LA CONVERTIBILIDAD DEL SUJETO (versión resumida)

por Osvaldo M. Couso

"Un pesimista es sólo un optimista bien informado."

Mario Benedetti

(*) Jornadas de la escuela Freudiana de Buenos Aires "La erótica del poder y la crisis social", Buenos Aires, 2002.

El funcionamiento del significante a los efectos de la constitución del discurso, implica una división, una diferenciación "dentro" mismo de lo simbólico. Hay un tiempo en que "... de algún modo, todos los significantes son equivalentes, porque sólo juegan con la diferencia de cada uno respecto de todos los demás..." (1).

Sosteniéndose de ellos mismos en reunión sincrónica, "todos" los significantes parecen "valer lo mismo". Pero en determinado momento puntual (implica entonces una dimensión diacrónica), un significante es extraído del campo: va a "intervenir" en los "significantes que ya están ahí", es decir sobre una batería que conforma "la red de lo que se llama un saber." (2).

Como con el equivalente general que planteaba Marx, una mercancía encarna el valor universal de todas las otras, que así sufren una transustancialización, pierden las relaciones que las determinaban y pasan a funcionar como modos de aparición del valor que el equivalente encarna.

Cualquier significante puede adquirir esa posición diferente a la de los otros componentes del sistema. En ella, quedará ubicado para la función eventual de representar un sujeto para los otros significantes; función que implica, a la vez, el des-completamiento de la batería. (3).

LA IMPOSIBILIDAD DE LA REPRESENTACION

"Sólo que el sujeto al que representa no es unívoco. Está representado, sin duda, pero también no está representado. En este nivel hay algo que permanece oculto en relación con este mismo significante." (1).

Por la estructura misma de la representación, el significante siempre falla: sólo puede nombrar, contornear lo representado, pero nunca apresarlo. Cava un abismo insalvable que lo separa (aunque también lo relacione) de la cosa. Presencia hecha de ausencia, consistencia herida de vacío, monumento que conmemora aquello que él mismo separa y excluye.

Ello es lo que hace que la cadena deslice incesantemente, ya que por la imposibilidad de la representación se busca el próximo con el fin de que éste sea el "definitivo", el que subsane la falla significante... que se vuelve a producir haciendo que el deslizamiento continúe.

El S1 no es el representante final y definitivo, el que representa "por completo" al sujeto. Por el contrario, es el que encarna la imposibilidad misma de la representación. Es el que escribe la diferencia, el quiebre, el hiato insalvable que lo separa de ese sujeto al que no-todo representa. Así, el S1 es el índice de un sujeto que es tan representado como irrepresentable; que no es en sí una entidad positiva y sustancial, sino la amalgama de los significantes que lo inscriben, con el vacío que se abre más allá de toda inscripción.

Sin embargo, porque el significante no sólo "no es" lo representado, sino que al representarlo lo tergiversa (pues transforma algo ausente en una presencia restallante y absoluta), "el significante hace surgir al sujeto... (...)... al precio de coagularlo" (4), de soldarlo con lo que lo representa, ocultando su vacío constitutivo.

UN UNO HACE EL TODOS

El S1 asume, como equivalente general, la falla de todo significante. Es como si uno "se hiciera cargo" de algo de los otros, que así pasan a existir como "todos". La existencia del S1 deja oculta la falla de toda representación; así los otros, totalizados, son los que rellenan (o así lo pretenden) esa falla. Excluido el Uno, dicha totalización hace creer que los otros ya no son meros significantes, que ya no fracasan, que "son" el objeto real. Esto porque, aún cuando cada uno de ellos también falle, se crea la idea que se puede alcanzar "un último" significante que "completará" la "verdadera y total" representación.

Así, el par ordenado S1-S2 constituye un par heterogéneo, cuya propiedad esencial es la no conmutabilidad, y que determinan (a diferencia de Descartes, para quien se existe como consecuencia directa del pensar) que para que el sujeto ec-sista se necesita también el objeto. La articulación S1-S2 no es ubicable con sólo esos dos términos. Hay un tercer término, que es el vacío de la posible ausencia de significante.

S1 es el significante que remite a ese vacío, es el que al encarnar la imposibilidad misma (estructural) de la representación, constituye su agujero, delimita su frontera. S2 es el que desmiente, materializa, hace algo positivo de lo que es pura nada. Si S1 es la marca de la ausencia, S2 es la presencia que la niega.

