NO SOMOS NADA

Por Osvaldo M. Couso

¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste? Enrique S. Discépolo

El duelo es un trabajo exigido al aparato psíquico para aceptar una pérdida. Esa pérdida actualiza la "insuficiencia de los elementos significantes para hacer frente al agujero creado en la existencia." (1). Pone en cuestión, interroga el lenguaje mismo, porque "no hay significante que pueda colmar este agujero en lo real."(2).

La pérdida real y la objeción al significante son dos aspectos esenciales del duelo. Ya lo había dicho el tango: "todo es mentira,(..).. hoy está solo mi corazón." (3).

El llanto, el recuerdo, recorrer las historias, las circunstancias de la desaparición, las ideas, pensamientos o enseñanzas, son modos de singularizar aquello que fue único y diferente.

Pero la palabra no puede recubrir lo perdido. La pérdida real actualiza una paradoja de la representación significante. Ella consiste en que lo representado "está" y a la vez "no está" representado: el símbolo nombra, contornea, pero no apresa. La falla del significante para representar es de estructura: no se establece "a pesar" que nombre, sino justamente "porque" nombra.

"La existencia de una cosa no se inscribe más que por otra cosa.. (..) .. es otra cosa la que es dada... (..).. la alguna cosa cuya existencia se inscribe cesa de existir por el hecho de esta inscripción." (4).

La representación no puede sino ser inadecuada: ella mata, excluye, hace in-existir lo representado, cava una abismo insalvable entre la cosa y el representante.

Y sin embargo, al mismo tiempo que abre la herida, la sutura. ¿Cómo logra el símbolo dar vida en el mismo acto por el que asesina?

Para Lacan, la repetición (5) es el intento de hacer surgir un significante. Algo ocurrió en el origen, que con Freud llamamos trauma, del que un significante hace marca. A partir de allí se encadenarán los otros significantes. Los sucesivos comportamientos repetitivos pueden considerarse como una serie "que olvidó" el primer número (el que le dio origen), que es el primer paso, la mítica inscripción primera cuando aún no hay sujeto que recuerde.

El hecho traumático original está marcado por un significante que es especial, diferente a los que vendrán, que es la irrecuperable "primer atadura del lenguaje a lo real". (6). El hace letra, y a partir de él, los otros significantes deslizan en una búsqueda del origen perdido. Aunque esa búsqueda está destinada al fracaso, ella va organizando un universo simbólico: los recuerdos (encubridores), los mitos históricos, la novela familiar, son la construcción del mundo (simbólico) del sujeto, que tanto trata de "explicar"como "parece" rellenar el hueco original.

Ese significante diferente es un "nombre primero" (7), que tiene una especial relación con la in-existencia primordial. Es el que nombra algo, el que hace que una nada cuente como Uno, el que hace entrar la in-determinación en la cadena de determinaciones.

Asume así la falla de todo significante para representar. Cuando la nada ha sido inscripta como Uno, el resto ineludible de la operación (es decir lo que no puede ser nombrado cuando se nombra) se transforma en fuerza impulsora que empuja hacia un próximo significante que "pudiera completar" la inscripción fallida. Se crea la idea que se podrá alcanzar un último significante que (ese sí) logrará la "verdadera y total" representación, que así se va desplazando así como un horizonte: parece siempre alcanzable y se mantiene siempre "más allá". La ilusión de encontrar un significante que no esté herido de ausencia, permite negar la insuficiencia del origen: si Uno es la marca del vacío, el que encarna la imposibilidad misma de toda representación, los otros son la sede de su desmentida.

Se trata de tres aspectos que pueden ejemplificarse con la constitución del sujeto. Por una parte, el sujeto sólo existe cuando un nombre lo nombra. Pero está y no está representado. Aunque la palabra dice "tú eres", aunque agrega predicados ("eres esto o aquello"), de inmediato se incluye "pero no sólo eso". La palabra cava un agujero en el ser, en el mismo acto de nombrar lo que de significable tiene el sujeto. El sujeto es no-todo significable, es la amalgama de los significantes que lo representan con el vacío de toda representación. Un poeta lo dijo bellamente: "Cada hombre tiene dos nombres: // uno entero y otro roto // (..) // entre ambos nombres se despliega // (...) // una tierra de nadie de los nombres // (...) // Y es allí donde crece, // reelaborando lo imposible, // la última nominación. (8).

