UN ABUSO DE LENGUAJE

Por Osvaldo M. Couso. (1).

 

(*) Coloquio de Verano de la EFBA, Buenos Aires, 2002.

Hay que empezar a abandonar cada tanto la escritura / y aprender a convivir con la página en blanco, / con su llanura demasiado lisa, / con su horizonte demasiado abierto. / Hay que dejar en suspenso nuestras figuraciones / para aproximarnos a nuestras transfiguraciones / y dialogar con ellas en el extremo del blanco, / sin tener siquiera la letra como testigo.... Roberto Juarroz

El genio del pintor Magritte nos ha legado, entre muchos otros, un cuadro clásicamente considerado por los psicoanalistas, porque nos ilustra de cuestiones esenciales sobre la estructura del lenguaje: se trata del cuadro en el que el artista dibuja una pipa, acompañada de un texto que dice: " Esto no es una pipa." Algo aparentemente muy simple, pero de enorme profundidad. Su genialidad permite evocar no sólo el objeto que no está, sino (en el no-es) un tercer elemento, triplicando así lo que aparece (en una primera aproximación) como bivalente: nos introduce en un universo donde se pueden recortar tres aspectos nítidamente diferenciables: el objeto, el dibujo y el nombre del objeto.

Entre esos tres aspectos sucede un hecho muy importante: puede decirse que el dibujo tanto es como no-es el objeto. Esto último es casi obvio (aunque esa obviedad es engañosa), ya que no resulta difícil decir que la pipa no puede confundirse con su dibujo. Pero a la vez sucede que si alguien, mostrando el dibujo, preguntara "¿qué es esto?"... nueve de cada diez personas responderían "una pipa".

¿Qué magia encierran esos trazos, que aún sabiendo que sólo se trata de una representación, podemos confundirlos tan fácilmente?... ¿O sólo se trata de una "forma de decir" que no implica cuestiones de estructura?...

Hay algo en el lenguaje (es lo que Magritte llama un "abuso de lenguaje"), que no asegura suficientemente la separación entre objeto y trazo. Por ello cuando se habla de escritura, deberemos estar atentos a considerar un doble borramiento: el primero es el que efectúa el trazo sobre el objeto, haciéndolo "desaparecer". El segundo es el del trazo mismo, ya que a partir del cuadro de Magritte, hemos visto que cuando está el dibujo, tiende a confundirse con el objeto. Será preciso "hacer desaparecer" también el dibujo, para acceder al significante propiamente dicho.

PRIMER BORRAMIENTO

Toda sociedad tiene objetos reales, extralinguísticos, que el lenguaje nombra. Y tiene signos, marcas, trazos, dibujos y nombres de objetos.

La estructuración misma, el origen mismo del lenguaje para un sujeto, es lo que Lacan llama una "manipulación simplificadora del objeto" (2): se simplifican sus características particulares, y sólo queda de él el hecho que sea uno. La unicidad: el nombre de un gato hace que se diga "gato", que se generalice y que se retenga de él ese sólo hecho, borrando y englobando todo lo demás (tamaño, color, etc.) de cada objeto particular.

El trazo es el hecho que hay una traza material, una línea escrita, un signo que ha efectuado un primer borramiento del objeto real. La materialidad de ese trazo constituye un primer tiempo de la escritura. Ese primer paso de borramiento del objeto por el trazo, es el comienzo del ingreso del sujeto al mundo simbólico: por así decirlo, tenemos el dibujo de la pipa.

Magritte nos ha enseñado que no es suficiente (subsiste la posibilidad de confusión entre objeto y dibujo). Para avanzar en ello voy a tomar otros ejemplos.

He encontrado en un texto ya clásico (3), la idea de una posible articulación entre el objeto y la traza. El autor resalta que en ciertos ideogramas de la pirámides egipcias, hay "defectos" en el trazado. Estos defectos son de tres tipos: imágenes incompletas, a las que les falta una parte (por ejemplo, un animal sin patas traseras); imágenes a las que parece que se les hubiera pasado un borrador en medio (que discontinúa las líneas); imágenes a las que se les ha arrojado, se las ha salpicado con yeso fresco, manchándolas. En todos los casos parece tratarse de defectos hechos intencionalmente.

