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La Mujer Como Otra - Enigmas de la Sexualidad Femenina

Donna Bentolila

(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.

  1.  

ESA NADA QUE ES LA FEMINEIDAD

Velar a las mujeres, cubrirlas, es un anhelo inmemorial en la humanidad. Quizás porque, como insistimos los psicoanalistas, lo que precisa ser velado no es otra cosa que lo que yace en el corazón mismo de la feminidad, ese "corazón" que, en su mismo centro, es un vacío, una ausencia, una nada, algo que –a la manera de Dios- nadie puede mirar de frente. Adornar el cuerpo femenino -engalanar esa cualidad evanescente que joyas y modas, en su incesante deslumbrar, enseñan y cubren a la vez- no sería, así, más que un modo de atemperar ese vacío.

Bien conocemos la tesis de Freud, casi imposible de sostener a viva voz en los círculos norteamericanos sin ser crucificados como reaccionarios, xenófobos y otras yerbas. Las mujeres deben encubrir una falta, una nada corporal definida como "falta de pene". Lo femenino freudiano deriva de su ser " castrada": un mujer es aquella que, por la falta fálica, vira en su ser hacia el hombre. A cambio de esto, necesita recibir el don de su amor.

También es bien conocida la dificultad de los discípulos de Freud en aceptar esa propuesta. Ya Jones, quien proclama una "igualdad original" entre los sexos, denuncia la enorme injusticia que se cometería si se considerase la ausencia de pene como carozo dela feminidad, relegando a la mujer a un satus inferior.

Pero quizás convenga no apresurarnos a dar por ciertas algunas lecturas. Volvamos a Freud: según él, -y esto es una enorme condensación de la teoría– la diferencia se enuncia como "fálico/castrado", "tener/no tener" un pene. ¿La marca diferencial estaría entonces en esta deficiencia del "tener"? Interesante cuestión ya que por otro lado, Freud pone el énfasis en los suplementos que la mujer puede encontrar o inventarse con este menos, con esta falta fundamental que determina su experiencia. Varios trabajos de Freud, son en esto, cruciales: en particular aquel en que establece las equivalencias fálicas, haciendo de la deficiencia una potencialidad en la sucesión de la serie de "regalos" cuyo valor de investidura es diferente al del hombre. En esta serie, el hijo adquiere para ella un lugar privilegiado y único.

Esto plantea dos cuestiones fundamentales en relación a la maternidad.

Una de ellas es que "tener" un bebé podría – subrayemos el condicional- ser la respuesta al enigma de la femineidad, un "tener" que como solución a la pregunta por la posición femenina. ¿Que quiere la mujer? Quiere un hijo Y, en verdad, podemos decir que, al convertirse en madre, una mujer se ubica en el lugar de aquella que sin duda " tiene" algo para ofrecer a aquel que está en el lugar del más absoluto desamparo. Pero ¿acaso esta "adquisición" anula la oposición fálico/castrado?

Sabemos que Lacan., a pesar de su fidelidad a Freud, retoma esta cuestión ya en "La Significación del Falo" (1958), donde reubica la cuestión de la diferencia de los sexos en términos de "ser o tener el falo". La cuestión de lo femenino toma entonces el rumbo del desvío: podrá aferrarse al tener o al ser, ser el falo. Lacan define el falo como el significante del deseo, significante de la falta, con lo cual ser el falo sería encarnar aquello que al otro le falta, aquello que puede despertar su deseo. Esta posición, lo sabemos, está marcada por la mascarada femenina, dónde la mujer hace de su cuerpo el falo y se ofrece al otro como objeto de deseo.

Identificarse con el lugar de ser si bien goza del raro prestigio de "lo femenino", no deja de tener sus riesgos, porque aquella que se identifica con esta posición, queda en un estado de cierta fragilidad con relación a la vivencia de fragmentación corporal, más proclive a la pérdida de control, falta de identidad, e incluso a la pérdida de límites. Sutil deslizamiento entre feminidad y locura.

El tener, por otra parte, no deja de ser característico de la posición masculina, en tanto que el varón debe subjetivar su órgano en un "tener " que aparece como superior al "no tener." Y digo aparenta porque Freud no se cansa de recordarnos que el varón queda para siempre traumatizado por esta falta que siempre lo dejará expuesto a la posibilidad de "perder lo que tiene." Esta "amenaza de perder" – nombre neurótico de la castración – sea bienes, dinero, acciones, reinados, poder, etc, siempre acompañará la posición masculina, llevando a quien se ubique de ese lado a la cautela, el recelo, la angustia.