El poema nos enseña que el nombre porta oculto un agujero que lo determina sin que lo sepa, que se propaga infinitamente sin que se lo note; que esconde, en la mochila del viajero, un abismo dormitando a la sombra de sus historias y sus sueños.

Pero hay además otro aspecto: a pesar de la paradoja de la representación, el sujeto puede "creer" que él "es eso" que el significante "dice" que es. Puede ignorar que sólo desde (y por) una (su) "tierra de nadie", puede surgir lo que lo sostiene.

EL NOMBRE PRIMERO

Para que haya representación es necesario que surja, en la ausencia absoluta, ese significante especial que, sin significado, es la raíz a partir de la cual surgirá como posible la significación. Ese símbolo cero que tiene el poder de designar un real, que será en parte tomado a cargo del lenguaje. Toda palabra es heredera de una Palabra original e in-memorable. Heredera de la marca que cifró un destino mortal y sexuado. De un nombre primero que escribe y hace hablar para volver a nombrarse, para tejer en cada nueva palabra nuevos nombres a partir del olvidado.

Para que haya representación, debe aparecer ese Uno-Amo que se haga cargo de la muerte.

EN EL DUELO

Recomponer el sistema significante, que es el trabajo del duelo, consiste en hacer coincidir la hiancia simbólica con el agujero en lo real (9). Les propongo la idea que, para ello, el sujeto necesita hacer surgir ese significante sin-sentido, marca primera que permite entramar la palabra y la muerte.

Lacan no lo dice explícitamente, lo extraigo de una alusión hecha al pasar (10): dice que el rasgo distintivo del deseo obsesivo, no es el de ser imposible (todo deseo lo es de algún modo). Su esencia es que el obsesivo "se las arregla para que el objeto de su deseo tome valor de significante de esta imposibilidad." A su modo la neurosis ha logrado erigir un significante que marca una falta. Sólo así esa falta será un agujero que podrá adquirir una forma por la acción del lenguaje que, proliferando a su alrededor (11), construye historia y fantasma.

Pero Lacan dice que "este agujero ofrece el lugar donde se proyecta el significante faltante, esencial a la estructura del Otro...(..)...cuya ausencia vuelve al Otro impotente..." Y agrega que "ese significante encuentra ahí su lugar, y al mismo tiempo no puede encontrarlo puesto que no puede articularse al nivel del Otro."(12).

Un significante que no se encuentra: la muerte no puede ser inscripta. Con un considerable esfuerzo renegatorio (ayudado por el Ideal), se puede creer que se le da un sentido: es el caso de algunas ideologías, o de la religión. Pero el epígrafe nos mostraba que en el momento del dolor y la decepción, a veces ni Dios se sostiene.

Algunas expresiones que se escuchan habitualmente en los velorios se pueden concebir como el intento de hacer surgir ese significante: el clásico "no somos nada", por ejemplo, intenta reconciliar el no ser con el ser, hacerlos entrar en continuidad, nombrar el ser y bordear el no-ser que es su corazón mismo. Es el intento de nominar lo in-sabido y el vacío. No somos nada es, así, uno de los nombres de la muerte.

Hay otro modo de intentar que surja ese significante: Lacan da importancia a los ritos, sin los cuales (lo ilustra con Hamlet) el duelo no puede realizarse. (13).

Una de las características de los ritos que Freud nos ha enseñado, es la prohibición de pronunciar el nombre del desaparecido: para poder nombrarlo sin temor, se le cambia el nombre al muerto o a los familiares. Sucede como si ese nombre quisiera ser aislado, separado de todos los demás significantes de la lengua. Ligarlo a la única e irrepetible existencia de un sujeto, y muy especialmente al cuerpo real, cuando la in-existencia lo corrompe y cadaveriza.(14).

Otro modo de intentar que surja ese significante imposible es el espectro, que Freud diferencia del ancestro: "mantener vivo" al muerto. Como en las fobias, se instala en el agujero un significante que amenaza: el espectro aterroriza a los vivos, porque retorna para matarlos. Es por eso que se aísla a viudas y viudos, para evitar que alguna tentación sexual "provoque y ofenda" al que murió. Sólo los ritos funerarios protegen, transformando al espectro en ancestro, padre y protector de su pueblo, por el que vela desde el más allá.

Los ritos se ubican así como esenciales para el duelo. Como dice un poeta popular: "Sin adioses, el partir y el morir nunca son olvido".(15).