La idea que entre los egipcios subyace a estos "defectos", es la separación entre la imagen y el espíritu que le correspondería: así, al trazar la imagen del león, el espíritu del león es desalojado y lanzado a vagar por los valles. No es una idea descabellada, ya que una vez que está el trazo, el objeto queda efectivamente fuera, y el dibujo perderá toda figurabilidad y será utilizado para escribir una letra. Sucede entonces que esos espíritus errantes (tal vez fastidiados por la desaparición a que son condenados...), pueden querer volver a "ocupar" las imágenes que los desalojaran. Los "defectos" se revelan así como recursos para afear las imágenes, desalentando con ello a los espíritus, que no retornarían a ellas por sus imperfecciones.

En otro texto (4) encontré otra idea que alude al mismo problema, aunque le da un matiz diferente. El autor recorta allí algo que Freud mencionara en "Tótem y tabú". Freud decía que los muertos dan miedo a los vivos porque se niegan a alejarse al país de los muertos y pueden retornar para llevarse a los vivos con ellos. "Los muertos matan" decía Freud.(5). Sólo los ritos del duelo transforman al muerto en un "espíritu tutelar", un antepasado que retorna sólo simbólicamente y que protege a la tribu. Hay entonces cierta oposición entre espectro (retorno real con continuidad entre los registros real y simbólico) y ancestro (cuyo retorno es simbólico).

En definitiva Magritte, los egipcios y Tótem y Tabú nos enseñan que algo puede retornar, que hay un borde que no alcanza a separar del todo los territorios, que las imágenes no mantienen los objetos a suficiente distancia, agregándose en el último caso la idea de algo peligroso o aterrorizante.

CONSECUENCIAS CLÍNICAS

Una concepción que ya es clásica para el psicoanálisis, nos dice que el niño es esperado en el lugar de una falta: ubicado como falo para la madre, es representante de la falta materna. Es decir que desde el inicio (aunque podría no ser así) se establece, se afirma la existencia misma de la significación fálica.

En esta formulación por todos conocida, resalto una idea clave: una vez que se establece la significación fálica, ésta tiende a absolutizarse; es decir que esa significación fálica puede concebirse como la presencia de un consuelo (o de una completud) para la madre. Pero hay un punto esencial (aunque su característica cuantitativa lo hace difícil de valorar): la idea de si esa completud admite o no un desprendimiento, que algo pueda restarse del campo del Otro, sin que en ese Otro sobrevenga una descompensación.

En ese sentido es muy ilustrativa una distinción que opera Lacan, cuando en el Seminario IV considera el caso Juanito: dentro mismo de la significación fálica, es conveniente diferenciar si en ella se articulan (para la madre) la metáfora de su amor por el padre, o bien la metonimia de su falta de falo.(6). Se recordará que en la metáfora, la sustitución no implica la desaparición de lo sustituido, ya que el significante que ocupa ese lugar sigue (aunque reprimido) vigente, en estrecha relación con el que lo sustituye. A la inversa, la sustitución metonímica hace caer como desecho el significante sustituido, que ya no cuenta a los efectos del sentido a alcanzar. Entonces: si bien el niño es un substituto, como metáfora conserva el amor (de la madre) por el padre, remitiendo a él. Como metonimia, en cambio, hace desaparecer lisa y llanamente a ese padre, que queda reducido a ser un lugar de pasaje, un posibilitador (desechable) del sustituto. Que se conserve o no la dimensión de ese padre implica necesariamente una diferente relación de la madre con su falta: si ésta es "asumida", el hombre es mantenido como el portador fálico que se hace necesario como donador de un "consuelo"... la segunda posición (que lo relega más al rango de instrumento descartable) implica un diferente grado de renegación, en la madre, de su castración.

Esto nos enseña que aún habiendo significación fálica (que está vigente desde - y para - la madre), ésta puede tender a una significación absoluta (7) que puede ser vivida por el chico como un goce sin límites.