Si S1 no está, los S2 no se totalizan, y entonces no representan nada. (5).

Si S1 está, los S2 se postulan como representantes "verdaderos", ya que intentan reencontrar lo ausente, fallando a su vez; pero aplastan en un mismo plano al cero y al uno, suturan disimulando el corte que los separa, inician la propagación al infinito de la esperanza de reencuentro.

S1-S2 son entonces tanto la marca de la ausencia, como la sede de su desmentida.

EL LAZO SOCIAL

El lazo social y la red intersubjetiva sólo consisten si un significante ha aparecido y mantiene velada, oculta, una verdad que está "más allá". Ese significante trasciende la realidad de todos los días. Insondable, estable, trascendente, oculto por detrás de las apariencias, es en verdad su causa y el que las ordena. Produce además una sutura, "cierra" un campo ideológico determinado, borrando las huellas de lo que lo generó. Así, reestructura todo el campo, transforma una colección de individuos en una totalidad racional, porque los desprende de otros lazos de pertenencia que los unirían a otras ideas o les darían una identidad distinta.

La idea de nación puede ser un buen ejemplo – particularmente ilustrativo en el momento actual, ya que se acerca un mundial de fútbol -. La palabra "argentino", o la bandera, pueden concebirse como ese significante que desamarra a los individuos de otros significantes que podrían determinarlos (multiplicidad de lugares de origen, clase social, condiciones económicas o culturales, etc.): el día del partido final seremos todos argentinos, como si se hubiera constituido un conjunto que nos englobara. Ese conjunto oculta –y el momento actual también es muy ilustrativo en este sentido – todas las miserias que pudiera implicar el ser argentino. Y aplasta las diferencias y las singularidades (negando, por ejemplo, que cualquiera de nosotros puede tener mejores lazos con un intelectual chileno o europeo que con un diputado o un militar argentinos...).

La existencia de ese significante especial, que oculta toda singularidad y "borra" toda otra determinación, hace que "argentino" consista como si fuera lo que el objeto representado es. El vacío constitutivo del sujeto se eclipsa; el sujeto "se siente" representado, obtiene un mundo y un lugar.

LA CONVERTIBILIDAD

Voy a proponer la idea que lo brevemente expuesto para la constitución subjetiva es pensable para la sociedad. En 1983, el significante "constitución", repetido en cada discurso del Dr. Alfonsín, cumplió la función (antes expuesta) de ese significante especial que estructura un campo. Inició así una escena (luego contradicha) en que se nos prometía el regreso a la Ley y los derechos que habían sido por tanto tiempo conculcados.

La convertibilidad fue el significante que cumplió una función análoga con Menem. Puso por un lado, un límite a la locura de la hiperinflación. Por otro lado, fue también la ficción que hacía creer en una posible contabilidad y dominio del goce, encubriendo (consistentemente) que el goce puede no tener medida. Ese poner el goce "bajo su gobierno", fue la promesa de un padre perverso, que quiso hacernos creer que "estamos en el primer mundo" y "valemos (y podemos gozar) tanto como ellos"...

Y así fue como, acunados por los brazos fuertes de ese "primer mundo", la convertibilidad nos puso a todos a dormir, a soñar en colores (especialmente en verde): depositar dólares en los bancos, viajar barato, comprar electrodomésticos...

Pero "el significante amo no sólo induce sino que determina la castración" (6). En cierto sentido, la existencia del S1 es propiciatoria, ya que si no está, la omnipotencia del Otro genera autómatas o delirantes. (7).

Si a pesar de encontrarnos en circunstancias tan dramáticas, se me permite el chiste, diría que aunque la Argentina nos parezca el "delirio de un mamao" (como dice el tango), no está psicótica... estará loca, pero no psicótica.

EL DESPERTAR

El amo nos puso a dormir, pero iba a llegar el momento de despertar.

Dice Saramago que "los engaños peores no provienen de la ignorancia, sino de creer ciegamente en aquello que se supone saber". (8).

La necesidad neurótica de creer en un Otro todo-amor al que entregarse (en una declinación de la subjetividad tal vez similar a la que Freud describía para la hipnosis), se complementa a la perfección con el hecho que, en la dinámica social, siempre hay quien se hace cargo de ese lugar-Otro que el neurótico pide (y que puede ser desplegado con muy diferentes grados de perversión). Complicidad por la que el ser del sujeto se afirma, tiene un mundo en el que ocupa un lugar, y el goce parece quedar limitado.