Lacan subraya que en el espacio en que el rito no se realiza, aparece el espectro. Con respeto por el maestro, lo pienso al revés: en un aspecto el rito consiste en hacer existir nuevamente al padre terrible, como intento de hacer surgir el significante que organice la representación. Confrontado (por la pérdida) con la castración (16), el sujeto intenta renovar el pacto simbólico de sus tiempos instituyentes.

Ese pacto es la operación originaria del Otro sobre el ser. Consta de dos tiempos claramente diferenciables, en los que se diferencian sonido y palabra.

El primer tiempo es aceptar sin reservas, incondicionalmente, el lugar y la orden del Otro. El gesto de arrodillarse al entrar a una iglesia, y el sacrificio de Abraham, lo ejemplifican. Si el sujeto tolera ese "daño de su unidad" (17), le seguirá la alianza, el pacto que le dará el uso de la palabra: la religión lo metaforiza como entrega de las Tablas de la Ley.

El pacto simbólico se ubica en los puntos s(A) y A del grafo. El sujeto ha hecho un primer sacrificio de goce y recibe a cambio una significación (que proviene del Otro) a la que su ser se aferra.

El trueno que acompaña la entrega de las Tablas (y que el shofar recuerda en la liturgia), es el alarido de muerte del padre terrible, es el signo y la huella de la pérdida definitiva de la sustancia gozante, que abre el camino para la palabra y la Ley simbólica. El sonido queda como signo del momento originario.

El pacto anuda voz y Ley. Una vez que la Ley impera, la voz que exigía obediencia le es arrancada al Otro (que queda en falta), y podrá ser utilizada por el sujeto, para "recordarle" a Dios que a partir de allí él es el padre simbólico (es decir el padre muerto), ya que ha sido asesinado.

En el inicio, el sujeto sólo sabe de esa voz: "Lo dicho primero decreta, legisla, aforiza, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad". Ello es el "nacimiento de la posibilidad". Luego surge el trazo unario, un significante que es "insignia de esa omnipotencia.(..). marca invisible que el sujeto recibe del significante". (18).

Hay una articulación esencial entre el sonido y el sentido, entre la voz del padre y el texto de la Ley (que desde allí condiciona a todos a una legalidad). Lo escrito sólo puede ser eficaz unido a la presencia de quien lo escribe.

Unido pero a la vez pasible de ser desprendido: la voz es el resto de la operación fundante. Resto es lo que queda de un número que no puede ser dividido exactamente por otro. La sustancia gozante tiene resto, no puede ser estructurada, contabilizada con exactitud por el símbolo.

Ese resto es lo que demuestra que algo no se deja capturar en las redes significantes, no puede adquirir sentido ni significación. Es un agujero en el Otro. Por otro lado, es lo que condensa lo que no tiene significación para el Otro. Este último aspecto tiene un filo riesgoso: la melancolía ilustra que el sujeto puede reducirse a ese resto cuando, no encontrando el agujero en el Otro, no puede alojarse en él.

MUSICA

Para finalizar, les propongo una idea: no habiendo significante que haga letra, se hace música. No hay sociedades sin alguna forma de música, que suele ser, además, un componente importante de los ritos funerarios. La idea es que por su intermedio se trae y se aleja una voz espectral y amenazante.

La música hereda del sonido del primer tiempo del pacto, la posibilidad de afectar directamente el cuerpo. Como dice un estudioso de la música: "El sonido es el violador..(..)..como si el cuerpo ante el sonido se presentara, más que desnudo, desprovisto de piel." (19).

Ubico al sonido en una comunidad de estructura con la letra. Las neurosis se despliegan dentro de un rango, de un espacio, de un margen en que sonido y letra están anudados a la cadena significante. De las letras se ha borrado la imagen, y el sonido de la voz originaria es "olvidado". Ambas se articulan como sentido.

Sin embargo, está conservada la unicidad y la posible separación tanto de la letra como del sonido. Pueden presentarse sueltos, desenganchados del significante. Las palabras pueden cortarse, reapareciendo la letra como unidad combinatoria (sólo así puede armarse un nuevo texto a partir del original). El sonido reaparece como la voz del Otro, reviviendo de un modo mínimo la operación fundante, con la chance de desapropiación de esa voz (que quedará así para el sujeto).