Al ubicar al niño como su falo la madre (como decía Freud) "cumple su deber". (8). Es así porque esa ubicación sólo es posible para quien de algún modo asume su carencia. Sin embargo, una vez que el cuerpo del niño la completa, tiende a hacerla "olvidar" de su carencia. Es una paradoja estructural: la falta se preserva por un lado... a la vez que se obtura por otro. El falo fetichiza y oculta la hiancia que lo determina. De allí que el punto decisivo es la preservación del "universo de la falta."(9).

Tal fetichización y absolutización (que hará necesario un segundo tiempo de borramiento para negativizarla) no puede hacernos olvidar que el establecimiento de la significación es una gran adquisición, porque ... "en la medida misma que se constituye y se afirma, implica cierto dominio y cierta domesticación... "(10) de lo real. Sólo así se está a cubierto de ver el sol (o la muerte) de frente. El niño viene al mundo y recibe lo que le permite un premier apartamiento de lo real, un "primer esbozo de sistema simbólico".(11).

Esta significación, que constituye un primer tiempo de escritura, la ubico en el primer piso del grafo, en el matema s(A), o como la constitución misma para el sujeto del cuerpo simbólico.

Clínicamente, es el tiempo de la extracción de un rasgo del Otro, que escribe en el cuerpo del niño. Así se lo puede entender (a modo de ejemplificación) en el historial de Juanito, en el momento en que el niño desarrolla con la madre lo que Lacan llama "juego tramposo" (12), o "connivencia del juego imaginario" (13): se recordará la descripción de lo que podría llamarse "franela" con la madre, que lo deja ir a su cama, que le dice que ella tiene pene, que lo deja estar presente mientras se cambia, o va al baño... tal vez podría resumirse en el término " hacer mimitos". Lacan lo describe como "juego en que se es lo que no se es, se es para la madre todo lo que la madre quiere."(14). Posteriormente lo considerará como lo que asegura al Otro que está colmado. (15).

El hijo proporciona a la madre ese cosquilleo de sentir que tiene su apéndice intacto. El chico ha localizado algo que le dice cuál es el goce de la madre. Una letra escribe y da las vías por las que corre el goce.¿Por qué decimos que es escritura? Porque algo en el niño se ha marcado, el niño no precisa ya estar todo el tiempo atento a los ojos de la madre para saber qué hacer. El ya sabe como ubicarse, circula, anda de acá para allá, tiene una primer marca que lo ubica en el mundo. Marca que de algún modo, está ya inscripta en su psiquismo.

Pero es un trazo que aún no funciona como significante. Si bien el rasgo es ya significante, no lo es desde la perspectiva de remitir a otros significantes, sino desde otras dos (diferentes) perspectivas:

Conviene sin embargo insistir en que el propio funcionamiento de la marca hace que la marca obture la falta que está marcando. Así, aunque es significante de un vacío, tiende a borrar ese vacío.

Junto al establecimiento de esta primer significación, el Otro aporta también la imagen especular, correlacionándose así la alienación simbólica con la imaginaria. El sujeto recibe una significación de su ser y una imagen de su ser. De ambas el sujeto deberá desembarazarse. Ambas lo alienan al Otro y ambas tienden a lo absoluto: el niño es lo que la madre dice que es, es la imagen que el espejo le devuelve.

LA CASTRACION

El complejo de castración va a posibilitar sustanciales modificaciones. Implica la negativización del falo (esto es: el falo que se tiene se puede perder, ya que su importancia deviene de estar puesto en correlación con la castración). Implica el cuerpo real que no entra al espejo; las sensaciones provenientes de este cuerpo real quedan excluídas de la imagen: además de lo que se ve, hay algo que no se puede ver.

Ese cuerpo real es el tesoro que a cada uno le asegura su individualidad. En última instancia es lo que tematiza i (a). Es una imagen con un vacío dentro. La imagen es el continente de un contenido que es el objeto.

