EL ANALISTA EN EL BORDE

Osvaldo M. Couso

(*) Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis; Salvador Bahía; 1997.

A ras del suelo no se distingue adonde van las aguas ni la intención del muro sólo veo fragmentos de meandros que transcurren como una intriga en piedra etapas que parecen las circunvoluciones de una esfinge de arena, corredores tortuosos al acecho de la menor incertidumbre, trozos desparramados de otro mundo que se rompió en pedazos.

Olga Orozco

Q. es un paciente de 50 años que, a diferencia de la poetisa, no ha podido transformar en belleza su ¨mundo hecho pedazos¨: sólo puede quejarse amarga, insistentemente, de una larga lista de desgracias que le han sucedido. Dice haber sido despreciado: por su padre, hombre rudimentario, tosco y primitivo, por su bella madre, sólo preocupada por su ascenso social y económico, y aún por su hermano (2 años mayor). Atesora infinidad de recuerdos que ¨demuestran irrefutablemente¨ los desprecios padecidos, y muchos otros que parecen indicar que sólo es atendido o tenido en cuenta cuando amenaza matarse, estando enfermo, o habiendo sufrido accidentes muy serios. Cuando su bella madre deja a su marido por el ¨hombre rico¨ del pueblo, su padre ¨se va sin despedirse de él¨, llevándose a su hermano, mientras Q. permanece con la madre. La ruptura es tremenda para él, el desgarro y el dolor inolvidables. El ¨hombre rico¨ lo trata bien... hasta que se casa con su madre, momento en que lo envían pupilo a un colegio, un internado religioso. Q. tiene allí un sentimiento ambivalente: Por un lado, recibe indicaciones claras y precisas de lo que esperan de él, de su comportamiento... indicaciones que Q. cumple estrictamente, transformándose en el mejor alumno y ejemplo para los otros. Por otro lado, se siente depositado allí por su madre ¨para que no la estorbe¨, y relata su angustia de los ¨domingos sin visitas¨. Cierta vez huye, vaga por las calles toda una noche, sin animarse a ir a casa de su madre, y retorna al colegio. Para evitar ser castigado, intenta suicidarse. El director, conmovido, no lo castiga, lo consuela, lo abraza... Q. percibe la erección del director, que sin embargo no lo apremia sexualmente... pero sí de otro modo, ya que poco después lo invitarán a ingresar al Seminario y hacerse cura. Algo se rompe allí, Q. se niega terminantemente, exige a su madre que lo saque del colegio... y para su sorpresa, ésta acepta, por lo que Q. vivirá entonces por un tiempo con su madre y el ¨hombre rico¨. Más adelante, éste lo incluirá en alguno de sus negocios: siempre es a pedido de Q., siempre es en puestos sin jerarquía, y siempre en negocios que fracasan. Si van de vacaciones, no lo llevan. Si lo hacen, debe dormir en la habitación de servicio... cuestión que tal vez motiva que su debut sexual (y una larga lista de relaciones posteriores) sea con empleadas domésticas. A pesar de su dinero, ese ¨hombre rico¨ no le da lugar

 

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alguno, su madre no ¨lo defiende¨, y a su padre lo ha visto en contadas ocasiones, siempre le ha reclamado (especialmente dinero), y él se lo niega.