Tener lo que no es, tener lo que está porque puede perderse. Entonces, podemos decir, tener o no tener una nada. Extraña posesión.

No es por nada que Lacan parece fascinarse con las heroínas femeninas- trágicas pero absolutamente decididas, despojadas de todo temor o duda- como Antígona, que saben, que en el fondo, su apuesta es a perder la nada, incluso cuando en su caso, esa nada se convierta en su propia vida, dando paso así al coraje y al atrevimiento en el camino del deseo.

Decíamos que una respuesta posible es convertirse en madre, alojar ese especial tener en el espacio de la falta. Sin embargo, para Lacan, lo verdadero en una mujer es aquello que va más allá de su posición maternal, es decir, cuando lo que en ella adviene madre no llega a obtura de – una vez y para siempre- su deseo.

Pero entonces, si avanzamos un paso más y decimos, con Lacan, que hay "verdaderas mujeres", ¿de qué estamos hablando? ¿Qué le hace esa nada al verbo tener? ¿Qué sería una verdadera mujer?

II.

Madre o Mujer? Médea: un caso Clínico

Pocos personajes – mitólogicos o literarios- han encarnado de tal modo esta dimensión de radical alteridad – cautivante y horripilante a la vez, que relaciona madre a verdadera mujer como Médea, en la tragedia de Eurípides. Lacan se refiere a ella, un poco al pasar, en sus Escritos, en Juventud de Gide, texto atravesado – como al bies- por la indagación de lo materno.

El mito se articula mediante dos antítesis ( ver Sourvinou –Inwood,1990, p.409) :

  1. lo femenino versus lo masculino
  2. lo griego en particular lo ateniense versus lo oriental

La combinación de ambas antítesis hace posible que la totalidad de los valores negativos asociados a la figura de la mujer se deslicen hacia el personaje de Medea.

Sabemos que precisamente es como madre que Medea se convierte en la asesina por excelencia, encarnando el miedo primitivo de dejar desprotegidos a los hijos e, incluso de utilizar poderes ilimitados para dañar a su cría desamparada.

Como mujer que ha sido abusada por un hombre, su figura despierta cierta simpatía, y en este sentido, Medea deviene una versión polarizada y extrema de la vulnerabilidad de toda mujer frente a un hombre.

Por otra parte, en tanto Medea encarna- en versión extrema- los trazos negativos de la figura de la mujer en las representaciones griegas colectivas , ella representaría una faceta de la mujer como aquella que, al carecer de todo poder y por encontrarse totalmente a merced de un hombre, sólo puede optar por la traición para defenderse.

Los Griegos consideraban a las mujeres como social y biológicamente inferiores; pensaban que debían ser controladas puesto que eran potencialmente peligrosas para ellos, especialmente en el marco de las relaciones familiares dónde los hombres se sentían más vulnerables, y dónde ellas podían ejercer algún poder que escapara a su control.

El estupendo trabajo de Ana Iriarte "Ser Madre en la cuna de la democracia o el valor de la Paternidad" ( 1991) describe a los griegos como necesitados de dominar la procreación , a la que no consideran una función natural, sino más bien una creación impuesta por los dioses que los condcna a depender de las mujeres para su descendencia. Podemos apreciar cómo esta dependencia es claramente resentida en los siguientes versos , dónde Eurípides hace expresar a Jasón la nostalgia por concebir niños de otro modo :"…Los hombres deberían engendrar hijos de alguna otra manera y no tendría que exisitir la raza femenina: así no habría mal alguno para los hombres ( v. 570-575)

Hipólito, por su parte, le reprocha a Zeus: "…porqué permitiste que las mujeres se asienten en este mundo de luz, una maldición y una trampa para los hombres…Si deseabas propagar la raza humana deberías haberlo arreglado sin las mujeres… para que los hombres pudieran vivir en sus casas libremente, sin el peso de las mujeres." ( p.80, mi traduccion )

Más aún, el principio materno fue subsumido por el paterno ya que en el vocabulario griego no existe un adjetivo derivado de "mater", equivalente a "patrios" para expresar lo que es " de la madre. "

El padre no sólo es el que otorga nombre e identidad social al niño , sino quien- autorizado desde la perspectiva jurídica – tiene derechos de Amo sobre él, tanto respecto de su libertad como de su vida.. Aún así, parece persistir el peligro de que la madre se apropie de su progenie, que pueda apropiarse del producto de su maternidad , en vez de someterse a la norma cívica. Es por esto, que Iriarte plantea que al asesinar a sus hijos, Medea se apropia de un derecho que en la Grecia Antigua sólo le pertenecía al padre, convirtiéndose de esta forma en la única y verdadera dueña de su descendencia.