Aunque la palabra diga "tú eres eso"... el propio estatuto de la palabra, que no podría "decir todo", hace que "tú eres eso" incluya de inmediato "... pero no sólo eso". Así, el Otro no puede tener un saber absoluto sobre lo real del sujeto, sobre aquello que el sujeto es por fuera del significante. Eso que la palabra no puede nombrar (es decir aquello que queda por fuera de la palabra cuando la palabra nombra), eso que se le resta al saber del Otro, ese real es la morada misma del sujeto: Lacan decía que la casa del sujeto está en la falta en el Otro.(16). Es lo que separa al sujeto de ser sólo lo que es (es decir: lo que parece ser), lo que le posibilita ser otro que lo que el Otro dice que es.

Cada sujeto debe soportar una división esencial: a la vez es y no-es, funciona y va por el mundo como siendo lo que el significante dice que es, a la vez que asume que el significante engaña (y él no-es eso). A cambio de soportar tal dualidad, el sujeto puede habitar un mundo simbólico que existe como tal porque está en falta... Sólo así el sujeto está preservado de lo que el poeta llamaba "el horror de ser y de seguir siendo" (17)...

En definitiva, el complejo de castración implica el ingreso a la equivocidad significante.

Otro modo de decirlo: Ni la significación (que remite al falo) ni la imagen especular autentifican el sexo. Ambas determinan unificación, pero no sexuación.

La sexuación depende de aquello que no entra al espejo, ni es abarcado por la significación. La sexuación articula ambas con el objeto. Para ello, el reconocimiento del Otro no puede pasar sólo por la unificación, sino por el reconocimiento del sujeto como ser sexuado. Reconocerlo en su esencia de ser que se desprenderá, que se restará del campo del Otro, por lo que éste volverá a encontrarse, a través de esa pérdida, con su propia falta.

Si la imagen no es sólo imagen sino que alberga un agujero, un hueco (es decir alberga al objeto), el desprendimiento es en verdad caída del objeto. Desprendimiento que también se actualiza con respecto a la significación, ya que como ésta incluye su límite, todo falicismo está marcado de una pérdida posible.

Hasta los juegos imaginarios se puede decir que el chico es el falo materno, el dibujo de la pipa es la pipa, el espíritu no ha sido desalojado suficientemente, el espectro se niega a retirarse... El esplendor de la alineación, que confiere al chico la pregnancia de lo que un poeta llamaba las "perchas desoladas" (18), atrapan al sujeto en el cerco mortífero de lo que es para el Otro.

Mortífero porque es necesario, para la regulación del goce, que el chico busque su goce en la sexualidad (es decir por fuera de lo especular). Mortífero porque si lo que el Otro demanda consiste excesivamente, no puede operar como significante a ser reprimido, sino como llamada de goce de Otro que, "dentro" del sujeto, lo parasita y empuja. Si el niño es, si se conforma en exceso a esa llamada, se suelda al objeto. Pero en un primer momento el niño no sabe de su ubicación como objeto, se ha dejado llevar por el modo de goce que la traza proveniente del Otro le condiciona.

Sobrevendrá (en los mejores casos) un segundo tiempo, en que el rasgo pasa a significante. Entre ambos tiempos, es necesario que el sujeto atraviese lo que Lacan llama una crisis.

LA CRISIS EN EL IMAGINARIO

La crisis es una profunda conmoción, una reformulación del mundo mismo del chico: al sujeto se le revela que estaba ubicado como objeto del Otro: "el niño empieza como súbdito (assujet). Es un súbdito que se experimenta y se siente de entrada profundamente sometido al capricho de aquello de lo que depende." (19).

Lacan dice que la crisis es el surgimiento, la eclosión, el comienzo, el punto de partida de la neurosis, el momento en que "...se produce el drama de lo que es la estructura del sujeto."(20). Para entender este momento crucial, Lacan nos invita a pensar en las fobias; ellas nos ayudan a entender lo "...inaugural en la experiencia del neurótico."(21).

En Juanito, por ejemplo, esta revelación de estar sometido al poder caprichoso del Otro, va a ser simbolizada (mucho más adelante, cuando luego de la aparición del caballo – y gracias a ella – disponga de otro modo del significante) como el ser arrastrado por el caballo y el carro, y no poder regresar.