Q. se casa con B, una mujer simple, de provincia, de quien dice que a partir del momento en que ¨le da¨ 2 hijos, su única preocupación son estos niños, parece no importarle más de él... Tanto es así que ella le propone que se mude a un pueblo cercano, donde hay un negocio (heredado de un familiar) que ella no puede atender, y que necesita ser restaurado, ya que está en ruinas. El trabajo a desplegar tiene cierta conexión con el que el padre tenía, y tal vez por ello Q. acepta y tiene un notable éxito: transforma una ruina en un negocio floreciente. Es su mejor época, por primera vez en su vida siente algo como propio, y descubre en él capacidades desconocidas para el trabajo. Se enamora (y prácticamente convive) de una mujer (empleada doméstica), cuyo recuerdo es imborrable. Es reconocido y respetado por vecinos y allegados, pero... no así por B., quien poco tiempo después lo desaloja, y finalmente le pide el divorcio. Un nuevo y tremendo golpe: sintiéndose usado y despojado, abandona todo y se marcha a Bs. As. No pide nada, no reclama división de bienes, no intenta rehacerse, deja incluso a sus hijos (a quienes no verá durante años). Indignado, se va ¨como sin despedirse¨. Ya en Bs. As., deambula pidiendo préstamos para sobrevivir, y reclamando a su madre y hermanastros, con cuya ayuda logra instalarse y un trabajo en un negocio que tiene que ver con el ¨hombre rico¨. Durante una de sus crisis, nuevamente al borde del suicidio, conocerá a una mujer que ¨lo comprende y parece quererlo¨, y se casa por segunda vez.

Su discurso es un ininterrumpido lamento por no lograr significar algo para alguien, por los desgarradores desencuentros, por la falta de amor, por los rechazos... recorridos y relatados una y otra vez con lujo de detalles, y sin olvidar nada. Cuando algo recibió, le fué quitado, cuando algún lugar obtuvo, fué expulsado. Es una víctima que recorre el mundo desgarrado por el dolor de no ser nada para nadie, de no haber sido querido por nadie. Ello parece justificarlo para exigir de sus relaciones amorosas una incondicionalidad total, para no tolerar en ellas interés alguno referido a otras personas o actividades, lo que constituye una tragedia para él, que lo ha llevado a dos intentos de suicidio por mínimos contratiempos: cualquier postergación puede hacerle experimentar un rechazo brutal, hundirlo en lo que llama ¨el silencio¨... donde no hay palabras, sólo el suicidio (o el asesinato a quien lo rechaza). Repetición en todas sus relaciones: durante el primer tiempo, enamorado, cree vivir una historia de amor ¨definitiva¨(no deja por ello de quejarse, pero sólo en lo que se refiere a su pasado); luego las decepciones y rechazos, hacen que las quejas se incrementen; finalmente, cualquier hecho lleva del drama a la tragedia: silencio, suicidio, ideas asesinas. Q. resulta prácticamente insoportable: siempre solo, rumiando sus desdichas y amarguras, variando sólo el destinatario de sus quejas... que sin embargo le son necesarias como lo único consistente que lo sostiene... ya que si cesan, es el silencio y la muerte.

Su trato en análisis (generalmente muy respetuoso) se altera cuando señalo su considerarse eternamente víctima: se pasea por el consultorio gritando, golpeando puertas y paredes, presa de una furia amenazadora que me da miedo. Algo importante ha sido conmovido: su ubicación en un mundo que lo hace injustamente su víctima. Pero la característica principal de esa escena no es el argumento que despliega, sino su labilidad, su

 

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dificultad en sostenerse, su vacilación ante cualquier contrariedad.

Lacan nos ha enseñado a considerar en el fantasma no sólo el deseo arcaico que en él se escenifica, sino un aspecto más estructural: el hecho mismo de esa "puesta en escena". Se requiere el escenario, el marco, el armado, la pantalla sobre la cual "proyectar" las fantasías. Es esta última función la que puede fallar. La "víctima que mi intervención había conmovido, se revela como el único (y último) argumento que se sostiene en escena. Puesto en cuestión, no hay otro recurso que rearme la pantalla.

