EFBA-30 años de Escuela-EFBA

¿ES EL MOVIMIENTO GAY HOY, LO QUE LA HISTERIA FUE EN TIEMPOS DE FREUD?

Miriam Bercovich

(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.

Hacia fines del siglo XIX, entre 1876 y1882 Freud se encontraba encerrado en el laboratorio de fisiología de su maestro Ernst Brück , sin poder aún abandonar los sagrados pricipios de la ciencia positivista, anhelando el codiciado titulo de privat dozent tan valioso para un joven médico judío en la Viena de su época. Investigaba células de tejido nervioso que coloreadas observaba al microscopio. Su respetado maestro, Brück ( el cuarto hijo de Freud se llamará Ernst en honor a él) le aconseja instalar un consultorio, no iba a poder vivir ni progresar si permanecía a merced de una carrera académica que tendría profundas reservas a la hora de hacerle un lugar.

La preocupación económica tuvo siempre un lugar importante en la vida de Freud, el comienzo de su canónica carta 52 dirigida a Fliess, así lo revela:"..Como me siento muerto de cansancio, pero mentalmente fresco, después de haber colmado por una vez la medida de trabajo y de ingresos (diez horas y cien florines) que necesito para mi bienestar, trataré de exponerte con sencillez mi más reciente trocito de especulación...", así decía Freud el 6 de diciembre de l896.

Tal vez las palabras de Brück ejercieron alguna influencia pero fue sin duda, Martha Bernays, su novia, una joven que rozando los 25 años tenía suficientes motivos para impacientarse al ver acercarse los 30 con el riesgo de irremediable soltería que ello suponía para una joven judía de su tiempo.

Martha quería casarse, y Freud que aún no había pronunciado la lacerante pregunta que recorrió como una antorcha fulgurante los siguientes 100 años: "¿Was wil die Frau?, atravesaba ya la experiencia del deseo en tanto indestructible. El deseo irreductible en todos los casos, pero más aún cuando es una mujer quien lo encarna.

La pregunta por el deseo de la mujer no lo abandonó, la histeria en principio tomó a su cargo la audaz tarea de disolver cualquier intento de respuesta, pero inspiró, al mismo tiempo que se sustraía, el itinerario que Freud recorrió con una tenacidad de quien se sabe portador de algo que se le impone transmitir.

El psicoanálisis es una historia de amor.

Fue por amor, por amor a Martha y sin duda por amor a la verdad.

La pregunta por el deseo, en la historia halla ocasión para su despliegue en el decir de la histeria, comprometiendo su cuerpo en esa cruzada. La histeria expresa lo que sabemos en definitiva que se juega en todo sujeto, se trata del deseo que nos habita en tanto sujetos del inconciente, en tanto el lenguaje se nos impone como única morada.

La pregunta freudiana queda en suspenso, y esa suspensión inspira una búsqueda de la cual somos herederos.

Lacan la retomará en otros términos, su pregunta, también con una respuesta suspendida tendrá otra forma "¿de qué goza una mujer?". Aquí lo indecible nos asegura la tensión que su enseñanza sostendrá a lo largo de casi medio siglo, enseñanza que rozando por momentos la desesperación, tuvo como finalidad hacer pasar, como Lacan lo decía ese "bout du reel" (pedazo de real) que inspiró toda su transmisión.

Pero volvamos a Freud.

Ya había hecho la experiencia impactante de su visita a Charcot, había quedado marcado por la visión de esa espectacularidad, esa incondicional entrega que la histeria ofrecía de la mano de un exquisito maestro de ceremonias, que la pintura de André Brouiller (1857-1920) eterniza en esa escena teatral con Charcot sosteniendo en sus brazos a una mujer (Blanche Wittmann) a punto de desvanecerse sobre una camilla en la enorme sala de La Salpetriere rodeado de jóvenes médicos, ellos sí profundamente hipnotizados. Freud iniciaba su viaje, su Odisea, en el marco de un París hostil, frío y gris. En una de las 1000 (sí, mil) cartas que le escribe a Martha ya anticipa algo de su destino, allí le cuenta exaltado la conmoción que siente al presenciar una obra de teatro protagonizada por Sarah Bernhardt de quien dice:..." nunca una actriz me ha hecho dudar tan poco, yo estaba dispuesto a creer todo lo que ella dijera"... . Freud intuía que en las palabras proferidas por una mujer habitaba una verdad de la cual él era el destinatario, se consagró a ella con una entrega propia de quien encarna el lugar de fundador o de profeta.