Pero aunque la cara perversa de la función paterna es de estructura, hay en ella infinitos grados de perversión. "El malestar en la cultura" nos enseña que el empuje superyoico no cesa, sigue exigiendo más. Quien se ha ofrecido para ocupar el lugar de padre y conductor "no se conforma" con el poder que le asignan las esperanzas neuróticas. Es insaciable, y al ir construyendo cada vez más poder real, va "objetalizando" a los sujetos, quienes no están (como quieren creer) en relación a un Otro que los ama y protege... sino más como objeto del que el Otro goza. El empuje al goce va desnudando lo que debiera quedar oculto, como si se actuara en lo real la escena del fantasma (que el fantasma mantiene reprimida). La clínica nos muestra cotidianamente la actuación perversa donde el "ingenuo" es sorprendido, estafado, transformado en víctima por algún personaje (en quien buscaba un Otro protector). El sujeto ya no puede jugar la ficción de ser amado por un dios que lo acoge en su reino, y le promete (para el futuro) todas las delicias: ese dios se le hace (impúdicamente) visible en su cara más salvaje y obscena, "apropiándose" de su ser para gozar: el "ser gozado", que aparece como un real sin velos, implica un exceso en el goce, hasta entonces regulado por el fantasma.

En definitiva, se desnuda con mayor o menor crueldad, más o menos descarnadamente, la posición de objeto del sujeto. Y para peor, el goce aparece como sin límites: el sujeto descubre que el Otro lo puede llevar hasta el extremo de desgarrar lo más primario, lo más elemental, lo que hace a su dignidad misma de sujeto.

Es un momento de dolor, de desengaño, de furia, de comportamientos locos, de pánico. Implica el sentimiento de haber sido estafado, abusado en la buena fe. Es el momento del grito desgarrado donde se mezclan rencor y reclamo. Al mismo tiempo, todo el tejido social se resquebraja, la comunidad misma parece desintegrarse, al hacerse poco confiables las coordenadas simbólicas que constituían sus nervaduras: la palabra parece no valer nada, no pacifica ni sostiene compromiso alguno, todo da igual, vidas y valores son arrasados, los sujetos parecen quedar librados al goce mortífero de Otro del que sólo puede esperarse más estafa, mayor humillación y peor ferocidad.

Estos indicadores clínicos son los que considero predominan en las circunstancias que estamos viviendo actualmente. El punto crucial es el momento de angustioso quiebre del marco mismo en que se desarrollaba la escena del mundo. La convertibilidad revela entonces su "otra cara": más que pesos en dólares, convierte sujetos en objetos...

Cuando se padece un arrasamiento total de la subjetividad, pasa a un primer plano el modo en que se intenta recuperar algo de esa subjetividad. La "cacerola" simboliza hasta qué extremos llega el arrasamiento (necesidades básicas descuidadas, padres humillados por falta de trabajo, cocinas desoladas, criaturas desnutridas, jóvenes sin futuro). Quizás es a la vez el grito que aún tiene esperanzas en Otro que escuche. Pero su furia también es el intento de recuperar la perdida dignidad del sujeto.

Dice un poeta: "La mujer pública // me inspira más respeto // que el hombre público." (9). Versión tal vez más sutil que el "que se vayan todos", que expresa la estafa y la indignidad padecidas (aunque con el riesgo del llamado a un nuevo amo).

LA CAÍDA DE LA ESCENA

Las ficciones han demostrado históricamente su desprecio por la subjetividad y los símbolos y valores culturales: el primer mundo, por ejemplo, que -con su fulgor de rascacielos, libertad y progreso- enceguece para eclipsar las matanzas, las invasiones y la miseria. Pero el aplastamiento de la condición humana que reduce guerreros a lustrabotas, niñas a prostitutas o profesionales a sirvientes, está todavía dentro de la dialéctica de la creencia. Son cuentos para niños, y mientras los hombres aceptan ser tratados como niños, la creencia se sostiene: el lustrabotas no padece un arrasamiento total de la subjetividad, tiene aún una ubicación en el mundo (aunque sea a costa del empobrecimiento y la casi desaparición de sus potenciales posibilidades). Mientras la creencia aún puede sostenerse, su Otro es el de la verdad, aquel a quien todavía puede demandársele que "asegure" la verdad de las ficciones (a pesar que es ese mismo Otro quien las crea). Esto sólo es posible mientras el amo que responde al pedido del fantasma neurótico, no se ubica "del todo" como padre terrible.