Dice un poeta: ¨Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado / y se puede sin embargo volver, / ya nunca más se pisará como antes / y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado...¨(1) Pero si de ordinario la dificultad estriba en lograr llevar la neurosis a ese ¨otro lado¨... para Q., en cambio, la labilidad fantasmática hace que ese pasaje se produzca muy fácilmente, pero luego no pueda volver del derrumbe.(2). Así sucedió a fin del año pasado, en que su segunda esposa, luego de una larga serie de ¨desprecios¨ (es decir: ocuparse de otras cosas antes que de él) decide dejarlo. Q. cae en una profunda depresión: inmovilizado, no puede trabajar, dormir, ni hacer otra cosa que rememorar (en una rumia amarga e inconduscente) sus desdichas y fracasos, y fantasear una venganza (asesinarla con un hacha que transporta en su coche), o imaginar diferentes modos de suicidarse. El único Otro al que se podía dirigir (el de las quejas) se diluye, su hacha de guerra es el signo de un corte que no se alcanza... es la degradación del significante que ya ni siquiera es reclamo o llamado, sino el puro grito que exterioriza un dolor intolerable, campo límite en el orden existencial (3): hace algunos años, Q. intentó suicidarse ingiriendo enorme cantidad de analgésicos. Q. queda reducido al ¨... significado de esa béance abierta, anónima, cósmica...¨(4). Si su vida se asemeja a la amargura y la desolación de una letra de tango, parece decidido a realizar el trágico designio de uno que dice: ¨Yo quiero morir conmigo / sin confesión y sin Dios / crucificado en mi pena / como abrazado a un rencor...¨ Ya sólo queda un silencio mortal... que afortunadamente entra en el análisis a partir de una mención que hace de mis próximas vacaciones.

Vacaciones que, preocupado e impotente, yo dudaba poder realizar... Se me ocurre entonces una idea: en un horario a determinar cada vez, le digo que me llame diariamente por teléfono, y que tiene 10 minutos para hablar, así que debe pensar bien qué decirme en ellos. La mejoría es sorprendente, pasa el día pensando como va a aprovechar los minutos. Minutos difíciles para mí, ya que mientras pienso como ubicarme rápido, una pregunta (cuyo alcance no comprendo por entonces) se me impone: ¿ Cómo hacerle sentir que aunque esté preocupado y conmovido por sus estado, los 10 minutos no son para que él se queje y se lamente... ya que no hay goce para mí en su desdicha?...

Sin que yo pudiera explicarme la razón, la crisis continúa cediendo. En un momento, como dice que no le alcanzan los 10 minutos, le digo que escriba. Trae a sesión un ¨escrito-lamento¨, detalle de sus pensamientos negros, tétrica expresión-descarga de sus desgracias. Así se lo digo, aunque no sin temor por su reacción... en efecto, ello provoca su enojo, pero sobre el filo de mis vacaciones se produce un efecto sorprendente: escribe lo que llama un cuento, un relato con principio, alternativas y resolución. Q. mismo lo diferencia de sus

 

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relatos-lamento: a éstos, los entiende él sólo... el cuento lo puede seguir cualquiera. En efecto, el cuento está escrito para un Otro, ¨hay¨ un Otro al que hablarle. El relato-lamento (que es también muy similar al modo en que habla habitualmente, sopesando cada expresión, casi acariciando las palabras y en ellas los recuerdos desdichados), con sus códigos propios, queda así entre el silencio y el Otro. El cuento es el relato de alguien que pretende algo ilimitado; para lograrlo, como tiene un millón (un palo), lo apuesta en el casino. Pero el dueño del casino había ¨arreglado¨ la mesa y le quita el palo. Luego lo llama y le dice que si entrega su pene (para el transplante de órganos), el tiene entrada libre al casino y apuestas sin límites. El jugador duda, un amigo descubre el punto clave: él apuesta al número 13, que no existe en el casino, así que siempre va a perder... y concluye: el que apuesta empecinadamente a un número inexistente, está loco.

Su escena (de víctima) le permite una ilusión, pero ésta es ilimitada: encontrar un lugar ¨definitivo¨ en el Otro. Ilusionado entra en manía... cuando comienzan las decepciones tiene ataques de celos y continuos actings... despojado se imponen el silencio y la muerte.

¿A qué se debió la mejoría clínica y la resolución de la crisis? ¿Qué fué lo que hice sin saber qué hacía? Les propongo algunos apuntes al respecto.