Hasta la crisis, el sujeto estaba gobernado, en su relación al Otro, por la certidumbre de saber lo que el Otro quería de él; esto era así, porque en esa relación predominaba el goce por sobre el deseo. A partir del momento en que se da cuenta que estuvo sometido al poder del Otro y pendiendo de su goce, el sujeto pierde tal certidumbre: ya no puede "creer que sabe" lo que el Otro desea.

Se abre el deseo del Otro como enigma, y el predominio de la relación se desliza del goce al deseo.

La crisis de Juanito sobreviene cuando la excitación fálica lo conmina a abandonar su posición de ser (todo él, por entero) el falo de la madre. La aparición de un apéndice rompe con ese entero, cuestiona la lógica de ser o no ser (que hasta entonces le era suficiente), lo introduce (a empellones) en una lógica de tener o no-tener que conviene más a una posición de portador fálico (a la que no puede acceder).

Hasta entonces, incluido en la relación de la madre con el falo, podía sentir que la oferta de su cuerpo (como falo) procuraba a su madre la satisfacción que ella anhelaba. De allí que la crisis sobreviene por la in-satisfacción materna. La insuficiencia de Juanito para satisfacer a su madre se le aparece por doble vía: por el nacimiento de su hermanita, y por la aparición de su pene real (que no encaja en el juego de engaño).

La revelación de la madre como un poder real y caprichoso del cual el chico está suspendido (puede ser aprobado, denigrado o descalificado... sin que se le sea claro si alguna lógica rige tales ubicaciones) transforma lo que fuera un juego en una trampa: "la ley de la madre es una ley incontrolada."(22). La in-satisfacción antes mencionada pone en cuestión el amor mismo de la madre: Juanito parece haber captado que sólo es amado por su madre si él logra satisfacerla, lo que equivale a decir que ella no puede perderlo como objeto de satisfacción, que no lo ubica como metáfora del amor por el padre (sino como metonimia del falo), que predomina que es más objeto de goce que de amor.

Es justamente este punto el que marca la necesariedad de la intervención del padre real (del que el historial freudiano también nos ilustra). Se trata de un hombre concreto que saca la cuestión de la satisfacción de la madre, de manos del chico. Es el padre quien tiene que arreglárselas con esa mujer... como pueda. Sólo así (si es capaz de sostener tal posición) el hijo recibirá lo que Lacan llama "el don de la castración" : quedar incluido en una lógica del tener que incluye, por un lado, la idea que aquello que se tiene se puede perder; pero a la vez incluye también la idea que la posible pérdida no invalida (sólo lo limita) el tener.

El don de la castración es una promesa que abre crédito a futuro: permite al chico tener "los títulos en el bolsillo" (23) sostenerse como portador fálico en espera de su momento.

Lacan dice que en esta dramática fálica (24), el sujeto debiera poder decirse:"no tengo el pene". Ello implica aceptar que el pene funciona por fuera del registro simbólico, es también real, no se lo posee como un bien.

LETRA Y SIGNIFICANTE

La represión primaria despoja a las letras aisladas de su valor de imagen y de su valor de sonido. Así despojadas, pueden constituir otra imagen y otro sonido, el de una palabra (que a su vez llamará a otra, y tras ésta otra, en un discurso que remite a un sentido). La ligazón entre letras está producida por la función paterna (en Juanito por la fobia misma).

Una vez que ésta ha actuado sobre los significantes que portan la demanda materna, ésta sólo subsiste como valor visual y sonoro (ahora perdido) de la letra. Retorna vía escritura jeroglífica en el sueño y en las formaciones del Inconsciente. Tal retorno simbólico nos habla de una escisión: por un lado el significante que representa al sujeto articula las letras como texto tanto en lo que se lee, como en lo que se escribe, como en lo que se escucha. Por otro lado, la letra en sí es sonido y es imagen que persisten como Inconsciente, produciendo las "formaciones" y reteniendo, cifrando un resto de goce.

La función paterna hace de la letra un borde, una bisagra, una frontera, un litoral: por una cara conserva, además de la figurabilidad, el sonido de la voz del Otro llamando al goce. Por su otra cara, se abre a la Ley significante y se somete a ella, para combinar voces, sonidos y figuras en la constitución de nuevas imágenes fantasmáticas (el sueño, por ejemplo, es a la vez relato de deseos realizados y jeroglífico a descifrar).