Como observa Iriarte, matar a los hijos sólo deviene un acto criminal en el caso de que sea la madre la que lo haga, dado que todo padre griego tenía el derecho legítimo de disponer de la vida de sus hijos. Lo que el mito ilustra , entonces, para Iriarte, es el miedo primitivo de que un privilegio paterno quede en manos de la madre, articulando – de un modo negativo – la concepción cívica de la maternidad, y revelando el miedo ancestral de los griegos ante la figura de una mujer que acapare la cría para sí.

Es en este sentido, que considero necesaria la lectura del excelente trabajo de I. Vegh" El Amor de las Entrañas " ( 2001, pg.133,155) para complementar el trabajo de Iriarte. Es ahí que el autor desarrolla, haciendo uso de los operadores Lacanianos, esta radical alteridad de la mujer como madre, que deviene " criminal" , como en el caso de Medea, ahí dónde el orden simbólico falla en poner un freno al " amor de sus entrañas." Es que el amor enlazado al orden simbólico, tendrá algo de lo sublime, mientras que dejado como puro real, será un amor que lleve a la muerte. Para los griegos era una cuestión de moderación ya que ellos sabían que los amores demasiado violentos no concedían a los hombres ni buena fama ni virtud, y que ninguna divinidad les era tan agradable como Afrodita, sólo si ésta se les presentaba con medida.

Sabemos que cuando esta medida falta, las heroínas de la tragedia entran en la historia a precio de verter sangre propia o ajena. Medea, en este caso, como señala P. Sneh,( comunicación personal) está en un borde siniestro dónde la propia sangre parece no diferenciarse de la ajena, ya que ¿acaso un hijo no es – como se dice- " sangre de mi propia sangre"?

Es de notar también que el personaje ha retornado a la escena teatral a comienzos del 2003, en una versión cautivante en el Harvey Theatre de la Academia de Música de Brooklyn. Al parecer, el extraño –fascinante y horroroso- discurso de una madre asesina de sus hijos nos habla en nuestros globalizados días tal como lo hacía a los antiguos griegos. Hay algo a escuchar, entonces, ahí.

Y aún si no hay porqué entender la indagación del personaje como invitación – o tentación – a imitar sus "acciones", sí es posible que reflexionar sobre ella nos permita iluminar algo de este oscuro sintagma: "una verdadera mujer". Quizás "una verdadera mujer" no nombre más que un fantasma –horrorosamente pregnante en nuestros días- de una ausencia de límites, ahí dónde Medea, en esa sangre que no se sabe de quién es, termina cebándose -como se dice que un animal se ceba con el olor de la sangre- en el deslizamiento del dolor femenino a la furia vengativa.

III Mito o Ficción: una relectura de la Medea de Eurípides.

Resumo el mito, aunque es bien conocido por todos. Henos aquí ante Medea. Su nombre en griego, significa "la mujer que planea y conspira", Mitad diosa, mitad humana, es hija de Aeetes ( el Sol) y de Ydia (la hija del Océano). Es oriunda de Colchis, ciudad ubicada en la costa este del Mar Negro. En diversas versiones del mito, su tía es Circe y, como ella, Medea posee poderes mágicos. También al igual que Circe, se enamora de un marinero griego – Jasón , hijo de Aeson, rey de Iolcoc, en el territorio griego de Thessaly. Pero la relación de ambas hechiceras a sus amantes difieren: mientras que Ulises y Circe se despiden aparentemente en buenos términos, Medea no puede evitar un feroz resentimiento, una verdadera pasión de venganza ante el abandono de Jasón.

La obra narra una historia atroz: cuando la acción comienza, Medea, que vive en Corinto con Jasón y sus hijos, aparece como aquella que ha hecho todo por ayudar a su amado a alcanzar el famoso vellocino de oro: ha traicionado a su padre y a su patria, ha asesinado a su hermano, ha persuadido a las hijas de Pelais de que maten a su propio padre. Al comenzar la obra, ella vive en Corinto , con su marido y con sus dos hijos. Desde el mismo comienzo ella aparece como una mujer que ha consentido en todo a su marido, brindándole lo que esperaba de ella, volviéndose, por decir así, una perfecta " Stepford wife". Sin embargo, nada de esto habrá de impedir que Jasón, un buen día, le anuncie que la deja para casarse con la hija de Creón, el rey de esa tierra.

