EFBA-30 años de Escuela-EFBA

"Transferencia y Goce"

Moisés Azaretzky

 

(*) Jornadas Aniversario "30 años de Escuela (1974-2004)". Escuela Freudiana de Buenos Aires. 1, 2, 3 y 4 de Julio de 2004.

En este trabajo, a partir de un fragmento clínico que les voy a comentar, me propongo pensar algunas cuestiones en torno a la posición del analista respecto a las relaciones entre transferencia y goce, la responsabilidad concomitante, y sus implicancias sobre la transmisión del psicoanálisis.

Los padres de Eduardo vienen a verme muy preocupados porque su hijo les dijo que es homosexual. Me piden que lo atienda diciéndome: "él no era así, tenía novia, algo le debe haber pasado, queremos que usted vea si puede curarlo, somos muy creyentes, para nosotros un homosexual es un degenerado." Les planteo que no les puedo prometer nada, pero que si Eduardo me llama estoy dispuesto a escucharlo.

Días después recibo un llamado de Eduardo. Llega puntual a la hora convenida, 27 años, aspecto varonil. Lo invito a hablar y me sorprende diciendo ya de entrada la siguiente frase: "Yo no elegí ser homosexual". "Mis padres creen que lo hago a propósito, para destruir la familia, y yo, en cada discusión que tenemos, les repito esto: no elegí ser homosexual y no puedo dejar de serlo."

¿Por qué viene a verme? Para darle el gusto a mis viejos, si vengo ellos se tranquilizan, porque estoy en tratamiento, me siguen manteniendo, estamos todos en paz. De todos modos hay algunas cosas que me interesa decirle acerca de mi homosexualidad, porque nunca he hablado de esto con nadie. Además, tengo problemas con mis estudios, hace aproximadamente dos años que no rindo ninguna materia, no puedo sentarme a estudiar."

Comenzamos un período de entrevistas. El estudio en realidad le importaba muy poco, se trataba de hacer creer a los padres que estudiaba, idem a hacerles creer que estaba en tratamiento. De su homosexualidad dice que a él le gusta ser "chongo", que en la jerga gay es el que se coje a los maricas. Así narraba sus aventuras sexuales, su fama entre los maricas por sus grandes dotes, su capacidad para descubrirlos y engancharlos por un cruce de miradas, llegar a estar con 2 o 3 en una misma noche, relatos que, a decir verdad, me descubría escuchándolos con cierta fascinada atención.

El caso de la "joven homosexual" y la observación de Freud de que no es posible hacer un análisis por encargo se me presentaba casi desde la entrevista inicial con los padres. La expectativa de que se quiebre algo, que algún sufrimiento aparezca, y cierta fascinación en el sentido freudiano de un objetivo de investigación, me decidieron a mantener las entrevistas, a sabiendas de que las posibilidades de instalación de un análisis eran mínimas. Por lo pronto, en su hablar no escuchaba ningún malestar, nada del orden de la inhibición, ni del síntoma, ni de la angustia. Sus preocupaciones estaban en cómo conquistar a un "top-gay" de la noche tucumana, se enloquecía porque no le daba bolilla, "va a ser hasta que lo coja por primera vez, ahí se va a dar cuenta lo que es disfrutar en serio."

Esta posición de Eduardo la he pensado desde la clase de Lacan del 26/3/69, seminario "De un Otro al otro", donde plantea que "la función del perverso, la que él llena, lejos de ser (...)fundado sobre cierto desprecio del otro, debe ser juzgado de otro modo y que articularé al decir: el perverso es aquel que se consagra a obturar ese agujero en el Otro" (1). "El perverso procura (...) el goce para el Otro (...), ofertándose, sin saberlo, como instrumento del mismo." (2)

Acá "el sujeto se hace objeto al servicio del goce del Otro (...)con las consecuencias que eso trae, porque a partir de este momento no se podrá más decir que el perverso no piensa más que en sí mismo o que el perverso no va a pensar más que en su propio goce, porque justamente, es todo lo contrario. Su función es de ser él quien se dedica a tapar el agujero en el Otro, es decir, quien se dedica al goce del Otro." (3)

Esta es la posición perversa de Eduardo: "vení que yo te voy a dar ese goce, yo me ofrezco para que vos tengas el acceso a ese goce que te estás perdiendo." En general se lo da como el gran gozador, él en sí mismo como el usufructuador, cuando verdaderamente es mucho más el esclavo. Esta es la puntuación notable de Lacan: hace gozar al Otro, es instrumento del mismo, "vení que conmigo vas a sentir lo que nunca sentiste, lo que tenés es una poquedad, ahora vas a saber lo que es bueno."

Esta posición, llevada al plano transferencial, la podemos pensar en los siguientes términos: "vení que conmigo vas a escuchar lo que nunca escuchaste". Hay un momento que advierto que estoy un tanto fascinado por sus relatos, mientras que mi palabra ahí no tenía prácticamente ningún lugar.