Una cara mira hacia lo real, en lo que podría llamarse un grado cero de la escritura: la primer cifra, la primer transcripción de un goce hacia el símbolo. Su otra cara se despliega hacia lo simbólico, es apertura al sentido, por la vía del enlace de imágenes y sonidos. En el vaivén que va de la letra al significante y viceversa, predomina o bien el inicial valor visual y sonoro, o bien el despojamiento de los mismos en pro del texto.

Es decir que, por un lado, la letra guarda la potencialidad de presentarse aislada, des-articulada del significante, como imágenes o sonidos sueltos que no logran enganche a la cadena. Por otro lado, en la articulación entre la letra y el significante, el texto y el sentido hacen "olvidar" que las palabras se componen por el enlace de letras (que así funcionan como unidades combinatorias), como si el sentido las amarrara e hiciera desaparecer en su individualidad. Sin embargo, la funcionalidad descripta implica que la letra permanece recortable de la nueva unidad que ha constituido como palabra. Este hecho es esencial, ya que la palabra, al poder ser "cortada" (con lo que la letra "reaparece"), posibilita el armado de un nuevo texto que, aunque parte del primero, se diferencia de él (impidiendo así la petrificación del sujeto por el sentido pleno).

En la articulación de la letra y el significante se articulan el aspecto visual y el sonoro de la letra. El enlace entre éstas (decisivo para el sentido) toma por apoyo la imagen visual (ya que si sólo se tratara de sonidos sueltos el enlace sería mucho más dificultoso). Pero a su vez, ambos aspectos (visual y sonoro) se limitan mutuamente. Para ejemplificarlo, baste observar que acentuar demasiado la atención en lo visual (como sucede, por ejemplo, cuando se está corrigiendo un texto antes de llevarlo a la imprenta), hace perder el hilo del sentido.

Las dos caras de la letra hacen que en ella se condensen goce y prohibición. Tanto es voz que truena y atormenta pidiendo sacrificio, como voz que nombra y enuncia el pacto simbólico que regula y posibilita la palabra. Tanto espectro aterrorizante que se niega a desaparecer (exigiendo ocupar otra vez la imagen que lo desalojara), como antepasado que acepta su castración (padre simbólico que deja su legado, ideas y enseñanzas, para guiar y proteger a los vivos).

En el caso en que la represión primaria es exitosa, la hoja en blanco sobre la se escribe, el cuerpo imaginario y el espacio onírico son equivalentes. Funcionan como pantalla donde el sujeto puede escribir y representar sus fantasmas. Ellos son el relato de una pérdida de goce estructural. Así, el escrito (el síntoma en el cuerpo, el texto del sueño, las trazas en un papel) escribe esa pérdida inaugural para el sujeto. Rememora lo que fue el cuerpo antes del significante.

Vale insistir que en la neurosis lo perdido sólo es connotado por la letra, su reaparición es simbólica, pese a las conmemoraciones fantasmáticas (o tal vez gracias a ellas, a lo que se puede proyectar en la pantalla, es que la neurosis puede "volver a perder" lo perdido). De forma tal que el síntoma que parasita el cuerpo, la inhibición que paraliza los movimientos o el ahogo de la angustia, testimonian del retorno de lo reprimido (y por ende del éxito de la represión).

Entonces: trazar letras sobre un papel en blanco o leer un texto actualiza en el mismo instante la castración simbólica, pone en juego la entrada misma del sujeto en el lenguaje.

Las neurosis se despliegan en un rango que abarca entre los dos siguientes extremos: por un lado, un signo que no llega (o puede no llegar) a articularse con la cadena significante; es una traza que no ha perdido su figurabilidad. Por el otro extremo, aunque ya las letras se han desprendido de imagen y sonido, para articularse en palabras, el texto adquiere un valor compacto; un continuo donde el sentido consiste tanto que pierde su condición misma, su polisemia, la posibilidad de acercarse al sin-sentido; el texto existe pero es unívoco e inabordable.

