Los Cuentos de los Presidentes

Osvaldo M. Couso

(*) El presente trabajo es una versión resumida de una intervención en la Mesa Redonda "La Ley renegada", realizada en junio de 1996 en la Escuela Freudiana de Buenos Aires.

Un padre es una máquina de ocultar la realidad, una máquina de urdir mentiras para los niños ... Mishima

Una de las consecuencias de la eficacia de lo que llamamos en psicoanálisis función paterna es la entrada del viviente al mundo de las ficciones. Ficciones a no considerar como contrapuestas o en oposición a realidad (como el sentido común podría indicar): con la estructura del como si, la ficción no está sometida a la prueba Verdad-Falsedad; es una creación arbitraria, un montaje con cuya autenticidad sucede como con ¨las brujas¨: a la vez se cree y se descree, se sabe y no se sabe... pero que las hay, las hay... y desde entonces son eficaces, determinan efectos en los sujetos y dan sentido a su mundo.

Lacan dice (1) que desde que Freud inventara el Inconsciente, la dimensión de la escena cobra una importancia capital, ya que a ese mundo ¨real ¨ que parece estar ahí ¨desde siempre¨, se le superpone una estructura heterogénea, radicalmente diferente: las leyes del significante. Las cosas del mundo llegan a decirse, a ponerse en escena de acuerdo a las leyes significantes, y la mundanidad no es la de supuestas leyes naturales; lo que vivimos a diario ya no es naturalmente dado, sino una estructura que el significante organiza. Para el hablante, el mundo de la realidad es el fantasma, cuyo funcionamiento es axiomático, una fórmula que ¨se decide¨ como verdad, que ¨es así¨, que no se obtiene por deducción. Desde que tal fórmula se declara verdadera, tiene eficacia y consecuencias reales: una vez que ¨el mundo subió a escena¨, entonces ya ese mundo real del primer tiempo queda como el mito de un real supuesto antes del significante, y como tal, perdido... y desde entonces se vive en una ficción, cada uno porta sus máscaras para transcurrir por la escena del mundo.


El cuerpo social, el ordenamiento jurídico, la institución matrimonial, son construcciones simbólicas que pueden ejemplificar las ficciones: se superponen al mundo real, y son opinables, manipulables, pervertibles... pero una vez que están, determinan efectos reales en las personas que se encuentran bajo su órbita.


En la escena hay dos aspectos que es necesario diferenciar netamente: Por un lado, lo que se presenta dentro de la escena, la dramática que allí se juega como fantasía. Por otro lado, el hecho mismo de que haya escenario, puesta en escena, pantalla donde proyectar las fantasías. La idea de Lacan es simple: un cuadro puesto sobre una ventana (2). Las representaciones, los ¨dibujos¨ que hay en la tela, constituyen un aspecto importante... pero hay otro aspecto esencial: el hecho de que hay un cuadro, cuya función es velar que, por detrás, se encuentra una abertura (la ventana). La tela puede estar o no, puede caer o no, puede estar firme o vacilar. Esta diferenciación introduce en el psicoanálisis una novedad que permite resituar el fantasma: hay un ¨otro lado¨, un punto real más allá del fantasma (y que no entra en la escenificación misma).


De ese punto depende que toda escena, como en el teatro, contiene la idea de una cierta inautenticidad, de que ¨parece¨, pero ¨no es¨ del todo... y aún así, ¨hacemos de cuenta que sí es¨... Este punto es clave, y pone a la neurosis en una encrucijada gravísima: permanecer dentro de la escena ( es decir ¨querer creer¨ a pie juntillas en ella) o soportar su carácter ficcional (¨no creelas¨ demasiado), acercándose a algunas de sus verdades subjetivas.


* Si permanece dentro de la escena, el sujeto no alcanzará jamás certeza alguna: lo ilustra el ¨no sé que quiero¨, central en la clínica de las neurosis, desde las dudas obsesivas a las incertidumbres histéricas. El sujeto queda perdido en lo que Lacan llama ¨el océano de las historias¨, o la ¨remisión indefinida de las significaciones¨ (3).

* Si intenta alcanzar el punto de real que está más allá (única posibilidad para un cambio de posición subjetiva y para avanzar en el camino del deseo), arriesga la angustia, el encuentro con la inconsistencia del Otro, con el hecho de que ese Otro, antes que sede de las respuestas que el sujeto necesita, está a su vez aquejado de una radical imposibilidad para responder. Caída la ilusión de autonomía del fantasma, se revela al sujeto su radical sujeción al significante, su exilio de la subjetividad, su esencia de objeto, es decir que lo que creía su lugar y su ser (ser por ocupar el lugar que el Otro necesita para completarse) era ilusorio, pues el Otro tampoco sabe sobre su deseo... y el destino del sujeto es caer de ese Otro inconsistente.

