que apuntará al sentido) y poder volver de significante a letra (cortar las nuevas unidades, fragmentarlas, para poder componer nuevos frases).

Las dos caras de la letra hacen que en ella se condensen goce y prohibición. Tanto es voz que truena y atormenta pidiendo sacrificio, como voz que nombra y enuncia el pacto simbólico que regula y posibilita la palabra. Tanto espectro aterrorizante que se niega a desaparecer (exigiendo ocupar otra vez la imagen que lo desalojara), como antepasado que acepta su castración (padre simbólico que deja su legado, ideas y enseñanzas, para guiar a los vivos).

Esto es así, porque el complejo de Edipo implica, en el apego por la madre (para ambos sexos), quedar sometido al poder absoluto del Otro. La función paterna mediatiza entre el sujeto y el Otro-materno, estableciendo un corte.

Pero aunque la castración es soportada por un "personaje real investido de símbolo" (6), éste va a quedar idealizado: a quien es capaz de privar a la madre, el niño sólo puede imaginarlo como una figura magnificada. La mediatización es así un "estar en el medio" que Lacan llama en el "mi-Dios" (7). Es decir que se interpone, entre el sujeto y el Otro primordial, un Dios: tal la figura enaltecida del padre imaginario.

El niño quedará desde entonces pendiente de un nuevo personaje poderoso: se reestablece en parte la sujeción del sujeto al Otro. Ya no será un Otro sin ley, caprichoso y arbitrario, a quien nada parece limitar. Pero sí un Otro del exceso (omnipotente) fálico. El padre imaginario sujeta (otra vez) al sujeto a su deseo y poder de Amo. El sujeto deberá lograr, entonces, un "nuevo" desasimiento.

En la neurosis "lo perdido" sólo es connotado por la letra, su reaparición es simbólica, pese a las conmemoraciones fantasmáticas (o tal vez gracias a ellas, a lo que se puede proyectar en la pantalla, es que la neurosis puede "volver a perder" lo perdido). De forma tal que el síntoma que parasita el cuerpo, la inhibición que paraliza los movimientos o el ahogo de la angustia, testimonian del retorno de lo reprimido (y por ende del éxito de la represión).

Las neurosis se despliegan en un rango que abarca entre los dos siguientes extremos: por un lado, un signo que no llega (o puede no llegar) a articularse con la cadena significante; es una traza que no ha perdido su figurabilidad. Por el otro extremo, es cuando las letras (aunque ya se han desprendido de la imagen y el sonido, para articularse en palabras) componen un texto que adquiere un valor compacto; un continuo donde el sentido consiste tanto que se pierde su misma condición simbólica, su polisemia, la posibilidad de acercarse al sin-sentido; el texto existe pero es unívoco e inabordable.

En verdad, ambos extremos son un mismo punto, ya que lo decisivo es que - aunque por diferentes razones - el intervalo significante no funciona como tal: ya como figura de la presencia del Otro llamando al goce, ya como tronar del mandato que injuria por no poder nombrar... el sujeto corre el riesgo de quedar absorbido irresistiblemente.

Pero el margen de maniobra de las neurosis, que está entre ambos extremos (a los que se acerca y de los que se aleja permanentemente), deja al sujeto a cubierto de tal desaparición.

En el caso en que la represión primaria es exitosa, la hoja en blanco sobre la que se escribe, el cuerpo imaginario y el espacio onírico son equivalentes. Funcionan como pantalla donde el sujeto puede escribir y representar sus fantasmas. Ellos son el relato de una pérdida de goce estructural: así, el escrito (el síntoma en el cuerpo, el texto del sueño, las trazas en un papel) escribe esa pérdida inaugural para el sujeto. Rememora lo que fue el cuerpo "antes" del significante.

Entonces: trazar letras sobre un papel en blanco o leer un texto actualiza en la castración simbólica, pone en juego la entrada misma del sujeto en el lenguaje. Actualiza que las letras están poseídas del espectro de Otro, cuya presencia puede ser imborrable (si el dibujo del león es el león... no resulta extraño entender que tratar con esos trazos puede equivaler a ser devorado).