Entiendo que en este caso, la posibilidad de la transferencia en la perversión da lugar, al modo del retruécano, a la forma que podemos denominar perversión en la transferencia. En otros términos, el pacto simbólico de la palabra deja su lugar a un pacto perverso. Se puede perfectamente, con el aval del analista que no respeta la abstinencia, entrar en un pacto perverso con su analizante. En este sentido nuestro trabajo siempre está expuesto a ser perdido y a que uno caiga en la tentación del aludido desvío, por los influjos de lo que pasa en la transferencia y en lo mal traducido como contratransferencia. ¿A qué desvío hacemos referencia? En este caso, Eduardo, muy seductoramente, me propone lo que a mi modo de entender constituye un pacto perverso, así enunciado: "hagamos un simulacro de análisis", hagamos que estamos de acuerdo los dos que esto es un análisis, lo que es una falsedad, porque desde sus palabras iniciales: "yo no elegí ser homosexual", se trataba de armar un "como si", tranquilizando a sus padres, a cambio de relatos fascinantes, obturantes, y el puntual pago de mis honorarios. En efecto, los padres estaban dispuestos al mayor de los esfuerzos en pro de salvar y curar a este hijo "descarriado".

Este es a mi parecer el pacto perverso que se había entretejido aquí, y que me lleva a plantear que es posible pensar una modalidad perversa de la transferencia bajo la forma: "me propongo para que por mi intermedio el analista goce del Otro". Eduardo se oferta en este lugar de instrumento de goce del Otro, oferta que no tiene nada que ver con la transferencia, en tanto se está ofertando como un objeto. Para glosarlo con una frase sería como si me dijese: "me propongo como algo que te falta". Lo cual se vincula con esta lúcida reflexión de Lacan al proponer al perverso como un misionero, un cruzado, "[…] que está del lado de que el Otro existe, que es un defensor de la fe, un singular auxiliar de Dios." (4)

Fui entendiendo que de esto se trataba en estas entrevistas en las que Eduardo venía a seducirme con sus proezas, sus conquistas, a desenmascarar con nombre y apellido a conocidos personajes, a plantear que si a mí me parecía podíamos decirle a los padres que era necesario aumentar la frecuencia de las entrevistas. Seducción por supuesto acompañada de una posición en la que nada tenía para escuchar por cuanto todo el saber estaba en él.

Ahora me interesa poder pensar la postura suplementaria: si una modalidad perversa de la transferencia puede pensarse, desde el analizante, bajo la forma "me propongo para que por mi intermedio el analista goce del Otro", ¿no podríamos decir que otra modalidad perversa de la transferencia puede establecerse, desde el analista, en los términos de "me propongo para que por mi intermedio el analizante goce del Otro"? Podemos pensar, entonces, en un analista que se consagra a hacer gozar al analizante del Otro bajo formas que plantearían un empuje que va más allá del goce fálico.

Este empuje puede ser tanto impelerlo a una sobreexigencia, como llevarlo a una especie de renuncia monástica bajo el ideal de la austeridad. Tenemos acá dos modalidades posibles, entre otras, del goce del superyo. En una es el empuje a más, todo lo que tenés es poco, por qué te resignás con eso, dicho así de modo medio burdo, puedes más, puedes más. En la otra el empuje a menos, la "sobriedad" de la falta de ambición, que no haya ostentación, pasar desapercibido, eso es superfluo, eso es banal, renuncia, renuncia, se puede vivir con menos.

Tanto en una como en la otra el analista se ubica superyoicamente. Da inyecciones para el goce, le inyecta al analizante este empuje que va más allá del goce fálico: goza todo el tiempo, incesantemente y cada vez más.

Esto me lleva a pensar la regla de abstinencia del analista, como una abstinencia en cuanto a no proponerse como instrumento para posibilitar el imaginado acceso del analizante al goce del Otro, bajo cualquiera de las modalidades que he planteado, u otras eventualmente precisables. Esta posición me parece que marca una ética de consecuencias insoslayables en cuanto a la responsabilidad del analista y a los efectos sobre la transmisión del psicoanálisis. Efectivamente, esta transmisión debe dar cuenta de que, si la clínica del psicoanálisis tiene lugar en transferencia, la práctica del psicoanálisis, en lo que al analista concierne, no es sin abstinencia, esto es: corresponde al analista abstenerse de lo que he denominado "modalidades perversas de la transferencia."

Pensar esto respecto a la transmisión del psicoanálisis, de un modo muy sucinto, lleva a no gozar del saber, no abusar del discurso universitario, no instalar en nuestras Instituciones una relación docente-alumno, donde todo el saber está de parte del docente. Por otro lado, mantener siempre abierta la problemática de la transmisión de la Clínica en la Institución, el modo de tratar de preservar los parámetros que se pueda del psicoanálisis respecto de que no se trata de una transmisión académica. Finalmente, no debemos olvidar que Institución es el lugar de encuentro con los colegas, lo cual implica necesariamente la diferencia y la tolerancia, esa variable a veces un tanto difícil de soportar.

En cuanto a Eduardo, transcurridos dos meses del inicio de las entrevistas, decidí comunicarle que no íbamos a continuar. Me contestó "sí, yo también quería decirle que no iba a continuar, logré levantarme al "top-gay", está maravillado conmigo. Posiblemente me lleve con él, vive en Italia, en Milán. Se imagina, me dijeron que ahí está lleno de maricas…

Textos citados:

  1. Jacques Lacan: Seminario 16, "De un Otro al otro", clase del 26/3/69, inédito.
  2. Roberto Harari: "¿Existe la perversión sexual?", en El fetichismo de la torpeza, Homo Sapiens, Rosario, 2003, p. 31.
  3. Robert Lévy, en AA. VV.: ¿Elección sexual?, Letra Viva, Buenos Aires, p. 52
  4. Jacques Lacan: ibid