Pero cuando toda creencia se quiebra, se desnuda que muchas veces el Otro no es el de la verdad, sino el del goce. El engaño del Otro de la verdad constituye un mundo, posibilitando al sujeto ocupar un lugar en él (aunque sea a costa de los síntomas, y de "no querer saber nada" de la verdad). El empuje al goce lo derrumba, objetaliza al sujeto y puede llegar a hacerlo caer de la escena: el sujeto ya no podrá responder fantasmática o sintomáticamente. Es entonces cuando se observan los comportamientos más locos, cuando no los más abyectos (en la desesperación por mantenerse en una escena que se quiebra, se pone en juego "lo peor" de las personas).

Clásicamente la neurosis se descompensa por la emergencia sintomática (ineludible, dada la naturaleza problemática del deseo), que atenta contra la estabilidad fantasmática.

Pero de lo expuesto se deduce que en las circunstancias actuales, no es esa articulación conflictiva síntoma-fantasma lo que predomina, sino el enloquecimiento, la angustia, el pánico y los fenómenos que afectan el cuerpo real.

Cuando las tramas sociales se resquebrajan, el abroquelamiento de los sujetos para asegurar lo mínimo, atenta contra todo proyecto de otra índole que pudiera plantearse. Ello constituye una dificultad para la efectuación del psicoanálisis, que se agrega a otras preexistentes: los dilemas éticos del posmodernismo (a contrapelo de la ética propia del psicoanálisis), la situación económica real (que alcanza niveles gravísimos), el predominio perverso de las llamadas "terapias alternativas"...

PARADOJAS PARA LOS ANALISTAS

Excluidos de las grandes decisiones, del poder de las armas o el dinero, de los contubernios de políticos, banqueros, mafias y corporaciones... ¿tenemos los analistas algo que decir en relación a las cuestiones sociales y culturales (como el difícil momento que soportamos hoy)? ¿Pueden nuestras categorías aportar algún elemento valioso para entender, o para participar o ayudar en algún sentido, cuando los procesos parecen desarrollarse vertiginosamente por "fuera" de nuestras posibilidades?

Como en las paradojas lógicas, si desde nuestro aparato conceptual podemos aportar algo, corremos el riesgo de creer que el psicoanálisis tiene respuestas para "todo" (aplastando la especificidad de los diferentes campos, y la idoneidad de otros marcos conceptuales): hablar para incluirse puede dejarnos fuera (históricamente, la falta de humildad de muchos analistas le produjo muchas veces ese daño al psicoanálisis). Pero si no somos capaces de decir nada, quedaremos condenados al lamento estéril: no hablar para no quedar fuera, puede dejarnos fuera por no hablar.

La crisis que vivimos es profunda, y los riesgos para ubicarnos en ella son enormes. Pero el horror de la guerra no impidió a Freud teorizar sobre el inconsciente y la muerte, ni a Melanie Klein sostener su trabajo bajo los bombardeos. Sufrir una excomunión motivó a Lacan para replantearse los fundamentos del psicoanálisis, y las convulsiones del mayo francés para la producción de los cuatro discursos.

Honrando (desde nuestras modestas posibilidades) esos ejemplos, propongo por mi parte que aceptemos los riesgos...

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1.Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVII "El reverso del psicoanálisis", Ed. Paidós, Bs.As., 1992, pág. 93.

2.Ibidem, pág.11.

3.Jacques Lacan: "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano", en Escritos I, Siglo Veintiuno editores, México, 1971, pág. 318.

4.Jacques Lacan: "Posición del inconsciente", en Escritos II, Siglo Veintiuno editores, México, 1975, pág. 376.

5.Ibidem, pág. 330.

6. Ibidem de 1.

7. Ibidem de 3.

8.José Saramago: "Historia del cerco de Lisboa", Ed. Alfaguara, Bs. As., 1999, pág.30.

9. Mario Benedettti: "Rincón de haikus", Ed. Seix Barral, Bs. As., 1999.