Es de estructura para el ser hablante que todo texto, incluyéndose dentro del rango arriba mencionado, implica la posibilidad de ser sacralizado: "magia" de la letra, por un extremo puede ser reducido al trazo que pretende hacer pasar una Palabra Verdadera, "anterior" a la escritura misma, que revive así un Creador que llama a la obediencia ciega, a cambio de la cual el sujeto encuentra protección para afrontar un real (por el que debiera dejarse interrogar, para tener la chance de desarrollar sus potencialidades creativas).

Por el otro extremo (dando tal vez la razón a Spinoza, quien decía que los hombres temen la libertad y se refugian en la esclavitud), el sujeto "quiere creer" que el saber que recibe es completo, contiene la revelación definitiva de los misterios. Con ello el texto se petrifica y se vuelve in-interrogable.

En ambos casos, queda negado que el único legado del escrito es transmitir el deseo de poner a trabajar la escritura, de escrutar, de convalidar cada uno por sí mismo los alcances y consecuencias del saber.

Ya como espectro siempre vivo del padre fundador, ya como palabra sagrada, las letras pueden revivir el dios oscuro que las habita.

PARTEII: EXCOMUNION

Para nuestra humana debilidad, tal vez sea la ocasión de recordar un pensamiento: "...cuando uno es débil, lo que más fuerza da es despojar a los hombres que nos son temibles del prestigio que uno persiste en querer atribuirles. Es necesario aprender a considerarlos tales como son.. (..) .. esto lo despeja a uno, lo libera y lo defiende en una forma increíble. Esto le da a uno, otro uno mismo. Y uno se vuelve dos."(8).

Pero no sólo es necesario sostener la división de la que a su modo nos habla Celine. Interrogar los fundamentos no es sin consecuencias; valga como ejemplo que haber osado preguntarse sobre el deseo de Freud, le costaría a Lacan su exclusión de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis.

Fundamento es el principio último que es razón de todos los principios particulares del ser, del conocer y del obrar. Se lo puede tomar como razón, como origen, como causa (material o formal), como la idea que es explicación racional de un enunciado u otras ideas. Como "lo primero" a partir de lo cual viene la existencia, o que establece las condiciones que luego se desplegarán.

Luego de su exclusión (que no por casualidad denominó excomunión, término de resonancias religiosas), Lacan replanteó los fundamentos mismos del psicoanálisis, y su propia autorización como analista y maestro. Hay una frase que sintetiza esa posición: "estoy aquí, en la postura que es la mía, para presentar siempre la misma pregunta: ¿qué es el psicoanálisis?".(9).

Es sabido que Lacan suspende el seminario que había comenzado a dictar ("Los nombres del padre"), sustituyéndolo por el seminario "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis". Como si operara una sustitución metafórica, "conceptos fundamentales" sustituye a "nombres del padre" (y al hacerlo los liga). Agregará algo más (que separa concepto y fundamento): a pesar de nombrar al seminario como "Los cuatro conceptos fundamentales... ", dice que no va a hablar de conceptos, sino de fundamentos. (10).

Sobre el concepto, dirá en el seminario siguiente (11): "He hablado el año pasado de los fundamentos del psicoanálisis. He hablado de los conceptos que me parecían esenciales para estructurar su experiencia. Han podido ver que a ningún nivel han sido verdaderos conceptos; que no he podido hacerlos sostenerse en la medida en que los hago rigurosos, en el lugar de ningún referente. Que siempre, de algún modo, el sujeto que ese concepto abarca está implicado en su mismo discurso."

Los conceptos no conforman (como la ciencia pretende) una construcción significante que sea un "todo" consistente de saber que se sostiene por sí solo (aunque oculto, hay allí un sujeto en juego).

El concepto tiene que ver con el falo. Instrumento que, para quien "lo tiene", produce la impresión que con él y gracias a él se puede abordar y capturar lo real. Una idea que lo ilustra, es la conocida explicación de Zenón (que cita Cicerón en "Los analíticos"): Zenón mostraba su mano, con los dedos extendidos, y decía que allí estaba la representación. Luego doblaba un poco los dedos, y allí estaba el asentimiento. Luego, cerrando completamente la mano mostraba el puño, y declaraba que estaba allí la comprensión. Finalmente, aproximaba la mano izquierda a la derecha y cerraba estrechamente su puño, y con fuerza decía que allí estaba la ciencia, que sólo el sabio poseería.