Regresa a Viena, y con Breuer a quien conoce en el laboratorio de Brück prosigue la aventura hasta esa bifurcación esencial dónde Freud se aparta de su amigo y protector para recoger el guante arrojado por la histeria que a Breuer había espantado.

La histeria tuvo en el siglo XIX y comienzos del XX un lugar particular, fue portadora de una función esencial: denunciar todo intento de reducción del deseo y por lo tanto del inconciente por parte de la razón, razón a su vez expresada en los términos de la ciencia.

La histeria dijo NO al intento carcelario de reducir lo real del deseo inconciente a la ciencia, a la razón, en definitiva al cogito cartesiano que aspiraba a la sumisión completa de la res extensa en favor de la res pensante. Su parálisis conversiva era un insulto, una subversión, no se atenía a la imposición que el orden neurológico pretendía. La conversión histérica cuestionaba de lleno todo el andamiaje científico y todo el saber médico. Comprometida en su síntoma, atrincherada en él, sostenía un lugar para el deseo que resistía todo apresamiento simbólico. Freud sensible como ninguno a este mensaje, le hizo un lugar.

Y arribamos, finalmente al punto que justifica este ensayo, nuevamente con una pregunta: ¿es el movimiento gay heredero de esa función? y digo literalmente la palabra ensayo no con la connotación académica que suele tener, pues se trata de un intento, un ensayar apenas el ordenamientno de algunas ideas.

¿El deseo y la sexualidad sustraídos a todo mandato reproductivo no encuentra en ellos un nuevo lugar de expresión? El goce como esa potencia "inútil", al decir de Lacan (el goce es lo que no sirve para nada) desligado definitivamente de cualquier diferencia anatómica de los sexos ¿no alude a la función que en su momento le tocó a la histeria encarnar? ¿ No nos obliga a nosotros, en tanto psicoanalistas, a pensar si las formalizaciones alcanzadas para dar cuenta de la diferencia sexual y su relación con el deseo y el goce no deben ser al menos interrogadas? Una vez más se abre una pregunta, suspender la respuesta y hacer posible su recorrido, puede ser un punto de partida para pensar la cuestión

Dos veces Freud a lo largo de su obra mencionó la consagrada expresión "la anatomía es el destino", la primera en 1912 en el artículo "Sobre la degradación general de la vida erótica" y la segunda vez en l924 en el escrito "El hundimiento del Complejo de Edipo". Parafraseaba a Napoleón, quien había dicho "la geografía es el destino". Estratega genial que sucumbió no tanto a la geografía como al destino, encarnado como sabemos en el amo y sus diversas manifestaciones en el juego del poder. Nombrar la palabra destino en relación a la sexualidad es dejarla en manos del Amo. Pues qué es el destino sino un nombre para decir Otro sin barrar. Para Freud la diferencia de los sexos se jugaba en el binomio falo o castrado. Planteando al Complejo de Edipo como el itinerario que posibilita al sujeto la elaboración de lo traumático, aquello que no accede a la representación, lo rechazado en el origen, que devendrá muerte y sexualidad como efecto de la palabra. Nunca planteó el tema sexual en términos de identidad, palabra reservada para otras nociones como identidad de pensamiento o identidad de percepción. Para la diferencia de los sexos y la constitución del sujeto el camino es la identificación, la identificación es significante y el significante está preñado del objeto, lo habita una hiancia.