Medea queda devastada. Los votos que le fueron ofrendados se han perdido junto con su honor, desaparecido para siempre más allá del Hellas. Sin un hogar paterno en el cual refugiarse en su infortunio, ella sabe que ha sido no sólo deshonrada, sino humillada, y ultrajada. Para decirlo de algún modo: le han jugado sucio.

Herida en lo más profundo del ser, llora, gime, clama y pone a los cielos por testigos de las tristes recompensas que ha recibido de Jasón. Derrumbada en su lecho, su cuerpo vencido por el dolor, su ser parece escurrirse en ese llanto incesante que solo pide deshacerse de esa vida que encuentra odiosa para ir a morar a la casa de la muerte. Escuchémosla: "…Todo ha acabado para mí, y habiendo perdido la alegría de vivir, deseo la muerte, amigas, pues el que lo era todo para mí, lo sabéis bien, mi esposo, ha resultado ser el más malvado de los hombres. De todas las criaturas que sentimos y pensamos, nosotras, las mujeres, somos la especie más infeliz. ( v. 225- 230)

Sin embargo, y a pesar de estos versos, ella no es de las que aceptan tan fácilmente- ni cargan tan ligeramente tamaño dolor, tamaña pérdida. De allí que permanezca muda a los reclamos de su nodriza que le sugiere moderación – el don más preciado de los cielos, tal como lo subraya el Coro- y a sus ruegos de no permitir que su pena por la pérdida del amado le arrebate la vida. Cuando Jasón trata de apelar a su razón, hablándole dulcemente, asegurándole que él se ocupará del bienestar de los hijos, ella "rechaza" toda oferta. ¿Qué en ella rechaza toda palabra? Ella está en otro lado, ahí dónde las palabras razonables no la alcanzan, más allá del territorio dónde el "tener" y el desvío de las equivalencias posee alguna significación. Investida de los atributos de la realeza -que no olvida fácilmente el resentimiento, ni rehúsa la retaliación ni la venganza – Medea se rinde, finalmente, a la pasión.

Bien sabemos cómo ejerce su venganza: un acto que no deja de espantarnos, pero no sólo por el horror que encierra sino –y esto es lo más inquietante- por su implacable lógica. Matar a Jasón hubiera sido demasiado simple, demasiado fácil. Lo que ella elige es replicar la elección de Jasón: si él ama a sus hijos al extremo de sacrificarla por ellos, ella sacrificará , a su vez, a los hijos que ama, y de paso, a su nueva esposa, aquella destinada a dar a Jasón otros hijos. Es de este modo que ella lo despoja de las dos cosas más preciadas para él; sabe que con ello le inflige una herida mortal.

No podemos menos que sorprendernos ante esta elección que Eurípides hace de una madre que mata a sus propios hijos como protagonistas de la tragedia, pues Medea no deja de ser una madre que ama profundamente a sus hijos. En un largo pasaje de enceguecedora belleza, escuchamos a Medea desgarrarse agónicamente entre su amor maternal y su deseo de venganza. Y a pesar de toda la ternura maternal – que le revela claramente lo horroroso del crimen que está por cometer – ella sucumbe a una pasión que destruye toda convicción y toda ternura: Una mujer suele estar llena de temor y es cobarde para contemplar la lucha y el hierro, pero cuando ve lesionado los derechos de su lecho, no hay otra mente más asesina (v. 258 ) Es de todo punto necesario que mueran, y puesto que lo es, los mataré yo que les he dado el ser. ( v. 1080, mi subrayado)

Y así lo hace, arrastrándonos a lo que la obra tiene de literalmente insoportable. Mata a sus propios hijos, que también son los de Jasón. Es en esa coyuntura, que Miller, por ejemplo (1993, pg 90,91) se atreve a plantear como el punto dónde lo que en ella se relaciona a la mujer arrasa con su posición de madre, donde se extrema y se muestra al desnudo aquello que acecha más allá de la madre. Con esta acción -realmente monstruosa- sale de su letargo doloroso para volver al mundo, pero es un mundo retirado del universo simbólico, ya no hay palabras que hagan límite a la sangre.