Puño cerrado: munido del saber, abordo el mundo mismo para transformarlo. Así se puede concebir el conocimiento y el concepto para la ciencia. El psicoanálisis va a modificar la idea misma de concepto: no es ya el instrumento de dominio del objeto real, sino sólo el pensamiento. Y conviene no olvidar que el pensamiento está determinado, es hecho posible, por la falta de la que parte y a la que intenta (siempre insuficientemente) llenar. Todo saber tiene la marca de las teorías sexuales infantiles: se funda en un punto imposible de pensar. La ciencia ubica en ese lugar un sujeto supuesto que rellena ese punto impensable.

Lo dicho reubica al concepto (cuya utilidad para organizar la experiencia es obvia), re-sitúa el saber como "síntoma de la ignorancia" (12) recupera lo que ese saber intenta cernir.

Entonces: si Lacan dice que va a tratar los fundamentos y los conceptos que Freud considera fundamentales, si separa unos de otros, indica que va a repensar a Freud mismo, a re-establecer el punto imposible al que los conceptos freudianos van a intentar responder.

Interrogará especialmente el centro mismo de la doctrina freudiana, el complejo de Edipo. El modo de ser freudiano de Lacan no es el de dar consistencia a los conceptos para "sostener" a Freud, sino el de interrogarlos para repensar las condiciones mismas de su producción. Fundamento y concepto se separan. A la inversa de la Iglesia, que toma como fundamento el concepto (aquí en el sentido general de pensamiento, o palabra que Dios ha escrito). Por ello la posición de Lacan es la de la herejía.

Aparece como esencial para Lacan el retorno a Freud que promueve. Hay un texto donde el propio Lacan define topológicamente ese retorno (13): "... la consigna con que nos hemos armado del retorno a Freud, no tiene nada que ver con el retorno a las fuentes, que podría aquí tanto como en cualquier otro sitio no significar sino una regresión. Nuestro retorno a Freud tiene un sentido muy diferente por referirse a la topología del sujeto, la cual sólo se elucida por una segunda vuelta sobre sí mismo. Debe volver a decirse todo sobre otra faz para que se cierre lo que ésta encierra, que no es ciertamente el saber absoluto, sino aquella posición desde donde el saber puede invertir efectos de verdad."

La doble vuelta circunscribe un real que no apresa. Y Lacan define con total precisión que lo que esa doble vuelta contornea no es un saber (que sólo podría hipotéticamente pensarse como absoluto si la "doble vuelta" fuera una "simple vuelta" que se cerrara al final del recorrido).

La lectura de Lacan es herética porque cuestiona el establecimiento del saber como dogma. El dogma resguarda, sostiene la marca del Otro; lee al padre para sostenerlo, no para interrogarlo. En la única clase del seminario "Los nombres del padre", dice Lacan: "Está claro que si Freud, en el centro de su doctrina, pone el mito del padre, es en razón de la inevitabilidad de la pregunta ¿quién habla en el lugar del Otro? No está menos claro que si toda la teoría y la praxis del psicoanálisis se nos aparecen hoy como estancadas, es por no haber osado, sobre esta pregunta, ir más lejos que Freud." (14).

El comienzo del problema con la SFP fue contemporáneo del momento en que Lacan finalizaba el dictado su sexto seminario ("El deseo y su interpretación"). Si bien lo que desencadenaría la excomunión fue que la SFP se había propuesto la afiliación a la Internacional (para quien Lacan resultaba inaceptable), en ese seminario se habían desarrollado cuestiones (en relación con el tema del Nombre-del-Padre) que bien podrían justificar polémica y oposiciones. Vale como ejemplo el análisis que hace Lacan de un sueño freudiano. Se trata del joven que sueña con su padre, muerto recientemente. Sueña que está vivo, pero también (y al mismo tiempo) que está muerto sin saberlo.(15).

Aunque el sueño es rico en significaciones y comentarios, tomo sucintamente esta idea de alguien que está muerto y no lo sabe. Para el neurótico, que "no quiere saber nada" de la castración, la muerte del padre es un momento crucial (el más importante de la vida de un hombre, según decía Freud), porque recuerda al sujeto su propio destino mortal. Eso de lo que "no queremos saber" es lo que se actualiza en el momento de la muerte de cualquier semejante, pero esencialmente del propio padre.