Hay pues un momento crucial, un atravesamiento, que podría denominarse un momento de revelación. Es un instante, un relámpago, que se manifiesta clínicamente como angustia (cuando la escena vacila) y extremo desamparo (en el atravesamiento que busca ese punto real ¨más allá... del fantasma¨). Sin arriesgar ese momento, el deseo queda aplastado en objetos alcanzables (que pretenden hacer olvidar al objeto que lo causa)... pero arriesgarlo implica asumir la carencia que como hablantes nos determina, y nuestro destino de objeto.


No extrañará entonces que la neurosis, a la vez busca ese momento y se detiene en su búsqueda exactamente un instante antes de alcanzarlo, en el borde mismo de la escena que se desgaja. Paradoja neurótica, se acerca al punto real de la ficción, y al mismo tiempo se resiste a salir de ella. Esa resistencia es lo que hace que el neurótico sea fácilmente engañable, ya que hace lo imposible por seguir creyendo. Quiere creer, prefiere ser estafado para asegurarse que la ficción se sostiene. Sin embargo, es importante subrayar que hay diferentes modos de sostener una creencia que falla, y voy a ilustrarlo mediante dos chistes populares.

1) El cuento de ¨la bombachita¨.

Se trata de un señor que recibe un anónimo, donde se le informa que su esposa lo engaña. Desesperado, porque quiere mucho a su mujer, trata (infructuosamente) de encontrar algún indicio que le indique la veracidad o falsedad del dato. Cuando (aún con dudas) piensa en deshechar el anónimo, una segunda nota con mayores precisiones (de día y lugar) lo lleva a contratar un detective privado para que siga a su esposa. El informe del detective dice que, efectivamente, el miércoles a la una de la tarde la mujer se encuentra con un hombre joven en un café del centro. Pasan allí una hora y luego van a un Albergue Transitorio, donde pasan dos horas. ¨¡ No puede ser... no lo creo! ¨ dice el hombre. Pero a la semana hay un informe exactamente igual, y a los 15 días otra vez. Pero el hombre parece no estar convencido; exige entonces al detective una prueba más contundente: quiere fotografías de su mujer en el Albergue, para asegurarse que el engaño existe. El detective se niega, ya que eso es ilegal. Entonces el hombre, aparentemente dispuesto a todo, va el miércoles siguiente a un café situado frente al que le fuera indicado, desde donde ve a su esposa que se encuentra con un hombre ... permanecen allí una hora, cuando salen los sigue hasta el Albergue de la otra cuadra. Entra, soborna a la empleada del Albergue, llega hasta la puerta de la habitación donde se encuentra su esposa, y como la puerta está cerrada espía por el agujero de la cerradura. Ve la siguiente escena: sobre la cama hay un hombre desnudo; a un costado, su esposa baila un sensual streap-tease, quitándose las ropas al compás de la música funcional, y arrojándolas con un gesto elegante. Cuando llega a la bombachita, la arroja con tal mala suerte para nuestro héroe, que cae sobre el picaporte y le tapa a éste la escena que veía por el agujero de la cerradura. Decepcionado y furioso, el hombre dice: ¨¡La p... que lo p..., otra vez me quedo sin saber que pasa!¨.....


El chiste relata el momento en que la ficción matrimonial no se sostiene. Se revela que ella sólo ilusoriamente hacía creer que organizaba para toda la vida los misterios del deseo y del goce. Se revelan como preguntas sin respuesta lo que esa mujer quiere, y el goce que la retiene. El marido logra evitar ese momento de revelación utilizando ingeniosamente un accidente, aunque en ese ardid sacrifique su portación fálica. Lo entiendo como un ejemplo de una idea de Lacan: el neurótico ofrece su castración para asegurarse de que el Otro sigue garantizando la verdad, al evitar lo que la cuestionaría (6). Garantiza él mismo la ficción matrimonial, impidiendo lo que la desnudaría como ficción, deteniéndose en el último instante. No se trata aquí del fetichismo como perversión, sino del carácter de un -fi no positivizado en su relación con el objeto a. El sujeto no goza del voyerismo, sólo se trata del objeto mirada en el sentido de sostener o no la escena.