En verdad, ambos extremos son un mismo punto, ya que lo decisivo es que - aunque por diferentes razones - el intervalo significante no funciona como tal: ya como figura de la presencia del Otro, ya como sonido de un llamado al goce, o como tronar del mandato que injuria por no poder nombrar... el sujeto podría quedar absorbido irresistiblemente.

Pero el margen de maniobra de las neurosis, que está entre ambos extremos (a los que se acerca y de los que se aleja permanentemente), deja al sujeto a cubierto de tal desaparición.

No es el caso de S., un paciente esquizofrénico que me sorprendiera, cierto día, con el relato de un recurso inesperado que pone en juego para poder leer. Habitualmente S. no puede leer porque, como él dice, "se le quema la cabeza". Curiosa expresión que no alcanza a describir la magnitud de sus padecimientos, pero que sí alude a una más de las terroríficas manifestaciones (con predominio en el cuerpo) que lo aquejan. Muchas veces implementa un ingenioso (aunque insuficiente) "truco": lee "al revés". Comienza a leer desde el final de la hoja o del texto mismo, y va recorriendo las palabras en orden inverso al que están escritas. Pero algo de ese primer movimiento le es insuficiente, por lo que comienza a saltar renglones, para finalmente "tomar" alguna palabra de cada renglón. Lo azarosos de la elección hace que de todas formas, no logre su cometido, por lo que en general abandona el intento de lectura. Sucede para S., como si el texto representara un continuo, un bloque que de ser tomado en el orden en que está impreso le impidiera apropiárselo. El sentido que resulta es para él de tal modo compacto, que "su cabeza" no resistiría. El recurso que trata de implementar es el fracasado intento de fragmentar, de cortar el texto, en un esfuerzo por no quedar aplastado en su subjetividad por el sentido del Otro.

A su modo, S. trata de suplir, sin lograrlo, la operatoria de una represión primaria que en él ha fracasado, trata de obtener la funcionalidad de la letra como unidad combinatoria. Es esa funcionalidad la que permite, a partir de un texto, escribir un nuevo texto. Pero para ello es necesario despojar a las letras de su valor visual: S. nos enseña que leer es pasar de letra a significante (olvidar, reprimir el dibujo de la letra para, remitiendo a su valor sonoro y tomando sólo como apoyo lo visual, lograr el enlace que apuntará al sentido) y poder volver de significante a letra (cortar las nuevas unidades, fragmentarlas, para poder componer nuevos textos).

Las dificultades de S. con las letras no terminan allí: también le era imposible escribir. En una de sus tantas crisis, por ejemplo, habiéndole pedido que pusiera por escrito lo que le sucedía, me presentó una hoja de papel llena de vocablos sueltos, de sílabas, incluso de letras sueltas. Era como si estuviera reproduciendo sonidos aislados. En esa oportunidad, el encuentro con la única palabra que surgía más o menos claramente en el texto, me permitió el acceso a cuestiones (hasta entonces vedadas) que posibilitaron una importante mejoría clínica.

Mucho tiempo después, en una clase de pintura (estudios que insistí para que sostuviera), S. iba a encontrar un nuevo (y propiciatorio) "truco": habiendo tomado contacto en forma casual (mientras jugaba con una computadora) con el alfabeto griego y con ideogramas chinos, se sintió interesado en dibujarlos, "adoptando" de uno y otro, para su uso, letras sueltas. Las dibujaba en sus pinturas y trabajos, a veces en los bordes, a veces integrándose en las formas que iba creando. A su modo, estaba inventándose letras de un alfabeto privado, que le permitían dejar mensajes cifrados, cuyo sentido sólo él conocía. Interesante recurso para transformar el (para él terrorífico) enigma del deseo del Otro, en un enigma para el Otro. Sólo así, cuando su mano dibuja los extraños símbolos, encuentra un momento en que su subjetividad se sostiene.

En S. no se trata del retorno simbólico de un llamado al goce que, aunque pueda hacer vacilar la pantalla, permanece reprimido. Sus padecimientos implican un trastorno más radical: no hay pantalla. El texto o la hoja en blanco son un espejo pleno, sin el vacío que corresponde al objeto. Desde el otro lado, desde su revés, la hoja lo mira en un horroroso des-velo, lo intima a ser lo que él es para la satisfacción del Otro.