Revivir al padre es activar un escudo, una protección contra la castración. La función paterna misma es un velo que cubre el punto horroroso. Revivir al padre es desmentir la castración, es "re-inventar" al rival edípico, hacer entrar en juego la prestancia del falo, cuando lo que está en juego es precisamente su caída. El falo como fetiche recubre, al definir un triunfador en la rivalidad, la caída: el que cae es el rival, y el triunfador sostiene su falo indemne. Por eso es "conveniente" revivir al padre, para que la rivalidad fálica continúe, para que se haga cargo de la lucha fálica, y quedar el sujeto a cubierto de ella. Muerto el padre, quien sostendrá el falo tendrá que ser el sujeto mismo... con el agregado que ya no es un falo omnipotente, porque la muerte del padre ha presentado descarnadamente lo inevitable de la caída.

Mantener "vivo" a Freud puede ser, en este sentido, protección renegatoria: no interrogar sobre su deseo, no recrear los problemas reales a los que sus conceptos intentaban dar una respuesta. Es dejarle a él (al padre) la tarea de sostener (para "sus hijos") el afrontamiento con ese real. Así, cualquier pregunta clínica se responde desde los conceptos freudianos, es Freud y su teoría los que deben responder por el psicoanálisis mismo. El sujeto se sustrae a tener que recrear el psicoanálisis con cada analizante, a tomar a su cargo responder por el psicoanálisis mismo. Al sujeto le es suficiente con aprender "todo Freud", poder responder con sus citas, seguir formalmente lo que considera sus indicaciones y orientaciones. Con ello, se cree autorizado para su praxis, para la que la sola erudición (y procedimientos que tienden a hacerse método) lo capacita. El saber pasa a ser una construcción significante donde hay respuestas para todo, y el único problema consiste en la cantidad de saber que se es capaz de almacenar. Fácilmente se confunde ese saber con el de las ciencias clásicas: un cuerpo teórico que se sostiene por sí solo (bajo la atenta mirada de los "guardianes" que velan por su ortodoxia).

El retorno a Freud que Lacan plantea puede entonces concebirse como matar simbólicamente al padre. Para la Internacional ello significaba una herejía suficiente como para excluir a Lacan, exclusión que él mismo consideró como excomunión: una pretensión "científica", en cuyo nombre se expulsaba a Lacan, era en verdad una posición religiosa, renegatoria.

Para Lacan "... el psicoanálisis es esencialmente lo que reintroduce en la consideración científica el Nombre-del-Padre." (16). La ciencia surge por la división cartesiana por la cual los hombres tienen la posibilidad de conocer, pero las verdades quedan del lado de Dios. Igual que en la división del sujeto, se distancian saber y verdad. Pero en la ciencia, ésta se ocupa del desarrollo del saber, y se desentiende de la verdad (que sólo atañe a Dios), que es inalcanzable para el hombre. Dios queda así como garante de la verdad. El sujeto es definido por Otro (Dios) que garantiza (como eterna) la verdad del saber. Así, la verdad fundamenta el saber, pero queda fuera de éste. El saber excluye la verdad y se dedica a incrementar los conocimientos.

La ciencia define un punto lejano, en el infinito, que se tiende a alcanzar. Ese ideal hace desaparecer la verdad como causa. Forcluye que todo saber tiene la estructura de las teorías sexuales infantiles: nace, surge, se funda y se desarrolla, como intento de cercar un punto real, imposible de pensar, que está en su origen mismo. En ese punto la ciencia ubica a Dios, un sujeto supuesto. Ubicar allí el Nombre-del-Padre (Freud, por ejemplo), hacerlo confluir con el SsS, es ubicar (en el lugar que es pura falta, pura carencia del pensamiento) un Dios garante, una verdad inalcanzable para los hombres, incuestionable y fundadora.

Interrogar los conceptos que Freud definiera como fundamentales es interrogar a Freud mismo en su deseo de padre, interrogar el lugar que su Nombre ocupa como SsS.

PARTE IV: PARA CONCLUIR

La letra trabaja, y por ese trabajo hace hombre al hombre. Abre nuevos caminos, crea nuevos órdenes de relación con las contingencias del mundo.