Claro que este señor es en el fondo un hombre de fe, un creyente, es decir alguien que quiere seguir creyendo, que seguramente aceptaría cualquier excusa o explicación o promesa de su esposa para seguir engañándose. Pero tomando la idea de Lacan de que la creencia no se opone a la duda, sino a la falta de creencia, hay otro modo de hacer creer, que se evidencia cuando alguien se encuentra demasiado desengañado.

2) El cuento ¨del diablito¨.

La escena es de madrugada, en una ciudad cualquiera: hay gente en las calles, cohetes , ruido, serpentinas... sobre un puente, a gran altura sobre el río, un señor ha levantado una pierna sobre una de las barandas y se balancea mirando el vacío.
- No tengo amigos, no he podido tener hijos, mis familiares me rechazan. Para colmo, mi mujer me ha abandonado. Ya a nadie le importo... ¿Para qué seguir viviendo?

Cuando se va a tirar, le tocan el hombro. Se vuelve y ¡sorpresa! se encuentra ¡con el diablo en persona!. Alto, traje rojo, pelo igualmente rojo, capucha munida de cuernos, cola que remata en una punta de flecha, tridente de hierro en la mano...

- ¿Que haces, buen hombre? - dice el diablo.


El hombre, aún confundido por la sorpresiva aparición, le cuenta , balbuceante, sus desdichas.


- Pero hombre - dice el diablo - todo eso son pavadas. Lo dejan sus amigos, su mujer, no tiene plata, ¿cuánto de todo eso quiere?



- ¿Cómo?... ¿Cuanto quiero?...


- Si, claro, Ud. puede tener la plata que quiera, los amigos y las mujeres que quiera.

- Pero... no... no puede ser...



- Claro que sí. Sólo que, por supuesto, tendríamos que firmar un pequeño pacto... se imagina...


- ¡Ah, no!. Yo mi alma no la entrego...


- No, Ud. no me ha entendido, no es precisamente su alma lo que tendría que entregarme. Es otra cosa la que le voy a pedir... Ud. sabe, los tiempos cambian, el posmodernismo, hay ciertas satisfacciones más concretas que las cuestiones del alma...

El hombre no salía de su estupor, todo le parecía muy extraño. Pero la propuesta era muy tentadora. Que sí, que no, que no sé lo que me da... claro que ¡por una vez!, y tener luego todo eso que le cambiaría la vida. Y bueno, si, finalmente acepta y firma el pacto con el diablo, con sangre por supuesto. Tras lo cual debe cumplir su parte en el trato, a la que se entrega sino gustoso, al menos esperanzado... Una vez que ha terminado, el diablo se despide:


- Bueno, hasta mañana...


- ¿Cómo hasta mañana? ¿Dónde vas?


- Vos ahora te vas a tu casa y esperás ahí hasta que amanezca. Con la salida del sol, se te cumple todo lo que te prometí.


- ¡Nada de mañana! ¡Yo quiero que te quedes aquí hasta que se me cumpla lo prometido!

- No , no es necesario, y además estoy retrasado, no me puedo quedar con vos.


- ¿Cómo que no podés quedarte?

- No, no me puedo quedar.


- ¿Pero dónde vas? ¿Por qué no te podés quedar?


- Me están esperando en el corso de la otra cuadra...


En el hombre engañado por el diablito las ficciones han caído, no puede ya creer en nada. Padece una fractura imaginaria en la que podemos distinguir dos diferentes aspectos: Por una lado, como en el primer chiste (pero en este caso de manera inocultable, ya que la esposa lo ha abandonado), se revela que el Otro no garantiza la verdad de las ficciones. Por otro lado, hay algo más: la ficción matrimonial no asegura tampoco la complementariedad de los goces. Los emblemas (simbólicos) que por identificación secundaria parecen dar cuenta de qué es un hombre y qué es una mujer, dice Lacan que alcanzan sólo hasta el ¨borde de la cama¨ (7)... en ella ya no, porque el que allí goza es un cuerpo real, fuera del espejo. Y en lo que atañe al goce, cada relación sexual aviva la herida que implica el estar sujeto a un instrumento cuya función es limitada e insuficiente: en la detumescencia, cuando se transforma en lo que Lacan llama el ¨trapito de la ternura¨ (8) ... recuerda la falla, la falta de un goce total, que así persiste tan anhelado como inalcanzable.


En el cuento el sujeto también se va a detener para ¨no saber nada¨ de su posición de objeto. Sólo que en la medida que carece ya de fe para lograr en la ficción un velamiento de ese momento crucial, tendrá que apelar a otro mecanismo. Cuando hay tal falta de fe, es necesario mucho más que una promesa de amor, o que un simple ocultamiento o auto-engaño. Es necesaria una promesa de goce. Se trata de la versión del goce que se obtiene como apropiación, gozar de una propiedad que se posee, y se ofrece además como fuente de goces infinitos. La posesión opera con la dialéctica de la recuperación de goce, que aunque está basada en la pérdida de goce, niega (en la promesa) tal pérdida, al hacer creer que la recubrirá por completo.