Q. parecía encontrarse en la situación en que la pura descarga pulsional lo llevaba a la destrucción. La satisfacción absoluta (y final) era capaz de vaciar al yo de todo su investimiento libidinal, con lo cual no se preservaba mínimamente su integridad. El narcisismo, que pone un dique al desamarre de la pura pulsión de muerte, necesita dos condiciones para desarrollarse: En primer lugar, el investimiento libidinal que la madre hace del cuerpo del niño, que queda así significado como su falo; el goce automático corporal se ata a la significación. Pero esto no es suficiente, porque si bien se va delimitando un objeto, éste es el que la madre necesita, y el niño queda confundido con ese objeto (él "es" el objeto que satisface a la madre). Por eso es necesario un segundo tiempo, donde interviene la función paterna, logrando separar al niño de "ser" el falo de la madre.Completada así la separación, el clivaje, entre sujeto y objeto, el niño ya no "es" el objeto de la madre. A partir de entonces podrá "jugar" a serlo, ofrecerse al deseo de la madre "como si lo fuera"... dentro de una escenificación fantasmática que organiza y sostiene la realización de un deseo que ya será un deseo "propio" del sujeto.

Si la víctima es su único recurso fantasmático, la pérdida real lo desestabiliza, en una vacilación que no es calculada y tramitable (como en el curso del análisis), sino una brutal caducidad del Otro en su función misma.

Mientras la pantalla consiste, la falta en el Otro está preservada: es decir que hay un clivaje que asegura al sujeto que, identificado al objeto (en un ¨como si fuera¨ el objeto que el Otro necesita), no corre el riesgo de ¨ser realmente¨ ese objeto, y quedar absorbido por el Otro. Tal es la búsqueda de Q. con sus lamentos, el único recurso a su alcance: ofrecer su ser mismo como desecho-señuelo para el deseo del Otro. Sólo enfermo (2º matrimonio), suicida (cura-director), o al menos ¨sin palo¨(casino), se asegura de ser acogido por un Otro, al costo de constituírse como víctima.

 

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Pero tal solución era precaria. Q. necesitaba permanentemente la presencia efectiva de un otro (¨alguien¨ que lo mire, o lo escuche, o le hable...) y sólo se sostenía con la inmediatez de esa presencia real. El lo dice así: ¨...sin alguien que me quiera un poco, me voy a la m.....¨. Presencia y ausencia pierden su articulación, pasan a equivaler a que algo se sostenga o no: cada vez, la presencia soporta la pantalla en su textura (o tal vez en su marco mismo)... y cada vez, la ausencia desgarra su tejido. La búsqueda de algo ilimitado es así la necesidad de una presencia asegurada al infinito... pero no al modo neurótico de un deseo que ¨se sabe¨ irrealizable, sino como la única chance de evitar una ineludible y definitiva catástrofe.

Paradojas de la neurosis: si el fantasma consiste, el sujeto queda condenado al ¨falso ser¨, y a la coagulación (fálica) de un deseo infinitizado. Pero cuando no consiste, se afronta el límite último, la angustia y el desamparo. Para colmo en el caso de Q., la labilidad del fantasma es tal, que aún en su funcionamiento a pleno no está a cubierto de severas crisis. Entonces:

*No se trataba de alcanzar (como en otros momentos de un análisis) la vacilación (calculada) de la pantalla, ya que era esa vacilación la que producía la situación misma.

*Tampoco de aceptar la víctima como señuelo y ¨ofertar¨ un Otro, ya que la inmediatez de una presencia efectiva evita el quiebre sólo momentáneamente (Pienso que este punto se cumple al restringir los llamados a 10 minutos, y al no aceptar sus relatos-lamento).

*Sin embargo era necesario hacer consistir un Otro que desfallece.¿Cómo lograrlo sin transformarse en ese Otro que goza de su dolor, reduciéndolo a una condición de objeto que, aún lograda, fracasaría fácilmente?

Para la construcción (en transferencia) de una pantalla fantasmática, era imprescindible que el recorte del objeto (lugar donde el sujeto puede alojarse) construya un clivaje que se sostenga, preservando la falta en el Otro.