Ese rango tiene dos extremos. Por un lado, un rasgo escritural (que mantiene la figurabilidad), o bien un puro sonido (que se independiza). Ambos se pueden desprender de su articulación a la cadena.

En otro texto (20) ejemplifiqué ese desprendimiento con la voz de la conciencia, la voz del líder, la música de vanguardia y la ópera. En ésta, el goce de la voz pura se da en el sobreagudo del canto femenino: es un instante, un punto límite en que el canto se transforma en un grito estremecedor, exponente del desprendimiento de la voz cuando caduca, por un momento, la dimensión de la palabra; conmueve hasta las lágrimas la liberación del puro sonido en el retorno -por una voz- de la originaria pérdida de la voz, el tomar contacto con "lo que fue" el cuerpo antes del significante.

Esa posibilidad de desprendimiento es decisiva, ya que si falla, por el otro extremo el texto se hace compacto, un continuo que hace desaparecer o bien el valor combinatorio o bien el valor sonoro (ambos sostenes necesarios del sentido). Entonces el texto arrasa con el sin-sentido (que es esencial para poder quebrar el sentido, evitando que petrifique al sujeto).

Ambos extremos son el mismo punto, porque lo decisivo es que, aunque por diferentes razones, el intervalo significante no funciona como tal: por un lado es la figura de la presencia ineludible del Otro, o el sonido de su voz que llama al goce; por el otro lado, el mandato in-dialectizable que petrifica y reclama obediencia.

Sin embargo, el margen de maniobra de las neurosis está entre ambos extremos. Recorre, una y otra vez, un circuito que se acerca al desprendimiento de imagen y voz (único modo en que el texto no se compacte y el objeto se recorte), pero vuelve luego a articularlo a la palabra (para que el objeto recortado se desprenda).

La música posibilita ese recorrido. Nos lleva al límite en que la palabra se desintegra en un grito de horror, en que amenaza un goce ilimitado... pero a la vez hace caer - una vez más - la voz espectral. Vuelve a un momento originario y, como el duelo, pone en juego lo que fue para el sujeto la pérdida (instituyente) del objeto. En su volver a pasar lo re-encuentra y lo pierde una y otra vez, tejiendo en una trama sonora el borde de su agujero, haciendo que se vuelva a perder (simbólicamente) lo perdido (realmente).

Letra y música: otro poeta popular cuenta cual era su "remedio" para la tristeza. Decía que, a diferencia de otros, que escriben cartas, o salen a ver la luna... él prefería su cajita de música...

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. Jacques Lacan: "Lacan oral", Xavier Bóveda Ediciones, Bs. As., 1983, pág. 106.
  2. Ibidem.
  3. Carlos Gardel: "Sus ojos se cerraron", tango cuya música fue escrita por Lepera.
  4. Jean Francois Recanati: "Predicación y ordenación". Intervención en el Seminario de Jacques Lacan, 12-12-72. Inédito.
  5. Jacques Lacan: El Seminario, Libro IX: "La identificación". Inédito, clase del 20-12-61.
  6. Ibid., clase del 10-1-62.
  7. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XXII: "RSI". Inédito, clase del 11-3-75.
  8. Roberto Juarroz: "Octava poesía vertical", Ed. Carlos Lohlé, Bs. As.,1984, pág. 52.
  9. Ibid. de 1, pág.108.
  10. Ibid. de 1, pág. 104. Vale aclarar que la mención de Lacan se encuentra inmediatamente antes de comenzar el tema del duelo.
  11. Catherine Millot: Respuesta de Jacques Lacan, 1974. Inédito.
  12. Ibid. de 1. pág. 105.
  13. Ibid. de 9.
  14. Sigmund Freud: "Tótem y tabú", en Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972, Tomo V, pág.1781.
  15. Alfredo Zitarrosa: "Si te vas".
  16. Ibid. de 12.
  17. Sigmund Freud: "Neurosis y psicosis", en Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972, Tomo VII, pág. 2744.
  18. Jacques Lacan: "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano", en Escritos I, Siglo Veintiuno editores, México, 1971, pág. 319.
  19. Pascal Quignard: "El odio a la música", Ed. Andrés Bello, Barcelona,1998, pág. 105-106.
  20. Se trata del texto "Formulaciones de lo ignorado. Estudios de psicoanálisis y arte", Ed. Lazos, Bs. As., 2001, pág.115-116.