Identificación al padre, identificación al rasgo, identificación al deseo del otro. La identificación ordenará lo que se dará en llamar mujer o varón. Aunque no debemos olvidar la idea de bisexualidad como condición primera del sujeto y la perversión como constitutiva en el niño.

Lacan lee a Freud como ninguno y sin apartarse de él radicalizará lo que ya habita la letra freudiana. A la sexualidad no se tiene otro acceso que no sea el que alcanzamos por la vía del lenguaje. Y es el falo simbólico, significante de todos los significados, el que ordenará todo que se diga hombre o se diga mujer, también será el falo el que ordenará el encuentro posible con el partenaire y el alojamiento del niño que resulte de dicho encuentro. En los 70 con las fórmulas de la sexuación culmina la escritura lógica de lo sexual. A partir de allí la lógica será relevada por la topología, sin por ello abandonarla. Vale recordar que un poco más adelante en RSI , Lacan retomará la palabra perversión para devolverle su lugar en la constitución del sujeto, la perversión del padre que toma a su cargo el goce de la mujer liberará al niño del encierro materno. Es por causa de la perversión del padre, y es a él a quien se refiere cuando dice padre real, que el sujeto tendrá acceso a su propio goce y deseo, liberado de ser sutura de la falta materna.

El Otro no existe, lo repetimos una y otra vez porque se nos olvida y se nos olvida porque la neurosis no quiere saber de eso, de la orfandad radical de la que somos sujetos. Lacan nos lo recuerda cada vez que tiene ocasión, el Otro es una función, un lugar.

Cuando las parejas homosexuales se quieren casar, adoptar niños, o "peor aún" engendrarlos quedamos perplejos, algo turbados, no terminamos de tomar una posición, son hechos que desafían todas nuestras sagradas premisas edípicas. Pero retomando la afirmación casi axiomática de Lacan " el Otro no existe", el Otro es un lugar, una función, no se trata finalmente de hechos que nos ponen a prueba, que cuestionan si estamos a la altura de la afirmación que vertebra toda la formalización lacaneana: el Otro no existe.

Hasta aquí la formalización. Formalización que como campo simbólico encuentra su límite y también su causa en la clínica, en lo real de la vida cotidiana y es allí, en ese encuentro que surgen algunas preguntas. Recibimos pacientes homosexuales a quienes escuchamos como neuróticos, sin demasiada formalización ni metapsicología decidimos que perversión y homosexualidad no son la misma cosa. ¿Por qué? Nos encontramos en la práctica con colegas gays y no se nos ocurre, o sí pero no lo decimos, que se trata de una imposibilidad lógica la articulación de deseo del analista y homosexualidad.

Cuánto más rechazado en lo simbólico más retorno en lo real, frase archi repetida, pero conviene recordar también que cuanto más se intenta apresar en lo simbólico, de cifrar lo indescifrable, sexo y muerte, más furiosamente se expresa aquello que no se deja decir y que comprometiendo el cuerpo como la histeria lo hiciera en el siglo XIX, nos sale al encuentro en las esquinas de nuestro Palermo más sensible.

Retomo el título de este trabajo ¿los homosexuales, lesbianas, travestis, transexuales nos muestran, a veces casi espectacularmente, como la histeria le mostrara a Charcot, aquello que no se puede decir pero como decía Wittgenstein se puede mostrar?

¿No se trata del goce sustraído a cualquier noción de utilidad, a cualquier intento de cifrado, y el deseo en tanto indestructible?

¿No representan antes que cualquier diagnóstico de estructura una expresión en la época que habitamos de nuestra psicopatología de la vida cotidiana, allí donde emerge la trama de goce y deseo?

La proliferación a veces bizarra y otras veces violenta de los senderos que labra el goce no es la contracara de la pretensión totalitaria de lo simbólico cuando no se detiene ante nada, violentando lo real?

¿No son ocasión, como en tiempos de Freud lo fuera la histeria, para el despliegue de aquello que insiste, de aquello que no cesa de no escribirse?