El coro le advierte: asesinar a sus hijos la convertirá en la mujer más infeliz del mundo. Ella responde, decidida: …que así sea, de ahora en más las palabras son superfluas.

Seguramente, no pretendo plantear que el acto de una "verdadera mujer" sea el de Medea, y en ese sentido tomo el mismo resguardo que señala C. Bembibre (200"Medea, Nuestra Terrible Extranjera," p.129) , de no quedarse solo en la vertiente deslumbrante de lo deinón, en una posición de admiración frente al total desprendimiento de lo fálico, cautivados por el fantasma de "lo verdadero.." Creo, sí, que podría ser tomado, en el límite, como presentando algo de la mujer más allá de la madre, porque en ese gesto ella sacrifica lo que le es más valioso para abrir en el hombre esa hiancia que permanecerá para siempre sin cerrar.

Es en este sentido que una autora como Martha Nussbaum en su trabajo "Serpents in the Soul: A Reading of Séneca’s Medea "( Serpientes en el Alma, una lectura de la Medea de Séneca ) (1997, p.226) , nos recuerda cómo, una vez que Medea comprende el lugar de completud que los hijos ocupan para Jasón -… su razón para vivir, el comfort de su corazón, prefiriendo sacrificar mi alma, mi cuerpo o mi vida misma antes que perderlos (Séneca, p. 74, mi traducción)-, ella sabe que él está atrapado, perdido por decirlo así, ya que vislumbra en él una hendidura por dónde infligirle esa herida imposible de suturar.

Ella actúa –como nos recuerda Miller (pg 93) - desde un lugar de minusvalía, haciendo de su desamparo y desesperanza un arma mortal. Un arma, sin embargo, mucho más poderosa que cualquiera de las que pueda blandir un hombre porque es la que encuentra en la traición de Jasón: su acto es tanto reacción como castigo a ello.

Subrayemos, además, que resulta interesante que el aspecto más controversial, para los críticos británicos, de la nueva versión de la obra, sea el final. En la versión tradicional, Medea es rescatada por un carro alado que es enviado por su abuelo, el Sol, saliendo de este modo airosa de la escena trágica.

Miss Warner, la directora de la actual versión de la obra, no descansa en semejantes facilidades. En el final, Medea y Jasón, permanecen juntos en el escenario, cómplices y socios en la carnicería que – ¿ella, él, ellos?- han desencadenado. Y, detalle nada menor, aún con signos de la pasión sexual titilando entre ellos. La conclusión, tremendamente perturbadora, que nos acosa es que Medea –pero ¿sólo ella?- parece haber conseguido exactamente lo que buscaba.

¿Qué queda de una "verdadera mujer" en esta escena donde ella, él y los cadáveres de los hijos quedan tan indisolublemente ligados, tan, por decir así, "en familia"?

No pretendo, por supuesto, responder esta pregunta, apenas devolverle su valor de atolladero crítico. Quizás al modo de la vapuleada e indispensable pregunta freudiana: ¿qué quiere una mujer,verdadera o no?

 

Referencias Bibliográficas

Bembibre,C. Medea, Nuestra Terrible Extranjera,en "El Prójimo", Enlaces y Desenlaces del goce,Paidós,2001

Clauss, J.& Johnston,S.I, editores " Medea", ver Serpents in the Soul: A Reading of Seneca’s Medea, Martha C. Nussbaum, pgs 219,249,1997, Princeton University Press

Euripides, "Medea", en " Tragedias",Tomo1, Biblioteca Clásica Gredos.Traducción Luis Albert de Cuenca y Carlos García Gual, Madrid 1991

Euripides Ten Plays, "Hyppolytus", Bantam Books,1960

L acan, J " La Significación del Falo", en " Lectura Estructuralista de Freud", Siglo Veintiuno editores,1971

Lowell Edmunds, editor," Approaches to Greek Myth",ver Myths in Images:Theseus and Medea as a Case Study,Christiane Sourvinou-Inwood, pgs. 395, 441,1990, John Hopkins University Press

Miller, J.A. " De Mujeres y Semblantes", Cuadernos del Pasador,1993

Nussbaum, M " The Fragility of Goodness" Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy, Cambridge University Press 1986

Séneca, Medea,translated and with an Introduction by Frederick Ahl, Cornell University Press, 1986

Sneh, P. Comunicacion Personal, 2004

Vegh,I El Amor de las Entrañas, en " El prójimo: Enlaces y Desenlaces del Goce, Paidós, 2001