Si una de las condiciones para el recorte del objeto (necesario para limitar la pura descarga pulsional) es la efectividad de la función paterna, podría pensarse mi intervención como un remedo, como una actualización (simbólica) en transferencia, de esa función, y su efecto como el recorte del objeto voz.

Sin embargo, cabe aclarar que esa función paterna no es unívoca. Se pueden señalar en ella al menos 3 dimensiones: la del padre simbólico (que estaba operando, ya que Q. no era un psicótico), la del padre imaginario y la del padre real. El padre imaginario priva a madre e hijo, separándolos en una intervención que, aunque efrectiva, está sostenida más que nada en su (omnipotente) autoridad: él no aparece determinado por aquello que para los hijos es más propiciatorio; ni causado por su esposa, a quien, porque la desea como mujer, procuraría que no quede limitada al papel de madre; él en verdad no aparece determinado por otra cosa que su propia voluntad, y ejerciendo su autoridad sobre quienes (esposa e hijos) considera de su propiedad. Aunque lo descripto no se ajusta con exactitud a la realidad (ya que está más relacionado con las fantasmagorías neuróticas que con las

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experiencias reales), la figura del padre imaginario se distingue así de la del padre real. El padre real es verdaderamente el agente de la castración. Padre de lo Imposible, no sostiene en él la imago del Padre-Amo, imago que el (fantasma) neurótico pide, para entregarse a ella en un fascinado sojuzgamiento masoquista. Para el padre real, su objeto de goce no está en el hijo, sino en otro lado: en una mujer, de la que ha hecho también causa de su deseo, y a la que soporta como a una verdad que le concierne, pero a la que su saber no alcanza. Se hace así cargo de la dimensión del objeto, encarnando un lugar que más que ser sede de posibles respuestas, permitir intuír la imposibilidad estructural que marca toda respuesta posible.

Me pregunto, y lo propongo como hipótesis de trabajo, si en el borde del que hablo, el analista no opera como semblante de padre real.

En el caso de Q., pienso que hacerme cargo de la dimensión del objeto se jugó en soportar mi angustia. La voz en el teléfono restituye un Otro en cuya falta ubicarse, y transforma el grito en llamado, posibilitando que se establezca y sostenga una función significante. Lo decisivo es la voz misma (aunque lo que se dice forma el marco del objeto). Lacan nos enseña que la voz de Dios puede incorporarse y ¨modelar nuestro vacío¨ (5), puede desprenderse de Dios y ubicarse entre el sujeto y el Otro, y puede (por ejemplo en el shofar) recordar al propio Dios que hay una alianza entre ambos: El Otro-Dios no se retira nunca del todo, y aloja al sujeto, que a su vez cede la voz (en este caso: la de sus lamentos), asumiendo una pérdida de goce (que se manifiesta en la escritura del cuento, donde es el relato lo que cuenta).

Entonces: esa ¨... frontera frágil donde las identidades no son o sólo son apenas - dobles, borrosas, heterogéneas, animales, metamorfoseadas, alteradas, abyectas.¨(6)... no es tanto un límite al que somos enfrentados, como un borde que somos llamados a construír...

 

 

REFERENCIAS

1) Juarroz, Roberto: Séptima poesía vertical, Monte Avila Editores, Caracas, 1982.

2) Hecho que tal vez justifique fundar, ¨dentro¨ de las neurosis, un grupo clínico especial, el de las ¨neurosis graves¨. Así lo ha planteado (y adhiero a ello) recientemente Norberto Coatz en la E. F. B. A.

3) Lacan, Jacques: Seminario VII, ¨La ética del psicoanálisis¨, Ed. Paidós, Bs. As., 1988, pág.76.

4) Lacan, Jacques: Seminario XII, ¨Problemas cruciales para el psicoanálisis¨, inédito, clase del 17-3-1965.

5) Lacan, Jacques: Seminario X, ¨La angustia¨, inédito, 22-5 y 10-6-1963.

6) Kristeva, Julia: ¨Poderes de la perversión¨, Catálogos Editora, México, 1980.