En el primer caso estaban en juego la evitación del momento de la revelación, así como el sacrificio de la portación fálica. En el segundo caso el problema es diferente: la promesa de goce hace consistir al falo, negando su carácter de mediación (ya que no hay significante de lo femenino), negando que sólo proporciona una ortopedia de identidad sexual (en un ¨parecer ser¨ y ¨parecer tener¨) que, si bien regula los comportamientos sociales de hombres y mujeres, nada garantiza con respecto al goce (que quedará siempre herido de no-complementartiedad).

El creyente del primer chiste se engaña para poder seguir creyendo, y garantizar así al Otro de la verdad. El descreído del segundo, para poder creer se hace gozar, ofrece también su castración, pero ahora como premisa (diría Freud) para garantizar un Otro del goce.


Hay discursos en la cultura que se parecen mucho a estos chistes (aunque con menos gracia). Un ejemplo lo costituye la Religión. Es tal vez el discurso que con mayor consistencia se dirije a evitar el momento de la revelación. Por el contrario, llama revelación al momento en que se garantiza el velamiento del instante que angustia al hombre: Hay relatos de humanos llevados a la presencia de Dios, quien asegura (con su presencia misma) su existencia, su bondad y el Paraíso... es decir que la ficción va a sostenerse hasta el infinito, incluso más allá de la muerte. Claro que eso sólo lo puede presenciar un ¨privilegiado¨, que funciona como un representatnte o delegado de todos los demás hombres, que no están presentes pero son asegurados por vía indirecta, en la lectura de un texto sagrado que contiene el relato.



Hay ciertas formas políticas que operan del mismo modo. La frase ¨la casa está en orden¨, por ejemplo, evidencia un ¨padre¨ que enuncia las palabras tranquilizadoras. Cuando en un reportaje se le dijo que la gente dudaba de lo que había dicho, Alfonsín contestó que no se puede dudar de las palabras de un presidente. Sostuvo así la ficción con la sacralización de su investidura.


Lo que sucede en el segundo chiste no se parece a lo de Alfonsín, sino a otro presidente conocido por los argentinos... O tal vez peor aún, ya que el diablito se abusó de alguien que había perdido la fe, pero hay quienes desarrrollan una estrategia tendiente a hacer perder la fe a las personas para (una vez que están desencantados, apáticos y descreídos) abusarse fácilmente, ofreciéndose como quien puede hacer consistir el goce. Es una estrategia perversa que se caracteriza por una exhibición descarada (no se trata ya de no ocultar... sino de mostrar), una exhibición obscena de la impunidad y la omnipotencia, que reenvía a la omnipotencia fálica. Verdadero ¨despliegue de maldad insolente¨(como dice el tango), encuentra en el juego del ¨gato maula con el mísero ratón¨, la llave para posibilitar que el neurótico descreído encuentre un último pilar (la promesa de goce) del que aferrarse.


Así, dos cuentos... dos promesas que aparecen como modos diferentes de sostener la creencia neurótica: Calman las angustias, mitigan las incertidumbres... pero coagulan el deseo e intentan obturar toda carencia y con ella toda búsqueda. Una promesa de amor de y al padre ( ¨...la casa está en orden¨ ), y una promesa de goce ( ¨... síganme, el primer mundo nos espera¨ )... hacen existir el padre que el fantasma neurótico ansía y reclama en sus demandas: ¨... un Padre que fuese perfectamente dueño de su deseo, lo cual valdría otro tanto para el sujeto.¨(8).

Referencias bibliográficas

1) Jacques Lacan: El Seminario, Libro X : ¨La Angustia¨, inédito, clase del 28-11-1962.
3) Ibid., clase del 19-12-1962.

4) Ibid., clase del 12-12-1962.

5) Ibid., clase del 5-12-1962.

6) Jacques Lacan: ¨La Significación del Falo¨, en Escritos ll, Ed. Siglo Veintiuno, Bs. As., 1985, pág. 674.

7) Jacques Lacan: El Seminario, Libro X: ¨La Angustia¨, inédito, clase del 29-5-1963.
8) Jacques Lacan: ¨Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el Inconsciente Freudiano¨, en Escritos ll, Ed. Siglo Veintiuno, Bs. As., 1985, pág. 804.