Las letras están poseídas del espectro de Otro, cuya presencia es imborrable: si el dibujo del león es el león... no resulta extraño entender que tratar con esos trazos equivale a ser devorado.

Allí las letras, lejos de litoralizar (25) la inmensidad del goce, con-forman su trágico llamado: dibujan el cuerpo de la Madre, la impúdica desnudez de su desgarro, que reclama el reintegro de lo perdido. Repiten pasionales el grito exasperado, las voces alucinantes. Cavan los oscuros cauces de un cataclismo calcinante, de un abismo irresistible:

"..... los dioses no hablan:

hacen, deshacen mundos

mientras los hombres hablan.

Los dioses, sin palabras,

juegan juegos terribles." (26).

En las letras que no alcanzan la palabra (como S. "sabe" muy bien) los dioses juegan sus terribles juegos. Pero para S. las letras no hablan ni escriben. El no podía tampoco escribir, porque escribir es firmar: borrar el trazo del Otro que comanda la mano, para registrar el nombre propio.

Apena saber que, por todo ello, S. no va a poder seguir la sugerencia del poeta que (desde el epígrafe) nos estimulaba para "aprender a convivir con la página en blanco"...

REFERENCIAS

1) Una versión preliminar (y resumida) del presente trabajo fue presentada el 5-1-2002 en el panel "Escritura y letra", del Coloquio de Verano de la Escuela Freudiana de Buenos Aires: "Letra y objeto a en la clínica lacaniana".

2) Jacques Lacan: El Seminario, Libro IX: La identificación. Inédito, clase del 10-1-62.

3) Jean Allouch: "El «pas-de-barre» fóbico". En Letra por letra, Edelp, Buenos Aires, 1993, pág. 100.

4) Alain Didier-Weil: Intervención en el Seminario de Lacan El momento de concluir (inédito), el 5-5-79.

5) Sigmund Freud: Obras completas. E. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972. Tomo V, pág. 1785.

6) Jacques Lacan: El Seminario, Libro IV: La relación de objeto. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1994, pág. 244.

7) Recorto como comentario en el mismo sentido una breve frase de la "Proposición del 9 de octubre de 1967" (inédito; ficha de circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires). En la pág. 5 de la Segunda Versión, Lacan dice que "la significación ocupa el lugar del referente."

8) Ibid. de 5. Tomo IV, pág. 1225. He comentado el párrafo en las páginas 126-127 de mi libro "Formulaciones de lo ignorado", Ed. Lazos, Buenos Aires, 2001.

9) Jacques Lacan: Reseñas de enseñanza. Ed. Hacia el Tercer Encuentro del Campo Freudiano, Buenos Aires, 1984, pág. 5.

10) Jacques Lacan: El Seminario, Libro V: Las formaciones del inconsciente. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1999, pág. 36.

11) Ibid. de 6, pág. 294.

12) Ibid., pág. 231.

13) Ibid., pág.259.

14) Ibid., pág. 228.

15) Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVI: De otro al otro. Inédito, clase del 7-5-69.

16) El Seminario, Libro X: La angustia, inédito, clase del 5-12-62.

17) Jorge Luis Borges: "Dos formas del insomnio", en La cifra, Emece, Buenos Aires, 1981, pág. 29.

18) Oliverio Girondo: Persuasión de los días, Ed.Losada, Buenos Aires, 1968, pág. 115.

19) Ibid. de 10, pág.195.

20) Ibid. de 15, clase del 14-5-69.

21) Ibid., clase del 30-4-69.

22) Ibid. de 10, pág.194.

23) Ibid. , pág.211.

24) Ibid. de 15, clase del 14-5-69.

25) Jacques Lacan: El Seminario, Libro XVIII: De un discurso que no sería de la apariencia. Inédito, clase del 12-5-71.

26) Octavio Paz: "Conversar". En El fuego de cada día, Ed. Seix Barral, Buenos Aires, 1994, pág. 307.