Es por eso que, especialmente cuando se trata de la magnitud de obras tan extra-ordinarias como las de Freud y Lacan, no es extraño que surjan quienes pretenden adueñarse de ella (y con ella del pensamiento mismo). Quienes se autoproclaman como inmaculados testigos de una Verdad que momifican... para ungirse como sus resguardos.

Lacan dijo que sus escritos (y seguramente podría extenderse a su discurso mismo) no estaban hechos para ser comprendidos, sino leídos. Relacionaba la comprensión con el sentido, que es siempre religioso y, entonces, dedicado a hacer "olvidar" lo que "no anda". Subrayaba que su retorno a Freud (quien sí trataba de hacer "digeribles" sus descubrimientos... intento razonable dadas las circunstancias históricas) rescataba lo tajante, lo inesperado, lo nuevo del descubrimiento freudiano.(17). Sin embargo, lo religioso retorna para transformar la ruptura en rutina, las indicaciones o sugerencias en método, el sostenerse en relación a lo real en ilusión de filiación y de dominio.

Es que propiciar más el homenaje que el deseo, es posible por las dos caras que constituyen la estructura misma de la letra: cada texto puede ser el mensaje de un dios, articularse con la voz que lo pronunciara, con la mano que lo escribiera. En cada palabra fulgura la espada fundadora, la que se hunde en la tierra como piedra basal; la que sostiene el decálogo sagrado. La que decapita al becerro y con él, todos los mundos anteriores, depositando en el hombro el soplo mágico que hace al sujeto caballero de una casa y aventurero de un mundo. Todo dicho aúna texto y obediencia, palabra y mandato, deseo o sacrificio. Libertad y muerte urden la trama de las letras, dormitan a la sombra de su maraña, a la espera del beso que las despierte a nueva vida.

Leer es convocar a los dioses. Tanto es invitación a interrogarlos, como esperanza de adormecerse al arrullo de sus mensajes. Leer es incomodar muertos, es profanar de odio, es bucear de amor en lo profundo... y aún la chance de enhebrar el paso a paso del deseo.

Con lo dicho, tal vez se pueda recrear la importancia de una idea que nos lega Lacan (18): "Hagan como yo... no me imiten"...

BIBLIOGRAFÍA

1.Jacques Lacan: El Seminario, Libro IX "La identificación". Inédito, clase 10-1-62.

2.Jean Allouch: "El <pas-de-barre> fóbico", en Letra por letra, Edelp, Bs. As., 1993, pág. 100.

3.Sigmund Freud: "Tótem y tabú", en Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972, tomo V, pág. 1785.

4. Alan Didier-Weil: Intervención en el Seminario de J. Lacan, 5-5-79. Inédito.

5. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVIII: "De un discurso que no sería de la apariencia", inédito, clase del 12-5-71.

6.Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVII: "El reverso del psicoanálisis", Ed. Paidós, Bs. As., 1992, pág. 133.

7.Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXII: "RSI", inédito, clase 21-1-75.

8.Lois Ferdinand Celine: "Viaje al fin de la noche", Compañía General Fabril Editora, Bs. As., 1960, pág. 54.

9. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XI: "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis", Ed. Paidós, Bs. As., 1987, pág. 11.

10.Ibid, pág. 9.

11. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XII: "Problemas cruciales para el psicoanálisis", inédito, clase 2-12-64.

12. Jacques Lacan: "Variantes de la cura tipo", en Escritos II, Siglo Veintiuno Editores, México, 1975, pág. 125.

13. Jacques Lacan: "De un designio", en Escritos I, Siglo Veintiuno Editores, México, 1971, pág. 143.

14. Jacques Lacan: El Seminario: "Los nombres del Padre", inédito, 20-11-63.

15. Jacques Lacan: El Seminario, Libro VI: "El deseo y su interpretación", inédito, clase del 26-11-58.

16. Jacques Lacan: "La ciencia y la verdad" en Escritos I, Siglo Veintiuno Editores, México, 1971, pág. 359.

17. Jacques Lacan: Conferencia de prensa, 29-10-74. En "Actas de la Escuela Freudiana de París", Ed. Petrel, Barcelona, 1980.

18. Jacques Lacan: "La Tercera", en Intervenciones y textos 2, Ed. Manantial, Bs. As., 1993, pág. 81.